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22 de mayo 2017    /   CREATIVIDAD
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Al padre de los ‘Freak Brothers’ no le mola dibujar

22 de mayo 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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A Gilbert Shelton no le gusta demasiado dibujar. «No soy como Robert Crumb», explica. «Él es un dibujante compulsivo. Dibuja constantemente. En la mesa del restaurante, en la mesa del comedor… Es algo psicológico. A su hermano mayor también le pasaba. Rellenaba cientos de libros con letra muy apretada que a mí me parecían simplemente “mmmmmmmmmm”. Él decía que estaba copiando grandes obras de la literatura y que incluso él podía leerlas. No estoy muy convencido de que fuera verdad».

Gilbert Shelton es uno de los pioneros del cómic underground americano de los años 60. «Bueno, nosotros preferíamos llamarlo alternativo, porque utilizábamos vías de distribución alternativas», explica. Entre sus creaciones se encuentran Los fabulosos Freak Brothers, El gato de Fat Freddy o Superserdo (Wonder Wart-Hog), personajes que ya forman parte de la historia del cómic. Tanto es así que sorprende esa reticencia confesa hacia el dibujo.

«Nunca me gustó dibujar mucho. Es realmente complicado para mí. Estudie un par de años en la Universidad de Texas, pero creo que debí haber elegido Diseño Gráfico y no Bellas Artes. Además, a los profesores de Universidad no les gustaba nada el cómic. Ahora ya les gusta más. Conozco un profesor de la universidad de Misuri que ahora organiza cursos universitarios dedicados al cómic. Eso antes era impensable».

Aunque la universidad de los años 60 no le prestase demasiada atención a los cómics, lo cierto es que este arte estaba bastante presente en la sociedad norteamericana de la época.

«Los periódicos americanos tenían y tienen secciones diarias de tiras de cómic. Recuerdo a Dick Tracy, Li’l Abner, la Pequeña Lulú, a Pogo de Walt Kelly… También estaba el Pato Donald de Carol Barks, que no firmaba porque Disney no dejaba que lo hiciera, pero te podría decir sin problemas cuáles eran las de Barks porque eran más divertidas y estaban mejor dibujadas».

Esas primeras lecturas fueron las que animaron a Shelton a convertirse en autor profesional de cómics. Sin embargo, la clave de su éxito fue compaginar esa actividad con la de editor.

«He tenido muy buena suerte. He podido construirme una buena reputación, hacer tebeos y vender muchos ejemplares. Para eso fue importante tener mi propia editorial. Crumb, por ejemplo, nunca la tuvo y, aunque es un clásico del underground, nunca fue un best seller. De los Freak Brothers, por ejemplo, se vendieron millones y millones de cómics».

Las primeras ediciones independientes de Shelton surgieron en la universidad. Allí, utilizando de forma clandestina las fotocopiadoras del centro, él y sus amigos imprimieron varios tebeos de los que apenas sacaban medio centenar de copias. La profesionalización llegaría después. Una experiencia tan apasionante como complicada.

«En esa época éramos jipis con el pelo muy largo. En ocasiones, cuando trabajábamos con las imprentas se el pelo se enganchaba y nos lo cortaba. Eran lugares peligrosos las imprentas. Luego, el éxito de una editorial depende mucho de la distribución. En mi opinión, casi tres cuartas partes del éxito dependen de ella. Además, Estados Unidos no es como España, donde puede hacer la distribución un tipo con una furgoneta. Allí estás en manos de las grandes distribuidoras que, en ocasiones, están en manos de la mafia».


El control de la distribución por parte de la mafia provocaba, por ejemplo, que los autores underground no tuvieran demasiado éxito en la Costa Este. «Las tiendas tenían miedo de trabajar con las distribuidoras alternativas». Por eso el éxito de los Freaks Brothers o de Wonder Wart-Hog fue más importante en la Costa Oeste. «Los periódicos de izquierdas o la prensa independiente publicaban mis historietas y eso ayudó a que se hicieran populares».

También ayudó el buen dibujo y esa sátira inteligente de la que siempre ha hecho gala Shelton, que lo mismo se reía de los superhéroes, que de los jipis o hablaba sin demasiados tapujos del consumo de drogas, de la policía de estupefacientes o de sexo. Unos temas que, a pesar de la época, nunca le generaron problemas con las autoridades.

«En Estados Unidos la policía primero va a por el editor, luego a por el impresor, después a por el distribuidor… Solo al final del todo van a por el autor». Al menos así ha sido antes de la era Trump. La nueva situación política del país tal vez haga que las cosas se pongan difíciles para los Freaks Brothers. «A lo mejor se tienen que ir a México, a Canadá o a Uruguay, ahora que han legalizado la marihuana», bromea Shelton.

Ni en sus mejores sueños los Freak Brothers hubieran imaginado que en el siglo XXI la marihuana sería legal en algunos países o en ciertos estados de Estados Unidos. «Sí, podría ser divertido hacer una historia sobre la legalización de la marihuana. De hecho en las tres últimas historias de Freak Brothers no hay menciones a la droga. En una Phineas se convierte en terrorista suicida, Franklin se compra una pistola y Fat Freddy se hace religioso».

Casi medio siglo después de la aparición de su primera historieta, los personajes de Shelton siguen igual de frescos como el primer día.

«Bueno, también la Pequeña Lulú te sigue entreteniendo si la lees ahora. Con los Freak Brothers sucede lo mismo porque tienen una estructura clásica de tira de cómic. Es sencillo de leer, pero es intemporal. Después de todo aprendí que tenía que hacer historias que no estuvieran muy vinculadas con la actualidad. La actualidad se olvida fácilmente. En Wonder War-Hog salía en ocasiones Lindon B. Johnson, pero creo que ahora nadie sabe quién era».

