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17 de abril 2018    /   BUSINESS
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Una guía para madres rebeldes hartas de consejos y supersticiones sin pies ni cabeza

17 de abril 2018    /   BUSINESS     por          
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«Debes saciar los antojos que tengas durante el embarazo o el bebé nacerá con una mancha que represente ese antojo». «Si cruzas las piernas cuando te sientas, el cordón umbilical del feto se enrollará». «Si te tiñes el pelo, este absorberá las sustancias químicas del tinte y el bebé se verá perjudicado». «Si estás embarazada, no debes dar el pecho a un bebé, porque el que está en camino necesita toda la nutrición disponible».

La cantinela de consejos y supersticiones semiapocalípticas que escuchan las mujeres embarazadas durante la gestación de su retoño resulta interminable. Lo más gracioso es que la mayor parte de esa retahíla de recomendaciones carece de base científica y muchas de ellas resultan incluso contradictorias entre sí.

Pero hay madres que se han cansado ya de prohibiciones absurdas. Están hartas de esa especie de dictadura presidida por el «por si acaso, mejor no hacerlo». Por eso, a través de lo que ha observado y de su propia experiencia personal, la escritora Marga Durá ha creado Guía para madres rebeldes, un manual –ilustrado por la dibujante Agustina Guerrero– para madres (y personas en general) que se niegan a aceptar tópicos y se plantan ante ellos con cierta rebeldía.

Pero ¿a quién podemos considerar como una madre rebelde? La autora se refiere de este modo a aquellas que tienen un poco de sentido común y se paran a pensar qué es lo que quieren hacer para no acabar haciendo lo que los demás quieren «o, incluso, lo que tú crees que esperan de ti», y para quitarse la presión que viene con la comeduras de coco y las neuras.

Muchas madres, y sobre todo las primerizas, se hacen mil y una preguntas durante su embarazo. Se preguntan qué deben dejar de comer y por qué, si conviene más aguantar un parto natural o recurrir a la epidural, o cómo van a gestionar los cambios que se operarán en sus vidas. Durá recuerda que, durante su embarazo, todo el mundo le daba sin parar consejos y opiniones de lo más variopinto.

Algunas mujeres se constriñen en el papel de víctimas ante algunos de esos consejos tan bienintencionados como ignorantes. A fin de cuentas, vivimos en la cultura del sacrificio

«En general, muchas personas intentan siempre decirte cómo debes llevar tu vida, pero en el embarazo es como si se crecieran, porque tienen la coartada de estar defendiendo al bebé. Y se olvidan de que quizá tú, que da la casualidad de que eres la madre, eres la primera interesada en que todo salga bien y además tienes dos dedos de frente», comenta la autora a Yorokobu.

En muchas ocasiones, un ginecólogo da una recomendación a una embarazada que es justamente la contraria a la que da un colega suyo a otra mujer en estado de gracia. «En el libro cuento que a una amiga su médico le prohibió, después de hacerse la amniocentesis, que se moviera de la cama durante dos días. La pobre no podía ir ni al baño porque le habían dicho que así disminuía el riesgo de aborto que tiene esta prueba. Con el tiempo se ha demostrado que no tiene nada que ver, que has de hacer reposo, pero que no hace falta que sea tan extremo», explica Durá.

Algunas mujeres se constriñen en el papel de víctimas ante algunos de esos consejos tan bienintencionados como ignorantes. A fin de cuentas, vivimos en la cultura del sacrificio. «Y las mujeres, aún más. Parece que no podamos obtener ningún beneficio si no median sangre, sudor y lágrimas», explica Durá.

«Y en el caso del embarazo, parece instaurada la ridícula creencia de que si te sacrificas, todo revertirá en el bien del bebé. Y, evidentemente, habrá cosas que deberás dejar de hacer, pero otras a las que no es necesario renunciar. Y esto lo dice el sentido común y, sobre todo, la ciencia: ni yo ni la vecina del quinto. Por eso, para mí era tan importante que el libro recogiera la opinión de médicos especializados de prestigio probado».

Lo peor de todo es que la cantinela no desaparece ni disminuye cuando estas madres dan a luz. «A los seis meses, los niños deben acostumbrarse a estar en su propia habitación». «Para sentir el apego, los bebés deben poder dormir con sus padres todo el tiempo que quieran». «Los chupetes son malísimos, jamás deberían utilizarse». «Los chupetes ayudan muchísimo y deben emplearse mientras se necesiten». «A los niños se les ha de poner límites». «Hay que atenderlos al primer conato de llanto».

