21 de febrero 2016    /   BUSINESS
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Harper Lee y la palabra perfecta

21 de febrero 2016    /   BUSINESS     por          
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La lectura de Matar a un ruiseñor conmueve incluso después de haber visto la película protagonizada por Gregory Peck. Esto ocurre pocas veces. Si vemos una película basada en un bestseller y después leemos el libro rara vez encontramos placer en el texto porque conocemos el final. El bestseller contemporáneo está concebido para que el lector quiera llegar a la última página a pesar de sus carencias: necesita descubrir el misterio, que el villano muera y los amantes se reúnan para siempre. El bestseller de nuestro tiempo no esconde sutilezas entre sus líneas.

Es fácil leer Matar a un ruiseñor. Tanto como cualquier bestseller de nuestro tiempo. De hecho, la novela fue un éxito de ventas y no ha dejado de publicarse desde entonces (a diferencias de otros super ventas de las dos últimas décadas). Pero Matar a un ruiseñor no fue concebida como un bestseller (un concepto más bien reciente cuyas reglas expuso Albert Zuckerman —agente de Follet— en Cómo escribir un bestseller). La obra de Lee fue escrita con pasión y precisión (como la ejecución perfecta de una pieza de violín).

Matar a ruiseñor ofrece placeres añadidos. La lectura no urge al lector para que llegue al final como ocurre con la literatura de consumo fácil. No hace decir: «Es un libro pesado, pero quiero saber cómo acaba». Por el contrario, la lectura de Matar a un ruiseñor hace decir: «No quiero que acabe este libro. Podría leer un millón de páginas sobre la pequeña Scout». Acabar la novela de Harper Lee equivale a salir de Maycomb, Alabama, un lugar en el que quisiéramos quedarnos. La cuidada prosa de Harper Lee acoge al lector.

Quizá la necesidad de la perfección es la razón por la que Lee no volvió a publicar. (Ve y pon un centinela es una obra anterior aunque publicada en 2015, que acabó en una caja de seguridad hasta que la abrió la abogada de Harper Lee). Puede ser una sensación aterradora. ¿Cómo parir una obra a la altura de la primera publicada? Quienes tienen por oficio escribir saben el desgaste físico y emocional que significa escribir una obra. Sin embargo, Lee no dejó de escribir. La autora cuenta al periodista Roy Newquist (Counterpoint, 1964) su obsesión por la escritura:

«Me gusta escribir. A veces tengo miedo de que me guste demasiado, porque cuando me meto en el trabajo no quiero dejarlo. Durante días y días no salgo de casa. Solo para comprar papel y algo de comida y eso es todo».

Obsesión por la escritura, pero no por la publicación, como señala en la misma entrevista:

«Lamento la falta de artesanía en la escritura americana. Una falta de amor al idioma. Se necesita tiempo, paciencia y esfuerzo para convertir una idea en una obra de arte. Creo que los escritores de hoy están demasiado satisfechos con su trabajo. Esto es triste».

Harper Lee al igual que Flaubert buscaba la palabra precisa. Una búsqueda incompatible con la vida de un escritor famoso que atiende a todos los requerimientos de los periódicos, la radio, la televisión y las conferencias por escuelas y universidades. Para desconsuelo de Harper Lee, durante años no supo decir que no a estos llamamientos de la fama.

Resulta extraño que en tiempos de cantantes de una canción y actores de una sola película, una parte de la crítica haya alimentado absurdas especulaciones: que Truman Capote, amigo de la infancia, dictó o edito por completo el borrador de Matar a un ruiseñor. Una leyenda contra el que el propio Capote combatió durante toda su vida y que tiene como punto de partida las palabras del autor de A sangre fría en solapa de la primera edición:

«Alguien raro ha escrito esta excelente primera novela: una escritora con el más alegre sentido de la vida y el más caluroso y más auténtico sentido del humor. Un libro conmovedor y tan divertido, tan agradable».

En las escuetas palabras de Capote está quizá la descripción más acertada sobre Harper Lee. Se adivinan en todas y cada una de las palabras de Matar a un ruiseñor.

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Imagen (modificada) de portada: Matar a un ruiseñor en madera y papel por Sarah 

La lectura de Matar a un ruiseñor conmueve incluso después de haber visto la película protagonizada por Gregory Peck. Esto ocurre pocas veces. Si vemos una película basada en un bestseller y después leemos el libro rara vez encontramos placer en el texto porque conocemos el final. El bestseller contemporáneo está concebido para que el lector quiera llegar a la última página a pesar de sus carencias: necesita descubrir el misterio, que el villano muera y los amantes se reúnan para siempre. El bestseller de nuestro tiempo no esconde sutilezas entre sus líneas.

