14 de mayo 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Hay que decirlo más

14 de mayo 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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¿Estamos cansados de que al ciudadano se le infravalore, se le desdeñe, se le azote, se le ridiculice, se le catalogue como violento y se le criminalice? Lo que queda es, al menos, el inmaduro pataleo que supone el mayor ejercicio de alivio en libertad. La defensa en forma de rabieta y a través de la palabra. Algo que, en otros ambientes, se conoce como cagarse en la puta madre de todo.
Cuando estés leyendo este texto, habrán pasado tres años desde que los ciudadanos ocuparon la Puerta del Sol madrileña para ver nacer lo que en unos ambientes se llamó Movimiento 15-M y en otro, ‘esos sucios pelanas que no nos dejan abrir nuestros comercios con normalidad’.
Parece desde entonces que hemos sido así de comprometidos, solidarios y empáticos toda la vida. Es normal. Cuando alguien emprende ruta por el buen camino, piensa que toda la vida ha transitado por ahí. Qué maravillosa y selectiva es la mente humana.
Desde el 15 de mayo de 2011, muchos movimientos sociales que antes de ese día eran anecdóticos adquirieron relevancia y trascendencia. Nacieron otros a la luz, o más bien las sombras, de una realidad que amenaza cotidianamente al estado del bienestar. Se produjo una adscripción de un mayor número de ciudadanos y, sobre todo, hizo pensar a mucha gente que la movilización ciudadana sí servía para algo más que para ser una mejor persona.
Lo que ocurre es que, a veces, pelarse el culo en las calles no es suficiente. Conviene estar también preparado para manejar la frustración que impone el inmovilismo o la mala fe institucional. Por eso, la indignación civilizada y asamblearia también tiene, en ocasiones, derecho a volverse soez y malhablada.
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El poeta portugués Alberto Pimenta escribió en 1977 un desahogo que sigue vigente en el tiempo. Acaba de ser reeditado por los bibliófilos de Pepitas de Calabaza y su nombre es Discurso sobre el hijo-de-puta. Como puede descifrarse del título del libro, Pimenta no es un amante de las formalidades y los protocolos.
A la vigencia del discurso también ayuda una de las máximas que Pimenta explica en el libro. «El hijo-de-puta es eterno». A partir de ahí comienza el desarrollo de un irreverente y alocado manual para catalogar y distinguir a los hijos de puta que pueblan el mundo.
Pimenta explica que el hijo de puta existe y que eso es un hecho. «Se le retrata de múltiples maneras. Se le menciona, se habla de él. Por eso existe». De alguna manera, es como Dios. Se le nombra, se le venera, se le crucifica en Semana Santa, se maldice y se bendice en su nombre y su némesis tiene aterrorizada a media humanidad. Solo por eso merecería existir.
El ensayista portugués asegura que «nada sirve para caracterizar universalmente al hijo de puta. Está en todos sitios, pero no es fácil detectarlo». Con Pimenta coincide el humorista Ignatius Farray, una de las personas a las que mejor le queda la expresión ‘hijo de puta’ en la boca desde que fuera uno de los protagonistas del chanante videoclip que loaba al sonoro insulto. «La característica principal es que no sea obvio que sea un hijo de puta. Si es demasiado obvio que es un hijo de puta, ya pasa a ser gilipollas. Debe causar sorpresa, y al mismo tiempo el placer del descubrimiento, darse cuenta de que alguien es un auténtico hijo de puta». ¿Quién puede serlo? Farray lo explica en verso.

Yo una vez puse un tuit
que ponía
«Juan Echanove hijo de puta»
y el tío
en su blog de gastronomía
dijo

¡Ese cobarde que se esconde
detrás de ese avatar!
también puse lo mismo
de Leonard Cohen
pero
¿qué pasa
que Leonard Cohen no tiene
un blog de gastronomía?