En el caso del embarazo, parece instaurada la ridícula creencia de que si te sacrificas, todo revertirá en el bien del bebé. Y, evidentemente, habrá cosas que deberás dejar de hacer, pero otras a las que no es necesario renunciar. Y esto lo dice el sentido común y, sobre todo, la ciencia: ni yo ni la vecina del quinto

A menudo, incluso, se tacha de «malas madres» a esas progenitoras para quienes el cuidado de sus vástagos no se convierte en el epicentro de sus vidas y que se atreven a quejarse, de vez en cuando, de su papel de madre. Las que se quejan de lo hartas y cansadas que estuvieron durante el embarazo o de la depresión que experimentaron tras dar a luz. O las que alguna vez fantasearon con regalarle a su llorón hijo al primero que pasara por la calle.

Durá asegura que no desea sacrificarse más de la cuenta si ello no revierte directamente en el bienestar de su bebé. Comenta que detesta entrar en el agravio comparativo, convirtiendo esos sacrificios o renuncias en un baremo para demostrar si una mujer es bastante buena madre o no. Claro que esto, como todo, varía mucho en función de cada persona. Lo que para una es un sacrificio no lo es para la de al lado. No son pocas las madres que, con la mejor intención del mundo, inculcan a sus hijas la abnegación como sinónimo de maternidad.

Les cuentan que ellas, durante su embarazo, tuvieron que renunciar a su vida laboral para centrarse en la crianza de sus hijos. «Ese concepto quedó obsoleto al tiempo que nos quedábamos huérfanas de referentes. Así las cosas, solo restaba construir un nuevo modelo de maternidad con mucho ruido de fondo. La independencia laboral se traduce en autoestima. La dedicación maternal, en plenitud. Pero ese ‘traductor social’ no es de última generación, no resulta tan universal y tiende a una generalización idílica que no siempre satisface las necesidades personales», explica.

De forma resumida, hoy día encontramos dos tipos de opiniones en la experiencia de la maternidad en mujeres feministas. Por un lado, la de aquellas madres ecofeministas que reclaman su derecho a disfrutar de la experiencia de la maternidad.

«El ecofeminismo considera que la mujer siempre ha tenido más contacto con la naturaleza, y el hombre con la cultura […]. Ese mayor contacto con la naturaleza y ese respeto por la diferencia pasa por seguir sus procesos de forma genuina, lo que incluye desde el parto natural hasta la lactancia prolongada [aquella que supera los dos años]», explica Durá.

Por el otro, la de las herederas del feminismo clásico. Son aquellas que lidian con la maternidad como una parte más de su identidad y no son tan ecológicas ni tan mamíferas. «Luchan por la igualdad, para que la mujer tenga los mismos derechos que el hombre. Y en sus raíces [esta corriente] no pudo dejar de ver la maternidad como un engorro que impedía la realización femenina».

Tanto unas como otras libran hoy día una especie de lucha por el título de perfecta madre moderna (y el de auténtica feminista). «Ambos caminos son enriquecedores, pero el problema es que andan tirándose los trastos a la cabeza», asegura Durá, que se resiste a encajar en uno u otro patrón.

«Parece que te insten a pertenecer a un grupo y a enfrentarte al otro y creo que hay muchas mujeres que no estamos por esta labor, lo que nos interesa es tomar las decisiones que mejor se adecúen a nuestra vida, da igual de dónde provengan». Es lo que ella define como «gestantes corrientes y molientes» y a las que dedica su libro.

«De momento, intentemos ganar la batalla de ser madre y no acabar muy magulladas en el intento».

«Debes saciar los antojos que tengas durante el embarazo o el bebé nacerá con una mancha que represente ese antojo». «Si cruzas las piernas cuando te sientas, el cordón umbilical del feto se enrollará». «Si te tiñes el pelo, este absorberá las sustancias químicas del tinte y el bebé se verá perjudicado». «Si estás embarazada, no debes dar el pecho a un bebé, porque el que está en camino necesita toda la nutrición disponible».

La cantinela de consejos y supersticiones semiapocalípticas que escuchan las mujeres embarazadas durante la gestación de su retoño resulta interminable. Lo más gracioso es que la mayor parte de esa retahíla de recomendaciones carece de base científica y muchas de ellas resultan incluso contradictorias entre sí.

