24 de junio 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Houdini, el mago que liberó la magia del engaño

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Harry Houdini es el primer mago Moderno. Y cuando decimos «moderno» no nos referimos a su situación histórico-cronológica, o al menos no solo nos referimos a ella, sino utilizamos la acepción del término que hicieran famosa Baudelaire y Eliot y que hoy se conoce más bien como la del «Modernismo».

Para decirlo de otra forma, Harry Houdini es la figura que logró hacer que el lenguaje de la magia evolucionara hacia el lenguaje de nuestros días, un traductor de épocas cuya labor lo ha convertido en el mago más importante de toda la historia bajo el prisma de la contemporaneidad.
La razón de su «modernidad» es fascinante y nos revelará la intención principal de este texto; sin embargo, valdría la pena asentar algunas de las bases biográficas del gran mago italiano para entender de lleno la trascendencia de su genio.
Ehrich Weiss nació Budapest, capital del entonces Imperio Austro-Húngaro, en el seno de una familia judía burguesa. El velo del siglo XIX cerraba tras su nacimiento (sucedido en 1874), y las realidades bélicas, económicas y políticas de la Europa continental de principios del XX lo llevaron a Estados Unidos, patria que haría suya junto con su familia desde muy temprana edad.
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Si la tradición de la magia es una equivalente a la de los Talleres Renacentistas, en donde un Maestro enseña a los demás las posibilidades de su técnica, el maestro mago de Weiss fue también su primer gran héroe: Jean Eugene Robert-Houdin, a quien no solo trataría de emular a la hora de incorporar uno u otro truco suyos a su acto, sino de quien también adoptaría parte del nombre para crear el mito propio: Harry Houdini.
Parte activa de la masonería estadounidense, Houdini comenzaría a dedicarse de lleno a la magia en 1891, perfeccionando trucos de cartas (dentro de los círculos de la magia, la base técnica fundamental del mago es el manejo de las cartas, algo así como las son las matemáticas para el universo de las ciencias naturales) en todos los teatros de Vaudeville del país. Actuaba junto a su hermano en un principio, y pronto se incorporaría a su equipo la que se convertiría en su mujer y gran cómplice de las suertes mágicas, Bess Rahner. El éxito llegó pronto y Houdini se convirtió en el mago más popular de los Estados Unidos.
Sin embargo, fue su trabajo como crítico (sí: como crítico) lo que lo hizo distinguirse de inmediato como una figura particular dentro de su medio. Houdini no solo actuaba, sino comentaba de forma rigurosa la disciplina que ejercía; acusaba la mediocridad de ciertos magos, organizaba a todos en gremios para que compartieran trucos y conocimientos y, sobre todas las cosas, se mostraba violento y vehemente en contra de todos aquellos que con la magia fingieran alguna suerte de poder sobrenatural.
El ejemplo más evidente de este rechazo a la magia como engaño (que no al «engaño de la magia») fue en contra de su propio maestro. En 1908 publicó un libro titulado Desenmascarando a Robert-Houdin, en donde Weiss señalaba a su maestro y primer ídolo como un fraude por vender su magia como verdad; el viejo decía volar en verdad y haber descubierto él cómo crear autómatas fidedignos, situaciones que Houdini sabía eran completamente falsas.
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Es aquí en donde yace la razón ejemplar de Houdini como un Moderno; por su vocación apasionada de hacer tanto al mago como a la audiencia conscientes de la naturaleza de la disciplina.