 
Hay personas que hacen del ‘hijoputismo’ una profesión, como el columnista Salvador Sostres o el presidente de Ryanair, Michael O’Leary. Se hacen pasar por un hijo de puta para tener una repercusión adicional a la que ya se le supone por su vida pública. Pretenden acariciar la trascendencia que solo tiene un verdadero hijo de puta que es, al fin y al cabo, «el que maneja todo o el que vigila para que otro maneje todo», según Pimenta.
El portugués consigue que sea el lector quien le ponga traje al hijo de puta. Todos tenemos nuestro personal bestiario de hijos de puta y este libro ayuda a ponerle cara y ojos. Ignatius Farray explica que ese disfraz no es a medida. «El hijo de puta es mutante por naturaleza. Nunca se sabe bien cómo se va a manifestar», dice.
Sostiene Pimenta que los hijos de puta se conocen bien los unos a los otros. Cabe deducir de aquí, por lo tanto, que, si detectas a alguno, eres uno de ellos.
Por otro lado, el autor recurre a definiciones que, si bien se han inspirado en la larga historia del capitalismo privatizador, se ajustan como un guante al mundo en el que nos movemos. «A veces gestionan privadamente los bienes públicos. Si esto se dice públicamente, se ofenden porque consideran que se trata de una injerencia en su vida privada», señala. La fiscalización de su actividad como gestor de lo público ofende al verdadero hijo de puta, que piensa que ese coto es exclusivamente suyo.
«Ser hijo de puta significa primero intentar acumular el máximo de ventajas, servicios, privilegios para compensar el sacrificio que supone serlo». Porque, queridos, es muy ingrato ser un hijo de puta, sobre todo si el puesto que le toca en suerte es el de serlo raso, de los que baldean la mierda para que otros manejen a su antojo. Ser un buen hijo de puta va de preocuparse, de mantener el orden. «Se trata de desdeñar y desprestigiar el cambio, de no dejar hacer», explica el artista de Oporto. «Que nada se destruya, que nada se cree, que nada se transforme. Rebaja todo aquello que es nuevo, bello y agradable».
En ese orden rígido de las cosas, el hijo de puta cree que la escuela, una escuela controlada por ellos, claro, es «el mejor lugar para hacer lo que quiere hacer y no dejar hacer lo que no quiere que se haga. Acepta que le imiten, que las personas se imiten las unas a las otras». Por eso, las escuelas, o al menos las escuelas cuya gestión y desarrollo dependen del hijo de puta, son los sitios donde se encuentra más cómodos porque son fábricas de homogeneidad que dificultan la disidencia.
El hijo de puta eterno, mutable y capaz de evolucionar según las demandas del entorno tiene una ventaja muy aprovechable: todos podemos utilizarlo como válvula de alivio ante la tensión. No van a faltar candidatos para ser portadores del título. Aprovechen. Manejen la frustración a través del desahogo. Metan a su hijo de puta favorito en su traje —porque la mayor parte de ellos llevan traje y corbata— y, al menos, respiren.
A ellos, por cierto, también les llegará el alivio. Como dice el portugués Pimenta, «la muerte es para el hijo de puta el verdadero comienzo. El elogio fúnebre como punto máximo de su carrera. Un buen motivo para reconciliarse con la vida, un lugar al que nunca quiso llegar».
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Ciudadano Arezno, tocapelotas en Twitter

