12 de marzo 2020    /   CREATIVIDAD
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¿Cómo demostrar en un instante lo mal que comen algunos niños?  

Con una sola foto, Gregg Segal es capaz de mostrar lo mal que puede llegar a comer un niño a lo largo de una semana. Con las 60 imágenes que conforman su proyecto 'Daily Bread', el fotógrafo californiano revela que lo de las dietas desequilibradas en la infancia no es algo puntual, sino un problema que aqueja a buena parte del planeta. Y alguna otra cosa más, como por ejemplo, que, en ocasiones, el dinero es directamente proporcional a los malos hábitos alimenticios. 

12 de marzo 2020    /   CREATIVIDAD     por          
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Paulo reside en Sicilia. Isaiah, en Los Ángeles, California. Viven a miles de kilómetros de distancia, en continentes diferentes, hablan distintos idiomas y cada uno tienen sus gustos y aficiones. Y, sin embargo, por lo que comen a lo largo de la semana, se podría pensar que los padres de esos niños han ido a hacer la compra al mismo hipermercado. Lo malo no es la coincidencia nutricional en sí, es el contenido de esos menús: «Alimentos envasados, ​​ultraprocesados, calorías vacías…».

Paulo e Isaiah son dos de los 60 niños que Gregg Segal fotografió a lo largo de dos años en nueve ciudades de todo el mundo: Los Ángeles, Estados Unidos (2016); Bombay, India (2017); Kuala Lumpur, Malasia (2017); Hamburgo, Alemania (2017); Niza, Francia (2017); Catania, Italia (2017); Dakar, Senegal (2017); Dubái, EAU (2018) y Brasilia, Brasil (2018).

Con el proyecto Daily Bread, el fotógrafo californiano quería mostrar qué es lo come un niño de cada uno de estos lugares de lunes a domingo. Todo, dice Segal, surgió a raíz de un proyecto anterior, llamado 7 Days of Garbage: «Convencí a familiares, amigos y alguna personas más para que almacenaran la basura generada en su casa durante siete días para después retratarles con ella. ¡Es imposible no concienciarse con el problema cuando estás tumbado y rodeado de él».

La mayor parte de esos desperdicios lo constituían envases de comida. «Viendo aquello resulta evidente lo dependientes que nos hemos vuelto de la industria alimenticia». Además de la medioambiental, la incidencia de este hecho en nuestra dieta es obvia: «No pensamos lo suficiente en lo que comemos porque no somos nosotros los que lo preparamos. Hemos delegado a terceros el ingrediente más vital, el tejido que conecta a las familias y la cultura».

Para Daily Bread, Segal centró su foco de atención en los niños porque «si no aprendes unos hábitos alimenticios sanos cuando eres pequeño, será difícil que los tengas cuando seas mayor». Tras fotografiar a su hijo y a los amigos de este en el patio de su casa en Altadena (California), el proyecto fue creciendo hasta convertirse en global.

Con el salto internacional llegaron las complicaciones. La del idioma era la más evidente, pero no la única. En cada uno de los destinos elegidos, Gregg requería de un equipo de personas que se encargase de encontrar a los niños, la ubicación idónea, asegurarse de que las familias guardaban los envases de las comidas… «La producción fue cara, exigente y complicada. Necesitábamos que la cámara estuviera a 12 pies (unos 3 metros) del suelo, por lo que los techos de las casas o locales tenían que ser altos, las cocinas debían de estar equipadas y ser grandes para preparar toda la comida de una semana (fotografiaba hasta 5 niños al día, y los cocineros había días que preparaban hasta 100 comidas…)».

Segal aprendió muchas cosas de aquellas sesiones, y no solo culinarias. De estas, la que más le llamó la atención es la extraña relación entre nivel de renta y hábitos alimenticios: «A veces, es la gente con menos recursos la que lleva una dieta de mejor calidad. En los Estados Unidos, los pobres son los que consumen más comida basura porque es barata. En cambio, en Bombay, una pizza mediana en una cadena de comida rápida puede costar 13 dólares».

