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15 de febrero 2016    /   CREATIVIDAD
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Cómo ser heavy en la España de 1986

15 de febrero 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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En la España de 1986, ser heavy o de alguna otra de las llamadas tribus urbanas era una decisión vital que iba más allá de lo puramente musical. De hecho, y sin negarle su importante papel en todo esto, la música no era más que la excusa para todo lo demás: salir, pasarlo bien, conocer gente, canalizar las inquietudes de cada uno.

El ilustrador Miguel B. Núñez lo resume de una manera muy sencilla: «Ser heavy en esa época era un lugar común donde podíamos sentirnos libres».

Sin embargo, si salirse de la norma nunca fue sencillo, hacerlo en un país como la España de los 80, atemorizada por los vestigios de la dictadura y la intentona de un golpe militar aún reciente, menos aún.

En esa época, las ganas de sacudirse las polillas y el olor a cerrado de cuatro décadas de franquismo convivían con la intransigencia, el desconocimiento y el rechazo hacia unas expresiones juveniles que eran consideradas peligrosas, violentas y foco de graves problemas.

«En general la actitud hacia el heavy era hostil o de abierta incomprensión. La policía nos paraba continuamente. Los melenudos no tenían buena prensa y cualquier joven que no pareciera pijo era mal visto.

»En el colegio y antes de que hicieras nada ya estabas fichado como problemático. En casa las discusiones solían girar sobre tu pelo, tu ropa y tus compañías. En todas las entrevistas de trabajo podías leer “se requiere buena presencia”, lo que entonces significaba ni pelos largos ni muñequeras ni pantalones ajustados».

Por si no fuera suficiente, los medios de comunicación vieron en los heavies y otras tribus urbanas un tema perfecto para llenar su programación con espacios en los que primaba el amarillismo por encima de la información.

«La gente mayor nos confundía con los quinquis. Un melenudo era sinónimo de delincuencia y drogas. Pero por mucho que los medios intentaran alimentarla, la alarma social era tan ridícula que murió por su propio peso. Justo por eso se acabó el interés por el tema. Ellos la inventaron y ellos la mataron. Sin embargo, en los últimos años veo ciertas ganas de resucitar ese cadáver, con el tema de los hipsters, los muppies o los reggaetoneros y demás».

Que no fuera fácil no quiere decir que no fuera divertido. Al menos así se deduce de la lectura de Heavy 1986, novela gráfica editada por Sapristi Cómics en la que Miguel B. Núñez narra sus vivencias como miembro de ese grupo durante su adolescencia. Una opción vital cuyo primer escollo a salvar era el de la propia familia y el autoritarismo paterno.

«El heavy de barrio salía de un entorno muy determinado, donde era bastante más raro tener un padre que pudiera llamarse liberal. En esa época, muchos padres no esperaban que sus hijos fueran a rebelarse porque a ellos no se les había dado tanta libertad para hacerlo. Nadie les había mostrado que pudiera educarse de otra forma y ni siquiera se pensaba que esa intransigencia fuera un problema, aunque en realidad era fatal para nosotros y, me temo, también para ellos.

«De todas formas, no todos los padres eran iguales y aunque ahora sigue habiendo casos que no son nada deseables, veo adolescentes con padres y madres que les han contagiado su amor por el heavy metal a sus hijos y que les acompañan a hacerse su primer tatuaje».

A esos adolescentes cuyos padres son más comprensivos Heavy 1986 les muestra una realidad que, a pesar de lo cercana en el tiempo, tiene poco que ver con la que ellos viven.

Entre esas diferencias está no solo la ausencia de internet, sino la presencia de cosas como el servicio militar obligatorio, la piratería con cintas de casete y portadas fotocopiadas en blanco y negro, planes educativos donde las asignaturas eran Latín y Hogar… Tan lejano parece que, algunos de esos detalles, se explican con notas a pie de página.