33.000 personas leen sus actualizaciones. El usuario de Twitter @Arezno expele salvajadas día sí y día también. A pesar de que muchos de sus tweets sobrepasan lo que las mentes bienpensantes consideran como adecuado, siguen aumentando sus seguidores de forma exponencial. Es un hecho que, aunque nos avergüence decirlo, nos encanta observar cómo el hijo de puta hace de las suyas. «Nos gusta que se hagan coñas con el daño ajeno. Es divertido salvo que se trate del tuyo propio. Ahí es donde aparece el talibán de LOS LÍMITES DEL HUMOR y la cosa se pone fea», explica
En su caso, Arezno utiliza la escasez de escrúpulos para explorar los límites del humor. «Es mi manera de entretenerme, de reírme, de enterarme de cosas. Nunca antes había prestado tanta atención a las noticias o a la política. Había probado a compartir estas cosas por Facebook, pero mi familia y conocidos empezaron a preocuparse». Esa es la razón por la que el almeriense se oculta tras la cara de Bob Esponja .
Abrió su cuenta en Twitter a finales de abril de 2010. Sin embargo, fue el  terremoto de Fukushima el que le impulsó a utilizar de verdad la red social. «Me animé a escribir algunas gilipolleces. Poco a poco le fui pillando el gusto a soltar aquello que siempre había pensado y dicho a mis amigos para acabar catalogado como un monger», explica. «Era magia, cuanto más absurdo era el tweet, más feedback recibía. Era una especie de droga gratuita. Poco a poco me iba adentrando en el humor negro, que era donde me sentía más a gusto».
No tardaron en llegar las reacciones proporcionales a la maneras que desplegaba. Asegura que ha recibido supuestas denuncias —de las que a día de hoy no sabe nada— a la Policía Nacional y la Guardia Civil, amenazas de los Legionarios de Cristo o insultos a su familia. «Mis preferidas son por parte de los Marta del Castilliebers y los defensores de Ortega Cano. Si pusiera una foto mía en el avatar, amanecería con ambas piernas partidas decorando la boca del río Andarax», dice.
Cada uno de esos exabruptos va acompañado de cataratas de follow y unfollow. ¿Sale rentable ser un hijo de puta en Twitter? «La primera señal de que lo estás haciendo bien son las avalanchas de unfollows. Es el ABC de todos y cada uno de los conocedores de LOS LÍMITES DEL HUMOR», señala Arezno.
Explica que, en ocasiones, como en el asesinato de Marta del Castillo, contó entre 1.200 y 1.500 unfollows. Sin embargo, asegura que «es lo mejor que te puede pasar. Suele tratarse de personas que te siguen por algunos tweets graciosos que únicamente buscan un bufón que les entretenga y hable sobre los temas que a ellos les interesa o divierte, rozando el MORANQUISMO».
Admite que, entre todos los hijos de puta, sus preferidos son los camuflados, los que ceden sus ideas hijas de puta para que un profesional las ejecute. «Me pasan su ocurrencias por mensaje privado en Twitter para que no los apaleen a ellos, ya que tienen que mantener las formas. ¡Como si su cuenta de Twitter fuesen ellos mismos! Eso la gente no lo termina de comprender. Lo que escribes en Twitter no tiene por qué ser lo que opinas en tu vida real, hay que separar ambos conceptos, el virtual del real».

La ilustración es de Bloger de Niro. En la edición de papel de Yorokobu correspondiente a mayo de 2014, donde se publicó este texto, atribuimos el trabajo a Manuel Marsol, el ilustrador del que De Niro es alter ego.
 
 

¿Estamos cansados de que al ciudadano se le infravalore, se le desdeñe, se le azote, se le ridiculice, se le catalogue como violento y se le criminalice? Lo que queda es, al menos, el inmaduro pataleo que supone el mayor ejercicio de alivio en libertad. La defensa en forma de rabieta y a través de la palabra. Algo que, en otros ambientes, se conoce como cagarse en la puta madre de todo.
Cuando estés leyendo este texto, habrán pasado tres años desde que los ciudadanos ocuparon la Puerta del Sol madrileña para ver nacer lo que en unos ambientes se llamó Movimiento 15-M y en otro, ‘esos sucios pelanas que no nos dejan abrir nuestros comercios con normalidad’.
Parece desde entonces que hemos sido así de comprometidos, solidarios y empáticos toda la vida. Es normal. Cuando alguien emprende ruta por el buen camino, piensa que toda la vida ha transitado por ahí. Qué maravillosa y selectiva es la mente humana.
Desde el 15 de mayo de 2011, muchos movimientos sociales que antes de ese día eran anecdóticos adquirieron relevancia y trascendencia. Nacieron otros a la luz, o más bien las sombras, de una realidad que amenaza cotidianamente al estado del bienestar. Se produjo una adscripción de un mayor número de ciudadanos y, sobre todo, hizo pensar a mucha gente que la movilización ciudadana sí servía para algo más que para ser una mejor persona.
Lo que ocurre es que, a veces, pelarse el culo en las calles no es suficiente. Conviene estar también preparado para manejar la frustración que impone el inmovilismo o la mala fe institucional. Por eso, la indignación civilizada y asamblearia también tiene, en ocasiones, derecho a volverse soez y malhablada.
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El poeta portugués Alberto Pimenta escribió en 1977 un desahogo que sigue vigente en el tiempo. Acaba de ser reeditado por los bibliófilos de Pepitas de Calabaza y su nombre es Discurso sobre el hijo-de-puta. Como puede descifrarse del título del libro, Pimenta no es un amante de las formalidades y los protocolos.
A la vigencia del discurso también ayuda una de las máximas que Pimenta explica en el libro. «El hijo-de-puta es eterno». A partir de ahí comienza el desarrollo de un irreverente y alocado manual para catalogar y distinguir a los hijos de puta que pueblan el mundo.
Pimenta explica que el hijo de puta existe y que eso es un hecho. «Se le retrata de múltiples maneras. Se le menciona, se habla de él. Por eso existe». De alguna manera, es como Dios. Se le nombra, se le venera, se le crucifica en Semana Santa, se maldice y se bendice en su nombre y su némesis tiene aterrorizada a media humanidad. Solo por eso merecería existir.
El ensayista portugués asegura que «nada sirve para caracterizar universalmente al hijo de puta. Está en todos sitios, pero no es fácil detectarlo». Con Pimenta coincide el humorista Ignatius Farray, una de las personas a las que mejor le queda la expresión ‘hijo de puta’ en la boca desde que fuera uno de los protagonistas del chanante videoclip que loaba al sonoro insulto. «La característica principal es que no sea obvio que sea un hijo de puta. Si es demasiado obvio que es un hijo de puta, ya pasa a ser gilipollas. Debe causar sorpresa, y al mismo tiempo el placer del descubrimiento, darse cuenta de que alguien es un auténtico hijo de puta». ¿Quién puede serlo? Farray lo explica en verso.

