17 de septiembre 2014    /   DIGITAL
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La inabarcable inmensidad de un gugol

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El sonido de la palabra gugol (googol en inglés) se ha hecho tan familiar por su similitud con la pronunciación de la marca del buscador de Internet que es difícil tratar de convencer a alguien de sus diferencias, de que poco tiene que ver con la marca de la compañía de California.
En realidad, un poco sí tiene que ver un poco. Larry Page, uno de los dos fundadores de Google, se equivocó cuando fue a registrar la marca el 17 de septiembre de 1997.
—Sergi, ¿cómo dijimos que se iba a llamar nuestro invento?
—Gugol, Larry.
—Ok. El dominio está libre…¡Registrado!
Se había confundido y escribió Google. Afortunadamente para Larry y Sergi, la nueva palabra estaba libre como marca y como dirección de Internet. Googol estaba ocupado. Aquel baile de letras ha popularizado la variante y ha ocultado el original.
Y así nuestro viaje vuelve al principio: ¿qué es un gugol?
Pues bien, un gugol es un número inmenso, gigante, casi inimaginable. Se podría representar por un uno seguido de cien ceros. Un 10 elevado a 100. Así, sin saber mucho de matemáticas nos encontramos por puro sentido común delante de algo gigante, tan grande que se hace incomprensible.
El primer intento didáctico que uno puede localizar navegando por la Red muestra una comparación: «El número  de átomos de hidrógeno del universo no llegaría a conformar un gugol». Pero aquí empiezan los dificultades que quiero señalar. Se supone que el lector ha de tener en su cabeza la idea de cómo es de grande el universo, o al menos conocer que el hidrógeno es el elemento químico más abundante, porque, si no, ¿no se hace más compleja la explicación que el propio número?
Vivimos en la era de los macrodatos (Big Data), de los guarismos incomprensibles por inmensos, y todos los días leemos titulares que nos explican noticias como la siguiente: «Desde 2007 el rescate de la banca española nos ha costado 220.000 millones de euros». Pero ¿cuánto son 220.000 millones de euros? ¿Y para los que todavía pensamos en pesetas? Una comparación puede ayudar: a cada español nos ha costado más de 3.000 euros, incluidos bebés, niños y ancianos. Multiplique usted por los miembros de su familia y sabrá (más o menos) lo que le ha menguado esto el patrimonio pecuniario de su hogar.
No solo los periodistas -también los escritores- intentan hacer que esos gugoles sean más amables, más comprensibles: «Más de la mitad del planeta es lluvia en potencia. Cada segundo se evapora el equivalente a seis mil cuatrocientas piscinas olímpicas. Y todo volverá a caer».
Yo ahora, gracias a esa aclaración de Marina Bastos en su texto para la revista Etiqueta Negra, entiendo mucho mejor qué cantidad de agua se evapora, tengo una imagen más interesante para comprender. Poetas, matemáticos, periodistas o estadísticos se han de afanar cada día para que entendamos las nuevas cifras, tan grandes que no caben todos los átomos, los de hidrógeno y el resto, del universo en ellas, tan gigantes que nuestra cabeza necesita de explicadores de gugoles para sobrevivir en este mar de datos.
Veremos nuevos carpinteros que con esa materia gigante construyan nuevas formas que nos traigan la comprensión de lo que ahora son meros números que se nos escapa.
 

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En realidad, un poco sí tiene que ver un poco. Larry Page, uno de los dos fundadores de Google, se equivocó cuando fue a registrar la marca el 17 de septiembre de 1997.
—Sergi, ¿cómo dijimos que se iba a llamar nuestro invento?
—Gugol, Larry.
—Ok. El dominio está libre…¡Registrado!
Se había confundido y escribió Google. Afortunadamente para Larry y Sergi, la nueva palabra estaba libre como marca y como dirección de Internet. Googol estaba ocupado. Aquel baile de letras ha popularizado la variante y ha ocultado el original.
Y así nuestro viaje vuelve al principio: ¿qué es un gugol?
Pues bien, un gugol es un número inmenso, gigante, casi inimaginable. Se podría representar por un uno seguido de cien ceros. Un 10 elevado a 100. Así, sin saber mucho de matemáticas nos encontramos por puro sentido común delante de algo gigante, tan grande que se hace incomprensible.
El primer intento didáctico que uno puede localizar navegando por la Red muestra una comparación: «El número  de átomos de hidrógeno del universo no llegaría a conformar un gugol». Pero aquí empiezan los dificultades que quiero señalar. Se supone que el lector ha de tener en su cabeza la idea de cómo es de grande el universo, o al menos conocer que el hidrógeno es el elemento químico más abundante, porque, si no, ¿no se hace más compleja la explicación que el propio número?
Vivimos en la era de los macrodatos (Big Data), de los guarismos incomprensibles por inmensos, y todos los días leemos titulares que nos explican noticias como la siguiente: «Desde 2007 el rescate de la banca española nos ha costado 220.000 millones de euros». Pero ¿cuánto son 220.000 millones de euros? ¿Y para los que todavía pensamos en pesetas? Una comparación puede ayudar: a cada español nos ha costado más de 3.000 euros, incluidos bebés, niños y ancianos. Multiplique usted por los miembros de su familia y sabrá (más o menos) lo que le ha menguado esto el patrimonio pecuniario de su hogar.
No solo los periodistas -también los escritores- intentan hacer que esos gugoles sean más amables, más comprensibles: «Más de la mitad del planeta es lluvia en potencia. Cada segundo se evapora el equivalente a seis mil cuatrocientas piscinas olímpicas. Y todo volverá a caer».
Yo ahora, gracias a esa aclaración de Marina Bastos en su texto para la revista Etiqueta Negra, entiendo mucho mejor qué cantidad de agua se evapora, tengo una imagen más interesante para comprender. Poetas, matemáticos, periodistas o estadísticos se han de afanar cada día para que entendamos las nuevas cifras, tan grandes que no caben todos los átomos, los de hidrógeno y el resto, del universo en ellas, tan gigantes que nuestra cabeza necesita de explicadores de gugoles para sobrevivir en este mar de datos.
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