«Creo que a muchos de los lectores jóvenes todo esto les suena a chino, pero también existe una buena parte de ellos que está fascinada por aquella época pre internet, sin móviles ni pantallas táctiles ni docenas de canales de televisión. He observado sus caras cuando hablas de teléfonos góndola, atentados de ETA o Chernobyl… Muestran algo parecido a un sentimiento de extrañeza.

»Es normal», continúa Miguel B.Núñez. «Cuesta situarse en un contexto que no has vivido y más cuando algunas cosas han cambiado tanto. Para algunos todo esto son batallitas fascinantes y para otros son como de otro planeta. Vamos, como nos pasaba a nosotros. ¿Los Beatles con Torrebruno? Venga ya, lo que queríamos era Iron Maiden (risas). Los jóvenes no suelen estar tan pendientes del pasado ni del futuro, lo suyo es el presente».

Con permiso de los más jóvenes volvamos al pasado por un momento. En los ochenta, la televisión pública (no había otra) programaba en horario de máxima audiencia actuaciones de Kiss, de AC/DC, Panzer, Leño u Obús y las radiofórmulas colaban de vez en cuando alguna canción heavy en su programación.

El heavy estaba también presente –para bien o para mal, todo hay que decirlo–, en los periódicos, que se hacían eco, por ejemplo, de que Barón Rojo había grabado una versión inglesa del Volumen Brutal y que habían triunfado en festivales británicos como Reading.

Con el tiempo, mientras que otros géneros musicales como el punk están cada día más presentes entre nosotros incluso en la colección de camisetas de H&M, el heavy ha desaparecido de los medios generalistas.

«Es extraño porque el heavy metal está en muy buen estado. Los conciertos de Iron Maiden o AC/DC son multitudinarios, cada vez parecen tener más fans por el mundo. Algunas viejas bandas han resucitado, otros siguen en muy buena forma y aparecen constantemente nuevas.

«Además, el heavy metal se ha ido infiltrando en tierras que estaban aún vírgenes en rock. Hay movida heavy hasta en Botsuana, Irán o Irak, por no hablar de la locura que supone el heavy en India o Polinesia. Pero esos medios andan a otra cosa. Incluso muchos medios especializados han decidido cagarse en el heavy. Lo que me hace más gracia de todo eso es que en nada afecta a la buena salud del heavy metal. A los millones de fans se la suda si te parece música de mierda o cultura de dragones y mazmorras».

En 1986, la precariedad era la norma. Conseguir discos, libros, revistas era una labor titánica. Los pedidos se hacían por carta. Los pagos en sellos de correos o por giro postal. El casete era el formato estrella, tanto para comprar el disco original, como para la copia pirata o la que grababa un amigo. El VHS era el equivalente al Blue-Ray y en la ropa abundaba el «hazlo tú mismo», más que por vocación, porque tampoco había oferta. Sin embargo, los astros se alineaban para que los discos llegasen, la ropa se consiguiera y la fiesta continuara.

YOROKOBU: ¿Cuál sería tu plan para un viernes o un sábado de 1986?

MIGUEL B. NÚÑEZ: Fácil. Enfundarme mis pantalones pitillos, pillar el metro de Esperanza en Canillas, donde vivía, ir hasta Diego de León, cambiar a la línea 5 y salir en El Carmen. Bajar por Alcalde López Casero hasta el Canciller, quizá ir al parque a tomar un litro antes y luego entrar a pasarlo en grande con mis amigos, bailando en la pista, esperando siempre a que pusieran tu video favorito de tu banda favorita.



Y: ¿Dónde habrías comprado la ropa?

MBN: Los imprescindibles pantalones elásticos de pitillo, pillados en tiendas del barrio. Camiseta o jersey de tu banda, comprada en Discoplay y chaqueta vaquera, en mi caso con parche de DIO. De zapatillas yo variaba entre unas Happy Luck negras, tipo las ahora Converse y antes John Smith, y otras blancas tipo “jotajaiber” pero no recuerdo si eran de esa marca o de otra.