A Gilbert Shelton no le gusta demasiado dibujar. «No soy como Robert Crumb», explica. «Él es un dibujante compulsivo. Dibuja constantemente. En la mesa del restaurante, en la mesa del comedor… Es algo psicológico. A su hermano mayor también le pasaba. Rellenaba cientos de libros con letra muy apretada que a mí me parecían simplemente “mmmmmmmmmm”. Él decía que estaba copiando grandes obras de la literatura y que incluso él podía leerlas. No estoy muy convencido de que fuera verdad».

Gilbert Shelton es uno de los pioneros del cómic underground americano de los años 60. «Bueno, nosotros preferíamos llamarlo alternativo, porque utilizábamos vías de distribución alternativas», explica. Entre sus creaciones se encuentran Los fabulosos Freak Brothers, El gato de Fat Freddy o Superserdo (Wonder Wart-Hog), personajes que ya forman parte de la historia del cómic. Tanto es así que sorprende esa reticencia confesa hacia el dibujo.

«Nunca me gustó dibujar mucho. Es realmente complicado para mí. Estudie un par de años en la Universidad de Texas, pero creo que debí haber elegido Diseño Gráfico y no Bellas Artes. Además, a los profesores de Universidad no les gustaba nada el cómic. Ahora ya les gusta más. Conozco un profesor de la universidad de Misuri que ahora organiza cursos universitarios dedicados al cómic. Eso antes era impensable».

Aunque la universidad de los años 60 no le prestase demasiada atención a los cómics, lo cierto es que este arte estaba bastante presente en la sociedad norteamericana de la época.

«Los periódicos americanos tenían y tienen secciones diarias de tiras de cómic. Recuerdo a Dick Tracy, Li’l Abner, la Pequeña Lulú, a Pogo de Walt Kelly… También estaba el Pato Donald de Carol Barks, que no firmaba porque Disney no dejaba que lo hiciera, pero te podría decir sin problemas cuáles eran las de Barks porque eran más divertidas y estaban mejor dibujadas».

Esas primeras lecturas fueron las que animaron a Shelton a convertirse en autor profesional de cómics. Sin embargo, la clave de su éxito fue compaginar esa actividad con la de editor.

«He tenido muy buena suerte. He podido construirme una buena reputación, hacer tebeos y vender muchos ejemplares. Para eso fue importante tener mi propia editorial. Crumb, por ejemplo, nunca la tuvo y, aunque es un clásico del underground, nunca fue un best seller. De los Freak Brothers, por ejemplo, se vendieron millones y millones de cómics».

Las primeras ediciones independientes de Shelton surgieron en la universidad. Allí, utilizando de forma clandestina las fotocopiadoras del centro, él y sus amigos imprimieron varios tebeos de los que apenas sacaban medio centenar de copias. La profesionalización llegaría después. Una experiencia tan apasionante como complicada.

«En esa época éramos jipis con el pelo muy largo. En ocasiones, cuando trabajábamos con las imprentas se el pelo se enganchaba y nos lo cortaba. Eran lugares peligrosos las imprentas. Luego, el éxito de una editorial depende mucho de la distribución. En mi opinión, casi tres cuartas partes del éxito dependen de ella. Además, Estados Unidos no es como España, donde puede hacer la distribución un tipo con una furgoneta. Allí estás en manos de las grandes distribuidoras que, en ocasiones, están en manos de la mafia».


El control de la distribución por parte de la mafia provocaba, por ejemplo, que los autores underground no tuvieran demasiado éxito en la Costa Este. «Las tiendas tenían miedo de trabajar con las distribuidoras alternativas». Por eso el éxito de los Freaks Brothers o de Wonder Wart-Hog fue más importante en la Costa Oeste. «Los periódicos de izquierdas o la prensa independiente publicaban mis historietas y eso ayudó a que se hicieran populares».

También ayudó el buen dibujo y esa sátira inteligente de la que siempre ha hecho gala Shelton, que lo mismo se reía de los superhéroes, que de los jipis o hablaba sin demasiados tapujos del consumo de drogas, de la policía de estupefacientes o de sexo. Unos temas que, a pesar de la época, nunca le generaron problemas con las autoridades.

«En Estados Unidos la policía primero va a por el editor, luego a por el impresor, después a por el distribuidor… Solo al final del todo van a por el autor». Al menos así ha sido antes de la era Trump. La nueva situación política del país tal vez haga que las cosas se pongan difíciles para los Freaks Brothers. «A lo mejor se tienen que ir a México, a Canadá o a Uruguay, ahora que han legalizado la marihuana», bromea Shelton.

Ni en sus mejores sueños los Freak Brothers hubieran imaginado que en el siglo XXI la marihuana sería legal en algunos países o en ciertos estados de Estados Unidos. «Sí, podría ser divertido hacer una historia sobre la legalización de la marihuana. De hecho en las tres últimas historias de Freak Brothers no hay menciones a la droga. En una Phineas se convierte en terrorista suicida, Franklin se compra una pistola y Fat Freddy se hace religioso».

Casi medio siglo después de la aparición de su primera historieta, los personajes de Shelton siguen igual de frescos como el primer día.

«Bueno, también la Pequeña Lulú te sigue entreteniendo si la lees ahora. Con los Freak Brothers sucede lo mismo porque tienen una estructura clásica de tira de cómic. Es sencillo de leer, pero es intemporal. Después de todo aprendí que tenía que hacer historias que no estuvieran muy vinculadas con la actualidad. La actualidad se olvida fácilmente. En Wonder War-Hog salía en ocasiones Lindon B. Johnson, pero creo que ahora nadie sabe quién era».

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