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22 de febrero 2013    /   CINE/TV
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Gran Hermano Marciano

22 de febrero 2013    /   CINE/TV     por          
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marte
(Update: En su momento, publicamos esta pieza en la que, como ha quedado patente, faltó una buena cantidad de sentido crítico. No queremos borrarlo de un plumazo sino que creemos que es bueno que los errores también consten. La misión Mars One es un gran timo)
Tenemos un plan. La fecha señalada es abril de 2023. Ese mes, de ese año, es el que el proyecto Mars One ha señalado para que un ser humano ponga sus pies sobre el planeta rojo. Si la cosa quedase ahí, la misión ya sería lo suficientemente excitante como para suponer un hito en la historia humana. Sin embargo, Mars One pretende financiar la misión de una manera un tanto peculiar: con un reality show.
¿Cómo pasa una persona de estar en casa, limitada a una mundana existencia, a decidir enviar a otras personas a Marte? En el caso del ingeniero holandés Bas Lansdorp, el detonante fue el amartizaje de la primera misión Mars Exploration Rover en 1997. Él es el cofundador del proyecto junto con Arno Wielders, físico que desempeñaba su trabajo en la Agencia Espacial Europea.
Ambos comenzaron la carrera hacia el planeta rojo en 2011 y bautizaron la utopía como Mars One. El objetivo es sencillo de contar. Quieren establecer un asentamiento humano sobre la faz marciana y para ello han elaborado una imaginaria cohabitación entre Ray Bradbury y George Orwell. La colonización marciana tendría al gran ojo televisivo vigilando cada movimiento. Es una forma de pagar la fiesta tan válida como otra, aunque mucho menos convencional.
“Ambos fundadores contactaron con Paul Römer, creador de Gran Hermano. Römer les dio la idea de financiar la misión implicando al mundo entero en forma de audiencia para ‘el próximo gran paso para la humanidad’”. Así explica Suzanne Flinkenflögel, directora de comunicación de Mars One, cómo echó a andar todo.
El foco de la iniciativa se centra en el factor humano. “Mars One no está desarrollando ningún tipo de tecnología. Nuestro plan se basa en otras existentes desarrolladas por terceros. Coordinaremos todos esos componentes tecnológicos y entrenaremos a la tripulación que viajará a Marte”, señala Flinkenflögel.

Si todo sale como está planeado, la nave que llevará a los primeros viajeros a Marte despegará en septiembre del año 2022. Siete meses después, en abril de 2023, el primer humano pondría pie sobre el polvoriento planeta. Sin embargo, no será esa la primera nave de Mars One que llevará a cabo un amartizaje. En 2016 se desplegará un satélite de comunicaciones y se dejarán almacenados los primeros suministros. Un vehículo de superficie encontrará el mejor lugar para el asentamiento humano en 2018. Dos años después, se situarán las unidades de vivienda y soporte móvil. La elección de fechas tiene una razón lógica. Coincide con la posición más adecuada de la Tierra y Marte para realizar la ruta de la manera más eficiente, con el menor gasto de energía posible.
Con las instalaciones y los colonos comenzará el show —suponiendo que la estricta aventura interplanetaria no haya sido suficiente espectáculo—. El coste de la misión, estimado en 6.000 millones de dólares, pretende ser sufragado a través de patrocinios privados y por la vasta audiencia que se estima que seguirá el hito. “En 2023, cuatro mil millones de personas tendrán acceso a imágenes de vídeo”, cuenta la holandesa. “Tenemos la expectativa de que, virtualmente, cada una de ellas lo podrá ver”.
Los impulsores de Mars One cuentan con que la fidelización del espectador será sensiblemente alta debido al deseo de compartir el descubrimiento de la nueva frontera espacial. Los astronautas “no mostrarán únicamente su trabajo, sino que estarán viviendo sus vidas”, con el componente añadido de que el viaje no tiene billete de retorno. Quien se vaya a Marte, morirá en Marte.
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Lo bueno de esto es que, si uno está aburrido, puede apuntarse a la misión. El proceso de selección de colonizadores estará abierto a todo el mundo. Cada dos años, un equipo humano viajará al planeta para unirse a los que ya están allí con el objetivo de desarrollar el primer pueblo marciano. “Se convertirán en arquitectos de un nuevo entorno”, dice Suzanne Flinkenflögel.
El proyecto se encuentra en el estudio de las diferentes condiciones y eventualidades que pueden darse en Marte. Un ambiente sin oxígeno, pleno de arena y polvo, con vientos de más de 160km/h no es el más adecuado para pasar el resto de la vida. Además, habrá que establecer un sistema de estructuración social que rija las relaciones en la superficie marciana. Mars One cuenta con que, al principio de la misión y debido al pequeño tamaño del asentamiento, las decisiones se habrán de tomar por unanimidad. Los habitantes deberán decidir asuntos básicos como el nacimiento de niños o los métodos y contenidos educativos.
Las incógnitas son tantas como la incertidumbre ante un proyecto que, a estas alturas de la historia, aún parece utópico pero, al final, lo que resulta más desafiante para la naturaleza humana es establecer límites y fronteras que traspasar. Y a todo el mundo le gustan los desafíos. La pena es que Ray Bradbury ya no podrá ver cómo termina todo.
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(Update: En su momento, publicamos esta pieza en la que, como ha quedado patente, faltó una buena cantidad de sentido crítico. No queremos borrarlo de un plumazo sino que creemos que es bueno que los errores también consten. La misión Mars One es un gran timo)
Tenemos un plan. La fecha señalada es abril de 2023. Ese mes, de ese año, es el que el proyecto Mars One ha señalado para que un ser humano ponga sus pies sobre el planeta rojo. Si la cosa quedase ahí, la misión ya sería lo suficientemente excitante como para suponer un hito en la historia humana. Sin embargo, Mars One pretende financiar la misión de una manera un tanto peculiar: con un reality show.
¿Cómo pasa una persona de estar en casa, limitada a una mundana existencia, a decidir enviar a otras personas a Marte? En el caso del ingeniero holandés Bas Lansdorp, el detonante fue el amartizaje de la primera misión Mars Exploration Rover en 1997. Él es el cofundador del proyecto junto con Arno Wielders, físico que desempeñaba su trabajo en la Agencia Espacial Europea.
Ambos comenzaron la carrera hacia el planeta rojo en 2011 y bautizaron la utopía como Mars One. El objetivo es sencillo de contar. Quieren establecer un asentamiento humano sobre la faz marciana y para ello han elaborado una imaginaria cohabitación entre Ray Bradbury y George Orwell. La colonización marciana tendría al gran ojo televisivo vigilando cada movimiento. Es una forma de pagar la fiesta tan válida como otra, aunque mucho menos convencional.
“Ambos fundadores contactaron con Paul Römer, creador de Gran Hermano. Römer les dio la idea de financiar la misión implicando al mundo entero en forma de audiencia para ‘el próximo gran paso para la humanidad’”. Así explica Suzanne Flinkenflögel, directora de comunicación de Mars One, cómo echó a andar todo.
El foco de la iniciativa se centra en el factor humano. “Mars One no está desarrollando ningún tipo de tecnología. Nuestro plan se basa en otras existentes desarrolladas por terceros. Coordinaremos todos esos componentes tecnológicos y entrenaremos a la tripulación que viajará a Marte”, señala Flinkenflögel.

