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17 de noviembre 2014    /   DIGITAL
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Psicografía del hater

17 de noviembre 2014    /   DIGITAL     por          
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Los ‘odiadores’ y a partir de este preciso instante, los haters, son personas cuya forma más común de relacionarse con los demás es a través del odio. El hater percibe el mundo bajo un manto de negatividad e inconscientemente reacciona a los estímulos externos con rechazo y sarcasmo. No soporta que sus más allegados sean felices o que destaquen. No soporta los cumpleaños, los parques llenos de niños, los helados, ir de camping ni los selfies. No lo soporta, no lo soporta, no lo soporta. Para el verdadero hater la felicidad no existe, es un cuento chino que se inventaron los de Disney, y el comportamiento más lógico es el que engloba a partes iguales cinismo, desconfianza, incredulidad y muchos prejuicios.

Existen distintos tipos de haters. Los hay deleznables como Cruella de Vil o Agatha Transbull (Matilda); inmutables como Calamardo (Bob Esponja); entrañables como el Sr. Wilson (Daniel el travieso) o Gruñón (Blancanieves); rudos como Walt Kowalski (Gran Torino); y muy muy graciosos como ese tipo de la portada del que ahora no me acuerdo. Aunque parezca que están ahí para fastidiar, estas personas cumplen una labor fundamental: proporcionar conflictos a lo que de otra manera sería una vida muy aburrida. La resolución de esos conflictos proporciona catarsis. Es decir, los haters proporcionan catarsis. Sin embargo esta generosa tarea puede llegar a ser cansina. No es justo que estos pobres diablos y diablas soporten el peso de equilibrar las fuerzas del universo ellos solos y desde luego tienen todo el derecho a redimirse y pasarse al lado de los felices. Pero ¿pueden de verdad escapar a esa espiral de odio?

Haters_gonna_hate_black

Según un estudio de los psicólogos Justin Hepler y Dolores Albarracín titulado Actitudes sin objetos publicado en EE UU, lo más probable es que los haters sigan odiando. Su estudio se basa en un experimento en el cual preguntaron a 200 hombres y mujeres acerca de su opinión sobre temas tan inconexos como Japón, la arquitectura, las vacunas, los crucigramas o la taxidermia. Un mes después repitieron el cuestionario con las mismas preguntas para contrastar. Tras identificar a los más haters, les preguntaron qué opinaban sobre el nuevo microondas Monahan LPI-800 Compact 2/3-Cubic-Foot 700-Watt, un producto ficticio que iba acompañado de seis reseñas, tres positivas y tres negativas. Los investigadores descubrieron que los que habían proporcionado opiniones negativas sobre los anteriores temas aleatorios eran notablemente propensos a odiar el microondas. Es decir, no importa el objeto o sujeto de tu odio, si eres un hater probablemente odiarás. Aunque en defensa de estos, y pese a que me guste Japón o los crucigramas, yo también hubiera puesto a parir al microondas ese de mierda.

Cuidado. Cuidado con el haterismo en la web y en las redes sociales porque no solo se vuelve más virulento (hazle una cuenta de tuiter a la madre de Howard Wolowitz a ver lo que pasa), sino que también se propaga como una plaga de langostas. Yo mismo. Jamás se me hubiese ocurrido decirle a la cara lo de ‘microondas de mierda’ al nuevo Monahan LPI-800 Compact 2/3-Cubic-Foot 700-Watt. Quizás ese sea un atributo que distinga a los pseudohaters de los verdaderos haters. Estos están enfadados y odian de verdad mientras que aquellos lo hacen ocasionalmente y por inercia colectiva. Es muy cómodo y sale muy barato odiar a la gente y a los microondas tras la protección de una pantalla. Así ocurre que cada vez que alguien famoso se equivoca, la gente se tira a su cuello cual jauría exponencial de lobos hambrientos. Si no eres Pérez-Reverte, estás muerto.

haters gonna hate smoking dog

Por otro lado, el haterismo virtual es un círculo vicioso y virulento donde un hater comienza a odiar a muchas personas al tiempo que gana seguidores a los que les gustan las chorradas que dice. De todos estos seguidores, algunos son haters que odian al hater original y se hacen a su vez populares porque a la gente le encanta su humor hater, y así hasta el infinito.

