4 de marzo 2014    /   CINE/TV
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Her y el Amor

4 de marzo 2014    /   CINE/TV     por          
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Cuando se encienden las luces de la sala, observo detenidamente a las tres parejas de valientes que me han acompañado en la sesión golfa del estreno de Her. Dos de ellas se hacen arrumacos con los ojos semicerrados. Parece que acaben de despertarse, que hayan abandonado el mundo del otro lado de la pantalla para volver a la acolchada seguridad de sus butacas. La tercera pareja está en crisis.

¡Atención! Contiene spoilers

La película que obliga al espectador a cortar con su pareja durante los títulos de cierre

Los miro con placer vouyerista, preguntándome si tendrían dudas sobre su relación antes de entrar en el cine o todas han estallado durante la película. Sería maravilloso que la respuesta correcta fuese la B. Una vez, una escritora me confesó su deseo de publicar una novela no erótica que impulsara al lector a follar como un condenado. Ella defendía que todos los males de este mundo desaparecerían si follásemos más. Su proyecto literario era ambicioso y altruista a la par. Puede que Jonze -¿premeditadamente?- haya filmado la película que obliga al espectador a cortar con su pareja durante los títulos de cierre.

Los miro con placer vouyerista, preguntándome si tendrían dudas sobre su relación antes de entrar en el cine o todas han estallado durante la película. Sería maravilloso que la respuesta correcta fuese la B. Una vez, una escritora me confesó su deseo de publicar una novela no erótica que impulsara al lector a follar como un condenado. Ella defendía que todos los males de este mundo desaparecerían si follásemos más. Su proyecto literario era ambicioso y altruista a la par. Puede que Jonze -¿premeditadamente?- haya filmado la película que obliga al espectador a cortar con su pareja durante los títulos de cierre.

Vale, no todos los espectadores. Solo aquellos susceptibles de somatizar la ruptura del protagonista. Solo aquellos, como la ya expareja que ocupaba dos asientos centrales en la fila once –ella con los brazos y el mentón apoyados sobre la butaca delantera; él estrujando el abrigo sobre el regazo con la mirada perdida, sin saber qué hacer con las manos–, sensibles a las certezas del guion. Certezas que responden a preguntas generacionales. O mejor aún: certezas que responden a inquietudes humanas, que inquietan particularmente a nuestra generación 2.0.

Una de las claves del filme, radica en una escena menor que intentaré parafrasear: «Después de ocho años, todo se acabó por culpa de una discusión ridícula. Llegué cansada de trabajar y me quité los zapatos para tumbarme en el sofá. Él me insistió en que los colocara en su sitio.Yo le dije que solo quería tumbarme y no ponerme a colocar los putos zapatos. Él me dijo que intentaba crear un hogar. Yo le dije que me iba a la cama y que ya no quería estar casada». Cuenta la vecina, confidente y amiga de Joaquín a Joaquín, mientras se abraza a un cojín. Y yo pienso en mis abuelos maternos que discutían diariamente. Porque discutir era, de alguna forma romántica, su forma de relacionarse. Discusiones en la mesa por cualquier gilipollez concerniente a la ensalada. Discusiones en el salón por el dominio del mando a distancia. Discusiones en la playa por la distribución de la sombra de la sombrilla. Cuando mi abuela estaba terminal, mi abuelo dejó de discutir con ella para calentarle los pies bajo las sábanas. Es una imagen que no podré borrar jamás de mi memoria: mi abuela entubada, adormecida, cada vez más hundida en la cama del hospital, y su marido acariciándole los pies para que no se le enfriaran. Ojalá los aneurismas se curasen como los resfriados, y mi abuelo no hubiese esperado al lecho de muerte de su mujer para darle muestras de dulzura.

«Después de ocho años, todo se acabó por culpa de una discusión ridícula».

Desde entonces, el mismo abuelo, en las comidas familiares, suelta alguna perlita que me hace intuir otra versión de su vida amorosa que yo no conocí. Hay dos confesiones que son mis favoritas: «Tu abuela y yo no nos besábamos nunca porque nos desgastamos los labios de jóvenes». Y: «Nos casamos en seguida. ¿Qué íbamos a hacer si nos conocimos y estábamos hechos el uno para el otro?». Me sorprende la sinceridad de una afirmación que echa por tierra el mito de estamos juntos porque no había nada mejor en el pueblo. Me sorprende porque, dos generaciones después, yo me veo tan incapaz de llegar a pronunciar una frase así como de aguantar durante ocho años, u ocho días, a una tía que me diga dónde tengo que colocar mis putos zapatos.