Yo una vez puse un tuit
que ponía
«Juan Echanove hijo de puta»
y el tío
en su blog de gastronomía
dijo

¡Ese cobarde que se esconde
detrás de ese avatar!
también puse lo mismo
de Leonard Cohen
pero
¿qué pasa
que Leonard Cohen no tiene
un blog de gastronomía?

 
Hay personas que hacen del ‘hijoputismo’ una profesión, como el columnista Salvador Sostres o el presidente de Ryanair, Michael O’Leary. Se hacen pasar por un hijo de puta para tener una repercusión adicional a la que ya se le supone por su vida pública. Pretenden acariciar la trascendencia que solo tiene un verdadero hijo de puta que es, al fin y al cabo, «el que maneja todo o el que vigila para que otro maneje todo», según Pimenta.
El portugués consigue que sea el lector quien le ponga traje al hijo de puta. Todos tenemos nuestro personal bestiario de hijos de puta y este libro ayuda a ponerle cara y ojos. Ignatius Farray explica que ese disfraz no es a medida. «El hijo de puta es mutante por naturaleza. Nunca se sabe bien cómo se va a manifestar», dice.
Sostiene Pimenta que los hijos de puta se conocen bien los unos a los otros. Cabe deducir de aquí, por lo tanto, que, si detectas a alguno, eres uno de ellos.
Por otro lado, el autor recurre a definiciones que, si bien se han inspirado en la larga historia del capitalismo privatizador, se ajustan como un guante al mundo en el que nos movemos. «A veces gestionan privadamente los bienes públicos. Si esto se dice públicamente, se ofenden porque consideran que se trata de una injerencia en su vida privada», señala. La fiscalización de su actividad como gestor de lo público ofende al verdadero hijo de puta, que piensa que ese coto es exclusivamente suyo.
«Ser hijo de puta significa primero intentar acumular el máximo de ventajas, servicios, privilegios para compensar el sacrificio que supone serlo». Porque, queridos, es muy ingrato ser un hijo de puta, sobre todo si el puesto que le toca en suerte es el de serlo raso, de los que baldean la mierda para que otros manejen a su antojo. Ser un buen hijo de puta va de preocuparse, de mantener el orden. «Se trata de desdeñar y desprestigiar el cambio, de no dejar hacer», explica el artista de Oporto. «Que nada se destruya, que nada se cree, que nada se transforme. Rebaja todo aquello que es nuevo, bello y agradable».
En ese orden rígido de las cosas, el hijo de puta cree que la escuela, una escuela controlada por ellos, claro, es «el mejor lugar para hacer lo que quiere hacer y no dejar hacer lo que no quiere que se haga. Acepta que le imiten, que las personas se imiten las unas a las otras». Por eso, las escuelas, o al menos las escuelas cuya gestión y desarrollo dependen del hijo de puta, son los sitios donde se encuentra más cómodos porque son fábricas de homogeneidad que dificultan la disidencia.
El hijo de puta eterno, mutable y capaz de evolucionar según las demandas del entorno tiene una ventaja muy aprovechable: todos podemos utilizarlo como válvula de alivio ante la tensión. No van a faltar candidatos para ser portadores del título. Aprovechen. Manejen la frustración a través del desahogo. Metan a su hijo de puta favorito en su traje —porque la mayor parte de ellos llevan traje y corbata— y, al menos, respiren.
A ellos, por cierto, también les llegará el alivio. Como dice el portugués Pimenta, «la muerte es para el hijo de puta el verdadero comienzo. El elogio fúnebre como punto máximo de su carrera. Un buen motivo para reconciliarse con la vida, un lugar al que nunca quiso llegar».
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Ciudadano Arezno, tocapelotas en Twitter