Un lujo que Anchal, que vive con su familia en una cabaña de aluminio de la ciudad india y cuyo padre gana menos de 5 dólares al día, no se puede permitir. En casa, es su madre la que suele cocinar. Coliflor al curry, lentejas o roti preparados sobre un quemador de queroseno son algunos de los platos que cena junto a su familia. Mucho más saludable, por otro lado, que el menú de Shraman, también de Bombay, aunque con una situación más privilegiada que la de Anchal. Los ingresos extra de su familia le permiten incluir en su dieta pizza, golosinas o barritas de chocolate.

«En 2015, la Universidad de Cambridge realizó un estudio exhaustivo que analizaba las dietas de diversos lugares del mundo, y las clasificaba de mayor a menor valor nutricional. Nueve de las diez más saludables se daban en África», explica Segal. Lo que podría resultar sorprendente en realidad no lo es tanto: «Tiene sentido cuando examinas lo que comen en estos países, en principio, más pobres: verduras frescas, frutas, nueces, semillas, granos, pescado, legumbres y carne poco procesada…». Menos dinero a cambio de una cultura alimenticia mucho más rica.

  

 

Altaf Rabbal DLove Bin Roni,

6 años

Gombak, Malasia

Altaf vive con su familia en Kampung Kerdas, un pequeño pueblo de unas 30 familias a las afueras de Kuala Lumpur. Su comida favorita es el pollo satay que cocina su padre. Lo sazona con jengibre y hierbas, lo asa al fuego de carbón y se sirve con rodajas de pepino frío. Altaf nunca se niega a comer ninguna comida «sabrosa». Adora las verduras crudas y de hoja verde y lo único que a veces rechaza son los encurtidos y algún otro alimento demasiado agrio.

 

 Anchal Sahani, Chembur

10 años

Bombay, India

Vive en una pequeña choza de lata en un suburbio de Bombay con sus padres y dos hermanos. Su padre gana menos de 5 dólares al día. Su madre es la que cocina. Entre los platos que no suelen faltar en casa de Anchal está el curry de okra y coliflor, lentejas y roti.  

 

 

Greta Moeller

7 años

Hamburgo, Alemania

 Greta vive con su madre y su hermana menor en Hamburgo, aunque pasa bastante tiempo con sus abuelos. La comida favorita de la niña son palitos de pescado con puré de patatas y de manzana. No soporta el arroz con leche. 

 

Henrico Valias Sant`anna de Souza Dantas

Brasilia, Brasil

10 años

 

Henrico vive en un elegante suburbio de Brasilia con su madre, productora de cine y ejecutiva de publicidad, y sus dos hermanos. La madre, la abuela y la criada de Henrico cocinan el día a día. Su plato favorito es la feijoada, un guiso brasileño de frijoles negros y carne de cerdo, servido con arroz blanco, farofa (harina de yuca frita) y col rizada. Aunque lo que realmente le pirran son los postres: suflé de chocolate, barras Toblerone o cualquier cosa con Nutella.

 

Yusuf Abdullah Al Muhairi

9 años

Mirdif, Dubái, Emiratos Árabes Unidos

 La madre de Yusuf llegó a Dubái procedente de Irlanda para trabajar como pastelera y chocolatera. Se casó con un hombre emiratí y tuvieron a Yusuf. Después se separaron. Al niño le encanta la cocina de su madre. A veces él mismo cocina huevos revueltos y tostadas.  

 

Kawakanih Yawalapiti

9 años 

Región del Alto Xingu de Mato Grosso, Brasil

La de Kawakanih, cuyo apellido proviene de su tribu, la Yawalapiti, fue una de las sesiones que más impactó a Segal. Para llegar al estudio donde se realizó la sesión de fotos en Brasilia, Kawakanih y su madre viajaron 31 horas desde su aldea en barca, autobús y automóvil.