Y: ¿Y los discos? ¿Dónde los comprabas?

MBN: La verdad es que me cuesta recordar donde compré mis discos de Warlock, W.A.S.P., Dokken o Lizzy Borden… Pero las ediciones baratas y que no se abrían de mis primeros discos de Alice Cooper las compré en el Discoplay de Los Sótanos de la Gran Vía. Aunque la memoria es algo tramposa, después de 30 años, creo recordar que solía pasarme por Discos Melocotón cuando estaba en la calle Carretas. Como no tenía mucho dinero para vinilos, no es que me pasara el día de tienda en tienda.

Y: ¿Cuál fue el disco o casete que más te costó encontrar y cuál aquel que quisiste y nunca llegaste a tener?

MBN: El que más me costó fue seguramente la edición del From the inside de Alice Cooper, con la puerta del manicomio que se abre y todos los personajes de las canciones, incluido el propio Alice, saliendo con la hoja del alta médica. El que siempre quise era la versión del School’s out, otra vez de Alice Cooper, que se abría y simulaba ser como un pupitre… y ya puestos a pedir, la edición con las bragas. Lo mío con Alice era obsesión.



Y: ¿Y todo era música? ¿Te interesaba también el cine o los tebeos?

MBN: El Zona 84 era una de mis revistas de cómics favoritas junto con Metal Hurlant o Cimoc y en Heavy 1986 se ve un tebeo de Fórum en la mesa de Suso. Esas eran mis lecturas favoritas entonces. Al cine iba mucho, a ver películas como la serie del Exterminador y cosas de Charles Bronson o Mad Max. Hay tantas movidas que contar, que es complicado meterlo todo, pero gracias por recordármelo porque así meto lo del cine si hago otro tomo.

Y: ¿Entonces habrá un Heavy 1987?

MBN: Acabo de empezar. No se si será 1987 o Verano de 1986 o qué… Aún no tengo claro nada y en mi caso podría ser un heavy-punk 1987 o incluso un Black Metal.

En la España de 1986, ser heavy o de alguna otra de las llamadas tribus urbanas era una decisión vital que iba más allá de lo puramente musical. De hecho, y sin negarle su importante papel en todo esto, la música no era más que la excusa para todo lo demás: salir, pasarlo bien, conocer gente, canalizar las inquietudes de cada uno.

El ilustrador Miguel B. Núñez lo resume de una manera muy sencilla: «Ser heavy en esa época era un lugar común donde podíamos sentirnos libres».

Sin embargo, si salirse de la norma nunca fue sencillo, hacerlo en un país como la España de los 80, atemorizada por los vestigios de la dictadura y la intentona de un golpe militar aún reciente, menos aún.

En esa época, las ganas de sacudirse las polillas y el olor a cerrado de cuatro décadas de franquismo convivían con la intransigencia, el desconocimiento y el rechazo hacia unas expresiones juveniles que eran consideradas peligrosas, violentas y foco de graves problemas.

«En general la actitud hacia el heavy era hostil o de abierta incomprensión. La policía nos paraba continuamente. Los melenudos no tenían buena prensa y cualquier joven que no pareciera pijo era mal visto.

»En el colegio y antes de que hicieras nada ya estabas fichado como problemático. En casa las discusiones solían girar sobre tu pelo, tu ropa y tus compañías. En todas las entrevistas de trabajo podías leer “se requiere buena presencia”, lo que entonces significaba ni pelos largos ni muñequeras ni pantalones ajustados».

Por si no fuera suficiente, los medios de comunicación vieron en los heavies y otras tribus urbanas un tema perfecto para llenar su programación con espacios en los que primaba el amarillismo por encima de la información.