Otro fenómeno muy curioso derivado de este odio imparable es el antihaterismo, integrado por personas, normalmente virtuales, normalmente con solo tres seguidores en tuiter (vale, es una exageración), que proclaman a los cuatro vientos digitales que pasan de los haters porque siempre van a odiar. Haters gonna hate. De este modo se genera un movimiento reivindicativo que busca emanciparse de la influencia nociva de los haters. Algunos, sin embargo, van más allá con enunciados como ‘¿te odian sin razón alguna? Dales una’. Yeah. […] A ver, pausa. No entremos en otra espiral de odio vicioso y virulento. Tratar odio con odio genera más odio. Es mejor suscribirse al enunciado ‘I love haters’.

Si bien en la red proliferan los haters, yo creo que en realidad a nadie le gusta cargar con la responsabilidad de equilibrar las fuerzas del universo. [Me acabo de acordar de aquel hater tan gracioso del principio que no me salía, Melvin Udall (Mejor imposible).] Sin embargo a todo el mundo le gusta reírse y hay que reconocer que el humor hater es muy salao. Este se podría definir como el humor negro exclusivamente perpetrado con el odio como vehículo, normalmente un odio irracional. Quizás sea gracioso porque entre en conflicto con nuestra ética o porque nos proyecte en los incómodos zapatos de ese alguien, convertido en objeto de broma hater. Como el pobre microondas. Sin embargo, yo creo que la gracia del humor hater está precisamente en ese agente hater, en su ridícula incapacidad de ver el mundo de otra manera. En ese bloqueo emocional que le impide amar. En ese conjuro determinista que aparentemente no le permite cambiar y le convierte en un ser limitado.

Según el psicólogo humanista Wayne W. Dyer, en su libro Tus zonas erróneas, «la ira es inmovilizante y proviene del deseo de que el mundo y la gente sean diferentes a lo que realmente son». Según Dyer, el mecanismo de odio que utilizan los haters para relacionarse con el mundo exterior proviene de la pregunta interna «¿por qué no eres más parecido a mí?». Una manera sumamente inmadura de existir; un comportamiento totalmente ineficiente. Así quedan atrapados en un GIF eterno donde se dan cabezazos contra una pared.

calamardo

¿Por qué un hater se convierte en un hater? Quizás ahí habría que investigar en los traumas del sujeto e incluso en su genealogía. Imagina que soy por un momento Alejandro Jodorowsky y que voy a ayudar a superar su odio a Calamardo. Este es una persona en realidad sensible que fuera del trabajo toca el clarinete y pinta retratos, pero que insiste en vivir odiando. Intuyo que se exige demasiado y que por tanto exige demasiado a los demás. Aspira a formar parte de la alta sociedad y triunfar como clarinetista, pero toca fatal. ¿Por qué su felicidad depende de triunfar con el clarinete? ¿Por qué se exige tanto? ¿Cómo influyeron sus padres en el pequeño Calamardo cuando tan solo era un papel en blanco? Entonces le sugeriría un acto psicomágico para romper esa propensión a exigirse tanto, ser infeliz y odiar a los que le rodean. Romper, romper, romper. Romper su maldito clarinete.

