24 de marzo 2020    /   CREATIVIDAD
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¿Acabará el coronavirus con los golpecitos que dan los almerienses al hablar?

Hay quien dice que es una muestra de afecto, quien piensa que es un reclamo de atención y quien asegura que es ¡un cate de euforia!

24 de marzo 2020    /   CREATIVIDAD     por          
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No sé yo si los almerienses podrán meterse las manos en los bolsillos cuando vuelvan a salir a la calle después de la cuarentena. En el mundo que precedió al coronavirus, en Almería, era habitual saludar a alguien agarrándolo del brazo o dándole una palmada en la espalda. Era una forma clásica de mostrar cariño.

«Hombreee, ¿cómo estás?». 
(Plas, plas). 

Las conversaciones estaban acompañadas de pequeños golpecitos. Al hablar era común ir soltando unos manotazos en el brazo del que escuchaba. De poquito en poquito. En un ritmo intuitivo que intentaba mantener la viveza de la conversación y que pedía al oyente volver al redil al instante que miraba a otro lado o dirigía la vista al infinito. Era un modo habitual de reclamar la atención, incluso a manotazos si hacía falta. 

—¿Por qué me pegas?

—Pero ¿quién te está pegando? Te estoy hablando.

Tocarse unos a otros era parte del lenguaje. Era tan necesario como las palabras y la entonación. Parecía que la voz se quedaba corta y había que añadir los signos de puntuación dándole al otro una palmada en el lomo o un leñacillo de complicidad. Aunque muchas personas que llegaban de fuera no entendían a qué se debía tanto manotazo. 

Le ocurrió a la medio vasca medio madrileña Ane Fernández cuando llegó hace diez años a Almería. «Mi primera reacción fue un sentimiento de invasión. Me di cuenta de que era un gesto muy habitual que me desagradaba bastante y que, al principio, aguantaba con estoica tolerancia. Después lo seguí aguantando, pero con el odio creciendo en mi interior. Ja, ja, ja», ríe hoy al recordarlo. 

Dice que le sorprendió que fueran tan comunes esos golpecitos que los almerienses dan por impulso, ¡sin saberlo incluso! Lo hacía casi todo el mundo. Antes solo lo había visto en personas muy mayores que, para dirigirse a ella, la cogían del brazo. «Ese gesto, el toquecito, era transversal a toda la ciudadanía y me llegó a parecer que estuviese acotado a una provincia. Me alucinó».

Tocar es también una forma de mostrar cariño, pero Fernández nunca lo asoció al afecto. «Creo que es un reclamo de atención constante al interlocutor y una manía bastante molesta. Me parecía muy atávico, es decir, que la persona no era capaz de entender que ya con su relato era capaz de captar mi atención».

Preguntemos a un almeriense. A un cómico de humor made in Almería. A ver qué piensa de este asunto Pepe Céspedes.

—Pepe, ¿por qué crees que los almerienses pegan tanto?

—En este tema nos encontramos con dos corrientes historiográficas completamente enfrentadas. Hay autores maniqueos que lo atribuyen a una sensibilidad política y social que nos conduce a invadir otros espacios vitales. Sin embargo, esto no se sostiene ni bibliográficamente ni por hecho alguno. La segunda escuela, mucho más refutada y contrastada, es la que sostiene que el verdadero hombre del renacimiento no fue Leonardo da Vinci, sino Manolo, un pescador de Cabo de Gata, que entre sus múltiples inventos, cuadros, libros y aforismos, consiguió ser el primer viajero en el tiempo. Usando una barca, aparejos para pescar al volantín, y multiplicando las dimensiones de un átomo con una pata de pulpo seco, fue capaz de viajar al futuro. Concretamente, a marzo de 2020. Conoció el confinamiento y el coronavirus. Tras dos semanas en una casa de Las Salinas, sin poder salir, pensó que el futuro no era para nada el fastuoso mundo que había imaginado y, con las mismas, se volvió por donde había venido. Directo al Renacimiento, sin pasar ni por la Transición, ni por la Movida, ni por muertos reveníos. Tras lo visto y aprendido, puso en marcha esa liturgia del tocamiento excesivo. Sobre todo, para cuando siglos después lo echáramos de menos. En realidad, no somos muy tocones. Damos muchas palmadas para que las ahorres y las recuerdes en tiempos de encierro.

Aunque, por supuesto, ¡siempre se puede arrear más y mejor! Hay quien no ve en los golpecitos del siglo XXI el ímpetu que tenían los baby boomers, los que bailaron el twist, los abuelos de hoy. «Ya no es tanto como antes. La generación de nuestros padres se pegaban golpes en la espalda a lo Bud Spencer. Ahora la gente es más frágil», explica el humorista Paco Calavera. Y no sitúa en Almería el epicentro de estas leves tortas. Piensa que es una onda expansiva que se extiende por todo el Mediterráneo: «Nos parecemos mucho a los italianos y es fantástico. Es por el clima. Hace un tiempo tan bueno que todo lo hacemos exagerado en comparación con los del norte. Hasta saludarnos. Son cates de euforia».

