10 enero, 2019    /   IDEAS
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Harvey Milk, el activista que enseñó a la comunidad gay a respetarse a sí misma (y profetizó su asesinato)

10 enero, 2019    /   IDEAS     por
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Harvey Milk fue el primer hombre gay que obtuvo un cargo público de importancia en Estados Unidos. En noviembre de 1977, poco después de ser elegido miembro de la Junta de Supervisores de San Francisco, y a modo de testamento político, grabó varias cintas de casete que luego distribuyó entre amigos cercanos. «Esto se escuchará solamente en el caso de que me asesinen», comentó al principio de cada grabación.

Cuando su colega de activismo Cleve Jones se enteró de la existencia de esas cintas, le chinchó con algo así como «¡Ey, que tú no eres Martin Luther King. No eres lo suficientemente importante». Un año después, Milk fue asesinado a balazos por un político resentido y violento llamado Dan White, que se quejaba de que la ciudad de San Francisco se estaba convirtiendo en Sodoma por culpa de todos esos hombres que no ocultaban su condición homosexual –capitaneados, según él, por Milk–.

White era un perturbado veterano de la guerra de Vietnam (y antiguo policía) que un día se presentó en el Ayuntamiento de San Francisco y acabó primero con la vida del entonces alcalde George Moscone. Este se había negado a readmitirle en el puesto al que había renunciado semanas antes y White le disparó a quemarropa en el brazo y la cabeza. Después fue a por el concejal y activista Milk: le disparó cinco veces sin que le temblara el pulso. Profecía cumplida.

Milk tenía 48 años y apenas llevaba diez meses y dieciocho días en el cargo. Sin embargo, su labor lo situó en el corazón del movimiento por los derechos civiles que reconfiguró el país en la década de los 70 y que ha inspirado a varias generaciones de activistas LGTBQ.

Para rendir homenaje a su figura, Egales acaba de editar He venido a reclutaros. Textos y discursos de Harvey Milk, donde los escritores Jason Edward Black y Charles E.Morris recopilan, entre otras cosas, muchos de sus discursos, columnas, editoriales y materiales de campaña.

«En la ciudad de San Francisco, la comunidad gay estaba representada por políticos que eran amigos de los gais, pero nunca gais. Fue idea de Harvey que los gais debían estar representados por uno de los suyos».

«La comunidad negra estaba representada por políticos negros, que difícilmente podían cambiar el color de su piel. Pero los gais tenían la opción de esconderse, y eso es lo que hizo la mayoría de ellos. Podías votar anónimamente, pero reconocer tu homosexualidad al mundo podía ser realmente arriesgado cuando estaban en juego la familia, los amigos o el trabajo […]. Harvey salió del armario para cambiar todo esto», cuenta en el libro el ya fallecido escritor Frank M. Robinson.

Los autores recuerdan que la vida pública de Milk no comenzó hasta que cumplió los 40 años. Hasta ese momento, y durante la mayor parte de su etapa adulta, «Milk vivió una existencia tranquila y privilegiada en su casa, dedicado de forma apasionada y monógama a sus matrimonios, su hogar, la ópera y otras artes en Nueva York».

El neoyorquino decidió mudarse a San Francisco, donde abrió una tienda de cámaras fotográficas en Castro Street en 1972. Robinson, que escribió muchos discursos para Milk, comenta que el activista «convirtió su tienda en un centro de registro electoral y pidió a todos los gais que salieran del armario alegando que la gente nunca cambiaría su opinión sobre los homosexuales hasta que conociese al menos a uno».

Ya entonces funcionaba bastante aquello de «No preguntes. No lo digas».

«Las familias podían mirar con suspicacia a los tíos y tías solteros, pero, mientras estos se escondieran, los toleraban. Cuando Harvey fue elegido supervisor en San Francisco, aquellos cuyo amor no se atrevía a decir su nombre ya habían aprendido a gritar. Harvey fue convertido en mártir apenas un año después de llegar al cargo. Su funeral recorrió desde la calle 17 y el Castro hasta el Ayuntamiento. Acudieron 40.000 personas», añade.

El carisma y don de gentes de Milk le brindaron, desde el principio, gran popularidad entre muchos de sus vecinos. «Estaba a favor del sistema de barrios y defendió a los mayores, los sindicatos y los grupos étnicos, que constituían la colcha de la población de la ciudad», explica en el libro Robinson.

«Insistía en que los que recibían un salario de la ciudad también debían vivir en ella. Nunca olvidaría al policía que vivía fuera de la ciudad y le dijo “No podrías pagarme lo suficiente para que viviera aquí”, refiriéndose a San Francisco. Era cercano a los sindicatos, que estaban entre sus principales apoyos, y les dedicaba palabras amables siempre que podía».