Probablemente yo estropearía todavía más al pobre Calamardo. Mejor que vaya a ver al verdadero Jodorowsky. Sin embargo, pese a lo que digan los psicológos del microondas, si el misántropo Melvin Udall fue capaz de redimirse gracias a un perrillo, Calamardo puede cambiar y aprender a amar de verdad a Bob Esponja y Patricio Estrella. Haters del mundo, yo creo en vosotros. I love u.

finish

Los ‘odiadores’ y a partir de este preciso instante, los haters, son personas cuya forma más común de relacionarse con los demás es a través del odio. El hater percibe el mundo bajo un manto de negatividad e inconscientemente reacciona a los estímulos externos con rechazo y sarcasmo. No soporta que sus más allegados sean felices o que destaquen. No soporta los cumpleaños, los parques llenos de niños, los helados, ir de camping ni los selfies. No lo soporta, no lo soporta, no lo soporta. Para el verdadero hater la felicidad no existe, es un cuento chino que se inventaron los de Disney, y el comportamiento más lógico es el que engloba a partes iguales cinismo, desconfianza, incredulidad y muchos prejuicios.

Existen distintos tipos de haters. Los hay deleznables como Cruella de Vil o Agatha Transbull (Matilda); inmutables como Calamardo (Bob Esponja); entrañables como el Sr. Wilson (Daniel el travieso) o Gruñón (Blancanieves); rudos como Walt Kowalski (Gran Torino); y muy muy graciosos como ese tipo de la portada del que ahora no me acuerdo. Aunque parezca que están ahí para fastidiar, estas personas cumplen una labor fundamental: proporcionar conflictos a lo que de otra manera sería una vida muy aburrida. La resolución de esos conflictos proporciona catarsis. Es decir, los haters proporcionan catarsis. Sin embargo esta generosa tarea puede llegar a ser cansina. No es justo que estos pobres diablos y diablas soporten el peso de equilibrar las fuerzas del universo ellos solos y desde luego tienen todo el derecho a redimirse y pasarse al lado de los felices. Pero ¿pueden de verdad escapar a esa espiral de odio?

Haters_gonna_hate_black

Según un estudio de los psicólogos Justin Hepler y Dolores Albarracín titulado Actitudes sin objetos publicado en EE UU, lo más probable es que los haters sigan odiando. Su estudio se basa en un experimento en el cual preguntaron a 200 hombres y mujeres acerca de su opinión sobre temas tan inconexos como Japón, la arquitectura, las vacunas, los crucigramas o la taxidermia. Un mes después repitieron el cuestionario con las mismas preguntas para contrastar. Tras identificar a los más haters, les preguntaron qué opinaban sobre el nuevo microondas Monahan LPI-800 Compact 2/3-Cubic-Foot 700-Watt, un producto ficticio que iba acompañado de seis reseñas, tres positivas y tres negativas. Los investigadores descubrieron que los que habían proporcionado opiniones negativas sobre los anteriores temas aleatorios eran notablemente propensos a odiar el microondas. Es decir, no importa el objeto o sujeto de tu odio, si eres un hater probablemente odiarás. Aunque en defensa de estos, y pese a que me guste Japón o los crucigramas, yo también hubiera puesto a parir al microondas ese de mierda.

Cuidado. Cuidado con el haterismo en la web y en las redes sociales porque no solo se vuelve más virulento (hazle una cuenta de tuiter a la madre de Howard Wolowitz a ver lo que pasa), sino que también se propaga como una plaga de langostas. Yo mismo. Jamás se me hubiese ocurrido decirle a la cara lo de ‘microondas de mierda’ al nuevo Monahan LPI-800 Compact 2/3-Cubic-Foot 700-Watt. Quizás ese sea un atributo que distinga a los pseudohaters de los verdaderos haters. Estos están enfadados y odian de verdad mientras que aquellos lo hacen ocasionalmente y por inercia colectiva. Es muy cómodo y sale muy barato odiar a la gente y a los microondas tras la protección de una pantalla. Así ocurre que cada vez que alguien famoso se equivoca, la gente se tira a su cuello cual jauría exponencial de lobos hambrientos. Si no eres Pérez-Reverte, estás muerto.

haters gonna hate smoking dog

Por otro lado, el haterismo virtual es un círculo vicioso y virulento donde un hater comienza a odiar a muchas personas al tiempo que gana seguidores a los que les gustan las chorradas que dice. De todos estos seguidores, algunos son haters que odian al hater original y se hacen a su vez populares porque a la gente le encanta su humor hater, y así hasta el infinito.

