28 de julio 2014    /   CREATIVIDAD
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Un cono de tráfico como capirote de una estatua, el mejor icono de Glasgow

28 de julio 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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Hay pequeños gestos que definen una gran ciudad. Por ejemplo, la irreverente Glasgow cuando en 1986 decidió rebautizar St. George Place como Nelson Mandela Place, desafiando a Margaret Thatcher en los estertores del «apartheid». Más o menos por las mismas fechas, y en la misma ciudad, la estatua ecuestre del Duque de Wellington amaneció un buen día con un llamativo capirote de tráfico en la cabeza…
Los periódicos y las autoridades locales condenaron la «gamberrada», seguramente «perpetrada por algún estudiante borracho». Los vecinos de Glasgow celebraron sin embargo por todo lo alto aquel acto de impostura artística, comparable al bigote que Marcel Duchamp le pintó a la Mona Lisa.
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El caso es que a estas alturas es difícil imaginar al general Arthur Wellesley, el Duque de Wellington, sin el llamativo cono anaranjado en la cabeza, flanqueando por méritos propios la entrada a la Galería de Arte Moderno de Glasgow (GOMA), que por cierto ofrece estos días una selección del mejor artes escocés contemporáneo (Generation).
Al cabo de tres décadas, el «cono» se ha convertido en el icono de Glasgow, pese a los reiterados intentos de la autoridad por acabar con la «falta de respeto» contra el vencedor de Napoléon en la batalla de Waterloo (el mismo que nos echó una manita en la guerra de la independencia).
Más de cien veces al año, los operarios del Ayuntamiento ascienden hasta lo alto de la estatua para quitarle el sombrero de plástico al ilustre general. Y otras tantas ascienden los vecinos para colocarlo en su lugar, alegando que se trata de un gesto artístico que sirve además para proteger al Duque de Wellington de los guanos de las gaviotas y las palomas.
Empeñado en lavar la imagen de Glasgow para celebrar los Juegos de la Commonwealth, el Ayuntamiento propuso en el 2013 gastarse 80.000 euros en la renovación del monumento, incluido un nuevo pedestal antivándalos que acabaría de una vez por todas con la irreverente tradición.
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Los glaswegians contraatacaron con el poder de la democracia. En menos de 24 horas recolectaron 10.000 firmas (muchas de ellas, al pie de la estatua) y juntaron  32.000 miembros en un ruidoso grupo de Facebook bajo la consigna «Keep the cone». Y así fue cómo conquistaron el sacrosanto derecho a poner un capirote a la estatua (el caballo también se beneficia ocasionalmente).
«El cono es el símbolo del espíritu desafiante y divertido de Glasgow por el que la ciudad es conocida en todo el mundo», sostiene Lara Davis, una de las coordinadoras de la campaña. «El cono nos da además la seguridad y la confianza para arrancar el día con una sonrisa, y todos sabemos que Glasgow sonríe mejor».
La guía Lonely Planet incluye la estatua del Duque de Wellington –obra de Carlo Marochetti en 1844- entre los «diez monumentos más estrafalarios del mundo». La estatua ha servido inspiración a los performers callejeros, que han convertido estos días la calle Buchanan –las Ramblas de Glasgow- en una sucesión de rostros negros con conos de tráfico. Y la revista Big Issue ha elegido para su última portada al inmortal Duque de Wellington con capirote como símbolo del Glasgow «real», que es también la capital artística del Reino Unido, con su lista incesante de Premios Turner (Martin Creed, Douglas Gordon, Susan Philipsz, Richard Wright).
Sara Lowndes, que ha escrito su particular oda a Glasgow en Social Sculpture, asegura que la creatividad artística de la ciudad orbita en torno a la afamada Escuela de Arte y la Lighthouse, sin olvidarnos de su intensa vida nocturna (con los Franz Ferdinand como una de sus exportaciones). La novelista Nicola White habla de la mezcla del «sentido colectivo» y la cultura del «hazlo tú mismo», más las gotas de intransferible humor escocés que distinguen a Glasgow de la estirada Edimburgo, su eterna rival.
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En lo alto de la Lighthouse, el centro de arte y diseño de Glasgow, el Duque de Wellington y su cono saludan con orgullo a los visitantes desde un ventanal, en un dibujo y poema firmado por un tal Lex… «Vecinos y  turistas/ aman por igual/ el cono de tráfico/. Es imposible imaginar/ una representación mejor /y más sucinta/ de la palabra “moderno”».