Habría que detallar un poco más. Parte de la naturaleza intrínseca de aquello que conocemos como «Moderno» es, justamente, el ánimo creador por experimentar dentro de las artes. Así, por ejemplo, tenemos la súbita aparición del verso libre a la hora de la poesía, las velocidades de la abstracción en la pintura futurista, el deseo de inventar nuevos lenguajes en Joyce o las experimentaciones fotográficas de Eadweard Muybridge. En todos los casos, hay un conocimiento formidable del medio (sea la escritura, la pintura, la música) que se utiliza, una suerte de consciencia de que transformar los vehículos de la creación hace que la creación se transforme en sí misma.
La idea resulta muy hermosa. Es, a final de cuentas, una discusión que implica a la relación de un lenguaje (el medio) con su mensaje (lo creado), y las formas en las que las intervenciones de uno implican, necesariamente, transformaciones en el otro. Pensémoslo de una forma menos abstracta: si uno se hace consciente de la brocha con la que se está pintando, entonces puede cambiarse la brocha o jugar más con ella. Esto, a su vez, transforma el trazo y este infinito de relaciones resulta en una pintura cada vez más distinta, cada vez más «informada», si se quiere, de su propio idioma.
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Y es por este espíritu de conocimiento del medio y ganas de transformarlo por el que Houdini es el gran mago de la era Moderna: en su búsqueda permanente por librar a la magia de engaños (o lo que es lo mismo: de dejar perfectamente en claro que la magia es un engaño), Houdini tuvo que hacer tanto al mago como al público conscientes de su medio: la magia.
Este trabajo, además, no solo se dio con la publicación de Desenmascarando. Una vez que su carrera ya estaba en todo curso, Houdini emprendió una campaña de años en contra del Espiritismo, los psíquicos y los médiums. Muchas veces llegaba disfrazado a sesiones espiritistas nada más para demostrar los trucos que estos agentes del fraude realizaban en memoria de algún muerto querido, cobrando fortunas a la burguesía de la época, sin la menor intención de cobrar por ello nada o para sumar a su causa una mayor fama.
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Al contrario: Houdini formó parte de un famoso comité de la revista Scientific American que prometía un premio monetario importante a cualquiera que pudiera comprobar dotes psíquicos o de verdadero espiritismo, el mismo que a día de hoy permanece sin entregarse (aunque la Scientific American ya no sea la responsable de darlo, sino el mago James Raandi, muy houdiniano en espíritu). Es decir, siempre quiso ser honesto y directo para con estas suertes (un hombre que engaña profesionalmente dispuesto a no ser engañado), nada más comprobando, una y otra vez, carrera destruida tras carrera destruida, que la magia no forma parte de la realidad.
Hay una anécdota que encierra de manera romántica y brillante las formas en las que Houdini, el mago, corroboró ante la historia y su público la inexistencia de la magia: a su mujer prometió transmitirle un código secreto a la hora de su muerte, desde la ultratumba, para ya finalmente resolver la duda de la comunicación entre muertos y vivos. Un golpe mal dado al estómago del mago le generó una peritonitis que finalmente lo llevó a la tumba en 1926, creando la tragedia necesaria para que Houdini convirtiera a la magia en un juego de engaños explícitos.
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El código era una frase extraña, incompleta, que solo significaba algo para ellos dos: «Rosabelle, believe».
Dicen algunos que era parte del texto de una obra que interpretaron en sus obras de juventud, aunque nada está del todo confirmado. Lo que se sabe es que cada Halloween, así como cada aniversario luctuoso de Weiss, Bess se sentaba con sus amigos más cercanos, rodeados de velas, para contactar con el más allá.
Después de una década, Bess finalmente dijo: «diez años son suficientes para esperar a cualquier hombre». Desde entonces el mundo de la magia ha sido uno distinto, uno más inteligente, uno más emocionante.

