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19 de diciembre 2017    /   CREATIVIDAD
por
ilustracion  Alto

El grafitero que pinta la memoria histórica ahí donde está

19 de diciembre 2017    /   CREATIVIDAD     por        ilustracion  Alto
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A veces la memoria peca de caprichosa. Selecciona recuerdos que no querríamos retener y elimina aquellos que en su día soñamos con registrar para la eternidad. En España, hablar de ella no suele asociarse a un aspecto neurológico o a prácticas en psicoanálisis, sino a un periodo histórico reciente, aún palpable. Nos lleva a un país dividido y a la usual excusa de no desempolvar el pasado. Es casi sinónimo de revancha, olvido o derrota.

Bajo las cunetas aún quedan miles de cuerpos sin identificar, de lápidas sin nombre. Ahora, ese infausto honor patrio ha saltado a algunos muros de las ciudades. El artista urbano conocido como Alto pinta calaveras y huesos con un número de cuatro dígitos para recordar esta herida abierta.

Alto, seudónimo de alguien a quien su círculo conoce como Toño, provenía de la ilustración, del cómic y la animación. Tras un viaje a Grecia en 2004 descubrió en Atenas un mural de Zap 51, un artista griego con múltiples obras en la capital helena. «Me impresionó ver los típicos dibujos infantiles en paredes enormes», recuerda por teléfono. Algo le pinchó: descrubrió que quería pintar en las calles.

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Poco después, Alto se introdujo en el colectivo Keller, un grupo de arte urbano donde aprendió las técnicas del espray con «chavales muy jóvenes». El lugar para las reuniones era el antiguo edificio de la Tabacalera de Madrid, reconvertido en Centro Social Autogestionado. «Tenían ilusión por pintar y no había presión. Me sentía muy a gusto, muy cómodo, y me acogieron en seguida», comenta.

La gran oportunidad le llegó en un acto municipal que habilitaba unas paredes para pintarlas. Salió elegido. «Me pareció que esta era una gran ocasión para dar voz con mi pintura a las víctimas del franquismo y tratar el tema de la memoria histórica en un proyecto financiado e impulsado por un ministerio del estado español», rememora. Lo comentó en su círculo y «apareció Manuela».

Manuela es, en realidad, Manuela Bergerot, una argentina experta en políticas de memoria histórica que reside en España. La conjunción de sus trabajos se plasmó en este primer trazado: varias personas sin cabeza al lado de unos cráneos. Así la explica: «Pillé una foto real, de una familia de la guerra, y quería que se vieran dos cosas: la cantidad de gente enterrada sin que los reconozcamos y la reflexión de cómo hemos perdido la cabeza porque no queremos revisar el pasado».

«Fue el punto de partida. Luego quise continuar, documentarme bien y ponerle número a cada fosa. Pretendía ser más riguroso con los datos, pero me di cuenta que lo importante era visibilizarlo», añade. «Me había interesado desde hacía tiempo, aunque no tengo ningún familiar en esa situación. En cualquier caso, me siento identificado con los que atraviesan un problema así y, además, es nuestra historia», apostilla quien cree que «estamos muy verdes» en cuanto a saber qué pasó.

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Su amiga Manuela, cómplice de sus creaciones, estaba involucrada en la querella que algunas organizaciones de víctimas y familiares llevaron a los tribunales de Buenos Aires para investigar el «genocidio» español y los «crímenes de lesa humanidad» durante la Guerra Civil y el franquismo. «Había un déficit enorme en hacer llegar el mensaje y este pedazo de historia a los jóvenes. Necesitábamos un nuevo lenguaje y una nueva estétic».

A lo que se refiere con mensaje es esa demanda ciudadana de enfrentarse a nuestros fantasmas y detallar lo que pasó entre 1936 y 1939, nuestra contienda fratricida, y el posterior régimen, que duró hasta 1975. Más de 40 años después del desenlace, aún hay quien no sabe dónde están enterrados sus familiares. En 2007, la Ley de Memoria Histórica, por la que «se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura» significó un avance, pero la falta de fondos e interés del Gobierno la han dejado en suspense.

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Tal y como detallan en la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, todavía quedan repartidas por el territorio nacional 2.200 fosas comunes. Y se parte de la cifra de 114.226 personas asesinadas para la búsqueda de cuerpos. «El problema», precisan, «es que nunca vamos a saber cuántas hay.

