20 de abril 2017    /   IDEAS
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La desesperada búsqueda de excrementos de ave en el siglo XIX

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Alexander Von Humboldt estornudó. Estaba midiendo la temperatura del aire y del agua en costas peruanas cuando vio a unos hombres recogiendo un polvo amarillento. A medida que se aproximaba a ellos, un fuerte olor a amoniaco crecía y sus estornudos eran cada vez más frecuentes. Al fin lo descubrió: lo que recolectaban manualmente eran excrementos de aves marinas que se habían ido acumulando, dando lugar a montículos de hasta 70 metros.

Aquellas heces convertidas en polvo les servían a los autóctonos para abonar la tierra y no lo sabían aún, pero aquello que llamaban wanu era uno de los mejores fertilizantes del mundo. Humboldt sucumbió a la tentativa de recogerlo y llevó una muestra a Europa. Comenzaba el siglo XIX y, con él, la fiebre del guano.

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El guano también es el excremento de los murciélagos, pero el que se extendió de Perú al resto del mundo procedía de aves marinas. Lejos de ser un desperdicio, está considerado el análogo agrícola del oro.

En la zona de mayor concentración de aves guaneras también prolifera el tipo de pez del que se alimentan: la anchoveta peruana, un pequeño pez que vive cerca de la costa. La corriente de Humboldt —corriente marina que recibe este nombre en honor a su descubridor— es la causante de la abundancia de esta especie.

El frío de estas aguas propicia la escasez de lluvias que, a su vez, permite que el guano se conserve y se solidifique. Por esta razón, el mejor guano se encuentra en la costa peruana y sus islas, que son lugares especialmente áridos. Una isla guanera en el siglo XIX podía llegar a estar habitada por un millón de aves marinas, capaces de generar miles de toneladas de heces al año.

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En Historia del guano en el Perú, Enrique P. Araujo escribe que «existían otras sustancias similares empleadas como abono; pero no eran bastantes para hacer competencia o rivalizar con el guano». Según Araujo, solo había una sustancia superior: el salitre.

Para difundir las bondades del guano, a Humboldt se le unió Mario Rivero y Ustáriz, un científico peruano que estudió las propiedades del fertilizante y cuyo trabajo fue difundido en Europa. También el químico alemán Justus Von Liebig propagó que un buen fertilizante necesitaba exactamente los tres componentes del guano: nitrógeno, fósforo y potasio.

Los campesinos europeos lo probaron a mediados del siglo XIX, sus cultivos mejoraron y el guano se comenzó a comercializar fuera de Sudamérica con gran éxito.

Los trabajadores que vio Humboldt recogían ese ‘oro en polvo’ hasta la extenuación en pésimas condiciones que rozaban la esclavitud. Al principio eran autóctonos, vivían en tiendas, enfermaban al inhalar el polvo del guano y sus jornadas se alargaban hasta 17 horas. Tras ellos, llegaron los coolies chinos. Se trataba de jornaleros que llegaban contratados de manera ilegal. Otros fueron trasladados a la fuerza.

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En Europa y la gente sin historia, Eric R. Wolf escribió que desde 1849 hasta 1874 «se enviaron a Perú unos 90.000 trabajadores chinos bajo contrato de servidumbre, que en su mayoría salieron por Macao, para sustituir a hawaianos que habían muerto trabajando en los yacimientos de guano».

Los inicios del imperialismo estadounidense

El guano llegaba a los campesinos europeos a través de los mercaderes británicos, que consiguieron un acuerdo de exclusividad con el gobierno peruano. Pero la auténtica fiebre por este fertilizante llegó cuando Estados Unidos descubrió que se acumulaban en islas y que no todas pertenecían a otros países. Puesto que las empresas británicas lograron convertirse en intermediarias y los norteamericanos no podían comprar guano directamente a los peruanos, el fertilizante se había encarecido ostensiblemente para entonces.