¿La evolución tecnológica va ligada a la emocional? ¿La famosa obsolescencia es trasladable a nuestra concepción del amor? Cada vez somos más impacientes, egoístas e infantiles en nuestro consumo de caricias. La ley de la oferta y la demanda rige también el mercado de los bienes afectivos. En esta espiral del capitalismo amoroso, no parece tan lejano el futuro en el que nos enamoraremos de nuestro sistema operativo. Solo él nos ofrecerá una réplica perfecta, programada, alejada de las vicisitudes humanas o el calzado.

HER

Her no cuenta la historia de amor entre un hombre y su ordenador –como mi padre dice que oyó en la radio–; Her cuenta una historia de amor. Punto. La ambientación avanzada sirve de contexto, y la moraleja, la que golpea a las parejas en los títulos de crédito finales, es de lectura actual. ¿Qué adultescente que se precie no suma una dilatada racha de desastres afectivos desde 1999? Solo hay que fijarse en cualquier buena conversación de cañas: siempre, siempre, se termina ahondando en el amor. Todos buscando algo que no tenemos o no entendemos. Todos profundamente cínicos. Todos profundamente perdidos. Las noches que estoy muy clarividente o muy borracho, suelen ir a la par, sentencio estas tertulias con una cita de un relato de Carver (del número de cervezas depende que logre sonar ingenioso o jodidamente pedante; nunca he logrado lo primero): What We Talk About When We Talk About Love. En él, Carver nos presenta a cuatro amigos cenando. Uno de ellos, cardiólogo, dice: «Hubo un tiempo en que creí que amaba a mi exmujer más que a la propia vida. Pero ahora la aborrezco. De verdad. ¿Cómo se explica eso?». Es brutal. La prosa editada de Carver, tan sencillamente compleja, consigue aproximarse más y mejor que nadie al concepto universal relativo a la afinidad entre seres, para decirnos que no tenemos ni puta idea.

Para decirnos que en el amor todos somos principiantes. Pese a que podríamos recitar de memoria el ideario político que queremos en nuestra relación. El mismo conjunto de tópicos utópicos a los que aspiran Joseph Gordon-Levitt y Zooey Deschanel, porque nuestro ideal romántico, ¡por mucho que intentemos renegar de él!, ha sido engendrado por otro guion de Hollywood. El espíritu de Noa late en nuestro inconsciente colectivo junto a condicionantes externos: si eres hijo o hija de un matrimonio roto, católico practicante, acomodaticio o vegano. Y la desilusión llega cuando no encontramos un solo modelo fuera de foco que realmente funcione.

Nuestro ideal romántico ha sido engendrado por otro guion de Hollywood

Un protocolo que está bien definido en la película de Jonze: 1. Atracción mutua. 2. Deseo. 3.Compañía. 4. Plenitud. 5. Dudas. 7. Celos. 8. Primera ruptura. 9. Miedo. 10. Ruptura final. Y sí, hay quienes no recorren todos los pasos, quienes se los saltan o quienes se los cuentan al revés; quienes se quedan en el 5 y quienes no pasan del 9; pero,¿quién vive en Plenitud? ¿Es una aspiración ficticia hacerse semejante pregunta? Para contestar, existen desde estudios de la Universidad de Sebastopol a versos tristes. Pero es lo mismo leer en voz alta a Rilke que referir cifras hormonales, y para el caso, volvemos a Carver: no tenemos ni puta idea del amor. Por eso nos pasemos la vida jugando al ensayo-error de los exámenes tipo test, sin que las respuestas sean mutuamente excluyentes.

Spike Jonze nos ha hecho un favor aniquilando el viejo ideario romántico para narrar la verdad del viaje amoroso, en el que lo menos importante es el destino (aunque todos queramos que nos calientes los pies al final del camino). Ahora que ni el cine tiene finales felices, quizá dejemos de ser infelices buscándolos para nosotros.

Cuando se encienden las luces de la sala, observo detenidamente a las tres parejas de valientes que me han acompañado en la sesión golfa del estreno de Her. Dos de ellas se hacen arrumacos con los ojos semicerrados. Parece que acaben de despertarse, que hayan abandonado el mundo del otro lado de la pantalla para volver a la acolchada seguridad de sus butacas. La tercera pareja está en crisis.