La dieta de Kawakanih es muy simple y consiste principalmente en pescado, mandioca, gachas, frutas y nueces. «Se tarda cinco minutos en atrapar la cena», dice Kawakanih. «Cuando tienes hambre, simplemente vas al río con tu red».

Paulo reside en Sicilia. Isaiah, en Los Ángeles, California. Viven a miles de kilómetros de distancia, en continentes diferentes, hablan distintos idiomas y cada uno tienen sus gustos y aficiones. Y, sin embargo, por lo que comen a lo largo de la semana, se podría pensar que los padres de esos niños han ido a hacer la compra al mismo hipermercado. Lo malo no es la coincidencia nutricional en sí, es el contenido de esos menús: «Alimentos envasados, ​​ultraprocesados, calorías vacías…».

Paulo e Isaiah son dos de los 60 niños que Gregg Segal fotografió a lo largo de dos años en nueve ciudades de todo el mundo: Los Ángeles, Estados Unidos (2016); Bombay, India (2017); Kuala Lumpur, Malasia (2017); Hamburgo, Alemania (2017); Niza, Francia (2017); Catania, Italia (2017); Dakar, Senegal (2017); Dubái, EAU (2018) y Brasilia, Brasil (2018).

Con el proyecto Daily Bread, el fotógrafo californiano quería mostrar qué es lo come un niño de cada uno de estos lugares de lunes a domingo. Todo, dice Segal, surgió a raíz de un proyecto anterior, llamado 7 Days of Garbage: «Convencí a familiares, amigos y alguna personas más para que almacenaran la basura generada en su casa durante siete días para después retratarles con ella. ¡Es imposible no concienciarse con el problema cuando estás tumbado y rodeado de él».

La mayor parte de esos desperdicios lo constituían envases de comida. «Viendo aquello resulta evidente lo dependientes que nos hemos vuelto de la industria alimenticia». Además de la medioambiental, la incidencia de este hecho en nuestra dieta es obvia: «No pensamos lo suficiente en lo que comemos porque no somos nosotros los que lo preparamos. Hemos delegado a terceros el ingrediente más vital, el tejido que conecta a las familias y la cultura».

Para Daily Bread, Segal centró su foco de atención en los niños porque «si no aprendes unos hábitos alimenticios sanos cuando eres pequeño, será difícil que los tengas cuando seas mayor». Tras fotografiar a su hijo y a los amigos de este en el patio de su casa en Altadena (California), el proyecto fue creciendo hasta convertirse en global.

Con el salto internacional llegaron las complicaciones. La del idioma era la más evidente, pero no la única. En cada uno de los destinos elegidos, Gregg requería de un equipo de personas que se encargase de encontrar a los niños, la ubicación idónea, asegurarse de que las familias guardaban los envases de las comidas… «La producción fue cara, exigente y complicada. Necesitábamos que la cámara estuviera a 12 pies (unos 3 metros) del suelo, por lo que los techos de las casas o locales tenían que ser altos, las cocinas debían de estar equipadas y ser grandes para preparar toda la comida de una semana (fotografiaba hasta 5 niños al día, y los cocineros había días que preparaban hasta 100 comidas…)».

Segal aprendió muchas cosas de aquellas sesiones, y no solo culinarias. De estas, la que más le llamó la atención es la extraña relación entre nivel de renta y hábitos alimenticios: «A veces, es la gente con menos recursos la que lleva una dieta de mejor calidad. En los Estados Unidos, los pobres son los que consumen más comida basura porque es barata. En cambio, en Bombay, una pizza mediana en una cadena de comida rápida puede costar 13 dólares».

