10 de septiembre 2012    /   IDEAS
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Happy deathday to you!

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Si conociéramos exactamente el momento de nuestra muerte, el cumpleaños se celebraría ia la inversa, por ejemplo: “¡Felicidades, te quedan 13 años para morir!”. La verdad es que así uno se podría organizar mejor y no emprender proyectos que no le diese tiempo a concluir, y en general viviríamos con más responsabilidad y acierto. Al nacer se nos entregaría también nuestra partida de defunción, con la fecha exacta, pero a la espera de la rúbrica del forense.

En ese contexto cobraría especial relevancia nuestro último cumpleaños, al que acudirían todos nuestros seres queridos, sin excusas, pues la ocasión lo merecería. Luego, tras recoger los restos de la fiesta, ya instalados en la soledad del día siguiente, podríamos entregarnos a la morosa tarea de planificar los meses (o días) que nos quedaran: redactar nuestra propia nota necrológica, ultimar el testamento, hacer algunas llamadas pendientes… o visitar ese burdel, sauna o mazmorra donde nunca nos atrevimos a entrar.

De todos mis cumpleaños, hay uno que tengo guardado en la memoria y el corazón. Yo estaba solo, en una Edimburgo cercada por un temporal de nieve que provocó el corte de los ferrocarriles, la suspensión de las escuelas y que los autobuses no pudieran circular. Se me ocurrió invitar a una actriz rusa que vivía cerca a comer una paella y a discutir un posible papel en mi próxima película. Lo típico, pensarán ustedes, pero no crean que es fácil cocinar una paella en Escocia, si uno no ha sido previsor y ha llevado ciertos ingredientes mediterráneos. Amina Nurmukhametova, que así se llamaba, lucía una larga cabellera rubia y tenia 21 años. Yo cumplía exactamente el doble, y le ofrecí una copa de vino que declinó, en aras de una fe musulmana de la que, para mi sorpresa, resultó ser devota practicante.

Si yo hubiera conocido la fecha de mi muerte, quizá habría tomado sus manos entre las mías y le habría susurrado “Me quedan tres años… ¿follamos un ratito?”. Pero fui un cobarde, y la verdad es que la visión de sus cuñados chechenos persiguiéndome por las Highlands con una cimitarra me quitó las ganas de deslizar mis manos por aquella anatomía exótica y prometedora.

Por otra parte, conocer la fecha de nuestro óbito nos libraría de ciertas tiranías, hábitos saludables, alimentación, etc. Se habla de que en algunas aldeas japonesas o siberianas famosas por su longevidad se alimentan a base de yogur, o que en las estepas de Mongolia solo comen mantequilla de yak, pero no falta quien tiene un abuelo extremeño de 96 años que desayuna coñac, fuma como un carretero, no hace ejercicio y come como un gorrino. Nacer y morir tienen algo de círculo vicioso y por eso los obituarios y las onomásticas suelen compartir página en los diarios, haciendo un involuntario ejercicio de simetría editorial.

Recuerdo que el perfume estepario de Amina quedó flotando en la casa y me asomé a la ventana para ver cómo se alejaba trabajosamente a través de la nieve del parque. A veces me despierto con la imagen del rastro de sus pisadas… y una erección.

¿Será esto la muerte?

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Si conociéramos exactamente el momento de nuestra muerte, el cumpleaños se celebraría ia la inversa, por ejemplo: “¡Felicidades, te quedan 13 años para morir!”. La verdad es que así uno se podría organizar mejor y no emprender proyectos que no le diese tiempo a concluir, y en general viviríamos con más responsabilidad y acierto. Al nacer se nos entregaría también nuestra partida de defunción, con la fecha exacta, pero a la espera de la rúbrica del forense.

En ese contexto cobraría especial relevancia nuestro último cumpleaños, al que acudirían todos nuestros seres queridos, sin excusas, pues la ocasión lo merecería. Luego, tras recoger los restos de la fiesta, ya instalados en la soledad del día siguiente, podríamos entregarnos a la morosa tarea de planificar los meses (o días) que nos quedaran: redactar nuestra propia nota necrológica, ultimar el testamento, hacer algunas llamadas pendientes… o visitar ese burdel, sauna o mazmorra donde nunca nos atrevimos a entrar.

De todos mis cumpleaños, hay uno que tengo guardado en la memoria y el corazón. Yo estaba solo, en una Edimburgo cercada por un temporal de nieve que provocó el corte de los ferrocarriles, la suspensión de las escuelas y que los autobuses no pudieran circular. Se me ocurrió invitar a una actriz rusa que vivía cerca a comer una paella y a discutir un posible papel en mi próxima película. Lo típico, pensarán ustedes, pero no crean que es fácil cocinar una paella en Escocia, si uno no ha sido previsor y ha llevado ciertos ingredientes mediterráneos. Amina Nurmukhametova, que así se llamaba, lucía una larga cabellera rubia y tenia 21 años. Yo cumplía exactamente el doble, y le ofrecí una copa de vino que declinó, en aras de una fe musulmana de la que, para mi sorpresa, resultó ser devota practicante.

Si yo hubiera conocido la fecha de mi muerte, quizá habría tomado sus manos entre las mías y le habría susurrado “Me quedan tres años… ¿follamos un ratito?”. Pero fui un cobarde, y la verdad es que la visión de sus cuñados chechenos persiguiéndome por las Highlands con una cimitarra me quitó las ganas de deslizar mis manos por aquella anatomía exótica y prometedora.

Por otra parte, conocer la fecha de nuestro óbito nos libraría de ciertas tiranías, hábitos saludables, alimentación, etc. Se habla de que en algunas aldeas japonesas o siberianas famosas por su longevidad se alimentan a base de yogur, o que en las estepas de Mongolia solo comen mantequilla de yak, pero no falta quien tiene un abuelo extremeño de 96 años que desayuna coñac, fuma como un carretero, no hace ejercicio y come como un gorrino. Nacer y morir tienen algo de círculo vicioso y por eso los obituarios y las onomásticas suelen compartir página en los diarios, haciendo un involuntario ejercicio de simetría editorial.

Recuerdo que el perfume estepario de Amina quedó flotando en la casa y me asomé a la ventana para ver cómo se alejaba trabajosamente a través de la nieve del parque. A veces me despierto con la imagen del rastro de sus pisadas… y una erección.

¿Será esto la muerte?

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