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5 de diciembre 2018    /   CREATIVIDAD
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Marga Gil Roësset, la breve vida de una artista genial que se mató por su amor a Juan Ramón Jiménez

5 de diciembre 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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La primera vez que Marga Gil Roësset le escribió unas letras a Zenobia Camprubí todavía era una niña. Era la dedicatoria escrita en un libro que había publicado junto a su hermana Consuelo y se lo hicieron llegar por la admiración que ambas sentían hacia la traductora de Rabindranath Tagore: «Para ti, que no nos conoces y sin embargo ya eres nuestra amiga».

La última vez que Marga escribió a la esposa de Juan Ramón Jiménez fue una carta en la que le decía: «Perdóname Azulita… por lo que si él quisiera yo habría hecho». Lo que ocurrió en los meses previos a la muerte de Marga, de 24 años, fue un secreto escrito en un diario que estuvo oculto durante 65 años.

Marga fue una niña genio. Todavía se conserva un cuento que escribió y dibujó para su madre cuando solo tenía siete años, El niño curioso, en el que se adivina el talento que iba a desarrollar durante los años siguientes. A los 12 años realizó con una maestría sorprendente las ilustraciones de una historia escrita por su hermana Consuelo, El niño de oro y dos años después, las niñas publicaron otro libro en Francia.

‘El niño de oro’

La Casa Plon, con su enorme autoridad, lanza una lujosa edición de Rose des Bois, explicaba en 1929 el crítico José Francés en La Esfera. «Las ilustraciones de Marga tienen el minucioso primor de las de un Bujados, un Martini o un Nielsen», explicaba el periodista. Las ilustraciones de estos libros son «absolutamente barrocas y fascinantes, como hechas a pluma con algo de color; parecían más grabados que dibujos, pero grabados de Doré o de Piranesi», según las define Ana Serrano, experta en la obra de Marga Gil Roësset y comisaria en el año 2000 de la primera exposición de las obras que se conservan de la genial artista.

Rose des Bois

Cuando Marga tenía 15 años abandonó el dibujo y pasó a la escultura. Su familia contactó con Victorio Macho para que la formara, pero el prestigioso escultor, al ver la extraordinaria obra de aquella muchacha, se quedó tan impresionado que rehusó darle clase para no adulterar su talento.

La infancia

Marga Gil Roësset nació en 1908, tan débil que los médicos le dijeron a su madre que no sobreviviría. Sin embargo, Margot Roësset estaba convencida de que el amor la salvaría, y tuvo en brazos a su hija durante meses, hasta que la niña salió de peligro. La familia de Marga era tan excepcional que si hubiera sido una ficción no sería creíble. Descendían de dos hermanos nacidos en Francia de ascendencia polaca, León y Eugenio Roësset, ingenieros e inventores que se hicieron inmensamente ricos en España y se casaron con dos hermanas de la burguesía gallega, muy cultivadas, en una época en la que la mayoría de las mujeres eran analfabetas.

Entre la descendencia que tuvieron las dos parejas estaba Julio, abogado, farmacéutico y director de cine que se dedicó a hacer películas pornográficas para su amigo Alfonso XIII. Otro de los descendientes, León, general del Estado Mayor, desertó, abandonó a su familia y se dedicó a escribir las letras de los cuplés de Celia Gámez. Otro más de la familia, Mauricio, que fue novio de la pintora surrealista Maruja Mallo, sufrió un accidente de tráfico con ella y al verla inconsciente y cubierta de sangre pensó que había muerto y, en estado de shock, se fue a su casa y se disparó un tiro en la cabeza.

Las mujeres de la familia eran muy bellas y también muy creativas. Una de ellas, María, fue pintora y sus cuadros se conservan en las colecciones de diversos museos. Y por último, Margot, la madre de Marga y Consuelo, cuya elegancia era tan célebre que las mujeres esperaban en la ópera que apareciera para admirar sus espectaculares vestidos. Al igual que su esposo, Margot consideraba que sus hijas e hijos debían recibir la mejor educación. A las niñas les ofrecía premios a cambio de que escribieran y dibujaran cuentos para estimular su creatividad desde muy pequeñas. Las llevaban a conciertos y exposiciones, viajaban y visitaban museos, tenían profesores particulares, su padre les enseñaba física y matemáticas, su madre alentaba su talento y las instruía en casa. Hablaban francés, inglés y alemán, y practicaban deportes, en un país y una época en las mujeres no estudiaban y apenas salían de casa.

