20 de abril 2022    /   IDEAS
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 Fotos cedidas por La Pedrera - Casa Milà

Alguien falta en la historia de tu palacio: dónde se ocultan las doncellas o las cocineras en las casas museo

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Cada persona tiene sus pequeñas rarezas cuando visita un museo. Hay quienes prefieren seguir cierto orden o quienes dan prioridad a según qué espacios. Y hay otras personas que se fijan en las lámparas, no tanto por su valor artístico, sino por preguntarse cómo las limpiarían en el pasado y quiénes harían ese trabajo.

Lo habitual cuando visitamos casas museo, palacios y otras viviendas musealizadas es que veamos los espacios nobles, pero no nos podemos adentrar en los que eran los lugares de trabajo de las personas que vivían y trabajaban allí. Eso, a pesar de que la mayoría de los edificios que se han conservado como museos suelen ser casas de la nobleza y de la clase alta, en las que trabajaban muchísimas personas.

Existen excepciones, especialmente fuera de España. En el Museo Nissim de Camondo, en París, todas las habitaciones quedaron como una cápsula del tiempo de la Belle Époque, incluida la cocina o el comedor de servicio. Y en la imponente Casa Spadina, en Toronto, la audioguía te lleva hasta el cuarto de la doncella, en un hueco más discreto en unas escaleras. Lo habitual es, sin embargo, que el personal de servicio y los lugares que ocupaban se hayan eclipsado.

habitaciones del servicio en museos

Pero, si el personal de servicio era una parte tan importante de la vida de las casas palaciegas que ahora visitamos como museos, ¿por qué son excepciones aquellas que permiten ver sus zonas de vida y de trabajo? ¿Qué ha pasado con la historia de los criados en los museos históricos?

La clave para comprender por qué cocinas, escaleras de servicio, cuartos de la plancha o habitaciones para las doncellas han desaparecido de las zonas visitables de estos espacios tiene mucho que ver con la propia historia de estas casas museo y con lo que en el pasado se consideraba que era relevante (y lo que no).

Por un lado, estos espacios acabaron desapareciendo porque hasta no hace mucho no se los consideraba relevantes. Eran zonas sin interés artístico —allí no había grandes cuadros o diseños arquitectónicos— y tampoco se les veía interés histórico. Al final, incluso cuando las casas y palacios eran justamente eso, casas y palacios, esas zonas no estaban pensadas para ser visibles.

«El ámbito de servicio de la casa era realmente el espacio escondido; tanto las dependencias de servicio como los propios criados no debían ser vistos», explica Mercedes Rodríguez Collado, técnica de museos en el Museo Nacional del Romanticismo. Vivían también en esos lugares, pero «solo para poder desempeñar las tareas de limpieza y cuidados convenientes», lo que hacía que quedasen fuera de lo que ya en su momento recorrían los visitantes ajenos a la casa.

«Habitualmente, no se consideraba que lo que no fuesen las estancias nobles o de vida cotidiana de la familia tuviese interés museal», señala Carmen Jiménez, directora del Museo Cerralbo, porque cuando una de esas casas históricas se convertía en museo, lo hacía por las obras de arte o por el diseño de los espacios. En el caso de su museo, el palacete y su contenido fue una donación del propietario y «el marqués de Cerralbo nunca hubiese pensado que tuviese interés la cocina o la zona en la que vivía el personal de servicio» puesto que allí no se podía ver ni una sola obra de arte.

Por otro lado, las cocinas y las demás zonas de servicio también desaparecieron en la reconversión de los espacios en museo, porque estos las acababan aprovechando para sus propias necesidades operativas. Dado que se consideraban exentas de valor artístico, cuando se necesitaban espacios para ser convertidos en auditorios, salas de exposición, almacenes u oficinas, esos espacios eran los primeros en caer. Y no hay que perder de vista tampoco a los propios habitantes de esas casas. Las modas o los cambios de necesidades llevaban ya, antes de convertirse en museos, a que los espacios se rediseñasen y se sacrificasen esas áreas.

habitaciones del servicio en museos

COCINAS Y DONCELLAS AHORA SÍ NOS IMPORTAN

Pero las cosas han cambiado mucho en el presente. Ahora, queremos que los museos nos abran las puertas de todos sus rincones y, sobre todo, hemos empezado a comprender que la historia de esos espacios fabulosos solo está completa cuando sabemos cómo vivían y cómo trabajaban esas personas que limpiaban las lámparas, mantenían relucientes los pasamanos grandiosos o se encargaban de mantener la ropa de la familia limpia, entre otras muchas actividades.