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Hay pequeños gestos que definen una gran ciudad. Por ejemplo, la irreverente Glasgow cuando en 1986 decidió rebautizar St. George Place como Nelson Mandela Place, desafiando a Margaret Thatcher en los estertores del «apartheid». Más o menos por las mismas fechas, y en la misma ciudad, la estatua ecuestre del Duque de Wellington amaneció un buen día con un llamativo capirote de tráfico en la cabeza…
Los periódicos y las autoridades locales condenaron la «gamberrada», seguramente «perpetrada por algún estudiante borracho». Los vecinos de Glasgow celebraron sin embargo por todo lo alto aquel acto de impostura artística, comparable al bigote que Marcel Duchamp le pintó a la Mona Lisa.
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El caso es que a estas alturas es difícil imaginar al general Arthur Wellesley, el Duque de Wellington, sin el llamativo cono anaranjado en la cabeza, flanqueando por méritos propios la entrada a la Galería de Arte Moderno de Glasgow (GOMA), que por cierto ofrece estos días una selección del mejor artes escocés contemporáneo (Generation).
Al cabo de tres décadas, el «cono» se ha convertido en el icono de Glasgow, pese a los reiterados intentos de la autoridad por acabar con la «falta de respeto» contra el vencedor de Napoléon en la batalla de Waterloo (el mismo que nos echó una manita en la guerra de la independencia).
Más de cien veces al año, los operarios del Ayuntamiento ascienden hasta lo alto de la estatua para quitarle el sombrero de plástico al ilustre general. Y otras tantas ascienden los vecinos para colocarlo en su lugar, alegando que se trata de un gesto artístico que sirve además para proteger al Duque de Wellington de los guanos de las gaviotas y las palomas.
Empeñado en lavar la imagen de Glasgow para celebrar los Juegos de la Commonwealth, el Ayuntamiento propuso en el 2013 gastarse 80.000 euros en la renovación del monumento, incluido un nuevo pedestal antivándalos que acabaría de una vez por todas con la irreverente tradición.
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Los glaswegians contraatacaron con el poder de la democracia. En menos de 24 horas recolectaron 10.000 firmas (muchas de ellas, al pie de la estatua) y juntaron  32.000 miembros en un ruidoso grupo de Facebook bajo la consigna «Keep the cone». Y así fue cómo conquistaron el sacrosanto derecho a poner un capirote a la estatua (el caballo también se beneficia ocasionalmente).
«El cono es el símbolo del espíritu desafiante y divertido de Glasgow por el que la ciudad es conocida en todo el mundo», sostiene Lara Davis, una de las coordinadoras de la campaña. «El cono nos da además la seguridad y la confianza para arrancar el día con una sonrisa, y todos sabemos que Glasgow sonríe mejor».
La guía Lonely Planet incluye la estatua del Duque de Wellington –obra de Carlo Marochetti en 1844- entre los «diez monumentos más estrafalarios del mundo». La estatua ha servido inspiración a los performers callejeros, que han convertido estos días la calle Buchanan –las Ramblas de Glasgow- en una sucesión de rostros negros con conos de tráfico. Y la revista Big Issue ha elegido para su última portada al inmortal Duque de Wellington con capirote como símbolo del Glasgow «real», que es también la capital artística del Reino Unido, con su lista incesante de Premios Turner (Martin Creed, Douglas Gordon, Susan Philipsz, Richard Wright).
Sara Lowndes, que ha escrito su particular oda a Glasgow en Social Sculpture, asegura que la creatividad artística de la ciudad orbita en torno a la afamada Escuela de Arte y la Lighthouse, sin olvidarnos de su intensa vida nocturna (con los Franz Ferdinand como una de sus exportaciones). La novelista Nicola White habla de la mezcla del «sentido colectivo» y la cultura del «hazlo tú mismo», más las gotas de intransferible humor escocés que distinguen a Glasgow de la estirada Edimburgo, su eterna rival.
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En lo alto de la Lighthouse, el centro de arte y diseño de Glasgow, el Duque de Wellington y su cono saludan con orgullo a los visitantes desde un ventanal, en un dibujo y poema firmado por un tal Lex… «Vecinos y  turistas/ aman por igual/ el cono de tráfico/. Es imposible imaginar/ una representación mejor /y más sucinta/ de la palabra “moderno”».
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