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28 de noviembre 2016    /   CREATIVIDAD
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Grant Haffner: el pintor de los atardeceres de asfalto en Nueva York

28 de noviembre 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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Aquello empezó a ocurrir al volver del trabajo. El artista estadounidense Grant Haffner conducía en su coche y el horizonte desaparecía. Los árboles se escondían y los bordes de la carretera parecían hundirse en la tierra. De ahí emergieron sus pinturas. De todos esos momentos en los que el sol se diluye y entonces todo, hasta su humor, se transforma en otra cosa. De esas sensaciones que cuenta así:

«Mi idilio con los viajes largos por carretera
Mi espíritu viajero secreto

Mi admiración por Jack Kerouac y sus carreteras abiertas
La influencia de la cultura americana del coche

Todos los años que he pasado sobre cuatro ruedas para ir a trabajar
La sensación de libertad que ofrecen los caminos sin final

Mi deseo de conducir hacia el atardecer
Mi necesidad de captar el tiempo pasado en el asfalto»

Grant Haffner encontraba ahí el silencio que no había en su estudio ni tampoco en su hogar. Esos paisajes eran su guarida. Una nada al fondo por la que huía para olvidar lo demás.

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Todo este asfalto está en Nueva York. «Las carreteras de mis paisajes son interpretaciones de lugares reales. Las conozco bien. He conducido por la mayoría. He pasado muchos años explorando caminos entre bosques, atravesando carreteras rurales desconocidas y paseando por rutas hasta las playas», comenta Grant Haffner.

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En su infancia encuentra muchas razones para explicar su obra. Dice que transcurrió entre la naturaleza y el océano. Y algo de eso quedó en sus manos porque ahora todo lo que pinta está lleno de cielo, nubes e inmensidad. «Los paisajes de Long Island son muy planos. Ese horizonte amplio me ayudó a desarrollar mi estilo como un intento de disecar el mundo que me rodea en un puñado de líneas».

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También influyeron las personas que lo educaron. «De pequeño vivía en una comunidad artística conocida como la cuna del expresionismo abstracto y pude visitar los estudios de artistas como Jackson Pollock, Willem De Kooning y Dan Flavin».

Y puede que fuera también entonces cuando se gestó la gama de colores que hay en sus dibujos. «Siento que cada persona tiene su propia paleta interna de colores», afirma. «La mía está llena de tonos brillantes de neón. Ellos son los que determinan el estado de ánimo de mis pinturas y la profundidad de los paisajes».

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Aquello empezó a ocurrir al volver del trabajo. El artista estadounidense Grant Haffner conducía en su coche y el horizonte desaparecía. Los árboles se escondían y los bordes de la carretera parecían hundirse en la tierra. De ahí emergieron sus pinturas. De todos esos momentos en los que el sol se diluye y entonces todo, hasta su humor, se transforma en otra cosa. De esas sensaciones que cuenta así:

«Mi idilio con los viajes largos por carretera
Mi espíritu viajero secreto

Mi admiración por Jack Kerouac y sus carreteras abiertas
La influencia de la cultura americana del coche

Todos los años que he pasado sobre cuatro ruedas para ir a trabajar
La sensación de libertad que ofrecen los caminos sin final

Mi deseo de conducir hacia el atardecer
Mi necesidad de captar el tiempo pasado en el asfalto»

Grant Haffner encontraba ahí el silencio que no había en su estudio ni tampoco en su hogar. Esos paisajes eran su guarida. Una nada al fondo por la que huía para olvidar lo demás.

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Todo este asfalto está en Nueva York. «Las carreteras de mis paisajes son interpretaciones de lugares reales. Las conozco bien. He conducido por la mayoría. He pasado muchos años explorando caminos entre bosques, atravesando carreteras rurales desconocidas y paseando por rutas hasta las playas», comenta Grant Haffner.

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En su infancia encuentra muchas razones para explicar su obra. Dice que transcurrió entre la naturaleza y el océano. Y algo de eso quedó en sus manos porque ahora todo lo que pinta está lleno de cielo, nubes e inmensidad. «Los paisajes de Long Island son muy planos. Ese horizonte amplio me ayudó a desarrollar mi estilo como un intento de disecar el mundo que me rodea en un puñado de líneas».

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También influyeron las personas que lo educaron. «De pequeño vivía en una comunidad artística conocida como la cuna del expresionismo abstracto y pude visitar los estudios de artistas como Jackson Pollock, Willem De Kooning y Dan Flavin».

Y puede que fuera también entonces cuando se gestó la gama de colores que hay en sus dibujos. «Siento que cada persona tiene su propia paleta interna de colores», afirma. «La mía está llena de tonos brillantes de neón. Ellos son los que determinan el estado de ánimo de mis pinturas y la profundidad de los paisajes».

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