¡Atención! Contiene spoilers

La película que obliga al espectador a cortar con su pareja durante los títulos de cierre

Los miro con placer vouyerista, preguntándome si tendrían dudas sobre su relación antes de entrar en el cine o todas han estallado durante la película. Sería maravilloso que la respuesta correcta fuese la B. Una vez, una escritora me confesó su deseo de publicar una novela no erótica que impulsara al lector a follar como un condenado. Ella defendía que todos los males de este mundo desaparecerían si follásemos más. Su proyecto literario era ambicioso y altruista a la par. Puede que Jonze -¿premeditadamente?- haya filmado la película que obliga al espectador a cortar con su pareja durante los títulos de cierre.

Los miro con placer vouyerista, preguntándome si tendrían dudas sobre su relación antes de entrar en el cine o todas han estallado durante la película. Sería maravilloso que la respuesta correcta fuese la B. Una vez, una escritora me confesó su deseo de publicar una novela no erótica que impulsara al lector a follar como un condenado. Ella defendía que todos los males de este mundo desaparecerían si follásemos más. Su proyecto literario era ambicioso y altruista a la par. Puede que Jonze -¿premeditadamente?- haya filmado la película que obliga al espectador a cortar con su pareja durante los títulos de cierre.

Vale, no todos los espectadores. Solo aquellos susceptibles de somatizar la ruptura del protagonista. Solo aquellos, como la ya expareja que ocupaba dos asientos centrales en la fila once –ella con los brazos y el mentón apoyados sobre la butaca delantera; él estrujando el abrigo sobre el regazo con la mirada perdida, sin saber qué hacer con las manos–, sensibles a las certezas del guion. Certezas que responden a preguntas generacionales. O mejor aún: certezas que responden a inquietudes humanas, que inquietan particularmente a nuestra generación 2.0.

Una de las claves del filme, radica en una escena menor que intentaré parafrasear: «Después de ocho años, todo se acabó por culpa de una discusión ridícula. Llegué cansada de trabajar y me quité los zapatos para tumbarme en el sofá. Él me insistió en que los colocara en su sitio.Yo le dije que solo quería tumbarme y no ponerme a colocar los putos zapatos. Él me dijo que intentaba crear un hogar. Yo le dije que me iba a la cama y que ya no quería estar casada». Cuenta la vecina, confidente y amiga de Joaquín a Joaquín, mientras se abraza a un cojín. Y yo pienso en mis abuelos maternos que discutían diariamente. Porque discutir era, de alguna forma romántica, su forma de relacionarse. Discusiones en la mesa por cualquier gilipollez concerniente a la ensalada. Discusiones en el salón por el dominio del mando a distancia. Discusiones en la playa por la distribución de la sombra de la sombrilla. Cuando mi abuela estaba terminal, mi abuelo dejó de discutir con ella para calentarle los pies bajo las sábanas. Es una imagen que no podré borrar jamás de mi memoria: mi abuela entubada, adormecida, cada vez más hundida en la cama del hospital, y su marido acariciándole los pies para que no se le enfriaran. Ojalá los aneurismas se curasen como los resfriados, y mi abuelo no hubiese esperado al lecho de muerte de su mujer para darle muestras de dulzura.

«Después de ocho años, todo se acabó por culpa de una discusión ridícula».

Desde entonces, el mismo abuelo, en las comidas familiares, suelta alguna perlita que me hace intuir otra versión de su vida amorosa que yo no conocí. Hay dos confesiones que son mis favoritas: «Tu abuela y yo no nos besábamos nunca porque nos desgastamos los labios de jóvenes». Y: «Nos casamos en seguida. ¿Qué íbamos a hacer si nos conocimos y estábamos hechos el uno para el otro?». Me sorprende la sinceridad de una afirmación que echa por tierra el mito de estamos juntos porque no había nada mejor en el pueblo. Me sorprende porque, dos generaciones después, yo me veo tan incapaz de llegar a pronunciar una frase así como de aguantar durante ocho años, u ocho días, a una tía que me diga dónde tengo que colocar mis putos zapatos.

¿La evolución tecnológica va ligada a la emocional? ¿La famosa obsolescencia es trasladable a nuestra concepción del amor? Cada vez somos más impacientes, egoístas e infantiles en nuestro consumo de caricias. La ley de la oferta y la demanda rige también el mercado de los bienes afectivos. En esta espiral del capitalismo amoroso, no parece tan lejano el futuro en el que nos enamoraremos de nuestro sistema operativo. Solo él nos ofrecerá una réplica perfecta, programada, alejada de las vicisitudes humanas o el calzado.