Es fácil leer Matar a un ruiseñor. Tanto como cualquier bestseller de nuestro tiempo. De hecho, la novela fue un éxito de ventas y no ha dejado de publicarse desde entonces (a diferencias de otros super ventas de las dos últimas décadas). Pero Matar a un ruiseñor no fue concebida como un bestseller (un concepto más bien reciente cuyas reglas expuso Albert Zuckerman —agente de Follet— en Cómo escribir un bestseller). La obra de Lee fue escrita con pasión y precisión (como la ejecución perfecta de una pieza de violín).

Matar a ruiseñor ofrece placeres añadidos. La lectura no urge al lector para que llegue al final como ocurre con la literatura de consumo fácil. No hace decir: «Es un libro pesado, pero quiero saber cómo acaba». Por el contrario, la lectura de Matar a un ruiseñor hace decir: «No quiero que acabe este libro. Podría leer un millón de páginas sobre la pequeña Scout». Acabar la novela de Harper Lee equivale a salir de Maycomb, Alabama, un lugar en el que quisiéramos quedarnos. La cuidada prosa de Harper Lee acoge al lector.

Quizá la necesidad de la perfección es la razón por la que Lee no volvió a publicar. (Ve y pon un centinela es una obra anterior aunque publicada en 2015, que acabó en una caja de seguridad hasta que la abrió la abogada de Harper Lee). Puede ser una sensación aterradora. ¿Cómo parir una obra a la altura de la primera publicada? Quienes tienen por oficio escribir saben el desgaste físico y emocional que significa escribir una obra. Sin embargo, Lee no dejó de escribir. La autora cuenta al periodista Roy Newquist (Counterpoint, 1964) su obsesión por la escritura:

«Me gusta escribir. A veces tengo miedo de que me guste demasiado, porque cuando me meto en el trabajo no quiero dejarlo. Durante días y días no salgo de casa. Solo para comprar papel y algo de comida y eso es todo».

Obsesión por la escritura, pero no por la publicación, como señala en la misma entrevista:

«Lamento la falta de artesanía en la escritura americana. Una falta de amor al idioma. Se necesita tiempo, paciencia y esfuerzo para convertir una idea en una obra de arte. Creo que los escritores de hoy están demasiado satisfechos con su trabajo. Esto es triste».

Harper Lee al igual que Flaubert buscaba la palabra precisa. Una búsqueda incompatible con la vida de un escritor famoso que atiende a todos los requerimientos de los periódicos, la radio, la televisión y las conferencias por escuelas y universidades. Para desconsuelo de Harper Lee, durante años no supo decir que no a estos llamamientos de la fama.

Resulta extraño que en tiempos de cantantes de una canción y actores de una sola película, una parte de la crítica haya alimentado absurdas especulaciones: que Truman Capote, amigo de la infancia, dictó o edito por completo el borrador de Matar a un ruiseñor. Una leyenda contra el que el propio Capote combatió durante toda su vida y que tiene como punto de partida las palabras del autor de A sangre fría en solapa de la primera edición:

«Alguien raro ha escrito esta excelente primera novela: una escritora con el más alegre sentido de la vida y el más caluroso y más auténtico sentido del humor. Un libro conmovedor y tan divertido, tan agradable».

En las escuetas palabras de Capote está quizá la descripción más acertada sobre Harper Lee. Se adivinan en todas y cada una de las palabras de Matar a un ruiseñor.

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Imagen (modificada) de portada: Matar a un ruiseñor en madera y papel por Sarah 

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Opiniones 1
  • ¿Os cuento algo bonito? Pues que me ofrezco a trabajar para vosotros. ¿Que por qué? Porque me encanta vuestra página. Y, de vez en cuando, me encuentro ciertas erratas, o errores gramaticales fatales que, aun sabiendo que pasan desapercibidos, los maniáticos de la ortografía como yo, no podemos evitar ver. Y porque soy correctora ortotipográfica y de estilo, de ahí mi manía persecutorio-gramatical.

    Dicho lo cual, me ofrezco para ser la correctora de los artículos de vuestra página. No busco remuneración económica sino ayudaros, en la medida de lo posibie, con esta maravilla de web.

    ¡Contactadme libremente si os intereso, no os cortéis!

    Raquel Ruiz-M.

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