Pero hay madres que se han cansado ya de prohibiciones absurdas. Están hartas de esa especie de dictadura presidida por el «por si acaso, mejor no hacerlo». Por eso, a través de lo que ha observado y de su propia experiencia personal, la escritora Marga Durá ha creado Guía para madres rebeldes, un manual –ilustrado por la dibujante Agustina Guerrero– para madres (y personas en general) que se niegan a aceptar tópicos y se plantan ante ellos con cierta rebeldía.

Pero ¿a quién podemos considerar como una madre rebelde? La autora se refiere de este modo a aquellas que tienen un poco de sentido común y se paran a pensar qué es lo que quieren hacer para no acabar haciendo lo que los demás quieren «o, incluso, lo que tú crees que esperan de ti», y para quitarse la presión que viene con la comeduras de coco y las neuras.

Muchas madres, y sobre todo las primerizas, se hacen mil y una preguntas durante su embarazo. Se preguntan qué deben dejar de comer y por qué, si conviene más aguantar un parto natural o recurrir a la epidural, o cómo van a gestionar los cambios que se operarán en sus vidas. Durá recuerda que, durante su embarazo, todo el mundo le daba sin parar consejos y opiniones de lo más variopinto.

Algunas mujeres se constriñen en el papel de víctimas ante algunos de esos consejos tan bienintencionados como ignorantes. A fin de cuentas, vivimos en la cultura del sacrificio

«En general, muchas personas intentan siempre decirte cómo debes llevar tu vida, pero en el embarazo es como si se crecieran, porque tienen la coartada de estar defendiendo al bebé. Y se olvidan de que quizá tú, que da la casualidad de que eres la madre, eres la primera interesada en que todo salga bien y además tienes dos dedos de frente», comenta la autora a Yorokobu.

En muchas ocasiones, un ginecólogo da una recomendación a una embarazada que es justamente la contraria a la que da un colega suyo a otra mujer en estado de gracia. «En el libro cuento que a una amiga su médico le prohibió, después de hacerse la amniocentesis, que se moviera de la cama durante dos días. La pobre no podía ir ni al baño porque le habían dicho que así disminuía el riesgo de aborto que tiene esta prueba. Con el tiempo se ha demostrado que no tiene nada que ver, que has de hacer reposo, pero que no hace falta que sea tan extremo», explica Durá.

Algunas mujeres se constriñen en el papel de víctimas ante algunos de esos consejos tan bienintencionados como ignorantes. A fin de cuentas, vivimos en la cultura del sacrificio. «Y las mujeres, aún más. Parece que no podamos obtener ningún beneficio si no median sangre, sudor y lágrimas», explica Durá.

«Y en el caso del embarazo, parece instaurada la ridícula creencia de que si te sacrificas, todo revertirá en el bien del bebé. Y, evidentemente, habrá cosas que deberás dejar de hacer, pero otras a las que no es necesario renunciar. Y esto lo dice el sentido común y, sobre todo, la ciencia: ni yo ni la vecina del quinto. Por eso, para mí era tan importante que el libro recogiera la opinión de médicos especializados de prestigio probado».

Lo peor de todo es que la cantinela no desaparece ni disminuye cuando estas madres dan a luz. «A los seis meses, los niños deben acostumbrarse a estar en su propia habitación». «Para sentir el apego, los bebés deben poder dormir con sus padres todo el tiempo que quieran». «Los chupetes son malísimos, jamás deberían utilizarse». «Los chupetes ayudan muchísimo y deben emplearse mientras se necesiten». «A los niños se les ha de poner límites». «Hay que atenderlos al primer conato de llanto».

En el caso del embarazo, parece instaurada la ridícula creencia de que si te sacrificas, todo revertirá en el bien del bebé. Y, evidentemente, habrá cosas que deberás dejar de hacer, pero otras a las que no es necesario renunciar. Y esto lo dice el sentido común y, sobre todo, la ciencia: ni yo ni la vecina del quinto

A menudo, incluso, se tacha de «malas madres» a esas progenitoras para quienes el cuidado de sus vástagos no se convierte en el epicentro de sus vidas y que se atreven a quejarse, de vez en cuando, de su papel de madre. Las que se quejan de lo hartas y cansadas que estuvieron durante el embarazo o de la depresión que experimentaron tras dar a luz. O las que alguna vez fantasearon con regalarle a su llorón hijo al primero que pasara por la calle.