HER

Her no cuenta la historia de amor entre un hombre y su ordenador –como mi padre dice que oyó en la radio–; Her cuenta una historia de amor. Punto. La ambientación avanzada sirve de contexto, y la moraleja, la que golpea a las parejas en los títulos de crédito finales, es de lectura actual. ¿Qué adultescente que se precie no suma una dilatada racha de desastres afectivos desde 1999? Solo hay que fijarse en cualquier buena conversación de cañas: siempre, siempre, se termina ahondando en el amor. Todos buscando algo que no tenemos o no entendemos. Todos profundamente cínicos. Todos profundamente perdidos. Las noches que estoy muy clarividente o muy borracho, suelen ir a la par, sentencio estas tertulias con una cita de un relato de Carver (del número de cervezas depende que logre sonar ingenioso o jodidamente pedante; nunca he logrado lo primero): What We Talk About When We Talk About Love. En él, Carver nos presenta a cuatro amigos cenando. Uno de ellos, cardiólogo, dice: «Hubo un tiempo en que creí que amaba a mi exmujer más que a la propia vida. Pero ahora la aborrezco. De verdad. ¿Cómo se explica eso?». Es brutal. La prosa editada de Carver, tan sencillamente compleja, consigue aproximarse más y mejor que nadie al concepto universal relativo a la afinidad entre seres, para decirnos que no tenemos ni puta idea.

Para decirnos que en el amor todos somos principiantes. Pese a que podríamos recitar de memoria el ideario político que queremos en nuestra relación. El mismo conjunto de tópicos utópicos a los que aspiran Joseph Gordon-Levitt y Zooey Deschanel, porque nuestro ideal romántico, ¡por mucho que intentemos renegar de él!, ha sido engendrado por otro guion de Hollywood. El espíritu de Noa late en nuestro inconsciente colectivo junto a condicionantes externos: si eres hijo o hija de un matrimonio roto, católico practicante, acomodaticio o vegano. Y la desilusión llega cuando no encontramos un solo modelo fuera de foco que realmente funcione.

Nuestro ideal romántico ha sido engendrado por otro guion de Hollywood

Un protocolo que está bien definido en la película de Jonze: 1. Atracción mutua. 2. Deseo. 3.Compañía. 4. Plenitud. 5. Dudas. 7. Celos. 8. Primera ruptura. 9. Miedo. 10. Ruptura final. Y sí, hay quienes no recorren todos los pasos, quienes se los saltan o quienes se los cuentan al revés; quienes se quedan en el 5 y quienes no pasan del 9; pero,¿quién vive en Plenitud? ¿Es una aspiración ficticia hacerse semejante pregunta? Para contestar, existen desde estudios de la Universidad de Sebastopol a versos tristes. Pero es lo mismo leer en voz alta a Rilke que referir cifras hormonales, y para el caso, volvemos a Carver: no tenemos ni puta idea del amor. Por eso nos pasemos la vida jugando al ensayo-error de los exámenes tipo test, sin que las respuestas sean mutuamente excluyentes.

Spike Jonze nos ha hecho un favor aniquilando el viejo ideario romántico para narrar la verdad del viaje amoroso, en el que lo menos importante es el destino (aunque todos queramos que nos calientes los pies al final del camino). Ahora que ni el cine tiene finales felices, quizá dejemos de ser infelices buscándolos para nosotros.

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Opiniones 91
  • Bonito? He leido la reseña y no me ha gustado nada. No es bonito, pero es real: Joe, debo haber visto otra película. Tal vez porque la he visto en versión original. O porque me quedé alucinado con la mezcla Arcade Fire, Scarlett Johansson y el grandioso Charlie Kauffman al guión. Spike Jonze lo borda. La escena final lo resume todo, al final ahí en la zotea. Y todo lo anterior bale, para mirarnos y pensar que eso es lo que nos espera. Y cuidar lo que queremos. El rollo que te metes hablando de Carver y demás, (y mira que Carver es mi escritor favorito), no se ha cuentas de que viene. ES como super adolescente lo que cuentas. Tal vez será también porq la he visto en otras coordenadas de vida. Eso de cortar y todo eso…bufff. O hemos visto dos pelis, o somos muy diferentes. Lo segundo, seguro.
    Salud

  • La peli de original nada. Es una copia de los primeros 20 mns. Del primer capítulo de la segunda temporada de una serie británica que se lla ma Black Mirror. Que por cierto es altamente recomendable.

