2 de junio 2016    /   CINE/TV
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Todos los hijos de puta del mundo reunidos en un libro de Querido Antonio

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El término ‘líder de opinión’ suele relacionarse con políticos, tertulianos, periodistas o celebridades. Personajes que, en muchos casos, proceden de una época anterior a la aparición de internet.

En la actualidad, el término ‘líder de opinión’ encaja mejor en la personalidad de un youtuber, un tuitero o Alberto González Vázquez aka Querido Antonio, al que se podría definir de humorista, si no fuera porque esa definición se le queda muy corta.

Cada noche, Alberto González trufa el programa El Intermedio de pequeñas piezas en las que aborda la actualidad política del país, y que posteriormente acostumbran a ser compartidas a través de redes sociales o cadenas de mail.

Una labor más silenciosa que la de aquellos que pontifican en los programas de debate, pero mucho más eficaz a la hora de activar el pensamiento crítico de la población gracias, entre otras cosas, al uso de un vehículo tan eficiente y contagioso como el humor.

En ese sentido, González Vázquez puede ser comparado con El Roto, pero menos remilgado, menos solemne y más salvaje. De hecho, González Vázquez también comparte con el humorista gráfico el talento para el dibujo, aunque él es más modesto que el colaborador de El País.

«La verdad es que no sé dibujar. Utilizo fotos como referencia y las calco con un programa muy sencillo. Es un proceso muy rudimentario –afirma Alberto González Vázquez–. Decidí dibujar porque alguien tenía que hacerlo. Cuando me enfrento a esa tarea, lo hago con un sentido práctico y procuro reducir las imágenes a lo esencial. Por eso tiene todo ese aspecto funcional y reiterativo».

A pesar de esta severa autocrítica, es preciso reconocer que Alberto González ha conseguido desarrollar un estilo propio y característico. «Me falta perspectiva para valorar si ese esquematismo puede considerarse un sello personal pero si, como dices, hay un estilo propio, obedece a esa racanería». Unos rasgos distintivos que suplen esas supuestas carencias estéticas con brillantes guiones que, al fin y al cabo, son los que soportan el peso de la historia.

«Como dibujante no dejo demasiado margen para las sorpresas, pero las historias sí que tienen mucha importancia. En realidad, toda. Es la parte más divertida del proceso y, una vez escrito el guion, tengo bastante claro el resultado final. En mi caso soy consciente de que, si el dibujo no suma, al menos que no reste y, en ese sentido, quiero pensar que esas ilustraciones neutras y planas que utilizo cumplen su función».

Para comprobar si el resultado de esa ecuación entre guion y dibujo se cumple o no, lo mejor es echarle un vistazo a Todos los hijos de puta del mundo, el nuevo libro de Alberto González Vázquez, recientemente editado por ¡Caramba!

«En realidad, el libro no pretende ser un catálogo de hijos de puta. El título hace referencia a una de las historias, aunque soy consciente de que puede hacerse esa lectura y esa ambigüedad me interesa. También se trataba de ironizar sobre la costumbre de echar la culpa de nuestros problemas a los demás. Al jefe, al árbitro o al presidente. Como diría Sartre, «los hijos de puta son los demás». Él te diría que no hay suficientes bosques para producir la cantidad de papel necesaria para incluirlos a todos en un libro».

Las historias incluidas en Todos los hijos de puta del mundo abordan, entre otros temas, las facetas menos conocidas de los políticos españoles. La pasión necrófila de José María Aznar, las dificultades de Pablo Iglesias para conciliar transparencia y amor, los delirios megalómanos de Albert Rivera, la desidia de Rajoy, las chulerías fuera de tono de Pedro Sánchez… Unas actitudes que, si bien no están respaldadas con ningún dato fehaciente, resultan muy creíbles, lo que convierte al libro de González Vázquez en algo desternillante y desconcertante a la vez.

«Es pura especulación. Todos esos defectos están en cada uno de nosotros en mayor o menor medida aunque nos empeñemos en aparentar otra cosa, a veces incluso con éxito. Pero, a diferencia de los políticos, nosotros no disponemos de equipos al servicio de nuestra imagen ni de medios para amplificar esa exaltación. Por eso, en su caso el contraste resulta más chocante. Me hace gracia confrontar esa proyección glorificada y consensuada del líder político con la mediocridad cotidiana».


Uno de los muchos aciertos del libro de González es utilizar en las historias el mismo léxico y las mismas frases hechas que utilizan los políticos de forma reiterada. Un material que, descontextualizado, suena como un idioma extraño en el que abunda la perogrullada, el discurso hueco y las reflexiones banales.