«La gente mayor nos confundía con los quinquis. Un melenudo era sinónimo de delincuencia y drogas. Pero por mucho que los medios intentaran alimentarla, la alarma social era tan ridícula que murió por su propio peso. Justo por eso se acabó el interés por el tema. Ellos la inventaron y ellos la mataron. Sin embargo, en los últimos años veo ciertas ganas de resucitar ese cadáver, con el tema de los hipsters, los muppies o los reggaetoneros y demás».

Que no fuera fácil no quiere decir que no fuera divertido. Al menos así se deduce de la lectura de Heavy 1986, novela gráfica editada por Sapristi Cómics en la que Miguel B. Núñez narra sus vivencias como miembro de ese grupo durante su adolescencia. Una opción vital cuyo primer escollo a salvar era el de la propia familia y el autoritarismo paterno.

«El heavy de barrio salía de un entorno muy determinado, donde era bastante más raro tener un padre que pudiera llamarse liberal. En esa época, muchos padres no esperaban que sus hijos fueran a rebelarse porque a ellos no se les había dado tanta libertad para hacerlo. Nadie les había mostrado que pudiera educarse de otra forma y ni siquiera se pensaba que esa intransigencia fuera un problema, aunque en realidad era fatal para nosotros y, me temo, también para ellos.

«De todas formas, no todos los padres eran iguales y aunque ahora sigue habiendo casos que no son nada deseables, veo adolescentes con padres y madres que les han contagiado su amor por el heavy metal a sus hijos y que les acompañan a hacerse su primer tatuaje».

A esos adolescentes cuyos padres son más comprensivos Heavy 1986 les muestra una realidad que, a pesar de lo cercana en el tiempo, tiene poco que ver con la que ellos viven.

Entre esas diferencias está no solo la ausencia de internet, sino la presencia de cosas como el servicio militar obligatorio, la piratería con cintas de casete y portadas fotocopiadas en blanco y negro, planes educativos donde las asignaturas eran Latín y Hogar… Tan lejano parece que, algunos de esos detalles, se explican con notas a pie de página.

«Creo que a muchos de los lectores jóvenes todo esto les suena a chino, pero también existe una buena parte de ellos que está fascinada por aquella época pre internet, sin móviles ni pantallas táctiles ni docenas de canales de televisión. He observado sus caras cuando hablas de teléfonos góndola, atentados de ETA o Chernobyl… Muestran algo parecido a un sentimiento de extrañeza.

»Es normal», continúa Miguel B.Núñez. «Cuesta situarse en un contexto que no has vivido y más cuando algunas cosas han cambiado tanto. Para algunos todo esto son batallitas fascinantes y para otros son como de otro planeta. Vamos, como nos pasaba a nosotros. ¿Los Beatles con Torrebruno? Venga ya, lo que queríamos era Iron Maiden (risas). Los jóvenes no suelen estar tan pendientes del pasado ni del futuro, lo suyo es el presente».

Con permiso de los más jóvenes volvamos al pasado por un momento. En los ochenta, la televisión pública (no había otra) programaba en horario de máxima audiencia actuaciones de Kiss, de AC/DC, Panzer, Leño u Obús y las radiofórmulas colaban de vez en cuando alguna canción heavy en su programación.

El heavy estaba también presente –para bien o para mal, todo hay que decirlo–, en los periódicos, que se hacían eco, por ejemplo, de que Barón Rojo había grabado una versión inglesa del Volumen Brutal y que habían triunfado en festivales británicos como Reading.

Con el tiempo, mientras que otros géneros musicales como el punk están cada día más presentes entre nosotros incluso en la colección de camisetas de H&M, el heavy ha desaparecido de los medios generalistas.

«Es extraño porque el heavy metal está en muy buen estado. Los conciertos de Iron Maiden o AC/DC son multitudinarios, cada vez parecen tener más fans por el mundo. Algunas viejas bandas han resucitado, otros siguen en muy buena forma y aparecen constantemente nuevas.