  • La peli de original nada. Es una copia de los primeros 20 mns. Del primer capítulo de la segunda temporada de una serie británica que se lla ma Black Mirror. Que por cierto es altamente recomendable.

  • matar el amor??? El prota destila amor por cada poro de su ser,lo que ocurre que no lo enfoca donde el 99.999999999% de la gente desea.

  • matar el amor??? El prota destila amor por cada poro de su ser,lo que ocurre que no lo enfoca donde el 99.999999999% de la gente desea.

  • Pues yo no estoy de acuerdo, de hecho creo la película también habla del distanciamiento y la soledad en la era de la tecnología y de como hemos abandonado para muchas cosas lo autentico (escribir cartas por uno mismo, contar con nuestros cercanos cuando necesitamos hablar, las charlas cara a cara…) por la tecnología, de como nos hemos vuelto cada vez más idealistas y menos tolerantes con los fallos de las personas y cada vez las relaciones son menos duraderas y efimeras. Y yo en esta película encuentro una moraleja, y es que al final las que importan, son verdaderas, y cercanas son las personas, en ellas se encuentra el amor verdadero

  • Yo creo que no vi la misma película que el autor de este artículo, que para nada se asemeja a una reseña

  • Yo creo que no vi la misma película que el autor de este artículo, que para nada se asemeja a una reseña

  • Excepto que la película no es sobre amor, sino sobre aislamiento, relaciones humanas, soledad, sobre quedarse estancado en ciertas situaciones de la vida y sobre superarlas.

  • Guau, esta entrada es simplemente increíble. Gracias por escribirla. Tenía un batiburrillo de pensamientos en mi cabeza que no sabía cómo ordenar y que, de alguna forma, conseguí hacer al leer esta entrada. ¡Gracias!

  • Cuando vi Her me hice algunas preguntas muy parecidas a las tuyas y me he visto reflejada en el egoísta consumo de caricias del que hablas en el post. Mi concepción del amor y el romanticismo está tan contaminada por Hollywood que a veces me resigno al ser #Foreveralone. Será Her el antídoto que necesitámos?

    Buen post! 🙂

  • Obra maestra porque expone aquello que pocos queremos reconocer. Pertenecer emocionalmente a alguien. Entre otras muchas cosas. Y sí, oscar al mejor guión, que original o no ha sabido crear que sea eso, justamente, como dice el autor del artículo: «es una historia de amor».

  • Obra maestra porque expone aquello que pocos queremos reconocer. Pertenecer emocionalmente a alguien. Entre otras muchas cosas. Y sí, oscar al mejor guión, que original o no ha sabido crear que sea eso, justamente, como dice el autor del artículo: «es una historia de amor».

  • el artículo se centra en el desenlace de la película, y la reflexión que hace me parece buenísima

  • el artículo se centra en el desenlace de la película, y la reflexión que hace me parece buenísima

  • Sin estar muy de acuerdo con la persona que ha escrito esto, si que le reconozco una bonita reflexión, aunque yo haya tirado por otro sitio.

  • «Es una imagen que no podré borrar jamás de mi memoria: mi abuela entubada, adormecida, cada vez más hundida en la cama del hospital…Un apunte tocapelotas, en medicina es intubada. Peliculawer, por cierto ;)))

  • La vida sin amor no merece la pena ser vivida. Pero el amor está muerto, sólo es un virus que va pasando de cuerpo en cuerpo y mantiene toda esta tontería adelante.

  • Mira que me gustan mucho los artículos de Yorokobu, pero no puedo decir lo mismo de este. La película es una maravilla, profunda y extrañamente sensible, para nada creo que el director matara el amor con ella. Merece mejor reseña.

  • Pingback: Her y el Amor
  • Me encanto el artículo, hacia tiempo que no me enganchaba un texto en internet como para molestarme en leerlo hasta el final.

  • A mi el artículo me ha parecido acertado, realmente es sobre lo que hablé al salir del cine, no creo que el amor en si haya muerto, pero si que está cambiando y que no tiene nada que ver como se concebía hace 20 años, no es ni mejor ni peor, es más rápido, como todo hoy día. La película me encantó, es una historia de amor, si, pero una diferente. Aunque también vi a cinco personas saliendo de la sala, no creo que tenga un mensaje pesimista, únicamente en la parte del sentimiento es realista. Ah, y añadiría el óscar a mejor fotografía porque era increíble.

