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6 de mayo 2015    /   BRANDED CONTENT
 

El renacer de la cerveza como delicatessen de culto

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Hace unos años, el vino y la cerveza tenían asociados unos momentos y lugares vetados para el otro, como mafias que respetaran sus respectivas áreas de actividad. Las catas, los cursos especializados y los manteles caros eran terreno de los primeros. Se puso de moda tener nociones básicas sobre el vino. La cerveza no se asociaba a nada de eso. Era una bebida que acompañaba otro tipo de momentos: los partidos de los domingos, las cañas después de trabajar, la ración de patatas bravas.
Pero ya hace un tiempo que el sector cervecero está cambiando. Un tipo sofisticado de cervezas asoma la cabeza con la firme intención de romper ese dualismo. Responde a la aparición de nuevos consumidores cultos e informados que no solo la quieren para refrescarse.
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Estos nuevos bebedores de cerveza buscan un valor añadido, una experiencia mientras la consumen. Son creadores de historias, de momentos; por eso aplauden a las marcas que también valoran las leyendas y el storytelling. Como Grimbergen, que es un buen ejemplo de este renacer de la cerveza porque su logotipo es, precisamente, un ave Fénix que simboliza las sucesivas destrucciones y reconstrucciones de la abadía de la que procede.
«Resulta curioso que todas las cosas ricas, como el vino, la cerveza o el queso, estén producidas por monjes», bromeó el padre Karel en su visita a Madrid para presentar los tres tipos de cerveza Grimbergen que comercializa en España el grupo Mahou-San Miguel: Blonde, Double-Ambrée y Blanche. Existe una cuarta cerveza que solo se produce en tiempo de Cuaresma pero que es tan delicada que no es adecuada para el clima español.
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Volvamos a esos nuevos bebedores de cervezas de calidad entre los que, según el sumiller Gabriel Villalobos, hay muchas mujeres. Ya no se conforman con la cerveza que les pongan, sino que van a sitios donde puedan elegir entre muchas. Saben, por ejemplo, que una cerveza afrutada como la Blonde de Grimbergen irá muy bien con unas anchoas. Que una cerveza de trigo, con aromas cítricos y de cilantro, como la Blanche, maridará bien con un pescado. O que una dulce y acaramelada como la Double-Ambrée, la más auténtica y parecida a las que se elaboraban en la Edad Media, casará de maravilla con un jamón ibérico. Por cierto, que el abad Eric de la abadía de Grimbergen desveló que, al contrario de lo que se cree popularmente, la palabra «doble» en el nombre de la cerveza no se refiere a que esta haya pasado por una doble fermentación, sino a una historia muy diferente: en la antigüedad, las abadías no tenían que pagar impuestos, así que podían emplear ese dinero en comprar materias primas de mejor calidad y, por tanto, su cerveza eran mejor que otras que había en el mercado. Los compradores aseguraban que estaba «doblemente buena».

