5 de abril 2018    /   CINE/TV
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‘Good Time’: la mejor película de la temporada que no pudo estrenarse en cines

5 de abril 2018    /   CINE/TV     por          
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Good Time fue encumbrada por la crítica en el Festival de Cannes y es, sin duda, uno de los films más reveladores, innovadores e inclasificables que se han realizado en los últimos tiempos. A pesar de todo ello, o tal vez por ello, no ha llegado a las salas de cine y se ha estrenado en Netflix. Los cinéfilos la adoran y la industria se ha quedado boquiabierta ante el despliegue de talento sin concesiones. ¿Quién hay detrás de este film? Dos neoyorquinos treintañeros que le han dado una vuelta de calcetín al séptimo arte.

Los dos interfectos son los hermanos Safdie, Josh y Ben para más señas, y su cine viene a ser una bocanada de aire fresco en forma de patada al esófago. Un cine que sorprende e, incluso, innova. Evidentemente, no han inventado la sopa de ajo, pero han mezclado sus ingredientes con tal habilidad que sabe diferente. Good Time es una buena muestra de ello, pero su filmografía anterior tampoco tiene desperdicio.

Josh y Ben anclan su producción en el terreno limítrofe entre la realidad y la ficción. Un lugar que hasta el momento andaba muy transitado con los documentales de autor y los falsos documentales, siempre a la greña por un «esto te lo has inventado» o un «no hace falta adscribirse a la realidad al pie de la letra».

Los Safdie se plantaron en ese territorio y escudriñaron un pedazo tierra virgen en el que recrear sus ficciones y realidades, cogiendo un poco de realismo italiano, mezclándolo con unas gotas de Casavetes y aderezándolo con free cinema británico. O quizá no hicieron nada de esto, tal vez todas esas referencias que los críticos les atribuyen pomposamente no tienen tanto peso como la potente mirada que ciernen sobre sus particulares historias.

La primera película que perpetraron conjuntamente (Josh había hecho ya sus pinitos en solitario realizando cortos) fue Daddy Longlegs, también llamada Go Get Some Rosemary (2009), que resume el verano que dos hijos pasan con su padre. Al progenitor, un atribulado y bienintencionado desastre vital, únicamente se le conceden 15 días al año para estar con sus hijos. Y cuando el espectador se sumerge en ese medio mes caótico, tierno y desestructurado, entiende por qué tiene una custodia tan restrictiva.

El film es autobiográfico: los dos niños deslumbrados por un padre que trabaja de proyeccionista en un cine son los hermanos Safdie. A través de sus recuerdos, sientan las bases que repetirán en su obra: actores no profesionales (el papel protagonista lo interpreta Ronald Bronstein, que es el guionista) y el retrato de un Manhattan raído entre cuyos jirones sobrevive una fauna de perdedores white trash. La película cuenta con cameos de Abel Ferrara y de Lee Ranaldo.

Este es el film más irónico y tierno de su obra, pero no por ello exento de crudeza y desesperación. El padre de los niños es un arquetipo que se irá repitiendo en su filmografía. Una persona equivocada que en nombre del amor a los suyos rebasa una y otra vez las fronteras de lo que los valores de la sociedad bien pensante. Los Safdie muestran los desatinos de sus antihéroes quijotescos sin un hálito de juicio ni de manida redención.

cannes

En Daddy Longlegs asistimos a escenas crispantes, como cuando el progenitor droga a los hijos para que no se asusten si se despiertan y él no está. Es la mejor manera que encuentra en su abollada forma de transitar por la vida de protegerlos y cuidarlos. Como consecuencia pasan días hasta que los niños recuperan la consciencia. En ningún momento se juzga lo ocurrido y ahí radica el mérito de los directores: son capaces de despertar empatía por personajes y acciones absolutamente ajenas al espectador.

Ver una película de los Safdie provoca deseos de taparse los ojos y de aullarle a la pantalla: «¡no, no lo hagas!». Pero de nada sirve: si algo tienen los personajes de estos films es que se dirigen a paso ligero y por el camino más corto hacia el desastre. Su andadura consiste de solucionar un problema ocasionando otro aún más lacerante.

Los compulsivos naufragios de los protagonistas son narrados con una estética muy personal. El continente de Daddy Longlegs apunta estas señas de autoría que posteriormente se desarrollarán. Las grabaciones se adscriben al «cine de guerrilla», sin permisos, sin cortar calles, sin extras y un poco «a salto de mata», para entendernos.