Durá asegura que no desea sacrificarse más de la cuenta si ello no revierte directamente en el bienestar de su bebé. Comenta que detesta entrar en el agravio comparativo, convirtiendo esos sacrificios o renuncias en un baremo para demostrar si una mujer es bastante buena madre o no. Claro que esto, como todo, varía mucho en función de cada persona. Lo que para una es un sacrificio no lo es para la de al lado. No son pocas las madres que, con la mejor intención del mundo, inculcan a sus hijas la abnegación como sinónimo de maternidad.

Les cuentan que ellas, durante su embarazo, tuvieron que renunciar a su vida laboral para centrarse en la crianza de sus hijos. «Ese concepto quedó obsoleto al tiempo que nos quedábamos huérfanas de referentes. Así las cosas, solo restaba construir un nuevo modelo de maternidad con mucho ruido de fondo. La independencia laboral se traduce en autoestima. La dedicación maternal, en plenitud. Pero ese ‘traductor social’ no es de última generación, no resulta tan universal y tiende a una generalización idílica que no siempre satisface las necesidades personales», explica.

De forma resumida, hoy día encontramos dos tipos de opiniones en la experiencia de la maternidad en mujeres feministas. Por un lado, la de aquellas madres ecofeministas que reclaman su derecho a disfrutar de la experiencia de la maternidad.

«El ecofeminismo considera que la mujer siempre ha tenido más contacto con la naturaleza, y el hombre con la cultura […]. Ese mayor contacto con la naturaleza y ese respeto por la diferencia pasa por seguir sus procesos de forma genuina, lo que incluye desde el parto natural hasta la lactancia prolongada [aquella que supera los dos años]», explica Durá.

Por el otro, la de las herederas del feminismo clásico. Son aquellas que lidian con la maternidad como una parte más de su identidad y no son tan ecológicas ni tan mamíferas. «Luchan por la igualdad, para que la mujer tenga los mismos derechos que el hombre. Y en sus raíces [esta corriente] no pudo dejar de ver la maternidad como un engorro que impedía la realización femenina».

Tanto unas como otras libran hoy día una especie de lucha por el título de perfecta madre moderna (y el de auténtica feminista). «Ambos caminos son enriquecedores, pero el problema es que andan tirándose los trastos a la cabeza», asegura Durá, que se resiste a encajar en uno u otro patrón.

«Parece que te insten a pertenecer a un grupo y a enfrentarte al otro y creo que hay muchas mujeres que no estamos por esta labor, lo que nos interesa es tomar las decisiones que mejor se adecúen a nuestra vida, da igual de dónde provengan». Es lo que ella define como «gestantes corrientes y molientes» y a las que dedica su libro.

«De momento, intentemos ganar la batalla de ser madre y no acabar muy magulladas en el intento».

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Opiniones 1
  • Excelente reflexión, me ha encantado. Es cierto que no por pensar como madre y ser feminista te lleva a estar en guerra con mujeres que como tu son madres y feministas pero piensan o actúan de manera diferente. ¿Qué más dá? Al final cada una decide cómo, cuándo y por qué con sus hijos, que para eso son tuyos (y ahí meto al buen padre también, para mi eso es ser también feminista). Yo voto por el sentido común frente a las cosas, voto por la unión familiar y la conciliación entre padre y madre en la medida que se pueda, esto es, horarios laborales, disponibilidad e implicación en la educación y día a día. Yo me hice emprendedora y después tuve a mi primera hija, reconozco que fue duro y sigue siéndolo pero disfruto de lo que tengo, intento dar lo mejor de mí. He tomado decisiones en base a lo que consideraba más oportuno como estar hasta los dos años con la lactancia porque ambas estábamos muy cómodas y felices, enviarla con 6 meses a su habitación y cuna para su desarrollo, descanso y, por supuesto, el nuestro. Desde los 9 meses hemos establecido el momento «irse a dormir» cómo un momento especial con mamá, papá y el biberón, y ella se va tan contenta. Si tiene suyo «quiero mimir» y no se anda con contemplaciones, ella es independiente para decidir que si está cansada se va a su cama, y así con cada cosa. En resumen, mi preciosidad ha ido respondiendo genial a esas medidas que para mí y su padre son las buenas pero respeto las decisiones de los demás padres y madres. Tengo amigas que siguen durmiendo con sus hijos en la cama, amigos que son más protectores, amigos que son más «pasotas»… Cada familia es como es pero es cierto que luego hay decisiones que tienen sus consecuencias y eso también hay que tenerlo en cuenta.

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