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23 de julio 2018    /   CINE/TV
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Hannah Gadsby: «Me tuve que ir de Tasmania en cuanto me sentí un pelín lesbiana»

23 de julio 2018    /   CINE/TV     por          
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Tasmania es una isla de Australia cuya costa se extiende más de 3.000 kilómetros. Se trata de uno de los lugares más húmedos del mundo. Tanto es así que algunas coníferas solo crecen allí. Su agua es pura y el aire, según todos los estudios de contaminación ambiental, es el más limpio del planeta.

Tasmania se hizo conocida en la década de los 90 gracias a un demonio muy particular: Taz, el demonio de Tasmania, un dibujo animado que diseñó Robert McKimson para la serie Looney Tunes de Warner Brothers. Era un personaje basado en un marsupial carnívoro que habita en esta parte recóndita del continente australiano y que fue apodado de este modo por su elevada dosis de agresividad.

Sin embargo, desde el pasado 11 de junio, Tasmania se vincula también –y por otros terribles motivos– con Nanette, el monólogo de Netflix protagonizado por la cómica Hannah Gadsby, una mujer que conoció de cerca a otros diablos humanos que habitaban en su Tasmania natal.

Lo que sentía Hannah hace dos décadas en su pueblo no solo no era legal, también era percibido como algo absolutamente corrupto e ignominioso. Lo que sentía Hannah era amor y deseo hacia otras mujeres.

En Tasmania, hasta el año 1997, se podía ir a la cárcel por ser homosexual. Pero eso no era lo peor. Tal y como apunta Hannah en este cuento luminoso y desolador con apariencia de monólogo cómico, esa ley convirtió a Tasmania en una imbatible máquina de fabricar homófobos: «El 70% de la gente con la que crecí pensaba que era delito y pecado capital. Cuando yo me identifiqué como lesbiana, yo ya era homófoba. Lo internalizas y te odias».

¿Qué hacer entonces? Pues Hannah decidió contar historias. Y la mayoría de ellas provocaban risas a su alrededor: «Me tuve que ir de Tasmania en cuanto me sentí un pelín lesbiana», comenta al inicio de un show que mantiene un intenso pulso narrativo durante sus setenta minutos de duración.

Nanette puede entenderse como una deconstrucción completa y compleja de la comedia. En una de sus lúcidas reflexiones, Gadbsy afirma que el chiste necesita dos elementos para poder funcionar: una introducción y un remate.

«En esencia, es una pregunta con una respuesta sorpresa», matiza la cómica. Las historias, sin embargo, necesitan tres elementos: una introducción, un desarrollo y un remate. Nanette, pese a tener las hechuras de un brillante show de stand-up –con espontaneidad y elementos inesperados que enriquecen el relato–, es una historia. Una proverbial y magnífica historia con sus tres partes bien diferenciadas.

La primera de ellas no difiere demasiado de otros espectáculos de comediantes como Louis CK, Steward Lee, Doug Stanhope, Ricky Gervais o, en nuestro país, Ignatius Farray o Miguel Noguera. Bueno, sí, Nanette está escrita y protagonizada por una cómica mujer y lesbiana. Algo no demasiado frecuente en el mundo del stand-up.

En términos estrictamente narrativos, la primera parte del show está dominada por un tipo de humor muy común: el del cómico que se ríe de sí mismo. En este caso, Hannah utiliza como material para la risa su propia salida del armario.

Bromea con su escaso estilo de vida lesbiano («Cocino. Preparo comida más de lo que me dedico a ser lesbiana. Pero nadie me presenta como “esa comediante chef”, ¿no?»), juega con las inflexiones de su voz, realiza gestos y miradas que subrayan ideas, utiliza silencios para prolongar el gag… pero pronto desliza el verdadero motivo por el que está ahí esa noche:

«He basado mi carrera en burlarme de mí misma. Ese es el humor que me caracteriza. Y ya no quiero seguir haciéndolo». Y justo ahí –en ese momento misteriosamente preciso en el que un comediante, en mitad de su show cómico, anuncia que deja la comedia–  comienza la segunda parte.

Es, posiblemente, la más luminosa de todo el relato. Es, en definitiva, el cuestionamiento radical de la comedia como fuerza liberadora («La risa nos hace bien. Porque liberas tensiones y acumular tensión no es sano»).

La cuestión moral cruza de pronto el relato y congela la sonrisa: «Porque ¿sabéis lo que significa la autoburla cuando viene de alguien cuya existencia ya es de por sí marginal? No es humildad. Es humillación». El silencio que inunda el abarrotado teatro de la Ópera de Sídney donde se graba Nanette es tan denso que se contagia más allá de la pantalla.

Esta parte central del monólogo está repleta de magníficas anécdotas acerca de la historia del arte, disciplina en la que se graduó Hannah hace quince años: la del mal entendido genio loco de Van Gogh y la peculiar tesis de la cómica, según la cual, «tenemos los girasoles porque Van Gogh se medicaba»; la de la enfermedad mental que padecía Pablo Picasso y de la que nadie habla: la misoginia.

