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20 de noviembre 2019    /   ENTRETENIMIENTO
por
Ilustración  de cabecera de Óscar Giménez

Granada, la ciudad milagro del pop

Si la investigación en I+D de este país se financiara con acierto, ya habría varios equipos de científicos escarbando en Granada. ¿Por qué una ciudad como esa se ha convertido en una factoría de músicos tan prolífica? La fábrica lleva funcionando décadas. 091, Los Planetas, Lori Meyers, Eskorzo… Y ahora, nuevos aires con Ayax y Prok, Dellafuente, Carmencita Calavera o Yung Beef, que aunque emigrante, mantiene el pasaporte callejero nazarí

20 de noviembre 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por        Ilustración  de cabecera de Óscar Giménez
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La pregunta acerca de las raíces y la influencia es vieja como el más viejo de los sabios que habita cada lugar. En Granada, claro, también se la hicieron porque Granada lleva ahí toda la vida. Y uno de los sabios que allí habita, Antonio Arias, voz y bajo de Lagartija Nick y líder espiritual de la comunidad cultural nazarí, dijo que en Granada hay menos gravedad y, por tanto, más ensoñación.

Resultó que otro de los músicos granadinos, Dani Guirado (Pájaro Jack, Cosas que Hacen Bum y otras bandas) es físico e investigador en el Instituto de Astrofísica de Andalucía. «Busqué una tabla con medidas de gravedad de toda la Tierra por una misión espacial en la que estaba trabajando y resultó que es verdad», dice Guirado.

«Granada es puerto natural de estrellas y no sabemos aún muy bien por qué», dice Antonio Arias, de Lagartija Nick Clic para tuitear

Teorías cuasi esotéricas aparte, llama la atención la actividad efervescente en una ciudad con poco más de 230.00 habitantes censados. Por comparar, La Coruña, Vitoria, Hospitalet de Llobregat, Valladolid o Alicante son ciudades mayores que, si la sensación no es equivocada, palpitan a otro ritmo creativo en lo musical.

Manejando las frías cifras, Granada se encuentra desde hace años a la cola de la lista de provincias de España con índice según el producto interno bruto (PIB) per cápita, a niveles parecidos a los del resto de capitales andaluzas y extremeñas y superada por las demás capitales de España.

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La vieja guardia de Granada

Dos de los veteranos del lugar coinciden en que si había algo de magia capaz de obrar un milagro, ocurría en los bares y en las cuevas. José Ignacio Lapido, guitarrista y motor de 091, recuerda las cuevas de la Carretera de Murcia, en las afueras de la ciudad, y bares con leyenda como el Santa María, muy cerca de Gran Vía: «Estar bajo tierra y delante de la barra de aquel bar durante tanto tiempo fueron las experiencias granatensis definitivas para ser lo que ahora soy como músico».

Eric Jiménez, batería de Los Planetas y Lagartija Nick, cita las cuevas del Sacromonte como el territorio de libertad en el que bullía la creatividad de jóvenes que acababan de salir del franquismo. «Ensayábamos ahí. Eran ideales porque no se molestaba a nadie. Se podía seguir fomentando la cultura de la ciudad y además era mágico. En los años 80 podías tocar en cualquier bar con un amplificador y una batería, sin necesidad de permisos y respetando el descanso de los vecinos».

Además, Jiménez asegura que ayuda mucho el hecho de que Granada viva en la calle y en los bares. «No hay que olvidar que los mejores discos, los mejores proyectos, se han grabado en estudios pero se han fraguado en bares», afirma.

Su compañero en Lagartija Nick, Antonio Arias, otorga cuota de responsabilidad a la vida universitaria por lo mismo que sus coetáneos, porque el estudiante es un perro callejero. «La universidad crea un ambiente muy propicio a la vida callejera que beneficia a la escena de aquí. Además de la interactividad entre bandas, hay mucha interconexión entre disciplinas, poetas, compañías de teatro, periodistas, actores, tiendas de discos, etc. Es una ciudad que, en general, fabrica buenos recuerdos entre los visitantes».