«Sí, han cambiado mucho las cosas y se les da el valor que deben tener» a esos espacios, apunta Silvia Vilaroya, historiadora y miembro del equipo de cultura de la Fundación Catalunya La Pedrera. En el museo en el que trabaja, que funciona como una recreación de cómo era el edificio barcelonés cuando Antoni Gaudí lo diseñó y cuando llegaron sus primeros inquilinos, los visitantes atraviesan las habitaciones de sus burgueses habitantes, pero también las zonas en las que trabajaban aquellos residentes que estaban allí por su oficio.

habitaciones del servicio en museos

Silvia Vilaroya apunta que, para intentar capturar y revivir cómo era el piso en su época, han usado «centenares de objetos y piezas de mobiliario originales de aquel tiempo. Y en esta recreación hemos incorporado la habitación de servicio, que Gaudí había dispuesto con ventilación directa, así como la habitación de costura y plancha, especificando que es muy luminosa, para favorecer un trabajo tan delicado para la vista», añade. En el caso de este museo, todo está abierto, incluida la cocina, «uno de los espacios más destacados de la visita».

Pero incluso en aquellos museos en los que no se conservan espacios concretos vinculados al personal de servicio de la casa, como en los madrileños Museo Cerralbo o Museo del Romanticismo, los visitantes acaban preguntando dónde están esas zonas y quieren saber más sobre esos habitantes.

«Sí que se valora», asegura también Mercedes Rodríguez Collado, del Museo del Romanticismo. Los museos no pueden mostrar cocinas o salas de costura, pero sí dar respuestas y ayudar a comprender mejor cómo era la vida de todas las personas que vivían y trabajaban en esos espacios.

El Museo del Romanticismo ha hecho investigaciones específicas vinculadas y acciones centradas en piezas referentes al trabajo del personal de las casas burguesas románticas, como fueron las amas de cría. «Lo que intentamos es llevar esa historia al público a través de exposiciones o de publicaciones», indica, por su parte, Carmen Jiménez, del Museo Cerralbo. En su museo, por ejemplo, contaron con una exposición sobre la higiene en el siglo XIX que fue popular.

habitaciones del servicio en museos

RECUPERAR LA MEMORIA DE LOS TRABAJADORES

Recuperar la historia de doncellas, cocineras, cocheros o mayordomos no siempre es sencillo. No han dejado una huella escrita que funcione como un testamento de su trabajo y nos faltan, así, las memorias y los testimonios en primera persona de lo que suponía trabajar en una de esas casas señoriales de la España del pasado que ahora son museos.

Tampoco hay un rastro documental tan amplio como el que generaban las propias casas o las obras de arte que las ocupaban. Aun así, y a pesar de la escasez documental, los museos están haciendo un trabajo complejo para desenterrar esa historia y para completar lo que se cuenta sobre esos lugares. «Es lo que queremos. Investigar al máximo», dice la directora del Museo Cerralbo, pero necesitan tiempo para poder reconstruir esa parte olvidada de la historia.

Porque puede que, como explica Carmen Jiménez sobre nuestro creciente interés por la esta parte de la historia, «esta visión no tiene tantos años», pero las casas museo están ya buceando en archivos y recuperando datos. Según señala Jiménez, igual que en los últimos años se ha ido destacando el estudio de género, también se está haciendo un trabajo en cuestiones de clase, adentrándose en el papel que tenían la servidumbre de la casa y el personal de mantenimiento. «Estamos trabajando y es interesantísimo», dice.

habitaciones del servicio en museos

De hecho, la propia Jiménez destaca el trabajo de otro de los museos dependientes del ministerio de Cultura y Deporte, el Museo Nacional de Cerámica, en Valencia. «Ahí se está trabajando en un proyecto que se llama Casas museo y perspectiva de género y clase», apunta. El museo valenciano ocupa el palacio de Dos Aguas, una antigua residencia noble, y la iniciativa está aplicando una «mirada de género y clase» a sus habitantes, usando como guía un momento determinado del siglo XIX. Ya han logrado reconstruir la biografía de una de las sirvientas, Bárbara Comes, y empezado a amplificar nuestra visión sobre los habitantes de la casa.

A los visitantes, estas historias y estos lugares les llaman la atención. «Las casas museo tienen una atracción especial, sobre todo a los que les gusta conocer la historia, porque acercan los espacios sociales —fácilmente reconocibles— de tiempos pasados», explica Silvia Vilaroya, de la Fundación Catalunya La Pedrera.

«A nosotros nos ha ocurrido que, cuando nos visitan familias, los propios abuelos les pueden explicar cómo era planchar con planchas de carbón, o les enseñan los juguetes que podrían haber sido de otras generaciones. Une generaciones que pueden ayudar a contar la historia de una familia. Y eso ocurre, mayormente, en los espacios menos nobles», asegura.