33.000 personas leen sus actualizaciones. El usuario de Twitter @Arezno expele salvajadas día sí y día también. A pesar de que muchos de sus tweets sobrepasan lo que las mentes bienpensantes consideran como adecuado, siguen aumentando sus seguidores de forma exponencial. Es un hecho que, aunque nos avergüence decirlo, nos encanta observar cómo el hijo de puta hace de las suyas. «Nos gusta que se hagan coñas con el daño ajeno. Es divertido salvo que se trate del tuyo propio. Ahí es donde aparece el talibán de LOS LÍMITES DEL HUMOR y la cosa se pone fea», explica
En su caso, Arezno utiliza la escasez de escrúpulos para explorar los límites del humor. «Es mi manera de entretenerme, de reírme, de enterarme de cosas. Nunca antes había prestado tanta atención a las noticias o a la política. Había probado a compartir estas cosas por Facebook, pero mi familia y conocidos empezaron a preocuparse». Esa es la razón por la que el almeriense se oculta tras la cara de Bob Esponja .
Abrió su cuenta en Twitter a finales de abril de 2010. Sin embargo, fue el  terremoto de Fukushima el que le impulsó a utilizar de verdad la red social. «Me animé a escribir algunas gilipolleces. Poco a poco le fui pillando el gusto a soltar aquello que siempre había pensado y dicho a mis amigos para acabar catalogado como un monger», explica. «Era magia, cuanto más absurdo era el tweet, más feedback recibía. Era una especie de droga gratuita. Poco a poco me iba adentrando en el humor negro, que era donde me sentía más a gusto».
No tardaron en llegar las reacciones proporcionales a la maneras que desplegaba. Asegura que ha recibido supuestas denuncias —de las que a día de hoy no sabe nada— a la Policía Nacional y la Guardia Civil, amenazas de los Legionarios de Cristo o insultos a su familia. «Mis preferidas son por parte de los Marta del Castilliebers y los defensores de Ortega Cano. Si pusiera una foto mía en el avatar, amanecería con ambas piernas partidas decorando la boca del río Andarax», dice.
Cada uno de esos exabruptos va acompañado de cataratas de follow y unfollow. ¿Sale rentable ser un hijo de puta en Twitter? «La primera señal de que lo estás haciendo bien son las avalanchas de unfollows. Es el ABC de todos y cada uno de los conocedores de LOS LÍMITES DEL HUMOR», señala Arezno.
Explica que, en ocasiones, como en el asesinato de Marta del Castillo, contó entre 1.200 y 1.500 unfollows. Sin embargo, asegura que «es lo mejor que te puede pasar. Suele tratarse de personas que te siguen por algunos tweets graciosos que únicamente buscan un bufón que les entretenga y hable sobre los temas que a ellos les interesa o divierte, rozando el MORANQUISMO».
Admite que, entre todos los hijos de puta, sus preferidos son los camuflados, los que ceden sus ideas hijas de puta para que un profesional las ejecute. «Me pasan su ocurrencias por mensaje privado en Twitter para que no los apaleen a ellos, ya que tienen que mantener las formas. ¡Como si su cuenta de Twitter fuesen ellos mismos! Eso la gente no lo termina de comprender. Lo que escribes en Twitter no tiene por qué ser lo que opinas en tu vida real, hay que separar ambos conceptos, el virtual del real».

La ilustración es de Bloger de Niro. En la edición de papel de Yorokobu correspondiente a mayo de 2014, donde se publicó este texto, atribuimos el trabajo a Manuel Marsol, el ilustrador del que De Niro es alter ego.
 
 

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