Milk nunca ocultó su homosexualidad, aunque eso le hubiera costado caro en su juventud –se llegó a alistar en la Armada con motivo de la guerra de Corea y fue despedido del ejército tras descubrirse su orientación–. Él tenía claro que la comunidad gay debía estar representada por un hombre gay.

Sin embargo, Robinson –que también lo era, pero aún no había revelado públicamente su condición cuando conoció a Milk y este le pidió que escribiera sus discursos–señala en el libro que los amigos de los gais que solían representar a la comunidad antes de que llegara Harvey podían cambiar de chaqueta según soplasen los vientos favorables o desfavorables.

«Le pidió a todo el mundo durante sus discursos que saliera del armario públicamente. “¿Cómo va a cambiar la gente de opinión si no saben quiénes somos?”. Votar era fácil. “Salir del armario” era otra cosa. Podías perder a tu familia, a tus amigos y tu trabajo. Harvey era admirado por ser abiertamente gay, pero no era una decisión que todos estuviesen dispuestos a tomar. Era fácil ser abiertamente gay en el Castro: podías vivir durante semanas allí sin cruzarte con un hetero. Pero estar fuera del armario para todos era harina de otro costal», argumenta sobre el espinoso asunto.

Para él, Harvey fue «más que solo un político, más que solo un hombre que aspiraba a un cargo político. Fue un oráculo y su gente lo sabía. No hablaba solo del hoy, sino también del mañana». Y tiene claro que, si bien los discursos son importantes por la información que transmiten, también lo son por lo que muestran de la persona que los pronuncia.

«Hitler era brutal y sádico, y lo mostraba en sus discursos. John F. Kennedy era altruista; se veía a primera vista. […] ¿Y Harvey? Lee sus discursos y sus textos. Le enseñó a la comunidad gay a respetarse a sí misma, a creer en el poder que tenía y a cómo usarlo».

La revista Time incluyó al activista en su lista de los 100 héroes o iconos del siglo XX y nadie cuestiona que el discurso incendiario de Milk hoy sigue inspirando a muchos.

«Harvey Milk nació en un mundo que no lo quería y dejó a su paso un mundo que se dio cuenta de que sería difícil seguir sin él», apostilla Robinson en el libro.

«Con sus discursos y su valentía, cambió la vida de millones de personas. Como adolescentes, muchos gais buscan entre las estanterías de las bibliotecas el nombre de algún hombre gay que los haga sentirse orgullosos de él y, al mismo tiempo, de ellos mismos. Queríamos encontrar un héroe gay desesperadamente. Nunca me di cuenta de que había encontrado el mío hasta el día en que Harvey murió».

Harvey Milk fue el primer hombre gay que obtuvo un cargo público de importancia en Estados Unidos. En noviembre de 1977, poco después de ser elegido miembro de la Junta de Supervisores de San Francisco, y a modo de testamento político, grabó varias cintas de casete que luego distribuyó entre amigos cercanos. «Esto se escuchará solamente en el caso de que me asesinen», comentó al principio de cada grabación.

Cuando su colega de activismo Cleve Jones se enteró de la existencia de esas cintas, le chinchó con algo así como «¡Ey, que tú no eres Martin Luther King. No eres lo suficientemente importante». Un año después, Milk fue asesinado a balazos por un político resentido y violento llamado Dan White, que se quejaba de que la ciudad de San Francisco se estaba convirtiendo en Sodoma por culpa de todos esos hombres que no ocultaban su condición homosexual –capitaneados, según él, por Milk–.

White era un perturbado veterano de la guerra de Vietnam (y antiguo policía) que un día se presentó en el Ayuntamiento de San Francisco y acabó primero con la vida del entonces alcalde George Moscone. Este se había negado a readmitirle en el puesto al que había renunciado semanas antes y White le disparó a quemarropa en el brazo y la cabeza. Después fue a por el concejal y activista Milk: le disparó cinco veces sin que le temblara el pulso. Profecía cumplida.

Milk tenía 48 años y apenas llevaba diez meses y dieciocho días en el cargo. Sin embargo, su labor lo situó en el corazón del movimiento por los derechos civiles que reconfiguró el país en la década de los 70 y que ha inspirado a varias generaciones de activistas LGTBQ.

Para rendir homenaje a su figura, Egales acaba de editar He venido a reclutaros. Textos y discursos de Harvey Milk, donde los escritores Jason Edward Black y Charles E.Morris recopilan, entre otras cosas, muchos de sus discursos, columnas, editoriales y materiales de campaña.

«En la ciudad de San Francisco, la comunidad gay estaba representada por políticos que eran amigos de los gais, pero nunca gais. Fue idea de Harvey que los gais debían estar representados por uno de los suyos».