El crítico José Francés veía así a las hermanas Marga y Consuelo en un artículo publicado en La Esfera en 1929: «Vestían unas capas holgadas y se tocaban con unos sombreros haludos, que en la vulgaridad de la ciudad ponían la silueta literaria de las creaciones de Andersen o de Grimm». Y añade para explicar cómo era su educación que «no acudían a colegios, donde nada nuevo podían aprender».

La escultora

En 1930 Marga presentó una de sus esculturas en la Exposición Nacional de Bellas Artes, Adán y Eva, y los críticos se quedaron asombrados por la potencia y la originalidad de la obra. Rosa Arciniega de Granda, al visitar la exposición, se quedó admirada ante ese «arte sin influencias, sin parecidos, sin normas».

En la revista Crónica explicaba su perplejidad y añadía que su «sorpresa subió de punto al comprobar por el catálogo que su autora era una mujer: Marga Gil Roësset, esta chiquilla de 21 años». La periodista visitó el taller de Marga para entrevistar a la joven artista, «para intentar arrancarle el secreto de su arte», y Marga se lo explicó de esta manera: «Yo intento siempre operar sobre mis esculturas de dentro afuera. Es decir, trato de esculpir más las ideas que las personas».

‘Adán y Eva’

Con relación a la obra que había dejado tan impactada a la periodista en la exposición, Marga le explica que son «Adán y Eva, padres del género humano. Viejos como el mundo. Atlético él, fuerte como para engendrar a todos los hombres. Débil ella, apoyada en el robusto pecho del hombre, pero amplio su seno como para amamantar a toda la Humanidad».

Como no podía faltar en una entrevista realizada a una joven de 21 años en aquellos tiempos (y que increíblemente hay quien repite en la actualidad), también le preguntó si pensaba casarse y ella, como si lo tuviera muy meditado, le respondió rápidamente que no: «Porque no creo en el amor simultáneo de dos corazones. Le explicaré esto que a primera vista podría parecer una paradoja. Yo, por ejemplo, puedo enamorarme de un hombre sencillamente porque me gusta; pero me parece difícil que él al mismo tiempo se enamore de mí, completando así el amor».

Una profecía que dos años después se cumpliría.

Ana Serrano ha contado que cuando estaba montando la exposición de la obra que se conserva de Marga, 16 esculturas y 80 dibujos y acuarelas, en el Círculo de Bellas Artes en el 2000, recibió la llamada del escultor Juan de Ábalos, que la había conocido porque trabajaron en el mismo cantero, y que se había enamorado de ella, como todos los hombres que estaban alrededor de «la única mujer que esculpía la piedra en España, en talla directa, con una fiereza como de iluminada». Dijo que Marga, tan hermosa como fuerte, trabajaba con una sonrisa maravillosa y una intensidad inmensa.

El encuentro

En uno de los conciertos a los que acudía Marga, una amiga común le presentó al matrimonio formado por Zenobia Camprubí, a quien admiraba desde niña como traductora, y a Juan Ramón Jiménez. Ella, ilusionada, se ofreció a hacer un busto de Zenobia y más tarde planeaba hacer otro de Juan Ramón. El poeta recuerda la primera impresión que tuvo de Marga al verla en su palco: «Sentada tenía una actitud de enerjía, brazos musculosos, morenos, heridos siempre de su oficio duro. Y al mismo tiempo ¡tan frágil! Llevaba el alma fuera, el cuerpo dentro».

Marga empezó a visitar la casa del matrimonio para hacer el busto de Zenobia. «Venía contenta, nueva, salida de sus nubes. Nos traía jenerosa el regalo de cada día, de cada mediodía, de cada hora: rosas, libros, frutas, papeles, cintas de colores (…) Era un ejemplo de vitalidad exaltada, de voluntad constante, de capricho enérjico. Trabajaba hora tras hora sin descanso, de pié, con dolor físico, cabeza, hígado, muelas. Se deshacía las manos, se caía, se hería. Manchada de yeso, punteados, los ojos de piedra cobraban una belleza ácida, una expresión injente. Se iba ya de noche, corriendo». Así recuerda aquellos meses de trabajo Juan Ramón Jiménez en su libro Españoles de tres mundos.