Se emplean teleobjetivos y suelen colarse espontáneos que le dan una perturbadora autenticidad a lo que se ficciona. Para contrastar, mezclan esos planos abiertos con otros muy cerrados consiguiendo un vibrante resultado. Los directores aseguran que su puesta en escena bebe de las aguas del fotoperiodismo de la agencia Magnum. Y consiguen una finalidad similar: mostrar una ciudad rota que en sus fisuras es profundamente humana.

La siguiente película es la más diferente de su filmografía, pues se trata de un documental clásico. Pero aún así, incluyen elecciones típicas de su cine, tanto estéticas como de contenido. Lenny Cooke (2013) narra la historia de esta promesa del básquet que se quedo en eso: en promesa. El número 1 del baloncesto High School acabó no pisando una cancha de la NBA tras varias decisiones erróneas. Los Safdie combinan con audacia el material de archivo, las entrevistas de los que lo conocieron y la intimidad familiar del jugador que es padre de tres hijos. En casi todas las entrevistas, Lenny Cooke aparece tumbado y vuelven a apostar por bellos planos cerrados.

Ambas películas fueron, en cierto modo, el calentamiento y la forma de despertar una mirada realista y nada convencional. Pero el despegue ocurre con la magnética Heaven Knows what, un proyecto que surgió de la casualidad. Josh Safdie se topó, literalmente, con Arielle Holmes, una bella joven drogadicta, mientras estaba preparando otro proyecto. El flechazo artístico fue inmediato. Arielle, animada por Josh, empezó a escribir sus memorias en locutorios y posteriormente, una vez desintoxicada, volvió a las calles de Nueva York para rodar la que es, sin caer en la frase hecha, la película de su vida.

Arielle mantuvo una relación de maltrato psicológico con otro heroinómano, Ilya, que murió al poco de estrenarse la película. Este es el único papel que se le encargó a un actor profesional (Caleb Landry Jones), el resto fue interpretado por los propios adictos sin hogar amigos de Arielle. La improvisada actriz se ha convertido en una musa indie que ha protagonizado otros films. Y otro de sus compañeros de penurias que aparece en la película, Budy Duress, también ha cambiado las calles por los platós.

El resultado es una película portentosa, grabada de nuevo al estilo «cine de guerrilla», que exhuma honestidad y desasosiego sin enfatizar en el dramatismo. Otra vez, apuestan por los poéticos planos cerrados, como cuando la protagonista, colocada, intenta enhebrar una aguja. Se explica perfectamente su estado a la vez que se ofrece una imagen casi poética.

De nuevo vemos el Nueva York más impío, menos glamouroso. Arielle y sus secuaces se desplazan nerviosos por este escenario con una única motivación: conseguir una nueva porción de relax intravenoso. Nunca sabemos qué llevó a estos chicos blancos a caer en la adicción. Esta es otra de las premisas de los Safdie: no hay que justificar a los personajes ni juzgarlos, únicamente se trata de acompañarlos en una breve travesía errática.

Todo hacía prever que el cine de los Safdie enfilaría rumbo hacia el indie más marginal y genuino, cuando Robert Pattinson, el vampiro de Crepúsculo cuya imagen tantas carpetas de adolescentes envolvió, vio el cartel y el trailer de Heaven knows what. El actor llevaba tiempo intentando que el público olvidara los desmanes comerciales de su juventud. Para huir del encasillamiento y revestirse de una patina de prestigio se había puesto a las órdenes de David Cronnenberg, Werner Herzog y Anton Corbjin. Cuando vio la promoción de la película de los Safdie, supo que había aún un escalón más hacia su consagración. Les llamó y les dijo, sin ambages, que quería trabajar con ellos.

Los hermanos neoyorquinos buscaron con ahínco la forma de trabajar con una estrella (una posibilidad que hasta el momento ni se les había pasado por la cabeza) y no perder el brío de su mirada. Y lo encontraron, con la que ha sido hasta el momento su película más laureada: Good Time.

