18 de agosto 2022    /   IDEAS
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El peligroso tiempo de los gurús

Frente a las múltiples amenazas que acechan a un mundo cada vez más inestable, nunca ha sido más importante que pensemos por nosotros mismos.

18 de agosto 2022    /   IDEAS     por          
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Hace solo unas semanas, con motivo del anuncio del lanzamiento de su próximo libro, Imparables, Yuval Noah Harari, el archiconocido autor del libro Sapiens, contó en varias entrevistas que es habitual que sus admiradores se dirijan a él cómo a un oráculo, consultándole qué hacer ante alguno de sus problemas. Incluso personalidades como el presidente francés Emmanuel Macron, Angela Merkel o Mauricio Macri, el antiguo presidente argentino, se han reunido con él en los últimos años.

El autor israelí, sin embargo, rechaza de plano ese papel de gurú que algunos se empeñan en otorgarle tras quedar impresionados por sus obras. Para Harari, el que tantas personas parezcan estar buscando en él una especie de profeta resulta alarmante.

En definitiva, lo que buscan esos admiradores es que alguien piense por ellos y, a lo largo de la historia, cuando una persona o un grupo de gente han optado por dejar de tomar sus propias decisiones, siempre ha aparecido alguien dispuesto a hacerlo por ellos. Alguien que, en la mayoría de los casos, nunca suele tener buenas intenciones.

A lo largo de la historia, cuando una persona o un grupo de gente han optado por dejar de tomar sus propias decisiones, siempre ha aparecido alguien dispuesto a hacerlo por ellos

Existe un ejemplo muy cercano que todo el mundo recuerda: tras el estallido de la pandemia de la covid-19 apareció en escena todo un ejército, ruidoso y extravagante, de supuestos expertos, conspiranoicos, neonacionalistas y antivacunas. Todos ellos aprovecharon la nueva coyuntura para, valiéndose de la ignorancia y el desconcierto de la mayoría y utilizando los medios de comunicación y las redes sociales como plataforma, expandir ideas dirigidas a desestabilizar nuestra sociedad y conseguir sus propios intereses, que bien poco tenían que ver con la calamidad en forma de virus que estaba asolando el planeta.

Vivimos una era de inestabilidad llena de sobresaltos que es un caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de este tipo de personajes. Ya ha pasado otras veces: si echamos la vista atrás hay numerosos ejemplos de gurús, profetas, iluminados y caraduras en general que han aprovechado momentos como el actual para tomar el poder político, encabezar revueltas, hacerse ricos o todas las opciones anteriores.

De entre todos, quizá el caso más paradigmático es el de Rasputín. Un hombre nacido en la miseria en las profundidades de la estepa siberiana, pero que consiguió, rodeándose de una extraña aura de misterio, que tanto el zar Nicolás II como toda la aristocracia rusa de principios del siglo XX se rindiera a sus pies. En poco tiempo se convirtió en quien realmente tomaba las decisiones en un país que, solo un año después de su muerte, estallaría debido a la Revolución rusa.

Otro caso podría ser el del cardenal Richelieu, famoso por su lucha ficticia contra los tres mosqueteros en la novela del mismo título escrita por Alejandro Dumas. Richelieu, gracias a su inteligencia, consiguió hacerse con la confianza de la reina regente de Francia, María de Médicis, y posteriormente de su joven hijo, Luis XIII, convirtiéndose en el rey de facto del país durante casi 30 años.

No obstante, a pesar de que se hizo con un poder que quizá no le pertenecía según las leyes de la época y a pesar de que en la ficción (especialmente en el cine y en D’Artacan y los tres mosqueperros) siempre se le ha representado como un malo de opereta, Richelieu, aunque autoritario, fue decisivo para modernizar la Francia del siglo XVII. La transformó de un anticuado estado feudal dominado por una aristocracia inmovilista en un avanzado estado nación.

En periodos más recientes, personajes como Henry Kissinger o Dick Cheney consiguieron controlar las presidencias de Richard Nixon, Gerard Ford, George Bush y George W. Bush desde las sombras y con actuaciones más que reprochables.

No pasa nada por escucharlos, seguramente será difícil huir de su cháchara magnificada por los medios, pero quizá todos deberíamos pararnos un momento a pensar si lo que dicen tiene sentido

En el caso de Kissinger, por ejemplo, recibió el Premio Nobel de la Paz por acabar con la Guerra del Vietnam, mientras conspiraba para hundir a gobiernos democráticos en Latinoamérica apoyando a dictaduras como la de Pinochet en Chile o la Junta Militar en Argentina.

El propio Donald Trump puede considerarse un oportunista que decidió arrancar su carrera a la presidencia para sacar tajada del descontento de una gran parte de la población blanca estadounidense con las políticas económicas y migratorias de Barack Obama. Utilizó todas las armas a su alcance, como la microsegmentación en Facebook, para manipular a la opinión pública y conseguir que el máximo de su potencial electorado acudiera a las urnas.

Pero los falsos profetas no solo se dedican a la política. También pueden querer enseñarnos a comer, a cuidarnos mediante métodos revolucionarios, pueden querer que transformemos todo nuestro dinero en su nueva criptomoneda, rejuvenecernos con métodos casi mágicos o que hagamos una pequeña contribución a su causa a través de la que encontraremos una nueva iluminación.