  • Yo he dejado marchar a mi OS después de ver la peli. Pero sólo en el móvil!

  • Pésimo artículo. Lo siento, pero no me ha gustado nada, es un galimatías de ideas desordenadas, palabrería. No sé que película has visto, pero creo que deberías verla de nuevo, en lugar de estar más preocupado por ver qué hacen las parejas que están en el cine.
    Reflexiona un poco sobre el fracaso del ser humano a la hora de vivir el amor con sus iguales, y como la excesiva dependencia de la tecnología puede ocupar vacíos emocionales, es un autoengaño.

    • Muy de acuerdo Pedro. Mucha palabrería tonta, no tiene ningún sentido este artículo. Hablen de la película y no de las parejas que había en el cine…

  • A mí me encantó la película y creo que esta reseña es una interpretación entre otras millares posibles. Para mí el mensaje más fuerte fue de que no podemos buscar perfección en el otro y tampoco tener las mismas expectativas que nuestra pareja siempre, eso sería un comportamiento demasiado egoísta. Tampoco podemos permitir que nos disminuyan en una relación, como en el matrimonio de Amy. La situación con los zapatos fue solo una disculpa, porque la verdad es que el esposo la trataba muy mal.

  • aaaaaaah! quería leerlo y me topé de lleno con el «¡Atención! Contiene spoilers» :/
    pero bueno, un millón de gracias por avisar! la veo este finde y después vuelvo, ya la guardé en mi pocket! 🙂

  • estoy de acuerdo, es una historia de amor y punto y Samantha algo más que un sistema operativo, ese alguien al que hay que tropezarse al menos una vez en la vida, alguien que no tenga que buscar hueco para escucharte y que cuando lo hace, trata de entenderte y no te juzga como hacemos el 99.9% de los humanos, no hay que quedarse en eso de que Spike Jonze saca a la palestra hasta qué punto las nuevas tecnologías están cambiando nuestras vidas, no señor, creo que el director ha querido ir más allá y decirnos que la posibilidad de un sistema operativo hecho a nuestra medida sí que es posible, a diferencia de la realidad más real, mirándolo así, la cosa tiene sus ventajas, aunque un abrazo y una caricia no hay pc que lo supere

  • El amor es una reacción química en nuestro cerebro, mezclada con nuestras experiencias, recuerdos y placeres, creando como resultado empatía y apego. Técnicamente, podemos llegar a sentir empatía por cualquier cosa que desate la misma cadena de eventos. Osea que el amor no muere en la película, al contrario, se expresa de una manera muy diferente.

  • Gallina de piel al leer lo de los abuelo. Por otro lado, cuando se pueden hacer tantas lecturas de una sola película es porque el guión es sublime.

  • Os escribiría una bonita crítica constructiva sobre esta basura de artículo. Sobre cómo Jonze trata al espectador como a un niño y vosotros le seguís el juego. Her no ha matado nada, solo ilustra lo que ya deberíamos saber y pocos saben. Una pena, no por la película, sino por el hombre contemporáneo.

  • Pero yo creo que esa es una gran mentira. El arte necesita reflexión y tiempo libre, por eso casi todos los artistas son burgueses y pocos proletarios. Poco se puede crear si se está ocupado en otras cosas.

  • Me gusta la gente que ve claro así que felicito a Javier Cat. En cuanto a la paja intelectualode seudo sentimental del artículo: paso. Solo recomendar a los nenes cualquier película de Bergman… pero creo que OS sobais fijo ya que no salen en sus películas maquinas videotontas ni botoncitos que hacen sonido al pulsar…

  • Algunos privilegiados poetas lo entendieron hace ya muchos años. La película lo cuenta de forma sublime y tecnológicamente factible y creíble e increíblemente bella. Brillante. Realidad a pocos tiempo vista, menos del que entendemos o percibimos, a saber:

    «El amor es eterno mientras dura»

    La duración u «obsolescencia programada» no es mas que un parámetro entre otros a definir acerca de como nos gustan y entendemos o concebimos la condición amorosa y estar feliz, que sólo se puede medir por contraste. Concepción del amor catalizada por el nivel de celos, el egoísmo, la pasión, la compañía, la amistad, la generosidad, el miedo a no morir en soledad, y la necesidad biológica dada por la evolución milenaria por selección natural de reproducirse necesariamente para procrear, adaptarse al cambio (ahora acelerado) y sobrevivir. Incluso del nivel de dopamina con que nos hemos despertado. Sobre este último punto es difícil el control sin ir mas allá del transhumanismo o del arte de la cibernética.

