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1 de diciembre 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Latas de cerveza y condones usados en postales de Barcelona

1 de diciembre 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Las postales de una ciudad son como nuestras fotos en Instagram: flashazos de luz que aplanan la realidad y dejan a la vista los claros, nunca los oscuros. Son recuerdos mentirosos; ficciones creadas para el turista. Siguiendo ese razonamiento, un grupo de profesores y alumnos de la escuela Elisava ha puesto en pie un proyecto fotográfico destinado a desmontar dichas ficciones desde su propio terreno de juego.

El trabajo se llama Grettings from Barcelona y se mueve entre la ironía y la crítica frontal. Contra el postalismo como representación de un mundo inmaculado, los fotógrafos proponen escenas de una Barcelona más áspera; la de los andamios en la Sagrada Familia, el colapso de turistas en Las Ramblas y los despojos en la plaza del MACBA. La Barcelona desenfocada, oscura y vibrante que nunca encuentra espacio en las tiendas de souvenirs.

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¿Cómo surge el proyecto? «Nace de una colaboración con el Festival de Documentales de Barcelona. Desde el Máster de Fotografía de la escuela Elisava planteamos trabajar el tema del turismo, sobre todo por la relación de este con la fotografía. A partir de esa idea llegamos al formato postal y lo hicimos desde una mirada crítica, cuestionando sus líneas básicas», explica Pedro Vicente, director del Máster.

El resultado es un lote de más de 15.000 postales impresas (300 por cada ejemplar) y repartidas en las oficinas de turismo de la Ciudad Condal. Imágenes de turistas borrachos meando por las esquinas, condones pegados al asfalto, pancartas de «Nos quieren echar» colgadas de los balcones, cruceros de Loony Toones, chanclas atravesadas por calcetines blancos y paellas intoxicadas por los guisantes. Welcome to Barcelona: disfrútala mientras puedas.

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«La postal siempre enseña un perfil estereotipado y muy fácil de consumir, pero nosotros queríamos mostrar que una ciudad se compone de muchas caras. Es poliédrica y polisémica. No se trataba de recoger necesariamente la cara más amarga, pero sí las que no aparecen en las típicas postales, como la del propio turista. Cuando esas imágenes las descontextualizas y las incluyes en una postal, terminan cambiando de significado», resuelve Pedro Vicente.

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Resignificar al mantero e imprimirlo en un cartón coleccionable ayuda a construir una ficción acusadora, crea conciencia. Dejando de lado el aburrimiento, ¿qué aportan las innumerables fotos de, por ejemplo, el skyline barcelonés? «Me gustaría saber cuántas postales se venden hoy en día. Seguro que una ínfima parte de las que se vendían en décadas anteriores. Actualmente están desfasadas, pero nosotros hemos querido recuperar la objetualidad de la fotografía, poder tocarla, ver que tiene dos caras y que puedes hacer algo con ella».

El docente reivindica un postalismo más humano –androcéntrico–, donde el paisaje sirva para realzar a las personas y no al contrario. También defiende la fotografía comprometida, la que entra al trapo y echa sal en todas las llagas posibles. «Pedimos a los alumnos que aquello que hagan sea crítico desde el punto de vista del cuestionamiento. De poner en relevancia según qué cosas. No una crítica negativa, pero sí analítica. Al final el fotógrafo tiene que mostrar una realidad con ojos diferentes».

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Grettings from Barcelona, sin ser un trabajo expresamente protestatario, refleja un hecho –la turistificación en la capital de Cataluña– que solo resulta abordable desde la denuncia. Es la única manera de retratar la playa de La Barceloneta llena hasta la bandera. La única forma de contar que cada día decenas de personas se sacan selfis frente a la sede de la Generalitat, con el gran lazo amarillo de fondo. El Procés y sus tensiones, su sociedad enfrentada y sus políticos en la cárcel, reducido a una foto de Instagram. Masificación y postureo comen del mismo plato.

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Ahondando un poco en el último: si antes comprábamos postales cutres y las guardábamos en cajones privados, hoy inundamos las redes sociales de horterismo para –toma ya– fardar delante de los demás. Yo estuve allí, tú no. «También hacemos crítica de eso. Si vienes a Barcelona, hasta qué punto tienes que hacer LA foto.

En uno de los trabajos, una alumna investigó cuantas fotografías se hacen de la Sagrada Familia en un año. Había más de un millón. ¿Necesitas hacer otra? Luego ocurre que viajas a ciudades como Nueva York y te das cuenta de que nada te llama la atención porque lo has visto mil veces. Con Instagram pasa eso: has visto tantas fotos de la Sagrada familia, Las Rambas o la Casa Batlló que cuando las tienes delante por primera vez se apodera de ti un sentimiento de decepción».