Todo el guirigay que ahora conocemos les tuvo a ellos casi como padres fundadores. Jiménez cuenta que los chavales vivían «su pequeño sueño americano granadino» al escuchar por la radio a pioneros como Los Ángeles o Miguel Ríos, «que era un hijo de la clase trabajadora. En los años 60 y 70 había trabajos muy precarios y trabajos muy potentes. No existía la clase media». Mucho jóvenes vieron en la música un intento de salida del fango también en los 80.

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El Fray Leopoldo de Alpandeire de Jess García

Lapido tiene una impresión parecida. «Hay mucho paro en Granada entre la gente joven. Siempre ha sido así. Y los jóvenes ven en la música una salida, si no laboral en un principio, sí una salida del tedio. Una tabla de salvación. También tienen cerca bandas de la que aprender, bandas anteriores que han sacado cabeza y que les sirven como ejemplos a seguir. O lo contrario», dice.

Una de las bandas que más certeramente dibuja el granatensis way of life, si puede definirse así, es el Grupo de Expertos Solynieve, una especie de dream team del pop nazarí que cuenta con Manu Ferrón como una de sus voces (la otra es la de Jota Planetas).

Ferrón fue de los que se empapó de 091, de los pioneros del punk KGB o TNT o de Lagartija Nick para comenzar a descubrir que la oferta cultural de la ciudad era una bendición para un adolescente ávido de estímulos.

«¡Fran, ponme una caña!»

No todo eran bandas. Ferrón invoca también a los poetas. «No solo la llamada Poesía de la Experiencia, Javier Egea, Juan Carlos Friebe; el brillantísimo profesor Juan Carlos Rodríguez. Los fanzines, la radio. Por encima de todo, los amigos. Y, claro, el camarero de aquí, el librero de allá, el majarón que cambiaba chistes por vino en tal sitio. Y los bares, claro, donde confluían todas las fuerzas creativas».

Otra vez los bares. Algunos que siguen abiertos, como Ruido Rosa, Planta Baja, La Industrial Copera o La Estrella. Otros que cerraron puertas pero no memoria, como Sugarpop, Factoría, La Pompa o el Silbar, el bar en el que Joe Strummer acabó reposando rones Pálido con cola tras persistentes empapamientos en el influjo lorquiano.

Jesús Carilla Junior es el propietario de La Industrial Copera, una sala que lleva más de un cuarto de siglo programando mandanga que les ha situado como referentes de la electrónica en Europa.

Carilla dice que un entramado simbiótico es el culpable de que el ecosistema se encuentre en equilibrio. «Músicos, promotores, salas de conciertos… Todos llevan muchas décadas trabajando y son las piezas fundamentales del engranaje que hacen que el motor no pare».

Silvia Moreno, programadora de la sala, reivindica la permeabilidad de géneros y la inexistencia de corsé que hace que «en el escenario de Industrial Copera acojamos igual a Dellafuente que a Soleá Morente, a Los Planetas que a Hora Zulú, a Lori Meyers que a Eskorzo».

Manu Ferrón afirma que existe «un invisible sedimento artístico, más allá del manifiesto patrimonio histórico, que estimula la creación y predispone a su disfrute. La gente quiere calle; la calle quiere gente; en la calle la gente quiere música y versos y bares y darse gusto».

Y entre calles estrechas, gritos al balcón para que bajes a tomar una caña y acercamientos a experimentos del amigo de fulano van brotando tallos. «Unos pocos de esos proyectos se convierten en realidades. De entre ellas, unas pocas trascienden», dice Ferrón. Pero las que trascienden, lo hacen con inequívoco sello granaíno y con peculiaridades que, probablemente, respondan a la circularidad local de las influencias.

En cada plaza de Granada, una fuente

Las fuentes del líder de Lagartija Nick tienen mucho de obvio y algo de no tan obvio. La devoción por Morente se ha contado en épicas narraciones un buen ramillete de ocasiones. «Nos enseñó todo lo que necesitábamos saber del rock y del flamenco», dice el granadino. De la misma forma, Arias dice que José Val del Omar les enseñó todo de cine y Lorca, «que al igual que los anteriores nos sigue enseñando todos los días».