El registro no es fiable y solo yendo pueblo por pueblo se consigue información». Suelen decir que de una fosa sale otra, como les pasó en Bañuelos, un pueblo de León en el que el rastro de un cuerpo les hizo desenterrar dos sepulcros con tres y once personas más. «Todo tipo de proyecto cultural —grafitis, obras teatrales, novelas…— es poco, porque partimos de la base de que en las escuelas no se habla del tema», esgrimen desde la agrupación cuando se les habla de Alto.

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Recoge el testigo Manuela Bergerot. «No hay apenas datos, es alucinante. ¿Cómo puede ser que no se haya llevado a cabo una investigación de lo que pasó hace dos días?», se pregunta ella, que culpa al gobierno actual de esquilmar presupuestos para la investigación y de paralizar las exhumaciones, tanto a nivel local como nacional.

Por eso, para Bergerot la primera pintada del Matadero fue «incluso un acto de justicia poética». «La hicimos con dinero del Ministerio de Cultura», anota. Esa institución, precisamente, que entorpece el cumplimiento de la Ley y que convierte la lucha en un asunto personal, siendo cada afectado quien se sufraga los costes del proceso. «Se escudan en la escasez económica para no levantar los hoyos y para hacer no hacer análisis de datos genéticos», señala la activista.

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¿Y el futuro? Para Alto, coger los botes de nuevo tiene que esperar: su trabajo y una hija de año y medio no le permiten desempolvar el espray. No quiere decir que no vaya a continuar con el proyecto en el que lleva cuatro años embarcado.

Al contrario. Le gustaría representar alguna fosa en los lugares donde se lucha por desenterrar a alguien y homenajear a los torturados y asesinados. Como el caso de Ascensión Mendieta, en Guadalajara, que siguió de cerca: esta mujer de 91 años consiguió hace unos meses exhumar los restos de su padre, fusilado en 1939. «Creo que a la historia hay que hacerle frente y no mirar a otro lado. Y no cuesta tanto reparar a las víctimas. Porque los que aluden a remover el barro sí que saben dónde están sus muertos», zanja. Por esta su obra, algunos también recuerdan a los suyos con estos detalles en las paredes.

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A veces la memoria peca de caprichosa. Selecciona recuerdos que no querríamos retener y elimina aquellos que en su día soñamos con registrar para la eternidad. En España, hablar de ella no suele asociarse a un aspecto neurológico o a prácticas en psicoanálisis, sino a un periodo histórico reciente, aún palpable. Nos lleva a un país dividido y a la usual excusa de no desempolvar el pasado. Es casi sinónimo de revancha, olvido o derrota.

Bajo las cunetas aún quedan miles de cuerpos sin identificar, de lápidas sin nombre. Ahora, ese infausto honor patrio ha saltado a algunos muros de las ciudades. El artista urbano conocido como Alto pinta calaveras y huesos con un número de cuatro dígitos para recordar esta herida abierta.

Alto, seudónimo de alguien a quien su círculo conoce como Toño, provenía de la ilustración, del cómic y la animación. Tras un viaje a Grecia en 2004 descubrió en Atenas un mural de Zap 51, un artista griego con múltiples obras en la capital helena. «Me impresionó ver los típicos dibujos infantiles en paredes enormes», recuerda por teléfono. Algo le pinchó: descrubrió que quería pintar en las calles.

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Poco después, Alto se introdujo en el colectivo Keller, un grupo de arte urbano donde aprendió las técnicas del espray con «chavales muy jóvenes». El lugar para las reuniones era el antiguo edificio de la Tabacalera de Madrid, reconvertido en Centro Social Autogestionado. «Tenían ilusión por pintar y no había presión. Me sentía muy a gusto, muy cómodo, y me acogieron en seguida», comenta.

La gran oportunidad le llegó en un acto municipal que habilitaba unas paredes para pintarlas. Salió elegido. «Me pareció que esta era una gran ocasión para dar voz con mi pintura a las víctimas del franquismo y tratar el tema de la memoria histórica en un proyecto financiado e impulsado por un ministerio del estado español», rememora. Lo comentó en su círculo y «apareció Manuela».

Manuela es, en realidad, Manuela Bergerot, una argentina experta en políticas de memoria histórica que reside en España. La conjunción de sus trabajos se plasmó en este primer trazado: varias personas sin cabeza al lado de unos cráneos. Así la explica: «Pillé una foto real, de una familia de la guerra, y quería que se vieran dos cosas: la cantidad de gente enterrada sin que los reconozcamos y la reflexión de cómo hemos perdido la cabeza porque no queremos revisar el pasado».