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Ese cebar las redes desde cada smartphone tiene una consecuencia colateral: ningún fotógrafo puede competir contra la omnipresencia. Según Pedro Vicente, el reto para los fotógrafos actuales pasa por colar, entre el hashtag y el obturador, un hilo de pensamiento. «Hace unos años, uno de los mayores periódicos de Pekín despidió a los 30 fotógrafos que tenían en plantilla y contrató a 30 repartidores de pizza con 30 iPhones. Las fotos eran fáciles de hacer, lo difícil era estar en 20 minutos al otro lado de Pekín. Ahora mismo cualquiera puede hacer fotos y enviarlas a las redes o los medios, de modo que un fotógrafo solo se destaca en la investigación, la crítica y la intelectualidad».

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Ni tan siquiera la técnica despunta en la era de los memes y lo viral. De hecho, el virtuosismo fotográfico también se ha democratizado. Compartimos muchas fotos y muy buenas (también malas, claro). Quizás haya menos trabajo para los profesionales, pero el crecimiento de la cultura visual está llenando las escuelas especializadas, ¿no? «Es cierto que ahora tenemos más inquietud por las imágenes, pero difiero en eso de que hemos ganado en cultura visual. Si coges un libro de texto de un niño de 6 años, comprobarás que apenas tiene fotos. No sabemos leer imágenes a pesar de que tienen un poder brutal: nos hacen ir al gimnasio, nos obligan a ponernos a dieta, nos empujan a comprar teléfonos móviles…».

O nos meten en la memoria una Barcelona brillante y falsa, como de bisutería. Bien pensado, tal vez las postales sean fieles al turismo que recorre la ciudad sin bajarse del Citybus. Monumento, foto, monumento, foto. Museo. «¿El Raval? Ese cuadro no me suena». Luego esos mismos turistas abren la mochila, revisan la publicidad recogida durante el trayecto y descubren que pasaron por alto a unos cuantos indigentes:

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«Las postales estuvieron en el Palau Robert, en Santa Mónica, en el Museo Marítimo, etc. Yo pasé muchos ratos en la oficina de turismo del Palau Robert y allí pusieron la foto de un indigente al lado de la publicidad de un hotel de lujo. Pues bien, la gente cogía las dos, se las metía en el bolso y ni las miraba. Nadie tuvo ninguna reacción extraña. Eso sí, las postales volaron; eran muy estéticas», concluye Pedro Vicente.

Lo dicho: la cultura visual de niños de 6 años.

*****

La escuela Elivasa expondrá en 2018 las postales de Grettings from Barcelona. Por su parte, los responsables del proyecto pretenden sacar una tirada nueva de 16.000 copias para distribuirlas una vez más desde las oficinas de turismo de Barcelona.

 

Las postales de una ciudad son como nuestras fotos en Instagram: flashazos de luz que aplanan la realidad y dejan a la vista los claros, nunca los oscuros. Son recuerdos mentirosos; ficciones creadas para el turista. Siguiendo ese razonamiento, un grupo de profesores y alumnos de la escuela Elisava ha puesto en pie un proyecto fotográfico destinado a desmontar dichas ficciones desde su propio terreno de juego.

El trabajo se llama Grettings from Barcelona y se mueve entre la ironía y la crítica frontal. Contra el postalismo como representación de un mundo inmaculado, los fotógrafos proponen escenas de una Barcelona más áspera; la de los andamios en la Sagrada Familia, el colapso de turistas en Las Ramblas y los despojos en la plaza del MACBA. La Barcelona desenfocada, oscura y vibrante que nunca encuentra espacio en las tiendas de souvenirs.

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¿Cómo surge el proyecto? «Nace de una colaboración con el Festival de Documentales de Barcelona. Desde el Máster de Fotografía de la escuela Elisava planteamos trabajar el tema del turismo, sobre todo por la relación de este con la fotografía. A partir de esa idea llegamos al formato postal y lo hicimos desde una mirada crítica, cuestionando sus líneas básicas», explica Pedro Vicente, director del Máster.

El resultado es un lote de más de 15.000 postales impresas (300 por cada ejemplar) y repartidas en las oficinas de turismo de la Ciudad Condal. Imágenes de turistas borrachos meando por las esquinas, condones pegados al asfalto, pancartas de «Nos quieren echar» colgadas de los balcones, cruceros de Loony Toones, chanclas atravesadas por calcetines blancos y paellas intoxicadas por los guisantes. Welcome to Barcelona: disfrútala mientras puedas.

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«La postal siempre enseña un perfil estereotipado y muy fácil de consumir, pero nosotros queríamos mostrar que una ciudad se compone de muchas caras. Es poliédrica y polisémica. No se trataba de recoger necesariamente la cara más amarga, pero sí las que no aparecen en las típicas postales, como la del propio turista. Cuando esas imágenes las descontextualizas y las incluyes en una postal, terminan cambiando de significado», resuelve Pedro Vicente.