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Cada persona tiene sus pequeñas rarezas cuando visita un museo. Hay quienes prefieren seguir cierto orden o quienes dan prioridad a según qué espacios. Y hay otras personas que se fijan en las lámparas, no tanto por su valor artístico, sino por preguntarse cómo las limpiarían en el pasado y quiénes harían ese trabajo.

Lo habitual cuando visitamos casas museo, palacios y otras viviendas musealizadas es que veamos los espacios nobles, pero no nos podemos adentrar en los que eran los lugares de trabajo de las personas que vivían y trabajaban allí. Eso, a pesar de que la mayoría de los edificios que se han conservado como museos suelen ser casas de la nobleza y de la clase alta, en las que trabajaban muchísimas personas.

Existen excepciones, especialmente fuera de España. En el Museo Nissim de Camondo, en París, todas las habitaciones quedaron como una cápsula del tiempo de la Belle Époque, incluida la cocina o el comedor de servicio. Y en la imponente Casa Spadina, en Toronto, la audioguía te lleva hasta el cuarto de la doncella, en un hueco más discreto en unas escaleras. Lo habitual es, sin embargo, que el personal de servicio y los lugares que ocupaban se hayan eclipsado.

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Pero, si el personal de servicio era una parte tan importante de la vida de las casas palaciegas que ahora visitamos como museos, ¿por qué son excepciones aquellas que permiten ver sus zonas de vida y de trabajo? ¿Qué ha pasado con la historia de los criados en los museos históricos?

La clave para comprender por qué cocinas, escaleras de servicio, cuartos de la plancha o habitaciones para las doncellas han desaparecido de las zonas visitables de estos espacios tiene mucho que ver con la propia historia de estas casas museo y con lo que en el pasado se consideraba que era relevante (y lo que no).

Por un lado, estos espacios acabaron desapareciendo porque hasta no hace mucho no se los consideraba relevantes. Eran zonas sin interés artístico —allí no había grandes cuadros o diseños arquitectónicos— y tampoco se les veía interés histórico. Al final, incluso cuando las casas y palacios eran justamente eso, casas y palacios, esas zonas no estaban pensadas para ser visibles.

«El ámbito de servicio de la casa era realmente el espacio escondido; tanto las dependencias de servicio como los propios criados no debían ser vistos», explica Mercedes Rodríguez Collado, técnica de museos en el Museo Nacional del Romanticismo. Vivían también en esos lugares, pero «solo para poder desempeñar las tareas de limpieza y cuidados convenientes», lo que hacía que quedasen fuera de lo que ya en su momento recorrían los visitantes ajenos a la casa.

«Habitualmente, no se consideraba que lo que no fuesen las estancias nobles o de vida cotidiana de la familia tuviese interés museal», señala Carmen Jiménez, directora del Museo Cerralbo, porque cuando una de esas casas históricas se convertía en museo, lo hacía por las obras de arte o por el diseño de los espacios. En el caso de su museo, el palacete y su contenido fue una donación del propietario y «el marqués de Cerralbo nunca hubiese pensado que tuviese interés la cocina o la zona en la que vivía el personal de servicio» puesto que allí no se podía ver ni una sola obra de arte.

Por otro lado, las cocinas y las demás zonas de servicio también desaparecieron en la reconversión de los espacios en museo, porque estos las acababan aprovechando para sus propias necesidades operativas. Dado que se consideraban exentas de valor artístico, cuando se necesitaban espacios para ser convertidos en auditorios, salas de exposición, almacenes u oficinas, esos espacios eran los primeros en caer. Y no hay que perder de vista tampoco a los propios habitantes de esas casas. Las modas o los cambios de necesidades llevaban ya, antes de convertirse en museos, a que los espacios se rediseñasen y se sacrificasen esas áreas.

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COCINAS Y DONCELLAS AHORA SÍ NOS IMPORTAN

Pero las cosas han cambiado mucho en el presente. Ahora, queremos que los museos nos abran las puertas de todos sus rincones y, sobre todo, hemos empezado a comprender que la historia de esos espacios fabulosos solo está completa cuando sabemos cómo vivían y cómo trabajaban esas personas que limpiaban las lámparas, mantenían relucientes los pasamanos grandiosos o se encargaban de mantener la ropa de la familia limpia, entre otras muchas actividades.