Fuera de la capital nazarí, Arias cita a Siouxie, Joe Strummer o Bauhaus, claro, de una de cuyas canciones saca el nombre su banda. «No olvidemos que en Granada vive Richard Dudanski, íntimo amigo de Joe Strummer, y que fue batería de 101’ers y PIL entre otras bandas. Hay una conexión realmente especial de esta ciudad con el punk británico».

Eric Jiménez dice que el misticismo de la ciudad y su Semana Santa le han convertido en el músico y la persona que es. Los ritmos de las marchas cofrades y los compases flamencos han acabado invadiendo el sonido de las bandas con las que toca. Además, muchas de las fuentes de las que bebió eran locales, como lo son los cañillos de las fuentes de las plazas. «Atesoro mucha literatura cerca de la ciudad. Me ha influenciado muchísimo Lorca, por supuesto, pero además he leído muchos libros de Manuel Ángeles Ortiz, Ángel Ganivet; me he empapado de los grabados de Gustavo Doré o los Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving».

José Ignacio Lapido dice que «cuando nosotros empezábamos, antes de 091, a finales de los 70, el ambiente musical granadino era muy underground. No había bandas que tocaran fuera de la ciudad ni que editaran discos ni nada».

En la escasez, el compositor acababa escuchando cualquier cosa que sonase a nuevo y que tuviera a bien llevarse a cabo en una ciudad con un tejido cultural precario. «Había bandas de rock andaluz como Aixa o Sahib, de rock sinfónico como La Banda de los Hermanos Cruz o de jazz rock progresivo como La banda del Tío Paco. A mí los que más me gustaban eran Nono, un trío al estilo de Cream, muy buenos. En realidad, a mí me gustaba otro tipo de rock, más en la onda sixties y punk rock, pero, como no había otra cosa, iba a todos los conciertos donde hubiera guitarras eléctricas», explica.

La evolución ha convertido Granada en una ciudad icónica que, con todo, ya no es el territorio salvaje en el que los grupos daban poca explicación antes de comenzar el jolgorio.

Dice Eric Jiménez que «para que un chaval de 12 años pueda tocar en una sala, empiezan a exigirle que sea autónomo. Para ensayar en un chalet, te piden una licencia como si estuvieras en un estudio de grabación. Todo esa rigidez es desmesurada. La música se persigue. No se dan cuenta de que el potencial de Granada está en los bares y el potencial cultural es el pop y el rock, que es una de las pocas cosas que no hace falta subvencionar porque tiene un alcance y una capacidad de convocatoria superior a las demás disciplinas. Con todo, sigue siendo mal visto».

Manu Ferrón piensa que la esencia se mantiene. «Vivimos un contexto nuevo en el que la tecnología ha determinado cambios en la manera de crear y comunicar, pero, usos, costumbres y herramientas al margen, todo sigue igual: un discurso, la necesidad de compartirlo y un contexto cargado de limitaciones y oportunidades».

Antiguo y nuevo

En ese nuevo contexto, Granada no deja de producir oro y muchos de los veteranos admiten que la admiración no va solo del novato al experto, sino de arriba a abajo. «Las bandas y los artistas de estas últimas generaciones están muy bien preparados. Es el caso de Alonso de Napoleón Solo, que lo mismo te dirige una orquesta que te interpreta un twist flamenco. También David Montañés, que viene de la clásica y me ha marcado bastante».

Ambos están inmersos en la creación de una marcianada que podría catalogarse como zarzuela interestelar.

Uno de los barrios con más solera de la capital andaluza, el Albayzín, patria de flamencos y personajes, ha dado al mundo a Ayax y Prok, nuevos referentes del rap underground en español.

Las rimas de estos hermanos gemelos cercanos a la treintena están trufadas de referencias a la propia ciudad, a la Torre de la Vela de la Alhambra, a las gitanas que reparten romero junto a la catedral o a los Domingos de Ramos. Y también de anticapitalismo, republicanismo, reivindicación social, guitarras flamencas y una actitud decididamente punk. Al final, no van a estar tan lejos del discurso de otro albaicinero totémico, Enrique Morente.

Ayax y Prok no trabajan con marcas ni han firmado con ningún sello. Han creado el suyo propio, Albayzín Records, y son extremadamente reacios a las entrevistas y la promoción. Son outsiders en un ecosistema de pop y rock, pero un síntoma de que, en Granada, lo granadino todo lo toca.