En 1852, varios barcos estadounidenses llegaron hasta las islas Lobos para ocupar un territorio que, según Estados Unidos, Perú no controlaba. Cuatro años después, Estados Unidos aprobó el Acta de Islas Guaneras, que le permitía apoderarse de la misma manera de otras islas que no hubieran reclamado otros antes.

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Cada isla, cada roca y cada cayo al que llegaba un norteamericano, siempre que no estuviera ocupada por otro gobierno ni vivieran en ella personas de otros países, pasaba inmediatamente a ser de dominio estadounidense. Así fue como Estados Unidos se hizo con más de 70 islas —hay quienes dicen que más de 100— del océano Pacífico. Las islas Baker, Howland, Palmira y Midway, entre otras, siguen perteneciendo a Estados Unidos desde la fiebre del guano.

Dos años después de la aprobación del Acta de Islas Guaneras, Perú y Estados Unidos se enfrentaron por aquellos excrementos tras la llegada de varias barcas estadounidenses a las islas guaneras. El buque gubernamental Tumbes las capturó, los capitanes fueron enjuiciados y sus barcas pasaron a formar parte de la Marina peruana. Tras el revuelo mediático en Estados Unidos a favor de Perú, Leopoldo I de Bélgica protagonizó un arbitraje que dio la razón a Perú y Lincoln decidió que era mejor dejarlo así.

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A pesar de que pertenecían a Perú, las islas de Chincha fueron ocupadas por España en 1864. Para evitar este tipo de incursiones, Chile y Perú firmaron el Tratado de Alianza Ofensiva y Defensiva que después suscribirían Bolivia y Ecuador. Estalló así una guerra en 1866 que unió a Perú, Bolivia y Chile contra España. Los españoles perdieron y no tuvieron más remedio que marcharse y devolver las islas a Perú.

En 1879 estalló la Guerra del Pacífico. Perú, Chile y Bolivia se enfrentaron, en parte, por el guano. Los historiadores estadounidenses hablaron de «guanomanía», mientras que los peruanos optaron por «la república del guano».

El mundo Pacífico moderno

Las condiciones del comercio internacional del guano no fueron tan idílicas para los autóctonos como esperaban sus políticos. Según Gregory T. Cushman, autor de Guano and the opening of the Pacific World, aquella supuesta panacea se difuminó cuando el auge del comercio del guano comenzó a declinar.

Para él, el descubrimiento de Humbold fue «un arquetipo de expropiación del conocimiento del mundo natural los indígenas para beneficio del forastero». Según Cushman, los padres del Perú poscolonial, muy alejados de esta visión, venían que «esta increíble ventaja geográfica proporcionaba un medio para diseñar una nación moderna».

En la era del guano ve Cushman el origen del mundo Pacífico moderno. Aunque la búsqueda de ballenas y otros recursos marinos, así como la independencia de Latinoamérica, también contribuyeron a la explotación de los recursos en las costas del Pacífico por parte de forasteros en el siglo XIX, asegura que fue la búsqueda del guano «y por tanto de nitratos, fosfatos y trabajadores explotables, lo que llevó a la creación de imperios terrestres que incorporaron algunas de las partes más remotas de la Cuenca Pacífica».

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La fiebre del guano también derivó en la guerra internacional más larga del siglo XIX en la región. «Además, esta expansión imperial a menudo dependía de la expropiación de la tierra, del trabajo, de los recursos y del conocimiento medioambiental de la gente indígena del Pacífico», escribe Cushman.

Junto a las extracciones masivas de guano del siglo XIX y la llegada cíclica de El Niño, que obliga a las anchovetas a huir a aguas más profundas y más frías y mata de hambre a las aves guaneras, aparecieron nuevos fertilizantes. Todo ello fue dejando en el olvido una sustancia por la que se declararon guerras. En menor medida, el guano se siguió comercializando y recientemente se ha convertido en una alternativa natural a los fertilizantes químicos.