«Fue el punto de partida. Luego quise continuar, documentarme bien y ponerle número a cada fosa. Pretendía ser más riguroso con los datos, pero me di cuenta que lo importante era visibilizarlo», añade. «Me había interesado desde hacía tiempo, aunque no tengo ningún familiar en esa situación. En cualquier caso, me siento identificado con los que atraviesan un problema así y, además, es nuestra historia», apostilla quien cree que «estamos muy verdes» en cuanto a saber qué pasó.

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Su amiga Manuela, cómplice de sus creaciones, estaba involucrada en la querella que algunas organizaciones de víctimas y familiares llevaron a los tribunales de Buenos Aires para investigar el «genocidio» español y los «crímenes de lesa humanidad» durante la Guerra Civil y el franquismo. «Había un déficit enorme en hacer llegar el mensaje y este pedazo de historia a los jóvenes. Necesitábamos un nuevo lenguaje y una nueva estétic».

A lo que se refiere con mensaje es esa demanda ciudadana de enfrentarse a nuestros fantasmas y detallar lo que pasó entre 1936 y 1939, nuestra contienda fratricida, y el posterior régimen, que duró hasta 1975. Más de 40 años después del desenlace, aún hay quien no sabe dónde están enterrados sus familiares. En 2007, la Ley de Memoria Histórica, por la que «se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura» significó un avance, pero la falta de fondos e interés del Gobierno la han dejado en suspense.

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Tal y como detallan en la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, todavía quedan repartidas por el territorio nacional 2.200 fosas comunes. Y se parte de la cifra de 114.226 personas asesinadas para la búsqueda de cuerpos. «El problema», precisan, «es que nunca vamos a saber cuántas hay.

El registro no es fiable y solo yendo pueblo por pueblo se consigue información». Suelen decir que de una fosa sale otra, como les pasó en Bañuelos, un pueblo de León en el que el rastro de un cuerpo les hizo desenterrar dos sepulcros con tres y once personas más. «Todo tipo de proyecto cultural —grafitis, obras teatrales, novelas…— es poco, porque partimos de la base de que en las escuelas no se habla del tema», esgrimen desde la agrupación cuando se les habla de Alto.

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Recoge el testigo Manuela Bergerot. «No hay apenas datos, es alucinante. ¿Cómo puede ser que no se haya llevado a cabo una investigación de lo que pasó hace dos días?», se pregunta ella, que culpa al gobierno actual de esquilmar presupuestos para la investigación y de paralizar las exhumaciones, tanto a nivel local como nacional.

Por eso, para Bergerot la primera pintada del Matadero fue «incluso un acto de justicia poética». «La hicimos con dinero del Ministerio de Cultura», anota. Esa institución, precisamente, que entorpece el cumplimiento de la Ley y que convierte la lucha en un asunto personal, siendo cada afectado quien se sufraga los costes del proceso. «Se escudan en la escasez económica para no levantar los hoyos y para hacer no hacer análisis de datos genéticos», señala la activista.

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¿Y el futuro? Para Alto, coger los botes de nuevo tiene que esperar: su trabajo y una hija de año y medio no le permiten desempolvar el espray. No quiere decir que no vaya a continuar con el proyecto en el que lleva cuatro años embarcado.

Al contrario. Le gustaría representar alguna fosa en los lugares donde se lucha por desenterrar a alguien y homenajear a los torturados y asesinados. Como el caso de Ascensión Mendieta, en Guadalajara, que siguió de cerca: esta mujer de 91 años consiguió hace unos meses exhumar los restos de su padre, fusilado en 1939. «Creo que a la historia hay que hacerle frente y no mirar a otro lado. Y no cuesta tanto reparar a las víctimas. Porque los que aluden a remover el barro sí que saben dónde están sus muertos», zanja. Por esta su obra, algunos también recuerdan a los suyos con estos detalles en las paredes.

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Opiniones 5
  • Deseo una larga vida para este artista por primera vez veo mas boluntad de conocer los orrores de esa maldita contienda mi abuelo sigue tirado en vida en una mina de BADAJOZ.y no hay forma de sacralo

  • Mi madre tiene noventa años y a su padre lo mataron cuando tenía siete años sin que se sepa donde puede estar su fosa. Sé que morirá sin cumplir lo que siempre ha deseado llorar ante sus restos para decirle que nunca lo ha olvidado. Por eso cada una de las fosas a bierta es una herida cerrada en todas las familias que hemos pasado por este horror. Gracias por una iniciativa tan brillante para hacer visible lo que quieren tapar.

  • Maravilloso y laudable que se luche contra la amnesia humillante y degradante impuesta en un acuerdo vejatorio, que buscaba la impunidad de los culpables.. Gracias

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