Más patente aún es ese testimonio folclórico local en el rapero Dellafuente. El de Armilla, localidad periférica de la vega granadina, también existe camuflado al margen de los grandes medios y de los sellos multinacionales. Y también es un fenómeno entre los que no llegan a los 30, los que no forman parte de lo que Airbag bautizó como el ‘cementerio indie’.

Dellafuente mezcla bases típicamente hiphoperas con líneas de voz azotadas por el autotune, cadencias latinas reggaetoneras y quejíos, de dónde si no, de raigambre flamenca.

El caso de Yung Beef es diferente. Salió de las calles de Graná para caer en las de Barcelona, formar parte de PXXR GVNG y dinamitar la escena trap nacional. Desde entonces, ha creado solo, acompañado, ha ejercido de agitador, de modelo, ha intentado censurar una portada de libro que incluía su efigie caricaturizada y ha montado una tienda de zapatillas en Lavapiés donde, parece, han puesto el huevo y ha parado un tiempo.

Colectivo Da Silva se ubican en un registro pop que parte del jolgorio yeyé y llega a reminiscencias de la nueva psicodelia por la que transitan grupos como Temples o Tame Impala. O como otra banda local joven: Apartamentos Acapulco.

Y en la sublimación de la juventud se encuentran Las Dianas, un combo femenino en edad aún de instituto. Las Dianas se han instalado en ese registro que tan natural resultó a bandas como Los Fresones Rebeldes, a medio camino entre las melodías pop de acordes mayores y letras de denodado cinismo punk.

La banda es una rara avis en un universo eminentemente masculino. «Exceptuando a Carmencita Calavera y alguna más, no hay muchas artistas femeninas que toquen instrumentos en la ciudad», explican. «En un ámbito nacional, sí hay más referencias como Cariño, Hinds, y muchos grupos que están surgiendo ahora como Las Ginebras o Lisasinson».

Las Dianas reconocen que manejar referencias cercanas les ayudó a asesinar el pudor. «Si no estuviésemos acostumbradas a ver nacer tantos grupos en Granada nos parecería imposible la idea de crear nosotras uno y que a la gente le gustase», afirman.

Manu Ferrón dice que Granada «es una ciudad de muchos pocos y pocos muchos. Compleja y, no tan el fondo, algo acomplejada». Pero así se riega la huerta, con un poco por allí, un poco por allá y, a veces, pocos muchos, es decir, grandes cosechas. La vega seguirá dando riqueza y el pueblo seguirá preguntándose qué tiene el agua de Granada para que ocurran estos milagros. Y seguiremos deseando cantar a Miguel Ríos. «Vuelvo a Granada, vuelvo a mi hogar».

La pregunta acerca de las raíces y la influencia es vieja como el más viejo de los sabios que habita cada lugar. En Granada, claro, también se la hicieron porque Granada lleva ahí toda la vida. Y uno de los sabios que allí habita, Antonio Arias, voz y bajo de Lagartija Nick y líder espiritual de la comunidad cultural nazarí, dijo que en Granada hay menos gravedad y, por tanto, más ensoñación.

Resultó que otro de los músicos granadinos, Dani Guirado (Pájaro Jack, Cosas que Hacen Bum y otras bandas) es físico e investigador en el Instituto de Astrofísica de Andalucía. «Busqué una tabla con medidas de gravedad de toda la Tierra por una misión espacial en la que estaba trabajando y resultó que es verdad», dice Guirado.

«Granada es puerto natural de estrellas y no sabemos aún muy bien por qué», dice Antonio Arias, de Lagartija Nick Clic para tuitear

Teorías cuasi esotéricas aparte, llama la atención la actividad efervescente en una ciudad con poco más de 230.00 habitantes censados. Por comparar, La Coruña, Vitoria, Hospitalet de Llobregat, Valladolid o Alicante son ciudades mayores que, si la sensación no es equivocada, palpitan a otro ritmo creativo en lo musical.

Manejando las frías cifras, Granada se encuentra desde hace años a la cola de la lista de provincias de España con índice según el producto interno bruto (PIB) per cápita, a niveles parecidos a los del resto de capitales andaluzas y extremeñas y superada por las demás capitales de España.