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Alexander Von Humboldt estornudó. Estaba midiendo la temperatura del aire y del agua en costas peruanas cuando vio a unos hombres recogiendo un polvo amarillento. A medida que se aproximaba a ellos, un fuerte olor a amoniaco crecía y sus estornudos eran cada vez más frecuentes. Al fin lo descubrió: lo que recolectaban manualmente eran excrementos de aves marinas que se habían ido acumulando, dando lugar a montículos de hasta 70 metros.

Aquellas heces convertidas en polvo les servían a los autóctonos para abonar la tierra y no lo sabían aún, pero aquello que llamaban wanu era uno de los mejores fertilizantes del mundo. Humboldt sucumbió a la tentativa de recogerlo y llevó una muestra a Europa. Comenzaba el siglo XIX y, con él, la fiebre del guano.

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El guano también es el excremento de los murciélagos, pero el que se extendió de Perú al resto del mundo procedía de aves marinas. Lejos de ser un desperdicio, está considerado el análogo agrícola del oro.

En la zona de mayor concentración de aves guaneras también prolifera el tipo de pez del que se alimentan: la anchoveta peruana, un pequeño pez que vive cerca de la costa. La corriente de Humboldt —corriente marina que recibe este nombre en honor a su descubridor— es la causante de la abundancia de esta especie.

El frío de estas aguas propicia la escasez de lluvias que, a su vez, permite que el guano se conserve y se solidifique. Por esta razón, el mejor guano se encuentra en la costa peruana y sus islas, que son lugares especialmente áridos. Una isla guanera en el siglo XIX podía llegar a estar habitada por un millón de aves marinas, capaces de generar miles de toneladas de heces al año.

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En Historia del guano en el Perú, Enrique P. Araujo escribe que «existían otras sustancias similares empleadas como abono; pero no eran bastantes para hacer competencia o rivalizar con el guano». Según Araujo, solo había una sustancia superior: el salitre.

Para difundir las bondades del guano, a Humboldt se le unió Mario Rivero y Ustáriz, un científico peruano que estudió las propiedades del fertilizante y cuyo trabajo fue difundido en Europa. También el químico alemán Justus Von Liebig propagó que un buen fertilizante necesitaba exactamente los tres componentes del guano: nitrógeno, fósforo y potasio.

Los campesinos europeos lo probaron a mediados del siglo XIX, sus cultivos mejoraron y el guano se comenzó a comercializar fuera de Sudamérica con gran éxito.

Los trabajadores que vio Humboldt recogían ese ‘oro en polvo’ hasta la extenuación en pésimas condiciones que rozaban la esclavitud. Al principio eran autóctonos, vivían en tiendas, enfermaban al inhalar el polvo del guano y sus jornadas se alargaban hasta 17 horas. Tras ellos, llegaron los coolies chinos. Se trataba de jornaleros que llegaban contratados de manera ilegal. Otros fueron trasladados a la fuerza.

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En Europa y la gente sin historia, Eric R. Wolf escribió que desde 1849 hasta 1874 «se enviaron a Perú unos 90.000 trabajadores chinos bajo contrato de servidumbre, que en su mayoría salieron por Macao, para sustituir a hawaianos que habían muerto trabajando en los yacimientos de guano».

Los inicios del imperialismo estadounidense

El guano llegaba a los campesinos europeos a través de los mercaderes británicos, que consiguieron un acuerdo de exclusividad con el gobierno peruano. Pero la auténtica fiebre por este fertilizante llegó cuando Estados Unidos descubrió que se acumulaban en islas y que no todas pertenecían a otros países. Puesto que las empresas británicas lograron convertirse en intermediarias y los norteamericanos no podían comprar guano directamente a los peruanos, el fertilizante se había encarecido ostensiblemente para entonces.