«Además, el heavy metal se ha ido infiltrando en tierras que estaban aún vírgenes en rock. Hay movida heavy hasta en Botsuana, Irán o Irak, por no hablar de la locura que supone el heavy en India o Polinesia. Pero esos medios andan a otra cosa. Incluso muchos medios especializados han decidido cagarse en el heavy. Lo que me hace más gracia de todo eso es que en nada afecta a la buena salud del heavy metal. A los millones de fans se la suda si te parece música de mierda o cultura de dragones y mazmorras».

En 1986, la precariedad era la norma. Conseguir discos, libros, revistas era una labor titánica. Los pedidos se hacían por carta. Los pagos en sellos de correos o por giro postal. El casete era el formato estrella, tanto para comprar el disco original, como para la copia pirata o la que grababa un amigo. El VHS era el equivalente al Blue-Ray y en la ropa abundaba el «hazlo tú mismo», más que por vocación, porque tampoco había oferta. Sin embargo, los astros se alineaban para que los discos llegasen, la ropa se consiguiera y la fiesta continuara.

YOROKOBU: ¿Cuál sería tu plan para un viernes o un sábado de 1986?

MIGUEL B. NÚÑEZ: Fácil. Enfundarme mis pantalones pitillos, pillar el metro de Esperanza en Canillas, donde vivía, ir hasta Diego de León, cambiar a la línea 5 y salir en El Carmen. Bajar por Alcalde López Casero hasta el Canciller, quizá ir al parque a tomar un litro antes y luego entrar a pasarlo en grande con mis amigos, bailando en la pista, esperando siempre a que pusieran tu video favorito de tu banda favorita.



Y: ¿Dónde habrías comprado la ropa?

MBN: Los imprescindibles pantalones elásticos de pitillo, pillados en tiendas del barrio. Camiseta o jersey de tu banda, comprada en Discoplay y chaqueta vaquera, en mi caso con parche de DIO. De zapatillas yo variaba entre unas Happy Luck negras, tipo las ahora Converse y antes John Smith, y otras blancas tipo “jotajaiber” pero no recuerdo si eran de esa marca o de otra.

Y: ¿Y los discos? ¿Dónde los comprabas?

MBN: La verdad es que me cuesta recordar donde compré mis discos de Warlock, W.A.S.P., Dokken o Lizzy Borden… Pero las ediciones baratas y que no se abrían de mis primeros discos de Alice Cooper las compré en el Discoplay de Los Sótanos de la Gran Vía. Aunque la memoria es algo tramposa, después de 30 años, creo recordar que solía pasarme por Discos Melocotón cuando estaba en la calle Carretas. Como no tenía mucho dinero para vinilos, no es que me pasara el día de tienda en tienda.

Y: ¿Cuál fue el disco o casete que más te costó encontrar y cuál aquel que quisiste y nunca llegaste a tener?

MBN: El que más me costó fue seguramente la edición del From the inside de Alice Cooper, con la puerta del manicomio que se abre y todos los personajes de las canciones, incluido el propio Alice, saliendo con la hoja del alta médica. El que siempre quise era la versión del School’s out, otra vez de Alice Cooper, que se abría y simulaba ser como un pupitre… y ya puestos a pedir, la edición con las bragas. Lo mío con Alice era obsesión.



Y: ¿Y todo era música? ¿Te interesaba también el cine o los tebeos?

MBN: El Zona 84 era una de mis revistas de cómics favoritas junto con Metal Hurlant o Cimoc y en Heavy 1986 se ve un tebeo de Fórum en la mesa de Suso. Esas eran mis lecturas favoritas entonces. Al cine iba mucho, a ver películas como la serie del Exterminador y cosas de Charles Bronson o Mad Max. Hay tantas movidas que contar, que es complicado meterlo todo, pero gracias por recordármelo porque así meto lo del cine si hago otro tomo.

Y: ¿Entonces habrá un Heavy 1987?