«La comunidad negra estaba representada por políticos negros, que difícilmente podían cambiar el color de su piel. Pero los gais tenían la opción de esconderse, y eso es lo que hizo la mayoría de ellos. Podías votar anónimamente, pero reconocer tu homosexualidad al mundo podía ser realmente arriesgado cuando estaban en juego la familia, los amigos o el trabajo […]. Harvey salió del armario para cambiar todo esto», cuenta en el libro el ya fallecido escritor Frank M. Robinson.

Los autores recuerdan que la vida pública de Milk no comenzó hasta que cumplió los 40 años. Hasta ese momento, y durante la mayor parte de su etapa adulta, «Milk vivió una existencia tranquila y privilegiada en su casa, dedicado de forma apasionada y monógama a sus matrimonios, su hogar, la ópera y otras artes en Nueva York».

El neoyorquino decidió mudarse a San Francisco, donde abrió una tienda de cámaras fotográficas en Castro Street en 1972. Robinson, que escribió muchos discursos para Milk, comenta que el activista «convirtió su tienda en un centro de registro electoral y pidió a todos los gais que salieran del armario alegando que la gente nunca cambiaría su opinión sobre los homosexuales hasta que conociese al menos a uno».

Ya entonces funcionaba bastante aquello de «No preguntes. No lo digas».

«Las familias podían mirar con suspicacia a los tíos y tías solteros, pero, mientras estos se escondieran, los toleraban. Cuando Harvey fue elegido supervisor en San Francisco, aquellos cuyo amor no se atrevía a decir su nombre ya habían aprendido a gritar. Harvey fue convertido en mártir apenas un año después de llegar al cargo. Su funeral recorrió desde la calle 17 y el Castro hasta el Ayuntamiento. Acudieron 40.000 personas», añade.

El carisma y don de gentes de Milk le brindaron, desde el principio, gran popularidad entre muchos de sus vecinos. «Estaba a favor del sistema de barrios y defendió a los mayores, los sindicatos y los grupos étnicos, que constituían la colcha de la población de la ciudad», explica en el libro Robinson.

«Insistía en que los que recibían un salario de la ciudad también debían vivir en ella. Nunca olvidaría al policía que vivía fuera de la ciudad y le dijo “No podrías pagarme lo suficiente para que viviera aquí”, refiriéndose a San Francisco. Era cercano a los sindicatos, que estaban entre sus principales apoyos, y les dedicaba palabras amables siempre que podía».

Milk nunca ocultó su homosexualidad, aunque eso le hubiera costado caro en su juventud –se llegó a alistar en la Armada con motivo de la guerra de Corea y fue despedido del ejército tras descubrirse su orientación–. Él tenía claro que la comunidad gay debía estar representada por un hombre gay.

Sin embargo, Robinson –que también lo era, pero aún no había revelado públicamente su condición cuando conoció a Milk y este le pidió que escribiera sus discursos–señala en el libro que los amigos de los gais que solían representar a la comunidad antes de que llegara Harvey podían cambiar de chaqueta según soplasen los vientos favorables o desfavorables.

«Le pidió a todo el mundo durante sus discursos que saliera del armario públicamente. “¿Cómo va a cambiar la gente de opinión si no saben quiénes somos?”. Votar era fácil. “Salir del armario” era otra cosa. Podías perder a tu familia, a tus amigos y tu trabajo. Harvey era admirado por ser abiertamente gay, pero no era una decisión que todos estuviesen dispuestos a tomar. Era fácil ser abiertamente gay en el Castro: podías vivir durante semanas allí sin cruzarte con un hetero. Pero estar fuera del armario para todos era harina de otro costal», argumenta sobre el espinoso asunto.

Para él, Harvey fue «más que solo un político, más que solo un hombre que aspiraba a un cargo político. Fue un oráculo y su gente lo sabía. No hablaba solo del hoy, sino también del mañana». Y tiene claro que, si bien los discursos son importantes por la información que transmiten, también lo son por lo que muestran de la persona que los pronuncia.

«Hitler era brutal y sádico, y lo mostraba en sus discursos. John F. Kennedy era altruista; se veía a primera vista. […] ¿Y Harvey? Lee sus discursos y sus textos. Le enseñó a la comunidad gay a respetarse a sí misma, a creer en el poder que tenía y a cómo usarlo».

La revista Time incluyó al activista en su lista de los 100 héroes o iconos del siglo XX y nadie cuestiona que el discurso incendiario de Milk hoy sigue inspirando a muchos.

«Harvey Milk nació en un mundo que no lo quería y dejó a su paso un mundo que se dio cuenta de que sería difícil seguir sin él», apostilla Robinson en el libro.

«Con sus discursos y su valentía, cambió la vida de millones de personas. Como adolescentes, muchos gais buscan entre las estanterías de las bibliotecas el nombre de algún hombre gay que los haga sentirse orgullosos de él y, al mismo tiempo, de ellos mismos. Queríamos encontrar un héroe gay desesperadamente. Nunca me di cuenta de que había encontrado el mío hasta el día en que Harvey murió».

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