Robert Pattinson da vida a Connie Nikas, que decide «rescatar» a su hermano (interpretado por uno de los directores, Benny Safdie), que padece problemas mentales, de una institución. Su plan es llevar a cabo un asalto y conseguir el dinero necesario para huir y poder cuidar de él. Otro personaje motivado por el amor que escoge el desvío más rocambolesco para expresarlo. Como es de esperar, el atraco acaba siendo un fiasco y la película describe en la noche en la que Connie intenta, infructuosamente, desfacer el entuerto.

Good Time se convierte en un viaje lisérgico y condenado a través de las entrañas hediondas de Nueva York. El estilo inconfundible de los Sadfie consigue, como en sus anteriores películas, que nos identifiquemos con un personaje que trastabilla una y otra vez con buenas intenciones e ideas de bombero.

Connie Nikas, al igual que todos los personajes de estos directores, se pasa el día estresado, buscando soluciones, moviéndose de un lugar a otro de la ciudad. Es en ese tipo de periplos donde se insufla ritmo a sus películas, que huyen siempre de los canónicos clímax. Porque en los films de los Safdie no pasa nada, pero pasa todo: pasa la vida que transcurre en los aledaños de la sociedad, en una marginalidad blanca muy trumpiana, en un momento presente que arrasa pasado y futuro.

Como se ha explicado al principio del texto, en el Festival de Cannes, Good Time sacudió a la crítica que supo ver el milagro: aún se podía innovar en el cine. Sin embargo, en cuanto a premios, no se comió ni un colín. Los distribuidores temieron que una película tan atípica no fuera capaz de llenar sus salas. Pero Netflix apostó por el film y lo incluyó en su plataforma. Filmin cuenta entre su oferta con Heaven Knows what.

Los hermanos Safdie son ya los embajadores del indie que no busca adecentarse en mainstream. La industria ha olido su talento y les ofreció realizar una película de superhéroes, pero los hermanos se negaron por que no tenían ni idea de cómo acometer un proyecto tan alejado de su imaginario. Ahora parece que podrían dirigir un remake de Límite 48 horas y también Uncut Gems, un proyecto auspiciado por Martin Scorsese. Sea cual sea su próximo paso, vale la pena no quitarles el ojo de encima porque su cine a cuatro manos desprende una pureza deslumbrante.

Foto de portada: Fotograma de la película Good time de los hermanos Safdie. Bago Games. Licenccia CC by 2.0.

Good Time fue encumbrada por la crítica en el Festival de Cannes y es, sin duda, uno de los films más reveladores, innovadores e inclasificables que se han realizado en los últimos tiempos. A pesar de todo ello, o tal vez por ello, no ha llegado a las salas de cine y se ha estrenado en Netflix. Los cinéfilos la adoran y la industria se ha quedado boquiabierta ante el despliegue de talento sin concesiones. ¿Quién hay detrás de este film? Dos neoyorquinos treintañeros que le han dado una vuelta de calcetín al séptimo arte.

Los dos interfectos son los hermanos Safdie, Josh y Ben para más señas, y su cine viene a ser una bocanada de aire fresco en forma de patada al esófago. Un cine que sorprende e, incluso, innova. Evidentemente, no han inventado la sopa de ajo, pero han mezclado sus ingredientes con tal habilidad que sabe diferente. Good Time es una buena muestra de ello, pero su filmografía anterior tampoco tiene desperdicio.

Josh y Ben anclan su producción en el terreno limítrofe entre la realidad y la ficción. Un lugar que hasta el momento andaba muy transitado con los documentales de autor y los falsos documentales, siempre a la greña por un «esto te lo has inventado» o un «no hace falta adscribirse a la realidad al pie de la letra».

Los Safdie se plantaron en ese territorio y escudriñaron un pedazo tierra virgen en el que recrear sus ficciones y realidades, cogiendo un poco de realismo italiano, mezclándolo con unas gotas de Casavetes y aderezándolo con free cinema británico. O quizá no hicieron nada de esto, tal vez todas esas referencias que los críticos les atribuyen pomposamente no tienen tanto peso como la potente mirada que ciernen sobre sus particulares historias.

La primera película que perpetraron conjuntamente (Josh había hecho ya sus pinitos en solitario realizando cortos) fue Daddy Longlegs, también llamada Go Get Some Rosemary (2009), que resume el verano que dos hijos pasan con su padre. Al progenitor, un atribulado y bienintencionado desastre vital, únicamente se le conceden 15 días al año para estar con sus hijos. Y cuando el espectador se sumerge en ese medio mes caótico, tierno y desestructurado, entiende por qué tiene una custodia tan restrictiva.