En 1852, varios barcos estadounidenses llegaron hasta las islas Lobos para ocupar un territorio que, según Estados Unidos, Perú no controlaba. Cuatro años después, Estados Unidos aprobó el Acta de Islas Guaneras, que le permitía apoderarse de la misma manera de otras islas que no hubieran reclamado otros antes.

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Cada isla, cada roca y cada cayo al que llegaba un norteamericano, siempre que no estuviera ocupada por otro gobierno ni vivieran en ella personas de otros países, pasaba inmediatamente a ser de dominio estadounidense. Así fue como Estados Unidos se hizo con más de 70 islas —hay quienes dicen que más de 100— del océano Pacífico. Las islas Baker, Howland, Palmira y Midway, entre otras, siguen perteneciendo a Estados Unidos desde la fiebre del guano.

Dos años después de la aprobación del Acta de Islas Guaneras, Perú y Estados Unidos se enfrentaron por aquellos excrementos tras la llegada de varias barcas estadounidenses a las islas guaneras. El buque gubernamental Tumbes las capturó, los capitanes fueron enjuiciados y sus barcas pasaron a formar parte de la Marina peruana. Tras el revuelo mediático en Estados Unidos a favor de Perú, Leopoldo I de Bélgica protagonizó un arbitraje que dio la razón a Perú y Lincoln decidió que era mejor dejarlo así.

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A pesar de que pertenecían a Perú, las islas de Chincha fueron ocupadas por España en 1864. Para evitar este tipo de incursiones, Chile y Perú firmaron el Tratado de Alianza Ofensiva y Defensiva que después suscribirían Bolivia y Ecuador. Estalló así una guerra en 1866 que unió a Perú, Bolivia y Chile contra España. Los españoles perdieron y no tuvieron más remedio que marcharse y devolver las islas a Perú.

En 1879 estalló la Guerra del Pacífico. Perú, Chile y Bolivia se enfrentaron, en parte, por el guano. Los historiadores estadounidenses hablaron de «guanomanía», mientras que los peruanos optaron por «la república del guano».

El mundo Pacífico moderno

Las condiciones del comercio internacional del guano no fueron tan idílicas para los autóctonos como esperaban sus políticos. Según Gregory T. Cushman, autor de Guano and the opening of the Pacific World, aquella supuesta panacea se difuminó cuando el auge del comercio del guano comenzó a declinar.

Para él, el descubrimiento de Humbold fue «un arquetipo de expropiación del conocimiento del mundo natural los indígenas para beneficio del forastero». Según Cushman, los padres del Perú poscolonial, muy alejados de esta visión, venían que «esta increíble ventaja geográfica proporcionaba un medio para diseñar una nación moderna».

En la era del guano ve Cushman el origen del mundo Pacífico moderno. Aunque la búsqueda de ballenas y otros recursos marinos, así como la independencia de Latinoamérica, también contribuyeron a la explotación de los recursos en las costas del Pacífico por parte de forasteros en el siglo XIX, asegura que fue la búsqueda del guano «y por tanto de nitratos, fosfatos y trabajadores explotables, lo que llevó a la creación de imperios terrestres que incorporaron algunas de las partes más remotas de la Cuenca Pacífica».

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La fiebre del guano también derivó en la guerra internacional más larga del siglo XIX en la región. «Además, esta expansión imperial a menudo dependía de la expropiación de la tierra, del trabajo, de los recursos y del conocimiento medioambiental de la gente indígena del Pacífico», escribe Cushman.

Junto a las extracciones masivas de guano del siglo XIX y la llegada cíclica de El Niño, que obliga a las anchovetas a huir a aguas más profundas y más frías y mata de hambre a las aves guaneras, aparecieron nuevos fertilizantes. Todo ello fue dejando en el olvido una sustancia por la que se declararon guerras. En menor medida, el guano se siguió comercializando y recientemente se ha convertido en una alternativa natural a los fertilizantes químicos.

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