La vieja guardia de Granada

Dos de los veteranos del lugar coinciden en que si había algo de magia capaz de obrar un milagro, ocurría en los bares y en las cuevas. José Ignacio Lapido, guitarrista y motor de 091, recuerda las cuevas de la Carretera de Murcia, en las afueras de la ciudad, y bares con leyenda como el Santa María, muy cerca de Gran Vía: «Estar bajo tierra y delante de la barra de aquel bar durante tanto tiempo fueron las experiencias granatensis definitivas para ser lo que ahora soy como músico».

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Además, Jiménez asegura que ayuda mucho el hecho de que Granada viva en la calle y en los bares. «No hay que olvidar que los mejores discos, los mejores proyectos, se han grabado en estudios pero se han fraguado en bares», afirma.

Su compañero en Lagartija Nick, Antonio Arias, otorga cuota de responsabilidad a la vida universitaria por lo mismo que sus coetáneos, porque el estudiante es un perro callejero. «La universidad crea un ambiente muy propicio a la vida callejera que beneficia a la escena de aquí. Además de la interactividad entre bandas, hay mucha interconexión entre disciplinas, poetas, compañías de teatro, periodistas, actores, tiendas de discos, etc. Es una ciudad que, en general, fabrica buenos recuerdos entre los visitantes».

Todo el guirigay que ahora conocemos les tuvo a ellos casi como padres fundadores. Jiménez cuenta que los chavales vivían «su pequeño sueño americano granadino» al escuchar por la radio a pioneros como Los Ángeles o Miguel Ríos, «que era un hijo de la clase trabajadora. En los años 60 y 70 había trabajos muy precarios y trabajos muy potentes. No existía la clase media». Mucho jóvenes vieron en la música un intento de salida del fango también en los 80.

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El Fray Leopoldo de Alpandeire de Jess García

Lapido tiene una impresión parecida. «Hay mucho paro en Granada entre la gente joven. Siempre ha sido así. Y los jóvenes ven en la música una salida, si no laboral en un principio, sí una salida del tedio. Una tabla de salvación. También tienen cerca bandas de la que aprender, bandas anteriores que han sacado cabeza y que les sirven como ejemplos a seguir. O lo contrario», dice.

Una de las bandas que más certeramente dibuja el granatensis way of life, si puede definirse así, es el Grupo de Expertos Solynieve, una especie de dream team del pop nazarí que cuenta con Manu Ferrón como una de sus voces (la otra es la de Jota Planetas).

Ferrón fue de los que se empapó de 091, de los pioneros del punk KGB o TNT o de Lagartija Nick para comenzar a descubrir que la oferta cultural de la ciudad era una bendición para un adolescente ávido de estímulos.

«¡Fran, ponme una caña!»

No todo eran bandas. Ferrón invoca también a los poetas. «No solo la llamada Poesía de la Experiencia, Javier Egea, Juan Carlos Friebe; el brillantísimo profesor Juan Carlos Rodríguez. Los fanzines, la radio. Por encima de todo, los amigos. Y, claro, el camarero de aquí, el librero de allá, el majarón que cambiaba chistes por vino en tal sitio. Y los bares, claro, donde confluían todas las fuerzas creativas».

Otra vez los bares. Algunos que siguen abiertos, como Ruido Rosa, Planta Baja, La Industrial Copera o La Estrella. Otros que cerraron puertas pero no memoria, como Sugarpop, Factoría, La Pompa o el Silbar, el bar en el que Joe Strummer acabó reposando rones Pálido con cola tras persistentes empapamientos en el influjo lorquiano.

Jesús Carilla Junior es el propietario de La Industrial Copera, una sala que lleva más de un cuarto de siglo programando mandanga que les ha situado como referentes de la electrónica en Europa.

Carilla dice que un entramado simbiótico es el culpable de que el ecosistema se encuentre en equilibrio. «Músicos, promotores, salas de conciertos… Todos llevan muchas décadas trabajando y son las piezas fundamentales del engranaje que hacen que el motor no pare».