    Cada humano (o robot) es genéticamente (por programación) distinto y único. Además es socialmente, culturalmente, por educación y escala de valores humanos distintos en su lógica borrosa inconsciente, y sólo la experiencia vivida y recuerdos (falsos interpretados cómo ciertos, o verdaderos) nos otorgan a nuestra condición humana o robótica.

    En estos impagables y para todos los gustos comentarios acerca de la reseña tenemos una pequeñísima muestra de la condición humana variada, única, bella o mezquina. Visceral o meditada. Experimentada o soñada. O una maravillosa mezcla ecléctica de todo ello. No deja indiferente a nada ni a nadie y esto significa que el amor está tan vigente cómo cuando Adán y Eva cruzaron el paraiso.

    ¡El amor no ha muerto! ¡La reflexión no debe detener el impulso de nuestra espontaneidad si no reafirmar nuestras anteriores intuiciones o decisiones!

    La condición robótica o del SO será la que los humanos queramos o parametricemos en nuestras máquinas o herramientas, o la que la IA de nuestras herramientas detecte que nos hace mas bien y estar felices (si no sería EA, «Estupidez Artificial», y ya optimizariamos el ladrillo de IA estropeado o moriría por «Selección Natural» y por desuso).

    Buena reseña, Sr. Néstor Gándara. Cada humano sólo puede hacer la suya pues carecemos de la empatía múltiple y adaptativa a cada humano de las máquinas inteligentes y bellamente empáticas.

    Recomiendo verla en VOS.

    T.

  • Algunos privilegiados poetas lo entendieron hace ya muchos años. La película lo cuenta de forma sublime y tecnológicamente factible y creíble e increíblemente bella. Brillante. Realidad a pocos tiempo vista, menos del que entendemos o percibimos, a saber:

    «El amor es eterno mientras dura»

    La duración u «obsolescencia programada» no es mas que un parámetro entre otros a definir acerca de como nos gustan y entendemos o concebimos la condición amorosa y estar feliz, que sólo se puede medir por contraste. Concepción del amor catalizada por el nivel de celos, el egoísmo, la pasión, la compañía, la amistad, la generosidad, el miedo a no morir en soledad, y la necesidad biológica dada por la evolución milenaria por selección natural de reproducirse necesariamente para procrear, adaptarse al cambio (ahora acelerado) y sobrevivir. Incluso del nivel de dopamina con que nos hemos despertado. Sobre este último punto es difícil el control sin ir mas allá del transhumanismo o del arte de la cibernética.

    Cada humano (o robot) es genéticamente (por programación) distinto y único. Además es socialmente, culturalmente, por educación y escala de valores humanos distintos en su lógica borrosa inconsciente, y sólo la experiencia vivida y recuerdos (falsos interpretados cómo ciertos, o verdaderos) nos otorgan a nuestra condición humana o robótica.

    En estos impagables y para todos los gustos comentarios acerca de la reseña tenemos una pequeñísima muestra de la condición humana variada, única, bella o mezquina. Visceral o meditada. Experimentada o soñada. O una maravillosa mezcla ecléctica de todo ello. No deja indiferente a nada ni a nadie y esto significa que el amor está tan vigente cómo cuando Adán y Eva cruzaron el paraiso.

    ¡El amor no ha muerto! ¡La reflexión no debe detener el impulso de nuestra espontaneidad si no reafirmar nuestras anteriores intuiciones o decisiones!

    La condición robótica o del SO será la que los humanos queramos o parametricemos en nuestras máquinas o herramientas, o la que la IA de nuestras herramientas detecte que nos hace mas bien y estar felices (si no sería EA, «Estupidez Artificial», y ya optimizariamos el ladrillo de IA estropeado o moriría por «Selección Natural» y por desuso).

    Buena reseña, Sr. Néstor Gándara. Cada humano sólo puede hacer la suya pues carecemos de la empatía múltiple y adaptativa a cada humano de las máquinas inteligentes y bellamente empáticas.

    Recomiendo verla en VOS.

    T.

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