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Resignificar al mantero e imprimirlo en un cartón coleccionable ayuda a construir una ficción acusadora, crea conciencia. Dejando de lado el aburrimiento, ¿qué aportan las innumerables fotos de, por ejemplo, el skyline barcelonés? «Me gustaría saber cuántas postales se venden hoy en día. Seguro que una ínfima parte de las que se vendían en décadas anteriores. Actualmente están desfasadas, pero nosotros hemos querido recuperar la objetualidad de la fotografía, poder tocarla, ver que tiene dos caras y que puedes hacer algo con ella».

El docente reivindica un postalismo más humano –androcéntrico–, donde el paisaje sirva para realzar a las personas y no al contrario. También defiende la fotografía comprometida, la que entra al trapo y echa sal en todas las llagas posibles. «Pedimos a los alumnos que aquello que hagan sea crítico desde el punto de vista del cuestionamiento. De poner en relevancia según qué cosas. No una crítica negativa, pero sí analítica. Al final el fotógrafo tiene que mostrar una realidad con ojos diferentes».

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Grettings from Barcelona, sin ser un trabajo expresamente protestatario, refleja un hecho –la turistificación en la capital de Cataluña– que solo resulta abordable desde la denuncia. Es la única manera de retratar la playa de La Barceloneta llena hasta la bandera. La única forma de contar que cada día decenas de personas se sacan selfis frente a la sede de la Generalitat, con el gran lazo amarillo de fondo. El Procés y sus tensiones, su sociedad enfrentada y sus políticos en la cárcel, reducido a una foto de Instagram. Masificación y postureo comen del mismo plato.

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Ahondando un poco en el último: si antes comprábamos postales cutres y las guardábamos en cajones privados, hoy inundamos las redes sociales de horterismo para –toma ya– fardar delante de los demás. Yo estuve allí, tú no. «También hacemos crítica de eso. Si vienes a Barcelona, hasta qué punto tienes que hacer LA foto.

En uno de los trabajos, una alumna investigó cuantas fotografías se hacen de la Sagrada Familia en un año. Había más de un millón. ¿Necesitas hacer otra? Luego ocurre que viajas a ciudades como Nueva York y te das cuenta de que nada te llama la atención porque lo has visto mil veces. Con Instagram pasa eso: has visto tantas fotos de la Sagrada familia, Las Rambas o la Casa Batlló que cuando las tienes delante por primera vez se apodera de ti un sentimiento de decepción».

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Ese cebar las redes desde cada smartphone tiene una consecuencia colateral: ningún fotógrafo puede competir contra la omnipresencia. Según Pedro Vicente, el reto para los fotógrafos actuales pasa por colar, entre el hashtag y el obturador, un hilo de pensamiento. «Hace unos años, uno de los mayores periódicos de Pekín despidió a los 30 fotógrafos que tenían en plantilla y contrató a 30 repartidores de pizza con 30 iPhones. Las fotos eran fáciles de hacer, lo difícil era estar en 20 minutos al otro lado de Pekín. Ahora mismo cualquiera puede hacer fotos y enviarlas a las redes o los medios, de modo que un fotógrafo solo se destaca en la investigación, la crítica y la intelectualidad».

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Ni tan siquiera la técnica despunta en la era de los memes y lo viral. De hecho, el virtuosismo fotográfico también se ha democratizado. Compartimos muchas fotos y muy buenas (también malas, claro). Quizás haya menos trabajo para los profesionales, pero el crecimiento de la cultura visual está llenando las escuelas especializadas, ¿no? «Es cierto que ahora tenemos más inquietud por las imágenes, pero difiero en eso de que hemos ganado en cultura visual. Si coges un libro de texto de un niño de 6 años, comprobarás que apenas tiene fotos. No sabemos leer imágenes a pesar de que tienen un poder brutal: nos hacen ir al gimnasio, nos obligan a ponernos a dieta, nos empujan a comprar teléfonos móviles…».

O nos meten en la memoria una Barcelona brillante y falsa, como de bisutería. Bien pensado, tal vez las postales sean fieles al turismo que recorre la ciudad sin bajarse del Citybus. Monumento, foto, monumento, foto. Museo. «¿El Raval? Ese cuadro no me suena». Luego esos mismos turistas abren la mochila, revisan la publicidad recogida durante el trayecto y descubren que pasaron por alto a unos cuantos indigentes:

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«Las postales estuvieron en el Palau Robert, en Santa Mónica, en el Museo Marítimo, etc. Yo pasé muchos ratos en la oficina de turismo del Palau Robert y allí pusieron la foto de un indigente al lado de la publicidad de un hotel de lujo. Pues bien, la gente cogía las dos, se las metía en el bolso y ni las miraba. Nadie tuvo ninguna reacción extraña. Eso sí, las postales volaron; eran muy estéticas», concluye Pedro Vicente.

Lo dicho: la cultura visual de niños de 6 años.

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La escuela Elivasa expondrá en 2018 las postales de Grettings from Barcelona. Por su parte, los responsables del proyecto pretenden sacar una tirada nueva de 16.000 copias para distribuirlas una vez más desde las oficinas de turismo de Barcelona.

 

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