A Zenobia el busto no le gustaba, dijo que Marga se había empeñado en hacerlo pero que preferiría que se lo hubiera hecho a su gato de escayola. Tampoco le había gustado la primera escultura en piedra de Marga, ‘Eva y sus niños. Los primeros celos de la historia’, de la que dijo que era una madre proletaria con unos niños zafios, una escultura repugnante.

Pero Juan Ramón sí quiso que Marga hiciera la escultura y Zenobia fue amable con ella. El poeta diría después sobre el busto de su esposa que fue «un hallazgo desde el primer instante, una primera distribución maestra, después un sentimiento natural y sobrenatural a la vez, sacado del fondo, sin otra estilización que la necesaria. Mi mujer le dijo que parecía que la estaba haciendo brotar, como una fuente, de la tierra».

Marga-Gil-Roesset

Marga trabajaba en su casa y se iba enamorando del poeta al ritmo que golpeaba la piedra del busto de Camprubí. «Qué se yo por qué te quiero tanto… vamos… sí sé… comprendo muy bien que se quiera así… pero… querría no quererte tanto», escribía en su diario mientras trabajaba febril, sin apenas comer, avanzando es su escultura de la misma manera que se precipitaba hacia el trágico desenlace de su vida.

«Si tú, espontáneamente, me dieras un beso… y me atrajeras… así… estrechamente… dejándome… oír en tu pecho latirte el corazón… y un poco también la plata de tu voz… Sería glorioso».

Cuando estaba irremediablemente seducida por el poeta, Juan Ramón le recomendó que viajara a Francia para «corregir» su arte. En una entrada de su diario, Marga dice: «Zenobia te ha dicho que me voy y te ha contado mi viaje. (…) En mi cabeza, la voz… tu voz constante… fue… «te vas, me parece muy bien». Marga quería hundirse en su pecho, él quería alejarla de su lado. Y escribió las últimas palabras de su diario:

«Pero en la muerte, ya nada
me separa de ti… sólo la muerte
sólo la muerte, sola… y,
es ya… vida ¡tanto más cerca así
…muerte… cómo te quiero!».

El 28 de julio de 1932, Marga fue a la casa de sus amigos y le dejó a Juan Ramón el diario con el ruego de que no lo leyera en ese momento. El poeta, ajeno a su contenido, siguió trabajando ese día y cuando lo leyó ya era tarde. Marga se había ido a su taller, había destrozado toda la obra que tenía en ese lugar, esculturas y fotografías, después cogió una pistola y se suicidó disparándose en la sien. Dejó escritas tres cartas: una para sus padres, otra para su hermana Consuelo y, por último, una para Zenobia.

«Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramón! (…)
perdóname…porque si me hubiese dicho que sí… ay… a pesar de que la idea de amistad es para mí sagrada… y tú eres mi amiga… y de verdad te quiero mucho… y me gustas mucho… pues… con ser todo eso tanto!… yo habría pasado por todo… por todo lo que fuese precioso… pero claro como soy yo sola a querer… creo mucho mejor matarme ya… que si en él no puedo… y… con él no puedo… … … perdóname Azulita… por lo que si él quisiera yo habría hecho.
Marga».

La primera vez que Marga Gil Roësset le escribió unas letras a Zenobia Camprubí todavía era una niña. Era la dedicatoria escrita en un libro que había publicado junto a su hermana Consuelo y se lo hicieron llegar por la admiración que ambas sentían hacia la traductora de Rabindranath Tagore: «Para ti, que no nos conoces y sin embargo ya eres nuestra amiga».

La última vez que Marga escribió a la esposa de Juan Ramón Jiménez fue una carta en la que le decía: «Perdóname Azulita… por lo que si él quisiera yo habría hecho». Lo que ocurrió en los meses previos a la muerte de Marga, de 24 años, fue un secreto escrito en un diario que estuvo oculto durante 65 años.