Silvia Moreno, programadora de la sala, reivindica la permeabilidad de géneros y la inexistencia de corsé que hace que «en el escenario de Industrial Copera acojamos igual a Dellafuente que a Soleá Morente, a Los Planetas que a Hora Zulú, a Lori Meyers que a Eskorzo».

Manu Ferrón afirma que existe «un invisible sedimento artístico, más allá del manifiesto patrimonio histórico, que estimula la creación y predispone a su disfrute. La gente quiere calle; la calle quiere gente; en la calle la gente quiere música y versos y bares y darse gusto».

Y entre calles estrechas, gritos al balcón para que bajes a tomar una caña y acercamientos a experimentos del amigo de fulano van brotando tallos. «Unos pocos de esos proyectos se convierten en realidades. De entre ellas, unas pocas trascienden», dice Ferrón. Pero las que trascienden, lo hacen con inequívoco sello granaíno y con peculiaridades que, probablemente, respondan a la circularidad local de las influencias.

En cada plaza de Granada, una fuente

Las fuentes del líder de Lagartija Nick tienen mucho de obvio y algo de no tan obvio. La devoción por Morente se ha contado en épicas narraciones un buen ramillete de ocasiones. «Nos enseñó todo lo que necesitábamos saber del rock y del flamenco», dice el granadino. De la misma forma, Arias dice que José Val del Omar les enseñó todo de cine y Lorca, «que al igual que los anteriores nos sigue enseñando todos los días».

Fuera de la capital nazarí, Arias cita a Siouxie, Joe Strummer o Bauhaus, claro, de una de cuyas canciones saca el nombre su banda. «No olvidemos que en Granada vive Richard Dudanski, íntimo amigo de Joe Strummer, y que fue batería de 101’ers y PIL entre otras bandas. Hay una conexión realmente especial de esta ciudad con el punk británico».

Eric Jiménez dice que el misticismo de la ciudad y su Semana Santa le han convertido en el músico y la persona que es. Los ritmos de las marchas cofrades y los compases flamencos han acabado invadiendo el sonido de las bandas con las que toca. Además, muchas de las fuentes de las que bebió eran locales, como lo son los cañillos de las fuentes de las plazas. «Atesoro mucha literatura cerca de la ciudad. Me ha influenciado muchísimo Lorca, por supuesto, pero además he leído muchos libros de Manuel Ángeles Ortiz, Ángel Ganivet; me he empapado de los grabados de Gustavo Doré o los Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving».

José Ignacio Lapido dice que «cuando nosotros empezábamos, antes de 091, a finales de los 70, el ambiente musical granadino era muy underground. No había bandas que tocaran fuera de la ciudad ni que editaran discos ni nada».

En la escasez, el compositor acababa escuchando cualquier cosa que sonase a nuevo y que tuviera a bien llevarse a cabo en una ciudad con un tejido cultural precario. «Había bandas de rock andaluz como Aixa o Sahib, de rock sinfónico como La Banda de los Hermanos Cruz o de jazz rock progresivo como La banda del Tío Paco. A mí los que más me gustaban eran Nono, un trío al estilo de Cream, muy buenos. En realidad, a mí me gustaba otro tipo de rock, más en la onda sixties y punk rock, pero, como no había otra cosa, iba a todos los conciertos donde hubiera guitarras eléctricas», explica.

La evolución ha convertido Granada en una ciudad icónica que, con todo, ya no es el territorio salvaje en el que los grupos daban poca explicación antes de comenzar el jolgorio.

Dice Eric Jiménez que «para que un chaval de 12 años pueda tocar en una sala, empiezan a exigirle que sea autónomo. Para ensayar en un chalet, te piden una licencia como si estuvieras en un estudio de grabación. Todo esa rigidez es desmesurada. La música se persigue. No se dan cuenta de que el potencial de Granada está en los bares y el potencial cultural es el pop y el rock, que es una de las pocas cosas que no hace falta subvencionar porque tiene un alcance y una capacidad de convocatoria superior a las demás disciplinas. Con todo, sigue siendo mal visto».

Manu Ferrón piensa que la esencia se mantiene. «Vivimos un contexto nuevo en el que la tecnología ha determinado cambios en la manera de crear y comunicar, pero, usos, costumbres y herramientas al margen, todo sigue igual: un discurso, la necesidad de compartirlo y un contexto cargado de limitaciones y oportunidades».