El film es autobiográfico: los dos niños deslumbrados por un padre que trabaja de proyeccionista en un cine son los hermanos Safdie. A través de sus recuerdos, sientan las bases que repetirán en su obra: actores no profesionales (el papel protagonista lo interpreta Ronald Bronstein, que es el guionista) y el retrato de un Manhattan raído entre cuyos jirones sobrevive una fauna de perdedores white trash. La película cuenta con cameos de Abel Ferrara y de Lee Ranaldo.

Este es el film más irónico y tierno de su obra, pero no por ello exento de crudeza y desesperación. El padre de los niños es un arquetipo que se irá repitiendo en su filmografía. Una persona equivocada que en nombre del amor a los suyos rebasa una y otra vez las fronteras de lo que los valores de la sociedad bien pensante. Los Safdie muestran los desatinos de sus antihéroes quijotescos sin un hálito de juicio ni de manida redención.

cannes

En Daddy Longlegs asistimos a escenas crispantes, como cuando el progenitor droga a los hijos para que no se asusten si se despiertan y él no está. Es la mejor manera que encuentra en su abollada forma de transitar por la vida de protegerlos y cuidarlos. Como consecuencia pasan días hasta que los niños recuperan la consciencia. En ningún momento se juzga lo ocurrido y ahí radica el mérito de los directores: son capaces de despertar empatía por personajes y acciones absolutamente ajenas al espectador.

Ver una película de los Safdie provoca deseos de taparse los ojos y de aullarle a la pantalla: «¡no, no lo hagas!». Pero de nada sirve: si algo tienen los personajes de estos films es que se dirigen a paso ligero y por el camino más corto hacia el desastre. Su andadura consiste de solucionar un problema ocasionando otro aún más lacerante.

Los compulsivos naufragios de los protagonistas son narrados con una estética muy personal. El continente de Daddy Longlegs apunta estas señas de autoría que posteriormente se desarrollarán. Las grabaciones se adscriben al «cine de guerrilla», sin permisos, sin cortar calles, sin extras y un poco «a salto de mata», para entendernos.

Se emplean teleobjetivos y suelen colarse espontáneos que le dan una perturbadora autenticidad a lo que se ficciona. Para contrastar, mezclan esos planos abiertos con otros muy cerrados consiguiendo un vibrante resultado. Los directores aseguran que su puesta en escena bebe de las aguas del fotoperiodismo de la agencia Magnum. Y consiguen una finalidad similar: mostrar una ciudad rota que en sus fisuras es profundamente humana.

La siguiente película es la más diferente de su filmografía, pues se trata de un documental clásico. Pero aún así, incluyen elecciones típicas de su cine, tanto estéticas como de contenido. Lenny Cooke (2013) narra la historia de esta promesa del básquet que se quedo en eso: en promesa. El número 1 del baloncesto High School acabó no pisando una cancha de la NBA tras varias decisiones erróneas. Los Safdie combinan con audacia el material de archivo, las entrevistas de los que lo conocieron y la intimidad familiar del jugador que es padre de tres hijos. En casi todas las entrevistas, Lenny Cooke aparece tumbado y vuelven a apostar por bellos planos cerrados.

Ambas películas fueron, en cierto modo, el calentamiento y la forma de despertar una mirada realista y nada convencional. Pero el despegue ocurre con la magnética Heaven Knows what, un proyecto que surgió de la casualidad. Josh Safdie se topó, literalmente, con Arielle Holmes, una bella joven drogadicta, mientras estaba preparando otro proyecto. El flechazo artístico fue inmediato. Arielle, animada por Josh, empezó a escribir sus memorias en locutorios y posteriormente, una vez desintoxicada, volvió a las calles de Nueva York para rodar la que es, sin caer en la frase hecha, la película de su vida.

Arielle mantuvo una relación de maltrato psicológico con otro heroinómano, Ilya, que murió al poco de estrenarse la película. Este es el único papel que se le encargó a un actor profesional (Caleb Landry Jones), el resto fue interpretado por los propios adictos sin hogar amigos de Arielle. La improvisada actriz se ha convertido en una musa indie que ha protagonizado otros films. Y otro de sus compañeros de penurias que aparece en la película, Budy Duress, también ha cambiado las calles por los platós.