La historia verdadera de por qué el azul es, en verdad, el color más femenino de todos; la feroz y, al mismo tiempo, entrañable crítica que aplica a los hombres blancos heterosexuales («Este momento no es muy bueno para ser un hombre hetero blanco. Os compadezco. Tiempos difíciles, confusos. (…)  Porque no lo sobrelleváis bien. Porque por primera vez sois una subcategoría del género humano. (…) Sugiero que aprendáis a superar vuestra actitud defensiva»).

La tercera parte del monólogo –ese remate que comparten los chistes y las historias– supone una de las mayores demostraciones de ira que un show de humor ha emitido en televisión. Comienza con una confesión: Hannah no le ha contado a su abuela que es lesbiana porque, a sus 39 años, sigue sintiendo vergüenza. Entonces pronuncia la frase más importante de un monólogo repleto de frases importantes: «Tengo que contar mi historia bien».

Y justo después, todo empieza de nuevo. Porque Nanette no es un monólogo sobre lo difícil que es ser diferente en lugares que no toleran la diferencia, tampoco es un show sobre lo importante que es el arte para estar bien colocado en el mundo.

Ni siquiera es un relato que, en mitad de la efervescencia feminista mundial, ponga el foco de un modo descarado e hilarante en cómo la mujer ha sido maltratada en los últimos siglos. Nanette solo intenta decir algo que está en el inicio de la humanidad, que «las historias tienen valor», que «la cura está en las historias». Gasdby cuenta entonces eso que nunca antes había contado.

La parte que siempre eluden los chistes, el centro de su tensión: que fue violada en su niñez y adolescencia repetidas veces por ser mujer lesbiana. Nanette es la poderosa razón por la que una sociedad debe cuidar de sus historias y vigilar a quienes las cuentan.

Porque las historias no pueden estar en manos de cualquiera («Donald Trump, Pablo Picasso, Harvey Weinstein, Bill Cosby, Woody Allen, Roman Polanski. Estos hombres no son excepciones, son la regla. Y no son individuos, son nuestras historias»).

Porque las historias pueden propagar ira o amor. Porque las historias nos conectan de un modo irremediable y salvífico con otros seres humanos.

Tasmania es una isla de Australia cuya costa se extiende más de 3.000 kilómetros. Se trata de uno de los lugares más húmedos del mundo. Tanto es así que algunas coníferas solo crecen allí. Su agua es pura y el aire, según todos los estudios de contaminación ambiental, es el más limpio del planeta.

Tasmania se hizo conocida en la década de los 90 gracias a un demonio muy particular: Taz, el demonio de Tasmania, un dibujo animado que diseñó Robert McKimson para la serie Looney Tunes de Warner Brothers. Era un personaje basado en un marsupial carnívoro que habita en esta parte recóndita del continente australiano y que fue apodado de este modo por su elevada dosis de agresividad.

Sin embargo, desde el pasado 11 de junio, Tasmania se vincula también –y por otros terribles motivos– con Nanette, el monólogo de Netflix protagonizado por la cómica Hannah Gadsby, una mujer que conoció de cerca a otros diablos humanos que habitaban en su Tasmania natal.

Lo que sentía Hannah hace dos décadas en su pueblo no solo no era legal, también era percibido como algo absolutamente corrupto e ignominioso. Lo que sentía Hannah era amor y deseo hacia otras mujeres.

En Tasmania, hasta el año 1997, se podía ir a la cárcel por ser homosexual. Pero eso no era lo peor. Tal y como apunta Hannah en este cuento luminoso y desolador con apariencia de monólogo cómico, esa ley convirtió a Tasmania en una imbatible máquina de fabricar homófobos: «El 70% de la gente con la que crecí pensaba que era delito y pecado capital. Cuando yo me identifiqué como lesbiana, yo ya era homófoba. Lo internalizas y te odias».

¿Qué hacer entonces? Pues Hannah decidió contar historias. Y la mayoría de ellas provocaban risas a su alrededor: «Me tuve que ir de Tasmania en cuanto me sentí un pelín lesbiana», comenta al inicio de un show que mantiene un intenso pulso narrativo durante sus setenta minutos de duración.

Nanette puede entenderse como una deconstrucción completa y compleja de la comedia. En una de sus lúcidas reflexiones, Gadbsy afirma que el chiste necesita dos elementos para poder funcionar: una introducción y un remate.

«En esencia, es una pregunta con una respuesta sorpresa», matiza la cómica. Las historias, sin embargo, necesitan tres elementos: una introducción, un desarrollo y un remate. Nanette, pese a tener las hechuras de un brillante show de stand-up –con espontaneidad y elementos inesperados que enriquecen el relato–, es una historia. Una proverbial y magnífica historia con sus tres partes bien diferenciadas.