MBN: Acabo de empezar. No se si será 1987 o Verano de 1986 o qué… Aún no tengo claro nada y en mi caso podría ser un heavy-punk 1987 o incluso un Black Metal.

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Opiniones 9
  • Hola, justo acabo de leer el articulo y me parece estupendo, yo fui un heavy de 15 años en el 86 aunque ya iba al “watio Mudéjar” de valencia con 13…todo lo que se comenta en el articulo es totalmente cierto…entrar “lecheras” (furgones anti-disturbios) en el callejon y dejarnos a todos los crios con los pantalones bajados y las manos en la nuca…lo mejor para mi eran mis amigos, no internet, no moviles…sociabilidad era lo que practicabamos o dicho de otra forma “regeneracion social desde “abajo” …o tambien como bien dice el articulo “piratear cassetttes poniendo un radio cassette en frente de otro y “to er puto mundo callao hasta que se grabasen las dos caras en una cinta virgen Tdk…y si era de Chromo mucho mejor…excelente articulo….estoy deseando leer “como ser heavy en la España de 1986. Gracias y felicidades por el libro y el articulo

  • Hola. Me he sentido nostálgico con todo lo que pones en el artículo. Yo en el 86 tenía 14 años y ya llevaba tres escuchando rock y metal (jevimetal en aquellos tiempos) gracias a mis hermanos mayores.
    Joder, me identifico con casi todo lo que pones (menos con lo del metro porque aquí no hay). Comprar paquetes de cintas TDK para grabar, hacer caratulas con las fotos del discoplay,esperar el paquete de correos de Discoplay y poner los discos en el tocadisco, leer el CIMOC, el creepy, el víbora. Incluso que te parara la policia y te pidiera el carné aún en los 90 por mi aspecto.
    Ahora con 43 años tengo menos pelo y más barriga, y en la distancia veo ridículo el enfrenntamiento con otras tribus de aquel entonces (principalmente punkis) pero en aquel momento era como una seña de identidad. Ahora sigo disfrutando de este estilo de música que se acerca a su medio siglo de existencia.
    Gracias por haberme hecho pasar un buen rato.
    Saludos

  • Hola. Me he sentido nostálgico con todo lo que pones en el artículo. Yo en el 86 tenía 14 años y ya llevaba tres escuchando rock y metal (jevimetal en aquellos tiempos) gracias a mis hermanos mayores.
    Joder, me identifico con casi todo lo que pones (menos con lo del metro porque aquí no hay). Comprar paquetes de cintas TDK para grabar, hacer caratulas con las fotos del discoplay,esperar el paquete de correos de Discoplay y poner los discos en el tocadisco, leer el CIMOC, el creepy, el víbora. Incluso que te parara la policia y te pidiera el carné aún en los 90 por mi aspecto.
    Ahora con 43 años tengo menos pelo y más barriga, y en la distancia veo ridículo el enfrentamiento con otras “tribus” de aquel entonces (principalmente punkis) pero en aquel momento era como una seña de identidad. Ahora sigo disfrutando de este estilo de música que se acerca a su medio siglo de existencia.
    Gracias por haberme hecho pasar un buen rato.
    Saludos

  • Pues yo creo que el heavy de barrio auténtico es bastante anterior. Yo diría que es un fenómeno que va del 80 al 84. Después empieza la transición al hair metal. En el 86 los jevis estaban más que aceptados, hombre. Y los grupos que nombras son de segunda generación. La primera la marcaron Barón Rojo, Iron Maiden, Saxon, Judas Priest, Motörhead, Metallica…

  • Totalmente identificado con este artículo. Yo viví esa época. En el 86, tenía 19 años y recuerdo perfectamente a la policía pararnos cada dos por tres, las miradas a nuestro paso, las broncas con mis padres por las pintas.
    Y sin duda la magia de comprar discos en muchas ocasiones si haber escuchado apenas una canción. Comprábamos guiandonos en muchas ocasiones por las portadas.

    Un saludo.

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