Marga fue una niña genio. Todavía se conserva un cuento que escribió y dibujó para su madre cuando solo tenía siete años, El niño curioso, en el que se adivina el talento que iba a desarrollar durante los años siguientes. A los 12 años realizó con una maestría sorprendente las ilustraciones de una historia escrita por su hermana Consuelo, El niño de oro y dos años después, las niñas publicaron otro libro en Francia.

‘El niño de oro’

La Casa Plon, con su enorme autoridad, lanza una lujosa edición de Rose des Bois, explicaba en 1929 el crítico José Francés en La Esfera. «Las ilustraciones de Marga tienen el minucioso primor de las de un Bujados, un Martini o un Nielsen», explicaba el periodista. Las ilustraciones de estos libros son «absolutamente barrocas y fascinantes, como hechas a pluma con algo de color; parecían más grabados que dibujos, pero grabados de Doré o de Piranesi», según las define Ana Serrano, experta en la obra de Marga Gil Roësset y comisaria en el año 2000 de la primera exposición de las obras que se conservan de la genial artista.

Rose des Bois

Cuando Marga tenía 15 años abandonó el dibujo y pasó a la escultura. Su familia contactó con Victorio Macho para que la formara, pero el prestigioso escultor, al ver la extraordinaria obra de aquella muchacha, se quedó tan impresionado que rehusó darle clase para no adulterar su talento.

La infancia

Marga Gil Roësset nació en 1908, tan débil que los médicos le dijeron a su madre que no sobreviviría. Sin embargo, Margot Roësset estaba convencida de que el amor la salvaría, y tuvo en brazos a su hija durante meses, hasta que la niña salió de peligro. La familia de Marga era tan excepcional que si hubiera sido una ficción no sería creíble. Descendían de dos hermanos nacidos en Francia de ascendencia polaca, León y Eugenio Roësset, ingenieros e inventores que se hicieron inmensamente ricos en España y se casaron con dos hermanas de la burguesía gallega, muy cultivadas, en una época en la que la mayoría de las mujeres eran analfabetas.

Entre la descendencia que tuvieron las dos parejas estaba Julio, abogado, farmacéutico y director de cine que se dedicó a hacer películas pornográficas para su amigo Alfonso XIII. Otro de los descendientes, León, general del Estado Mayor, desertó, abandonó a su familia y se dedicó a escribir las letras de los cuplés de Celia Gámez. Otro más de la familia, Mauricio, que fue novio de la pintora surrealista Maruja Mallo, sufrió un accidente de tráfico con ella y al verla inconsciente y cubierta de sangre pensó que había muerto y, en estado de shock, se fue a su casa y se disparó un tiro en la cabeza.

Las mujeres de la familia eran muy bellas y también muy creativas. Una de ellas, María, fue pintora y sus cuadros se conservan en las colecciones de diversos museos. Y por último, Margot, la madre de Marga y Consuelo, cuya elegancia era tan célebre que las mujeres esperaban en la ópera que apareciera para admirar sus espectaculares vestidos. Al igual que su esposo, Margot consideraba que sus hijas e hijos debían recibir la mejor educación. A las niñas les ofrecía premios a cambio de que escribieran y dibujaran cuentos para estimular su creatividad desde muy pequeñas. Las llevaban a conciertos y exposiciones, viajaban y visitaban museos, tenían profesores particulares, su padre les enseñaba física y matemáticas, su madre alentaba su talento y las instruía en casa. Hablaban francés, inglés y alemán, y practicaban deportes, en un país y una época en las mujeres no estudiaban y apenas salían de casa.

El crítico José Francés veía así a las hermanas Marga y Consuelo en un artículo publicado en La Esfera en 1929: «Vestían unas capas holgadas y se tocaban con unos sombreros haludos, que en la vulgaridad de la ciudad ponían la silueta literaria de las creaciones de Andersen o de Grimm». Y añade para explicar cómo era su educación que «no acudían a colegios, donde nada nuevo podían aprender».

La escultora

En 1930 Marga presentó una de sus esculturas en la Exposición Nacional de Bellas Artes, Adán y Eva, y los críticos se quedaron asombrados por la potencia y la originalidad de la obra. Rosa Arciniega de Granda, al visitar la exposición, se quedó admirada ante ese «arte sin influencias, sin parecidos, sin normas».