Otro fenómeno muy curioso derivado de este odio imparable es el antihaterismo, integrado por personas, normalmente virtuales, normalmente con solo tres seguidores en tuiter (vale, es una exageración), que proclaman a los cuatro vientos digitales que pasan de los haters porque siempre van a odiar. Haters gonna hate. De este modo se genera un movimiento reivindicativo que busca emanciparse de la influencia nociva de los haters. Algunos, sin embargo, van más allá con enunciados como ‘¿te odian sin razón alguna? Dales una’. Yeah. […] A ver, pausa. No entremos en otra espiral de odio vicioso y virulento. Tratar odio con odio genera más odio. Es mejor suscribirse al enunciado ‘I love haters’.

Si bien en la red proliferan los haters, yo creo que en realidad a nadie le gusta cargar con la responsabilidad de equilibrar las fuerzas del universo. [Me acabo de acordar de aquel hater tan gracioso del principio que no me salía, Melvin Udall (Mejor imposible).] Sin embargo a todo el mundo le gusta reírse y hay que reconocer que el humor hater es muy salao. Este se podría definir como el humor negro exclusivamente perpetrado con el odio como vehículo, normalmente un odio irracional. Quizás sea gracioso porque entre en conflicto con nuestra ética o porque nos proyecte en los incómodos zapatos de ese alguien, convertido en objeto de broma hater. Como el pobre microondas. Sin embargo, yo creo que la gracia del humor hater está precisamente en ese agente hater, en su ridícula incapacidad de ver el mundo de otra manera. En ese bloqueo emocional que le impide amar. En ese conjuro determinista que aparentemente no le permite cambiar y le convierte en un ser limitado.

Según el psicólogo humanista Wayne W. Dyer, en su libro Tus zonas erróneas, «la ira es inmovilizante y proviene del deseo de que el mundo y la gente sean diferentes a lo que realmente son». Según Dyer, el mecanismo de odio que utilizan los haters para relacionarse con el mundo exterior proviene de la pregunta interna «¿por qué no eres más parecido a mí?». Una manera sumamente inmadura de existir; un comportamiento totalmente ineficiente. Así quedan atrapados en un GIF eterno donde se dan cabezazos contra una pared.

calamardo

¿Por qué un hater se convierte en un hater? Quizás ahí habría que investigar en los traumas del sujeto e incluso en su genealogía. Imagina que soy por un momento Alejandro Jodorowsky y que voy a ayudar a superar su odio a Calamardo. Este es una persona en realidad sensible que fuera del trabajo toca el clarinete y pinta retratos, pero que insiste en vivir odiando. Intuyo que se exige demasiado y que por tanto exige demasiado a los demás. Aspira a formar parte de la alta sociedad y triunfar como clarinetista, pero toca fatal. ¿Por qué su felicidad depende de triunfar con el clarinete? ¿Por qué se exige tanto? ¿Cómo influyeron sus padres en el pequeño Calamardo cuando tan solo era un papel en blanco? Entonces le sugeriría un acto psicomágico para romper esa propensión a exigirse tanto, ser infeliz y odiar a los que le rodean. Romper, romper, romper. Romper su maldito clarinete.

Probablemente yo estropearía todavía más al pobre Calamardo. Mejor que vaya a ver al verdadero Jodorowsky. Sin embargo, pese a lo que digan los psicológos del microondas, si el misántropo Melvin Udall fue capaz de redimirse gracias a un perrillo, Calamardo puede cambiar y aprender a amar de verdad a Bob Esponja y Patricio Estrella. Haters del mundo, yo creo en vosotros. I love u.

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