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Ese nuevo cervecero exigente sabe que hay cervezas tan ricas en matices como un buen vino. Sabe que la cerveza puede ser una bebida tan sofisticada como la que más. Es consciente del orden en que tiene que probarlas: si pone la más dulce al principio, las demás le sabrán demasiado amargas. Y de la temperatura: la cerveza «a punto de hielo» no sabe ni huele igual, pierde muchos matices entre la escarcha. Conoce el protocolo al servirla, llena la copa hasta el punto exacto. Da un primer trago «para limpiar la boca» y otro más para percibir todos los sabores. Si estos están equilibrados (no predomina una parte de la lengua más que otra), dirá que la cerveza tiene una buena estructura. Observará cómo su percepción cambia antes y después de la comida. Por ejemplo, una cerveza con alta graduación agradecerá un maridaje que le haga perder cuerpo: un aperitivo dulce reducirá su acidez. «La cata de cervezas es un mundo a descubrir», asegura Villalobos, «y el maridaje con cervezas casa muy bien con nuestro clima».
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Ese nuevo cervecero sofisticado es un bebedor social (siempre lo ha sido), pero está aumentando el abanico de actos sociales que riega con cerveza. El sumiller Villalobos anima a probar algo que en el pasado no terminó de convencer: «el perfil cervecero cambia, el paladar va evolucionando», advierte.
Llegados a este punto, puedes elegir cuándo es momento de «ir de birras»… y cuándo de deleitarte con unas cervezas elegantes.
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Hace unos años, el vino y la cerveza tenían asociados unos momentos y lugares vetados para el otro, como mafias que respetaran sus respectivas áreas de actividad. Las catas, los cursos especializados y los manteles caros eran terreno de los primeros. Se puso de moda tener nociones básicas sobre el vino. La cerveza no se asociaba a nada de eso. Era una bebida que acompañaba otro tipo de momentos: los partidos de los domingos, las cañas después de trabajar, la ración de patatas bravas.
Pero ya hace un tiempo que el sector cervecero está cambiando. Un tipo sofisticado de cervezas asoma la cabeza con la firme intención de romper ese dualismo. Responde a la aparición de nuevos consumidores cultos e informados que no solo la quieren para refrescarse.
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Estos nuevos bebedores de cerveza buscan un valor añadido, una experiencia mientras la consumen. Son creadores de historias, de momentos; por eso aplauden a las marcas que también valoran las leyendas y el storytelling. Como Grimbergen, que es un buen ejemplo de este renacer de la cerveza porque su logotipo es, precisamente, un ave Fénix que simboliza las sucesivas destrucciones y reconstrucciones de la abadía de la que procede.
«Resulta curioso que todas las cosas ricas, como el vino, la cerveza o el queso, estén producidas por monjes», bromeó el padre Karel en su visita a Madrid para presentar los tres tipos de cerveza Grimbergen que comercializa en España el grupo Mahou-San Miguel: Blonde, Double-Ambrée y Blanche. Existe una cuarta cerveza que solo se produce en tiempo de Cuaresma pero que es tan delicada que no es adecuada para el clima español.
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Volvamos a esos nuevos bebedores de cervezas de calidad entre los que, según el sumiller Gabriel Villalobos, hay muchas mujeres. Ya no se conforman con la cerveza que les pongan, sino que van a sitios donde puedan elegir entre muchas. Saben, por ejemplo, que una cerveza afrutada como la Blonde de Grimbergen irá muy bien con unas anchoas. Que una cerveza de trigo, con aromas cítricos y de cilantro, como la Blanche, maridará bien con un pescado. O que una dulce y acaramelada como la Double-Ambrée, la más auténtica y parecida a las que se elaboraban en la Edad Media, casará de maravilla con un jamón ibérico. Por cierto, que el abad Eric de la abadía de Grimbergen desveló que, al contrario de lo que se cree popularmente, la palabra «doble» en el nombre de la cerveza no se refiere a que esta haya pasado por una doble fermentación, sino a una historia muy diferente: en la antigüedad, las abadías no tenían que pagar impuestos, así que podían emplear ese dinero en comprar materias primas de mejor calidad y, por tanto, su cerveza eran mejor que otras que había en el mercado. Los compradores aseguraban que estaba «doblemente buena».

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Ese nuevo cervecero exigente sabe que hay cervezas tan ricas en matices como un buen vino. Sabe que la cerveza puede ser una bebida tan sofisticada como la que más. Es consciente del orden en que tiene que probarlas: si pone la más dulce al principio, las demás le sabrán demasiado amargas. Y de la temperatura: la cerveza «a punto de hielo» no sabe ni huele igual, pierde muchos matices entre la escarcha. Conoce el protocolo al servirla, llena la copa hasta el punto exacto. Da un primer trago «para limpiar la boca» y otro más para percibir todos los sabores. Si estos están equilibrados (no predomina una parte de la lengua más que otra), dirá que la cerveza tiene una buena estructura. Observará cómo su percepción cambia antes y después de la comida. Por ejemplo, una cerveza con alta graduación agradecerá un maridaje que le haga perder cuerpo: un aperitivo dulce reducirá su acidez. «La cata de cervezas es un mundo a descubrir», asegura Villalobos, «y el maridaje con cervezas casa muy bien con nuestro clima».
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Ese nuevo cervecero sofisticado es un bebedor social (siempre lo ha sido), pero está aumentando el abanico de actos sociales que riega con cerveza. El sumiller Villalobos anima a probar algo que en el pasado no terminó de convencer: «el perfil cervecero cambia, el paladar va evolucionando», advierte.
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