En la revista Crónica explicaba su perplejidad y añadía que su «sorpresa subió de punto al comprobar por el catálogo que su autora era una mujer: Marga Gil Roësset, esta chiquilla de 21 años». La periodista visitó el taller de Marga para entrevistar a la joven artista, «para intentar arrancarle el secreto de su arte», y Marga se lo explicó de esta manera: «Yo intento siempre operar sobre mis esculturas de dentro afuera. Es decir, trato de esculpir más las ideas que las personas».

‘Adán y Eva’

Con relación a la obra que había dejado tan impactada a la periodista en la exposición, Marga le explica que son «Adán y Eva, padres del género humano. Viejos como el mundo. Atlético él, fuerte como para engendrar a todos los hombres. Débil ella, apoyada en el robusto pecho del hombre, pero amplio su seno como para amamantar a toda la Humanidad».

Como no podía faltar en una entrevista realizada a una joven de 21 años en aquellos tiempos (y que increíblemente hay quien repite en la actualidad), también le preguntó si pensaba casarse y ella, como si lo tuviera muy meditado, le respondió rápidamente que no: «Porque no creo en el amor simultáneo de dos corazones. Le explicaré esto que a primera vista podría parecer una paradoja. Yo, por ejemplo, puedo enamorarme de un hombre sencillamente porque me gusta; pero me parece difícil que él al mismo tiempo se enamore de mí, completando así el amor».

Una profecía que dos años después se cumpliría.

Ana Serrano ha contado que cuando estaba montando la exposición de la obra que se conserva de Marga, 16 esculturas y 80 dibujos y acuarelas, en el Círculo de Bellas Artes en el 2000, recibió la llamada del escultor Juan de Ábalos, que la había conocido porque trabajaron en el mismo cantero, y que se había enamorado de ella, como todos los hombres que estaban alrededor de «la única mujer que esculpía la piedra en España, en talla directa, con una fiereza como de iluminada». Dijo que Marga, tan hermosa como fuerte, trabajaba con una sonrisa maravillosa y una intensidad inmensa.

El encuentro

En uno de los conciertos a los que acudía Marga, una amiga común le presentó al matrimonio formado por Zenobia Camprubí, a quien admiraba desde niña como traductora, y a Juan Ramón Jiménez. Ella, ilusionada, se ofreció a hacer un busto de Zenobia y más tarde planeaba hacer otro de Juan Ramón. El poeta recuerda la primera impresión que tuvo de Marga al verla en su palco: «Sentada tenía una actitud de enerjía, brazos musculosos, morenos, heridos siempre de su oficio duro. Y al mismo tiempo ¡tan frágil! Llevaba el alma fuera, el cuerpo dentro».

Marga empezó a visitar la casa del matrimonio para hacer el busto de Zenobia. «Venía contenta, nueva, salida de sus nubes. Nos traía jenerosa el regalo de cada día, de cada mediodía, de cada hora: rosas, libros, frutas, papeles, cintas de colores (…) Era un ejemplo de vitalidad exaltada, de voluntad constante, de capricho enérjico. Trabajaba hora tras hora sin descanso, de pié, con dolor físico, cabeza, hígado, muelas. Se deshacía las manos, se caía, se hería. Manchada de yeso, punteados, los ojos de piedra cobraban una belleza ácida, una expresión injente. Se iba ya de noche, corriendo». Así recuerda aquellos meses de trabajo Juan Ramón Jiménez en su libro Españoles de tres mundos.

A Zenobia el busto no le gustaba, dijo que Marga se había empeñado en hacerlo pero que preferiría que se lo hubiera hecho a su gato de escayola. Tampoco le había gustado la primera escultura en piedra de Marga, ‘Eva y sus niños. Los primeros celos de la historia’, de la que dijo que era una madre proletaria con unos niños zafios, una escultura repugnante.

Pero Juan Ramón sí quiso que Marga hiciera la escultura y Zenobia fue amable con ella. El poeta diría después sobre el busto de su esposa que fue «un hallazgo desde el primer instante, una primera distribución maestra, después un sentimiento natural y sobrenatural a la vez, sacado del fondo, sin otra estilización que la necesaria. Mi mujer le dijo que parecía que la estaba haciendo brotar, como una fuente, de la tierra».