«Sí, han cambiado mucho las cosas y se les da el valor que deben tener» a esos espacios, apunta Silvia Vilaroya, historiadora y miembro del equipo de cultura de la Fundación Catalunya La Pedrera. En el museo en el que trabaja, que funciona como una recreación de cómo era el edificio barcelonés cuando Antoni Gaudí lo diseñó y cuando llegaron sus primeros inquilinos, los visitantes atraviesan las habitaciones de sus burgueses habitantes, pero también las zonas en las que trabajaban aquellos residentes que estaban allí por su oficio.

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Silvia Vilaroya apunta que, para intentar capturar y revivir cómo era el piso en su época, han usado «centenares de objetos y piezas de mobiliario originales de aquel tiempo. Y en esta recreación hemos incorporado la habitación de servicio, que Gaudí había dispuesto con ventilación directa, así como la habitación de costura y plancha, especificando que es muy luminosa, para favorecer un trabajo tan delicado para la vista», añade. En el caso de este museo, todo está abierto, incluida la cocina, «uno de los espacios más destacados de la visita».

Pero incluso en aquellos museos en los que no se conservan espacios concretos vinculados al personal de servicio de la casa, como en los madrileños Museo Cerralbo o Museo del Romanticismo, los visitantes acaban preguntando dónde están esas zonas y quieren saber más sobre esos habitantes.

«Sí que se valora», asegura también Mercedes Rodríguez Collado, del Museo del Romanticismo. Los museos no pueden mostrar cocinas o salas de costura, pero sí dar respuestas y ayudar a comprender mejor cómo era la vida de todas las personas que vivían y trabajaban en esos espacios.

El Museo del Romanticismo ha hecho investigaciones específicas vinculadas y acciones centradas en piezas referentes al trabajo del personal de las casas burguesas románticas, como fueron las amas de cría. «Lo que intentamos es llevar esa historia al público a través de exposiciones o de publicaciones», indica, por su parte, Carmen Jiménez, del Museo Cerralbo. En su museo, por ejemplo, contaron con una exposición sobre la higiene en el siglo XIX que fue popular.

habitaciones del servicio en museos

RECUPERAR LA MEMORIA DE LOS TRABAJADORES

Recuperar la historia de doncellas, cocineras, cocheros o mayordomos no siempre es sencillo. No han dejado una huella escrita que funcione como un testamento de su trabajo y nos faltan, así, las memorias y los testimonios en primera persona de lo que suponía trabajar en una de esas casas señoriales de la España del pasado que ahora son museos.

Tampoco hay un rastro documental tan amplio como el que generaban las propias casas o las obras de arte que las ocupaban. Aun así, y a pesar de la escasez documental, los museos están haciendo un trabajo complejo para desenterrar esa historia y para completar lo que se cuenta sobre esos lugares. «Es lo que queremos. Investigar al máximo», dice la directora del Museo Cerralbo, pero necesitan tiempo para poder reconstruir esa parte olvidada de la historia.

Porque puede que, como explica Carmen Jiménez sobre nuestro creciente interés por la esta parte de la historia, «esta visión no tiene tantos años», pero las casas museo están ya buceando en archivos y recuperando datos. Según señala Jiménez, igual que en los últimos años se ha ido destacando el estudio de género, también se está haciendo un trabajo en cuestiones de clase, adentrándose en el papel que tenían la servidumbre de la casa y el personal de mantenimiento. «Estamos trabajando y es interesantísimo», dice.

habitaciones del servicio en museos

De hecho, la propia Jiménez destaca el trabajo de otro de los museos dependientes del ministerio de Cultura y Deporte, el Museo Nacional de Cerámica, en Valencia. «Ahí se está trabajando en un proyecto que se llama Casas museo y perspectiva de género y clase», apunta. El museo valenciano ocupa el palacio de Dos Aguas, una antigua residencia noble, y la iniciativa está aplicando una «mirada de género y clase» a sus habitantes, usando como guía un momento determinado del siglo XIX. Ya han logrado reconstruir la biografía de una de las sirvientas, Bárbara Comes, y empezado a amplificar nuestra visión sobre los habitantes de la casa.

A los visitantes, estas historias y estos lugares les llaman la atención. «Las casas museo tienen una atracción especial, sobre todo a los que les gusta conocer la historia, porque acercan los espacios sociales —fácilmente reconocibles— de tiempos pasados», explica Silvia Vilaroya, de la Fundación Catalunya La Pedrera.

«A nosotros nos ha ocurrido que, cuando nos visitan familias, los propios abuelos les pueden explicar cómo era planchar con planchas de carbón, o les enseñan los juguetes que podrían haber sido de otras generaciones. Une generaciones que pueden ayudar a contar la historia de una familia. Y eso ocurre, mayormente, en los espacios menos nobles», asegura.

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