Esta forma de hablar con golpecitos, este ímpetu comunicativo, puede que haya caducado en poco más de una semana de estado de alarma que llevamos en el cuerpo. Después de la cuarentena, ¿molestará a los almerienses tanto toqueteo? Lo que antes era afecto ahora puede ser contagio. Los límites entre una persona y otra serán más gruesos. La expresividad tendrá fronteras: no tocar, no invadir, ¡txché, a ver hasta dónde te acercas! El espacio vital va a ampliar su circunferencia a los dos metros de rigor siempre que se pueda. ¡Que corra el aire!

—¿Crees que la costumbre de los golpecitos va a cambiar después del golpetazo del coronavirus?

—Dudo que se transforme por esta crisis si, como todos deseamos, dura poco —indica Ane Fernández—. Otra cosa es que se alargue en el tiempo. Sin ninguna base antropológica, diría que es un gesto muy arraigado que la gente hace sin darse cuenta y que, para el foráneo, es desagradable.

Pepe Céspedes también piensa que no hay bicho que acabe con un buen golpe en el espinazo o una manotada a mitad de la conversación:

—No afectará nada. Aquella barca ya no navega y aquel pulpo seco ya no desdobla átomos en dimensiones. Por lo tanto, seguiremos con los mismos rituales por si nos faltaran los abrazos, los besos, los cebollazos en la espalda o las guantás con cariño en alguna otra ocasión. Quizás haya pequeñas poblaciones que se toquen menos. Vivirán en reservas especiales donde montarán casinos y venderán al turista sus anécdotas de tiempos de pandemia. Los llamaremos «los que no saludan». Así somos nosotros. Mejor un buen nombre largo que una mala metáfora.

Tampoco Calavera ve un futuro aséptico en Almería. Está convencido de que ni siquiera este virus que ha puesto al planeta en ensayo general de guerra bacteriológica puede acabar con los golpecitos. «No va a cambiar nada», dice. «La primera semana de libertad puede que nos cueste un poco, pero a la mínima que volvamos a beber ahí fuera volvemos a lo de siempre».

Y enfatiza. Y se viene arriba. «Es que yo creo que nos vamos a tocar más. (Qué bien suena). Pensemos en los amantes que no viven juntos, que quizás sean vecinos y tengan que hablarse desde el balcón, a lo Romeo y Julieta. La explosión de amor, de júbilo, va a dar para un nuevo disco psicodélico de los Beatles».

No sé yo si los almerienses podrán meterse las manos en los bolsillos cuando vuelvan a salir a la calle después de la cuarentena. En el mundo que precedió al coronavirus, en Almería, era habitual saludar a alguien agarrándolo del brazo o dándole una palmada en la espalda. Era una forma clásica de mostrar cariño.

«Hombreee, ¿cómo estás?». 
(Plas, plas). 

Las conversaciones estaban acompañadas de pequeños golpecitos. Al hablar era común ir soltando unos manotazos en el brazo del que escuchaba. De poquito en poquito. En un ritmo intuitivo que intentaba mantener la viveza de la conversación y que pedía al oyente volver al redil al instante que miraba a otro lado o dirigía la vista al infinito. Era un modo habitual de reclamar la atención, incluso a manotazos si hacía falta. 

—¿Por qué me pegas?

—Pero ¿quién te está pegando? Te estoy hablando.

Tocarse unos a otros era parte del lenguaje. Era tan necesario como las palabras y la entonación. Parecía que la voz se quedaba corta y había que añadir los signos de puntuación dándole al otro una palmada en el lomo o un leñacillo de complicidad. Aunque muchas personas que llegaban de fuera no entendían a qué se debía tanto manotazo. 

Le ocurrió a la medio vasca medio madrileña Ane Fernández cuando llegó hace diez años a Almería. «Mi primera reacción fue un sentimiento de invasión. Me di cuenta de que era un gesto muy habitual que me desagradaba bastante y que, al principio, aguantaba con estoica tolerancia. Después lo seguí aguantando, pero con el odio creciendo en mi interior. Ja, ja, ja», ríe hoy al recordarlo. 

Dice que le sorprendió que fueran tan comunes esos golpecitos que los almerienses dan por impulso, ¡sin saberlo incluso! Lo hacía casi todo el mundo. Antes solo lo había visto en personas muy mayores que, para dirigirse a ella, la cogían del brazo. «Ese gesto, el toquecito, era transversal a toda la ciudadanía y me llegó a parecer que estuviese acotado a una provincia. Me alucinó».

Tocar es también una forma de mostrar cariño, pero Fernández nunca lo asoció al afecto. «Creo que es un reclamo de atención constante al interlocutor y una manía bastante molesta. Me parecía muy atávico, es decir, que la persona no era capaz de entender que ya con su relato era capaz de captar mi atención».