Marga-Gil-Roesset

Marga trabajaba en su casa y se iba enamorando del poeta al ritmo que golpeaba la piedra del busto de Camprubí. «Qué se yo por qué te quiero tanto… vamos… sí sé… comprendo muy bien que se quiera así… pero… querría no quererte tanto», escribía en su diario mientras trabajaba febril, sin apenas comer, avanzando es su escultura de la misma manera que se precipitaba hacia el trágico desenlace de su vida.

«Si tú, espontáneamente, me dieras un beso… y me atrajeras… así… estrechamente… dejándome… oír en tu pecho latirte el corazón… y un poco también la plata de tu voz… Sería glorioso».

Cuando estaba irremediablemente seducida por el poeta, Juan Ramón le recomendó que viajara a Francia para «corregir» su arte. En una entrada de su diario, Marga dice: «Zenobia te ha dicho que me voy y te ha contado mi viaje. (…) En mi cabeza, la voz… tu voz constante… fue… «te vas, me parece muy bien». Marga quería hundirse en su pecho, él quería alejarla de su lado. Y escribió las últimas palabras de su diario:

«Pero en la muerte, ya nada
me separa de ti… sólo la muerte
sólo la muerte, sola… y,
es ya… vida ¡tanto más cerca así
…muerte… cómo te quiero!».

El 28 de julio de 1932, Marga fue a la casa de sus amigos y le dejó a Juan Ramón el diario con el ruego de que no lo leyera en ese momento. El poeta, ajeno a su contenido, siguió trabajando ese día y cuando lo leyó ya era tarde. Marga se había ido a su taller, había destrozado toda la obra que tenía en ese lugar, esculturas y fotografías, después cogió una pistola y se suicidó disparándose en la sien. Dejó escritas tres cartas: una para sus padres, otra para su hermana Consuelo y, por último, una para Zenobia.

«Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramón! (…)
perdóname…porque si me hubiese dicho que sí… ay… a pesar de que la idea de amistad es para mí sagrada… y tú eres mi amiga… y de verdad te quiero mucho… y me gustas mucho… pues… con ser todo eso tanto!… yo habría pasado por todo… por todo lo que fuese precioso… pero claro como soy yo sola a querer… creo mucho mejor matarme ya… que si en él no puedo… y… con él no puedo… … … perdóname Azulita… por lo que si él quisiera yo habría hecho.
Marga».

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Opiniones 12
  • Guau, no conocía tampoco a esta artista y menos la historia que cuentas, estremecedora, potente su escultura y su trazo, sin duda un genio. me averguenza que siendo artista no conociera a esta mujer.
    Gracias por descubriemela.
    Lisardo

  • «Enerjía» «jenerosa»… por favor un poco de cuidado con faltas tan súmamente graves que te distraen tanto que pierdes el hilo del artículo… vergonzoso para una revista, ¿no se revisa antes de publicar? Creo que el corrector de Word no lo hace mal…

    • Se trata de la transcripción literal de un texto de Juan Ramón Jiménez. El Premio Nobel cambiaba la g por la j y defendía su peculiar forma de escribir de esta manera (de nuevo es una transcripción literal de un texto del poeta):

      «Se me pide que esplique por qué escribo yo con jota las palabras en “ge”, “gi”; por qué suprimo las “b”, las “p”, etc., en palabras como “oscuro”, “setiembre”, etc., por qué uso “s” en vez de “x” en palabras como “excelentísimo”, etc. Primero, por amor a la sencillez, a la simplificación en este caso, por odio a lo inútil. Luego, porque creo que se debe escribir como se habla, y no hablar, en ningún caso, como se escribe. Después, por antipatía a lo pedante». Juan Ramón Jiménez

  • cómo sabes que se suicidó por amor? no sería por otra clase de desesperanza más allá del amor? me parece que infravaloras su inteligencia si consideras que se suicidó por amor. por desamor, como lo quieras llamar. Me parece un pensamiento machista donde los haya: «Como su hombre no la podría amar, su vida ya no tenía sentido».

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