Si todo sale como está planeado, la nave que llevará a los primeros viajeros a Marte despegará en septiembre del año 2022. Siete meses después, en abril de 2023, el primer humano pondría pie sobre el polvoriento planeta. Sin embargo, no será esa la primera nave de Mars One que llevará a cabo un amartizaje. En 2016 se desplegará un satélite de comunicaciones y se dejarán almacenados los primeros suministros. Un vehículo de superficie encontrará el mejor lugar para el asentamiento humano en 2018. Dos años después, se situarán las unidades de vivienda y soporte móvil. La elección de fechas tiene una razón lógica. Coincide con la posición más adecuada de la Tierra y Marte para realizar la ruta de la manera más eficiente, con el menor gasto de energía posible.
Con las instalaciones y los colonos comenzará el show —suponiendo que la estricta aventura interplanetaria no haya sido suficiente espectáculo—. El coste de la misión, estimado en 6.000 millones de dólares, pretende ser sufragado a través de patrocinios privados y por la vasta audiencia que se estima que seguirá el hito. “En 2023, cuatro mil millones de personas tendrán acceso a imágenes de vídeo”, cuenta la holandesa. “Tenemos la expectativa de que, virtualmente, cada una de ellas lo podrá ver”.
Los impulsores de Mars One cuentan con que la fidelización del espectador será sensiblemente alta debido al deseo de compartir el descubrimiento de la nueva frontera espacial. Los astronautas “no mostrarán únicamente su trabajo, sino que estarán viviendo sus vidas”, con el componente añadido de que el viaje no tiene billete de retorno. Quien se vaya a Marte, morirá en Marte.
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Lo bueno de esto es que, si uno está aburrido, puede apuntarse a la misión. El proceso de selección de colonizadores estará abierto a todo el mundo. Cada dos años, un equipo humano viajará al planeta para unirse a los que ya están allí con el objetivo de desarrollar el primer pueblo marciano. “Se convertirán en arquitectos de un nuevo entorno”, dice Suzanne Flinkenflögel.
El proyecto se encuentra en el estudio de las diferentes condiciones y eventualidades que pueden darse en Marte. Un ambiente sin oxígeno, pleno de arena y polvo, con vientos de más de 160km/h no es el más adecuado para pasar el resto de la vida. Además, habrá que establecer un sistema de estructuración social que rija las relaciones en la superficie marciana. Mars One cuenta con que, al principio de la misión y debido al pequeño tamaño del asentamiento, las decisiones se habrán de tomar por unanimidad. Los habitantes deberán decidir asuntos básicos como el nacimiento de niños o los métodos y contenidos educativos.
Las incógnitas son tantas como la incertidumbre ante un proyecto que, a estas alturas de la historia, aún parece utópico pero, al final, lo que resulta más desafiante para la naturaleza humana es establecer límites y fronteras que traspasar. Y a todo el mundo le gustan los desafíos. La pena es que Ray Bradbury ya no podrá ver cómo termina todo.
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