No pasa nada por escucharlos, seguramente será difícil huir de su cháchara magnificada por los medios, pero quizá todos deberíamos pararnos un momento a pensar si lo que dicen tiene sentido. Contrastemos sus afirmaciones, pensemos, en definitiva, por nosotros mismos.

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Hace solo unas semanas, con motivo del anuncio del lanzamiento de su próximo libro, Imparables, Yuval Noah Harari, el archiconocido autor del libro Sapiens, contó en varias entrevistas que es habitual que sus admiradores se dirijan a él cómo a un oráculo, consultándole qué hacer ante alguno de sus problemas. Incluso personalidades como el presidente francés Emmanuel Macron, Angela Merkel o Mauricio Macri, el antiguo presidente argentino, se han reunido con él en los últimos años.

El autor israelí, sin embargo, rechaza de plano ese papel de gurú que algunos se empeñan en otorgarle tras quedar impresionados por sus obras. Para Harari, el que tantas personas parezcan estar buscando en él una especie de profeta resulta alarmante.

En definitiva, lo que buscan esos admiradores es que alguien piense por ellos y, a lo largo de la historia, cuando una persona o un grupo de gente han optado por dejar de tomar sus propias decisiones, siempre ha aparecido alguien dispuesto a hacerlo por ellos. Alguien que, en la mayoría de los casos, nunca suele tener buenas intenciones.

A lo largo de la historia, cuando una persona o un grupo de gente han optado por dejar de tomar sus propias decisiones, siempre ha aparecido alguien dispuesto a hacerlo por ellos

Existe un ejemplo muy cercano que todo el mundo recuerda: tras el estallido de la pandemia de la covid-19 apareció en escena todo un ejército, ruidoso y extravagante, de supuestos expertos, conspiranoicos, neonacionalistas y antivacunas. Todos ellos aprovecharon la nueva coyuntura para, valiéndose de la ignorancia y el desconcierto de la mayoría y utilizando los medios de comunicación y las redes sociales como plataforma, expandir ideas dirigidas a desestabilizar nuestra sociedad y conseguir sus propios intereses, que bien poco tenían que ver con la calamidad en forma de virus que estaba asolando el planeta.

Vivimos una era de inestabilidad llena de sobresaltos que es un caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de este tipo de personajes. Ya ha pasado otras veces: si echamos la vista atrás hay numerosos ejemplos de gurús, profetas, iluminados y caraduras en general que han aprovechado momentos como el actual para tomar el poder político, encabezar revueltas, hacerse ricos o todas las opciones anteriores.

De entre todos, quizá el caso más paradigmático es el de Rasputín. Un hombre nacido en la miseria en las profundidades de la estepa siberiana, pero que consiguió, rodeándose de una extraña aura de misterio, que tanto el zar Nicolás II como toda la aristocracia rusa de principios del siglo XX se rindiera a sus pies. En poco tiempo se convirtió en quien realmente tomaba las decisiones en un país que, solo un año después de su muerte, estallaría debido a la Revolución rusa.

Otro caso podría ser el del cardenal Richelieu, famoso por su lucha ficticia contra los tres mosqueteros en la novela del mismo título escrita por Alejandro Dumas. Richelieu, gracias a su inteligencia, consiguió hacerse con la confianza de la reina regente de Francia, María de Médicis, y posteriormente de su joven hijo, Luis XIII, convirtiéndose en el rey de facto del país durante casi 30 años.

No obstante, a pesar de que se hizo con un poder que quizá no le pertenecía según las leyes de la época y a pesar de que en la ficción (especialmente en el cine y en D’Artacan y los tres mosqueperros) siempre se le ha representado como un malo de opereta, Richelieu, aunque autoritario, fue decisivo para modernizar la Francia del siglo XVII. La transformó de un anticuado estado feudal dominado por una aristocracia inmovilista en un avanzado estado nación.

En periodos más recientes, personajes como Henry Kissinger o Dick Cheney consiguieron controlar las presidencias de Richard Nixon, Gerard Ford, George Bush y George W. Bush desde las sombras y con actuaciones más que reprochables.

No pasa nada por escucharlos, seguramente será difícil huir de su cháchara magnificada por los medios, pero quizá todos deberíamos pararnos un momento a pensar si lo que dicen tiene sentido

En el caso de Kissinger, por ejemplo, recibió el Premio Nobel de la Paz por acabar con la Guerra del Vietnam, mientras conspiraba para hundir a gobiernos democráticos en Latinoamérica apoyando a dictaduras como la de Pinochet en Chile o la Junta Militar en Argentina.

El propio Donald Trump puede considerarse un oportunista que decidió arrancar su carrera a la presidencia para sacar tajada del descontento de una gran parte de la población blanca estadounidense con las políticas económicas y migratorias de Barack Obama. Utilizó todas las armas a su alcance, como la microsegmentación en Facebook, para manipular a la opinión pública y conseguir que el máximo de su potencial electorado acudiera a las urnas.

Pero los falsos profetas no solo se dedican a la política. También pueden querer enseñarnos a comer, a cuidarnos mediante métodos revolucionarios, pueden querer que transformemos todo nuestro dinero en su nueva criptomoneda, rejuvenecernos con métodos casi mágicos o que hagamos una pequeña contribución a su causa a través de la que encontraremos una nueva iluminación.

No pasa nada por escucharlos, seguramente será difícil huir de su cháchara magnificada por los medios, pero quizá todos deberíamos pararnos un momento a pensar si lo que dicen tiene sentido. Contrastemos sus afirmaciones, pensemos, en definitiva, por nosotros mismos.

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