La primera de ellas no difiere demasiado de otros espectáculos de comediantes como Louis CK, Steward Lee, Doug Stanhope, Ricky Gervais o, en nuestro país, Ignatius Farray o Miguel Noguera. Bueno, sí, Nanette está escrita y protagonizada por una cómica mujer y lesbiana. Algo no demasiado frecuente en el mundo del stand-up.

En términos estrictamente narrativos, la primera parte del show está dominada por un tipo de humor muy común: el del cómico que se ríe de sí mismo. En este caso, Hannah utiliza como material para la risa su propia salida del armario.

Bromea con su escaso estilo de vida lesbiano («Cocino. Preparo comida más de lo que me dedico a ser lesbiana. Pero nadie me presenta como “esa comediante chef”, ¿no?»), juega con las inflexiones de su voz, realiza gestos y miradas que subrayan ideas, utiliza silencios para prolongar el gag… pero pronto desliza el verdadero motivo por el que está ahí esa noche:

«He basado mi carrera en burlarme de mí misma. Ese es el humor que me caracteriza. Y ya no quiero seguir haciéndolo». Y justo ahí –en ese momento misteriosamente preciso en el que un comediante, en mitad de su show cómico, anuncia que deja la comedia–  comienza la segunda parte.

Es, posiblemente, la más luminosa de todo el relato. Es, en definitiva, el cuestionamiento radical de la comedia como fuerza liberadora («La risa nos hace bien. Porque liberas tensiones y acumular tensión no es sano»).

La cuestión moral cruza de pronto el relato y congela la sonrisa: «Porque ¿sabéis lo que significa la autoburla cuando viene de alguien cuya existencia ya es de por sí marginal? No es humildad. Es humillación». El silencio que inunda el abarrotado teatro de la Ópera de Sídney donde se graba Nanette es tan denso que se contagia más allá de la pantalla.

Esta parte central del monólogo está repleta de magníficas anécdotas acerca de la historia del arte, disciplina en la que se graduó Hannah hace quince años: la del mal entendido genio loco de Van Gogh y la peculiar tesis de la cómica, según la cual, «tenemos los girasoles porque Van Gogh se medicaba»; la de la enfermedad mental que padecía Pablo Picasso y de la que nadie habla: la misoginia.

La historia verdadera de por qué el azul es, en verdad, el color más femenino de todos; la feroz y, al mismo tiempo, entrañable crítica que aplica a los hombres blancos heterosexuales («Este momento no es muy bueno para ser un hombre hetero blanco. Os compadezco. Tiempos difíciles, confusos. (…)  Porque no lo sobrelleváis bien. Porque por primera vez sois una subcategoría del género humano. (…) Sugiero que aprendáis a superar vuestra actitud defensiva»).

La tercera parte del monólogo –ese remate que comparten los chistes y las historias– supone una de las mayores demostraciones de ira que un show de humor ha emitido en televisión. Comienza con una confesión: Hannah no le ha contado a su abuela que es lesbiana porque, a sus 39 años, sigue sintiendo vergüenza. Entonces pronuncia la frase más importante de un monólogo repleto de frases importantes: «Tengo que contar mi historia bien».

Y justo después, todo empieza de nuevo. Porque Nanette no es un monólogo sobre lo difícil que es ser diferente en lugares que no toleran la diferencia, tampoco es un show sobre lo importante que es el arte para estar bien colocado en el mundo.

Ni siquiera es un relato que, en mitad de la efervescencia feminista mundial, ponga el foco de un modo descarado e hilarante en cómo la mujer ha sido maltratada en los últimos siglos. Nanette solo intenta decir algo que está en el inicio de la humanidad, que «las historias tienen valor», que «la cura está en las historias». Gasdby cuenta entonces eso que nunca antes había contado.

La parte que siempre eluden los chistes, el centro de su tensión: que fue violada en su niñez y adolescencia repetidas veces por ser mujer lesbiana. Nanette es la poderosa razón por la que una sociedad debe cuidar de sus historias y vigilar a quienes las cuentan.

Porque las historias no pueden estar en manos de cualquiera («Donald Trump, Pablo Picasso, Harvey Weinstein, Bill Cosby, Woody Allen, Roman Polanski. Estos hombres no son excepciones, son la regla. Y no son individuos, son nuestras historias»).

Porque las historias pueden propagar ira o amor. Porque las historias nos conectan de un modo irremediable y salvífico con otros seres humanos.

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Opiniones 4
  • O sois muy jóvenes o un poquito indocumentados, pero algunos conocemos al «Demonio de Tasmania» de las cientos de veces que repusieron sus cinco episodios de las «Fantasías animadas de ayer y hoy» (Merrie Melodies) entre los años 60 y los 70. No en los 90. Lo que me sorprendió fue enterarme que sólo aparecía en cinco cortos… Tenía la sensación de que era un personaje omnipresente, pero yo era un niño.

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