Preguntemos a un almeriense. A un cómico de humor made in Almería. A ver qué piensa de este asunto Pepe Céspedes.

—Pepe, ¿por qué crees que los almerienses pegan tanto?

—En este tema nos encontramos con dos corrientes historiográficas completamente enfrentadas. Hay autores maniqueos que lo atribuyen a una sensibilidad política y social que nos conduce a invadir otros espacios vitales. Sin embargo, esto no se sostiene ni bibliográficamente ni por hecho alguno. La segunda escuela, mucho más refutada y contrastada, es la que sostiene que el verdadero hombre del renacimiento no fue Leonardo da Vinci, sino Manolo, un pescador de Cabo de Gata, que entre sus múltiples inventos, cuadros, libros y aforismos, consiguió ser el primer viajero en el tiempo. Usando una barca, aparejos para pescar al volantín, y multiplicando las dimensiones de un átomo con una pata de pulpo seco, fue capaz de viajar al futuro. Concretamente, a marzo de 2020. Conoció el confinamiento y el coronavirus. Tras dos semanas en una casa de Las Salinas, sin poder salir, pensó que el futuro no era para nada el fastuoso mundo que había imaginado y, con las mismas, se volvió por donde había venido. Directo al Renacimiento, sin pasar ni por la Transición, ni por la Movida, ni por muertos reveníos. Tras lo visto y aprendido, puso en marcha esa liturgia del tocamiento excesivo. Sobre todo, para cuando siglos después lo echáramos de menos. En realidad, no somos muy tocones. Damos muchas palmadas para que las ahorres y las recuerdes en tiempos de encierro.

Aunque, por supuesto, ¡siempre se puede arrear más y mejor! Hay quien no ve en los golpecitos del siglo XXI el ímpetu que tenían los baby boomers, los que bailaron el twist, los abuelos de hoy. «Ya no es tanto como antes. La generación de nuestros padres se pegaban golpes en la espalda a lo Bud Spencer. Ahora la gente es más frágil», explica el humorista Paco Calavera. Y no sitúa en Almería el epicentro de estas leves tortas. Piensa que es una onda expansiva que se extiende por todo el Mediterráneo: «Nos parecemos mucho a los italianos y es fantástico. Es por el clima. Hace un tiempo tan bueno que todo lo hacemos exagerado en comparación con los del norte. Hasta saludarnos. Son cates de euforia».

Esta forma de hablar con golpecitos, este ímpetu comunicativo, puede que haya caducado en poco más de una semana de estado de alarma que llevamos en el cuerpo. Después de la cuarentena, ¿molestará a los almerienses tanto toqueteo? Lo que antes era afecto ahora puede ser contagio. Los límites entre una persona y otra serán más gruesos. La expresividad tendrá fronteras: no tocar, no invadir, ¡txché, a ver hasta dónde te acercas! El espacio vital va a ampliar su circunferencia a los dos metros de rigor siempre que se pueda. ¡Que corra el aire!

—¿Crees que la costumbre de los golpecitos va a cambiar después del golpetazo del coronavirus?

—Dudo que se transforme por esta crisis si, como todos deseamos, dura poco —indica Ane Fernández—. Otra cosa es que se alargue en el tiempo. Sin ninguna base antropológica, diría que es un gesto muy arraigado que la gente hace sin darse cuenta y que, para el foráneo, es desagradable.

Pepe Céspedes también piensa que no hay bicho que acabe con un buen golpe en el espinazo o una manotada a mitad de la conversación:

—No afectará nada. Aquella barca ya no navega y aquel pulpo seco ya no desdobla átomos en dimensiones. Por lo tanto, seguiremos con los mismos rituales por si nos faltaran los abrazos, los besos, los cebollazos en la espalda o las guantás con cariño en alguna otra ocasión. Quizás haya pequeñas poblaciones que se toquen menos. Vivirán en reservas especiales donde montarán casinos y venderán al turista sus anécdotas de tiempos de pandemia. Los llamaremos «los que no saludan». Así somos nosotros. Mejor un buen nombre largo que una mala metáfora.

Tampoco Calavera ve un futuro aséptico en Almería. Está convencido de que ni siquiera este virus que ha puesto al planeta en ensayo general de guerra bacteriológica puede acabar con los golpecitos. «No va a cambiar nada», dice. «La primera semana de libertad puede que nos cueste un poco, pero a la mínima que volvamos a beber ahí fuera volvemos a lo de siempre».

Y enfatiza. Y se viene arriba. «Es que yo creo que nos vamos a tocar más. (Qué bien suena). Pensemos en los amantes que no viven juntos, que quizás sean vecinos y tengan que hablarse desde el balcón, a lo Romeo y Julieta. La explosión de amor, de júbilo, va a dar para un nuevo disco psicodélico de los Beatles».

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