Antiguo y nuevo

En ese nuevo contexto, Granada no deja de producir oro y muchos de los veteranos admiten que la admiración no va solo del novato al experto, sino de arriba a abajo. «Las bandas y los artistas de estas últimas generaciones están muy bien preparados. Es el caso de Alonso de Napoleón Solo, que lo mismo te dirige una orquesta que te interpreta un twist flamenco. También David Montañés, que viene de la clásica y me ha marcado bastante».

Ambos están inmersos en la creación de una marcianada que podría catalogarse como zarzuela interestelar.

Uno de los barrios con más solera de la capital andaluza, el Albayzín, patria de flamencos y personajes, ha dado al mundo a Ayax y Prok, nuevos referentes del rap underground en español.

Las rimas de estos hermanos gemelos cercanos a la treintena están trufadas de referencias a la propia ciudad, a la Torre de la Vela de la Alhambra, a las gitanas que reparten romero junto a la catedral o a los Domingos de Ramos. Y también de anticapitalismo, republicanismo, reivindicación social, guitarras flamencas y una actitud decididamente punk. Al final, no van a estar tan lejos del discurso de otro albaicinero totémico, Enrique Morente.

Ayax y Prok no trabajan con marcas ni han firmado con ningún sello. Han creado el suyo propio, Albayzín Records, y son extremadamente reacios a las entrevistas y la promoción. Son outsiders en un ecosistema de pop y rock, pero un síntoma de que, en Granada, lo granadino todo lo toca.

Más patente aún es ese testimonio folclórico local en el rapero Dellafuente. El de Armilla, localidad periférica de la vega granadina, también existe camuflado al margen de los grandes medios y de los sellos multinacionales. Y también es un fenómeno entre los que no llegan a los 30, los que no forman parte de lo que Airbag bautizó como el ‘cementerio indie’.

Dellafuente mezcla bases típicamente hiphoperas con líneas de voz azotadas por el autotune, cadencias latinas reggaetoneras y quejíos, de dónde si no, de raigambre flamenca.

El caso de Yung Beef es diferente. Salió de las calles de Graná para caer en las de Barcelona, formar parte de PXXR GVNG y dinamitar la escena trap nacional. Desde entonces, ha creado solo, acompañado, ha ejercido de agitador, de modelo, ha intentado censurar una portada de libro que incluía su efigie caricaturizada y ha montado una tienda de zapatillas en Lavapiés donde, parece, han puesto el huevo y ha parado un tiempo.

Colectivo Da Silva se ubican en un registro pop que parte del jolgorio yeyé y llega a reminiscencias de la nueva psicodelia por la que transitan grupos como Temples o Tame Impala. O como otra banda local joven: Apartamentos Acapulco.

Y en la sublimación de la juventud se encuentran Las Dianas, un combo femenino en edad aún de instituto. Las Dianas se han instalado en ese registro que tan natural resultó a bandas como Los Fresones Rebeldes, a medio camino entre las melodías pop de acordes mayores y letras de denodado cinismo punk.

La banda es una rara avis en un universo eminentemente masculino. «Exceptuando a Carmencita Calavera y alguna más, no hay muchas artistas femeninas que toquen instrumentos en la ciudad», explican. «En un ámbito nacional, sí hay más referencias como Cariño, Hinds, y muchos grupos que están surgiendo ahora como Las Ginebras o Lisasinson».

Las Dianas reconocen que manejar referencias cercanas les ayudó a asesinar el pudor. «Si no estuviésemos acostumbradas a ver nacer tantos grupos en Granada nos parecería imposible la idea de crear nosotras uno y que a la gente le gustase», afirman.

Manu Ferrón dice que Granada «es una ciudad de muchos pocos y pocos muchos. Compleja y, no tan el fondo, algo acomplejada». Pero así se riega la huerta, con un poco por allí, un poco por allá y, a veces, pocos muchos, es decir, grandes cosechas. La vega seguirá dando riqueza y el pueblo seguirá preguntándose qué tiene el agua de Granada para que ocurran estos milagros. Y seguiremos deseando cantar a Miguel Ríos. «Vuelvo a Granada, vuelvo a mi hogar».

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