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Harry Houdini es el primer mago Moderno. Y cuando decimos «moderno» no nos referimos a su situación histórico-cronológica, o al menos no solo nos referimos a ella, sino utilizamos la acepción del término que hicieran famosa Baudelaire y Eliot y que hoy se conoce más bien como la del «Modernismo».

Para decirlo de otra forma, Harry Houdini es la figura que logró hacer que el lenguaje de la magia evolucionara hacia el lenguaje de nuestros días, un traductor de épocas cuya labor lo ha convertido en el mago más importante de toda la historia bajo el prisma de la contemporaneidad.
La razón de su «modernidad» es fascinante y nos revelará la intención principal de este texto; sin embargo, valdría la pena asentar algunas de las bases biográficas del gran mago italiano para entender de lleno la trascendencia de su genio.
Ehrich Weiss nació Budapest, capital del entonces Imperio Austro-Húngaro, en el seno de una familia judía burguesa. El velo del siglo XIX cerraba tras su nacimiento (sucedido en 1874), y las realidades bélicas, económicas y políticas de la Europa continental de principios del XX lo llevaron a Estados Unidos, patria que haría suya junto con su familia desde muy temprana edad.
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Si la tradición de la magia es una equivalente a la de los Talleres Renacentistas, en donde un Maestro enseña a los demás las posibilidades de su técnica, el maestro mago de Weiss fue también su primer gran héroe: Jean Eugene Robert-Houdin, a quien no solo trataría de emular a la hora de incorporar uno u otro truco suyos a su acto, sino de quien también adoptaría parte del nombre para crear el mito propio: Harry Houdini.
Parte activa de la masonería estadounidense, Houdini comenzaría a dedicarse de lleno a la magia en 1891, perfeccionando trucos de cartas (dentro de los círculos de la magia, la base técnica fundamental del mago es el manejo de las cartas, algo así como las son las matemáticas para el universo de las ciencias naturales) en todos los teatros de Vaudeville del país. Actuaba junto a su hermano en un principio, y pronto se incorporaría a su equipo la que se convertiría en su mujer y gran cómplice de las suertes mágicas, Bess Rahner. El éxito llegó pronto y Houdini se convirtió en el mago más popular de los Estados Unidos.
Sin embargo, fue su trabajo como crítico (sí: como crítico) lo que lo hizo distinguirse de inmediato como una figura particular dentro de su medio. Houdini no solo actuaba, sino comentaba de forma rigurosa la disciplina que ejercía; acusaba la mediocridad de ciertos magos, organizaba a todos en gremios para que compartieran trucos y conocimientos y, sobre todas las cosas, se mostraba violento y vehemente en contra de todos aquellos que con la magia fingieran alguna suerte de poder sobrenatural.
El ejemplo más evidente de este rechazo a la magia como engaño (que no al «engaño de la magia») fue en contra de su propio maestro. En 1908 publicó un libro titulado Desenmascarando a Robert-Houdin, en donde Weiss señalaba a su maestro y primer ídolo como un fraude por vender su magia como verdad; el viejo decía volar en verdad y haber descubierto él cómo crear autómatas fidedignos, situaciones que Houdini sabía eran completamente falsas.
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Es aquí en donde yace la razón ejemplar de Houdini como un Moderno; por su vocación apasionada de hacer tanto al mago como a la audiencia conscientes de la naturaleza de la disciplina.
Habría que detallar un poco más. Parte de la naturaleza intrínseca de aquello que conocemos como «Moderno» es, justamente, el ánimo creador por experimentar dentro de las artes. Así, por ejemplo, tenemos la súbita aparición del verso libre a la hora de la poesía, las velocidades de la abstracción en la pintura futurista, el deseo de inventar nuevos lenguajes en Joyce o las experimentaciones fotográficas de Eadweard Muybridge. En todos los casos, hay un conocimiento formidable del medio (sea la escritura, la pintura, la música) que se utiliza, una suerte de consciencia de que transformar los vehículos de la creación hace que la creación se transforme en sí misma.
La idea resulta muy hermosa. Es, a final de cuentas, una discusión que implica a la relación de un lenguaje (el medio) con su mensaje (lo creado), y las formas en las que las intervenciones de uno implican, necesariamente, transformaciones en el otro. Pensémoslo de una forma menos abstracta: si uno se hace consciente de la brocha con la que se está pintando, entonces puede cambiarse la brocha o jugar más con ella. Esto, a su vez, transforma el trazo y este infinito de relaciones resulta en una pintura cada vez más distinta, cada vez más «informada», si se quiere, de su propio idioma.
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Y es por este espíritu de conocimiento del medio y ganas de transformarlo por el que Houdini es el gran mago de la era Moderna: en su búsqueda permanente por librar a la magia de engaños (o lo que es lo mismo: de dejar perfectamente en claro que la magia es un engaño), Houdini tuvo que hacer tanto al mago como al público conscientes de su medio: la magia.
Este trabajo, además, no solo se dio con la publicación de Desenmascarando. Una vez que su carrera ya estaba en todo curso, Houdini emprendió una campaña de años en contra del Espiritismo, los psíquicos y los médiums. Muchas veces llegaba disfrazado a sesiones espiritistas nada más para demostrar los trucos que estos agentes del fraude realizaban en memoria de algún muerto querido, cobrando fortunas a la burguesía de la época, sin la menor intención de cobrar por ello nada o para sumar a su causa una mayor fama.
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Al contrario: Houdini formó parte de un famoso comité de la revista Scientific American que prometía un premio monetario importante a cualquiera que pudiera comprobar dotes psíquicos o de verdadero espiritismo, el mismo que a día de hoy permanece sin entregarse (aunque la Scientific American ya no sea la responsable de darlo, sino el mago James Raandi, muy houdiniano en espíritu). Es decir, siempre quiso ser honesto y directo para con estas suertes (un hombre que engaña profesionalmente dispuesto a no ser engañado), nada más comprobando, una y otra vez, carrera destruida tras carrera destruida, que la magia no forma parte de la realidad.
Hay una anécdota que encierra de manera romántica y brillante las formas en las que Houdini, el mago, corroboró ante la historia y su público la inexistencia de la magia: a su mujer prometió transmitirle un código secreto a la hora de su muerte, desde la ultratumba, para ya finalmente resolver la duda de la comunicación entre muertos y vivos. Un golpe mal dado al estómago del mago le generó una peritonitis que finalmente lo llevó a la tumba en 1926, creando la tragedia necesaria para que Houdini convirtiera a la magia en un juego de engaños explícitos.
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El código era una frase extraña, incompleta, que solo significaba algo para ellos dos: «Rosabelle, believe».
Dicen algunos que era parte del texto de una obra que interpretaron en sus obras de juventud, aunque nada está del todo confirmado. Lo que se sabe es que cada Halloween, así como cada aniversario luctuoso de Weiss, Bess se sentaba con sus amigos más cercanos, rodeados de velas, para contactar con el más allá.
Después de una década, Bess finalmente dijo: «diez años son suficientes para esperar a cualquier hombre». Desde entonces el mundo de la magia ha sido uno distinto, uno más inteligente, uno más emocionante.

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