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17 de junio 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: Estar en la gloria

17 de junio 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Fuera está diluviando y hace un frío de mil demonios. Dentro, tú estás en la camita, tapada con un edredón, bien calentita, y sin ninguna prisa por levantarte porque es sábado. Es un estado tan sublime, tan ideal, tan cálido que nos hace sentirnos como Dios. ¿He dicho como Dios? Pues no, es bastante más terrenal el origen de este dicho.

Efectivamente, lejos de lo que puede parecer a primera vista, la gloria de esta expresión tiene poco que ver con la divina prometida por los curas. Por muy bien que nos sintamos cuando estamos en ella.

Gloria es como se conoce en algunos lugares a un sistema de calefacción que se utilizaba para calentar las casas. Su origen está en el hipocausto romano, que en realidad era griego, pero que los contemporáneos de los césares mejoraron considerablemente.

En la Edad Media ya se usaba en Castilla y ha llegado hasta nuestros días, donde parece que se vuelve a poner de moda por esta tontería de la crisis y en vista de lo carísimo que está el gas natural.

Consistía en una caldera u hoguera situada en el exterior de la vivienda, cuyo tiro, en lugar de ser vertical, se extendía en horizontal bajo el suelo de las casas para transportar el calor que se producía y ayudar a caldear las estancias. Una vez finalizado el recorrido, el humo salía por una chimenea tradicional y en vertical, que es por donde debe salir todo humo que se precie.

Los que conozcáis el invierno castellano sabéis lo gustoso y reconfortante que es ese calorcito del hogar cuando fuera hace un frío del carajo. Así que esa sensación de estar feliz como una perdiz y más a gusto que en brazos fue fácilmente identificable con la gloria cristiana, esa que debe andar llena de angelitos y placeres varios.

Sin embargo, poco tiene que ver la gloria divina con la gloria terrenal. Aunque es probable que la primera pusiera su granito de arena a la hora de rebautizar cristianamente al hipocausto romano.

Las bondades del cielo que Dios promete a los hombres de bien podían estar muy cercanas a la comodidad recia de un hogar castellano en invierno, caldeado y protegido de las inclemencias del tiempo. Quizá de ahí le venga el nombre a esta estufa, aventuran algunos.

Pero volvamos a la cama. Y que jarree fuera todo lo que quiera. Nosotros, como decía aquel, estamos tan agustitooooooo…

Fuera está diluviando y hace un frío de mil demonios. Dentro, tú estás en la camita, tapada con un edredón, bien calentita, y sin ninguna prisa por levantarte porque es sábado. Es un estado tan sublime, tan ideal, tan cálido que nos hace sentirnos como Dios. ¿He dicho como Dios? Pues no, es bastante más terrenal el origen de este dicho.

Efectivamente, lejos de lo que puede parecer a primera vista, la gloria de esta expresión tiene poco que ver con la divina prometida por los curas. Por muy bien que nos sintamos cuando estamos en ella.

Gloria es como se conoce en algunos lugares a un sistema de calefacción que se utilizaba para calentar las casas. Su origen está en el hipocausto romano, que en realidad era griego, pero que los contemporáneos de los césares mejoraron considerablemente.

En la Edad Media ya se usaba en Castilla y ha llegado hasta nuestros días, donde parece que se vuelve a poner de moda por esta tontería de la crisis y en vista de lo carísimo que está el gas natural.

Consistía en una caldera u hoguera situada en el exterior de la vivienda, cuyo tiro, en lugar de ser vertical, se extendía en horizontal bajo el suelo de las casas para transportar el calor que se producía y ayudar a caldear las estancias. Una vez finalizado el recorrido, el humo salía por una chimenea tradicional y en vertical, que es por donde debe salir todo humo que se precie.

Los que conozcáis el invierno castellano sabéis lo gustoso y reconfortante que es ese calorcito del hogar cuando fuera hace un frío del carajo. Así que esa sensación de estar feliz como una perdiz y más a gusto que en brazos fue fácilmente identificable con la gloria cristiana, esa que debe andar llena de angelitos y placeres varios.

Sin embargo, poco tiene que ver la gloria divina con la gloria terrenal. Aunque es probable que la primera pusiera su granito de arena a la hora de rebautizar cristianamente al hipocausto romano.

Las bondades del cielo que Dios promete a los hombres de bien podían estar muy cercanas a la comodidad recia de un hogar castellano en invierno, caldeado y protegido de las inclemencias del tiempo. Quizá de ahí le venga el nombre a esta estufa, aventuran algunos.

Pero volvamos a la cama. Y que jarree fuera todo lo que quiera. Nosotros, como decía aquel, estamos tan agustitooooooo…

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