El resultado es una película portentosa, grabada de nuevo al estilo «cine de guerrilla», que exhuma honestidad y desasosiego sin enfatizar en el dramatismo. Otra vez, apuestan por los poéticos planos cerrados, como cuando la protagonista, colocada, intenta enhebrar una aguja. Se explica perfectamente su estado a la vez que se ofrece una imagen casi poética.

De nuevo vemos el Nueva York más impío, menos glamouroso. Arielle y sus secuaces se desplazan nerviosos por este escenario con una única motivación: conseguir una nueva porción de relax intravenoso. Nunca sabemos qué llevó a estos chicos blancos a caer en la adicción. Esta es otra de las premisas de los Safdie: no hay que justificar a los personajes ni juzgarlos, únicamente se trata de acompañarlos en una breve travesía errática.

Todo hacía prever que el cine de los Safdie enfilaría rumbo hacia el indie más marginal y genuino, cuando Robert Pattinson, el vampiro de Crepúsculo cuya imagen tantas carpetas de adolescentes envolvió, vio el cartel y el trailer de Heaven knows what. El actor llevaba tiempo intentando que el público olvidara los desmanes comerciales de su juventud. Para huir del encasillamiento y revestirse de una patina de prestigio se había puesto a las órdenes de David Cronnenberg, Werner Herzog y Anton Corbjin. Cuando vio la promoción de la película de los Safdie, supo que había aún un escalón más hacia su consagración. Les llamó y les dijo, sin ambages, que quería trabajar con ellos.

Los hermanos neoyorquinos buscaron con ahínco la forma de trabajar con una estrella (una posibilidad que hasta el momento ni se les había pasado por la cabeza) y no perder el brío de su mirada. Y lo encontraron, con la que ha sido hasta el momento su película más laureada: Good Time.

Robert Pattinson da vida a Connie Nikas, que decide «rescatar» a su hermano (interpretado por uno de los directores, Benny Safdie), que padece problemas mentales, de una institución. Su plan es llevar a cabo un asalto y conseguir el dinero necesario para huir y poder cuidar de él. Otro personaje motivado por el amor que escoge el desvío más rocambolesco para expresarlo. Como es de esperar, el atraco acaba siendo un fiasco y la película describe en la noche en la que Connie intenta, infructuosamente, desfacer el entuerto.

Good Time se convierte en un viaje lisérgico y condenado a través de las entrañas hediondas de Nueva York. El estilo inconfundible de los Sadfie consigue, como en sus anteriores películas, que nos identifiquemos con un personaje que trastabilla una y otra vez con buenas intenciones e ideas de bombero.

Connie Nikas, al igual que todos los personajes de estos directores, se pasa el día estresado, buscando soluciones, moviéndose de un lugar a otro de la ciudad. Es en ese tipo de periplos donde se insufla ritmo a sus películas, que huyen siempre de los canónicos clímax. Porque en los films de los Safdie no pasa nada, pero pasa todo: pasa la vida que transcurre en los aledaños de la sociedad, en una marginalidad blanca muy trumpiana, en un momento presente que arrasa pasado y futuro.

Como se ha explicado al principio del texto, en el Festival de Cannes, Good Time sacudió a la crítica que supo ver el milagro: aún se podía innovar en el cine. Sin embargo, en cuanto a premios, no se comió ni un colín. Los distribuidores temieron que una película tan atípica no fuera capaz de llenar sus salas. Pero Netflix apostó por el film y lo incluyó en su plataforma. Filmin cuenta entre su oferta con Heaven Knows what.

Los hermanos Safdie son ya los embajadores del indie que no busca adecentarse en mainstream. La industria ha olido su talento y les ofreció realizar una película de superhéroes, pero los hermanos se negaron por que no tenían ni idea de cómo acometer un proyecto tan alejado de su imaginario. Ahora parece que podrían dirigir un remake de Límite 48 horas y también Uncut Gems, un proyecto auspiciado por Martin Scorsese. Sea cual sea su próximo paso, vale la pena no quitarles el ojo de encima porque su cine a cuatro manos desprende una pureza deslumbrante.

Foto de portada: Fotograma de la película Good time de los hermanos Safdie. Bago Games. Licenccia CC by 2.0.

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