Un lujo que Anchal, que vive con su familia en una cabaña de aluminio de la ciudad india y cuyo padre gana menos de 5 dólares al día, no se puede permitir. En casa, es su madre la que suele cocinar. Coliflor al curry, lentejas o roti preparados sobre un quemador de queroseno son algunos de los platos que cena junto a su familia. Mucho más saludable, por otro lado, que el menú de Shraman, también de Bombay, aunque con una situación más privilegiada que la de Anchal. Los ingresos extra de su familia le permiten incluir en su dieta pizza, golosinas o barritas de chocolate.

«En 2015, la Universidad de Cambridge realizó un estudio exhaustivo que analizaba las dietas de diversos lugares del mundo, y las clasificaba de mayor a menor valor nutricional. Nueve de las diez más saludables se daban en África», explica Segal. Lo que podría resultar sorprendente en realidad no lo es tanto: «Tiene sentido cuando examinas lo que comen en estos países, en principio, más pobres: verduras frescas, frutas, nueces, semillas, granos, pescado, legumbres y carne poco procesada…». Menos dinero a cambio de una cultura alimenticia mucho más rica.

  

 

Altaf Rabbal DLove Bin Roni,

6 años

Gombak, Malasia

Altaf vive con su familia en Kampung Kerdas, un pequeño pueblo de unas 30 familias a las afueras de Kuala Lumpur. Su comida favorita es el pollo satay que cocina su padre. Lo sazona con jengibre y hierbas, lo asa al fuego de carbón y se sirve con rodajas de pepino frío. Altaf nunca se niega a comer ninguna comida «sabrosa». Adora las verduras crudas y de hoja verde y lo único que a veces rechaza son los encurtidos y algún otro alimento demasiado agrio.

 

 Anchal Sahani, Chembur

10 años

Bombay, India

Vive en una pequeña choza de lata en un suburbio de Bombay con sus padres y dos hermanos. Su padre gana menos de 5 dólares al día. Su madre es la que cocina. Entre los platos que no suelen faltar en casa de Anchal está el curry de okra y coliflor, lentejas y roti.  

 

 

Greta Moeller

7 años

Hamburgo, Alemania

 Greta vive con su madre y su hermana menor en Hamburgo, aunque pasa bastante tiempo con sus abuelos. La comida favorita de la niña son palitos de pescado con puré de patatas y de manzana. No soporta el arroz con leche. 

 

Henrico Valias Sant`anna de Souza Dantas

Brasilia, Brasil

10 años

 

Henrico vive en un elegante suburbio de Brasilia con su madre, productora de cine y ejecutiva de publicidad, y sus dos hermanos. La madre, la abuela y la criada de Henrico cocinan el día a día. Su plato favorito es la feijoada, un guiso brasileño de frijoles negros y carne de cerdo, servido con arroz blanco, farofa (harina de yuca frita) y col rizada. Aunque lo que realmente le pirran son los postres: suflé de chocolate, barras Toblerone o cualquier cosa con Nutella.

 

Yusuf Abdullah Al Muhairi

9 años

Mirdif, Dubái, Emiratos Árabes Unidos

 La madre de Yusuf llegó a Dubái procedente de Irlanda para trabajar como pastelera y chocolatera. Se casó con un hombre emiratí y tuvieron a Yusuf. Después se separaron. Al niño le encanta la cocina de su madre. A veces él mismo cocina huevos revueltos y tostadas.  

 

Kawakanih Yawalapiti

9 años 

Región del Alto Xingu de Mato Grosso, Brasil

La de Kawakanih, cuyo apellido proviene de su tribu, la Yawalapiti, fue una de las sesiones que más impactó a Segal. Para llegar al estudio donde se realizó la sesión de fotos en Brasilia, Kawakanih y su madre viajaron 31 horas desde su aldea en barca, autobús y automóvil.

La dieta de Kawakanih es muy simple y consiste principalmente en pescado, mandioca, gachas, frutas y nueces. «Se tarda cinco minutos en atrapar la cena», dice Kawakanih. «Cuando tienes hambre, simplemente vas al río con tu red».

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