«No creo que la descontextualización contribuya a exponer nada que no sea evidente. El espejismo ha caído por su propio peso. Mientras la sociedad ha ido madurando, el discurso político se ha estancado. Las consignas huecas y perezosas han quedado obsoletas. Ha habido una sacralización del sistema que establece una serie de dogmas: la Santísima Trinidad formada por la Constitución, la Unidad Territorial y la Monarquía y el Misterio de la Prima de Riesgo. No es posible cuestionar estas verdades sin caer en la herejía. Al hereje se le llama antidemócrata y al político, servidor público, como si se tratara de un sacerdocio. El lenguaje político se ha convertido en lenguaje religioso y, en consecuencia, infantil. Pero desde la madurez se percibe esta doctrina con estupor».

Salvando las distancias, la relación que Alberto González mantiene con los políticos es similar a la que tiene con otra de las figuras mediáticas españolas: Antonio Banderas. Un personaje que, en sus manos, despliega una inusual capacidad para enhebrar chorradas una tras otra y que, si se piensa bien, recuerda algo al original.

«Es verdad que lo he utilizado como personaje con cierta frecuencia. Y no sé por qué razón, porque me parece una persona encantadora. Creo que hay algo en él que me gusta y al mismo tiempo me aterra y es su entusiasmo. Puedo imaginar pocas situaciones más divertidas que un entusiasta en un entorno hostil. Me hace gracia someter a alguien que espera lo mejor a una avalancha de calamidades, maltratar al optimista que intenta sobrevivir al desastre y a la humillación con una sonrisa. No sé si hay cierto sadismo en esto, pero si lo hay es puramente teórico».

El término ‘líder de opinión’ suele relacionarse con políticos, tertulianos, periodistas o celebridades. Personajes que, en muchos casos, proceden de una época anterior a la aparición de internet.

En la actualidad, el término ‘líder de opinión’ encaja mejor en la personalidad de un youtuber, un tuitero o Alberto González Vázquez aka Querido Antonio, al que se podría definir de humorista, si no fuera porque esa definición se le queda muy corta.

Cada noche, Alberto González trufa el programa El Intermedio de pequeñas piezas en las que aborda la actualidad política del país, y que posteriormente acostumbran a ser compartidas a través de redes sociales o cadenas de mail.

Una labor más silenciosa que la de aquellos que pontifican en los programas de debate, pero mucho más eficaz a la hora de activar el pensamiento crítico de la población gracias, entre otras cosas, al uso de un vehículo tan eficiente y contagioso como el humor.

En ese sentido, González Vázquez puede ser comparado con El Roto, pero menos remilgado, menos solemne y más salvaje. De hecho, González Vázquez también comparte con el humorista gráfico el talento para el dibujo, aunque él es más modesto que el colaborador de El País.

«La verdad es que no sé dibujar. Utilizo fotos como referencia y las calco con un programa muy sencillo. Es un proceso muy rudimentario –afirma Alberto González Vázquez–. Decidí dibujar porque alguien tenía que hacerlo. Cuando me enfrento a esa tarea, lo hago con un sentido práctico y procuro reducir las imágenes a lo esencial. Por eso tiene todo ese aspecto funcional y reiterativo».

A pesar de esta severa autocrítica, es preciso reconocer que Alberto González ha conseguido desarrollar un estilo propio y característico. «Me falta perspectiva para valorar si ese esquematismo puede considerarse un sello personal pero si, como dices, hay un estilo propio, obedece a esa racanería». Unos rasgos distintivos que suplen esas supuestas carencias estéticas con brillantes guiones que, al fin y al cabo, son los que soportan el peso de la historia.

«Como dibujante no dejo demasiado margen para las sorpresas, pero las historias sí que tienen mucha importancia. En realidad, toda. Es la parte más divertida del proceso y, una vez escrito el guion, tengo bastante claro el resultado final. En mi caso soy consciente de que, si el dibujo no suma, al menos que no reste y, en ese sentido, quiero pensar que esas ilustraciones neutras y planas que utilizo cumplen su función».

Para comprobar si el resultado de esa ecuación entre guion y dibujo se cumple o no, lo mejor es echarle un vistazo a Todos los hijos de puta del mundo, el nuevo libro de Alberto González Vázquez, recientemente editado por ¡Caramba!

«En realidad, el libro no pretende ser un catálogo de hijos de puta. El título hace referencia a una de las historias, aunque soy consciente de que puede hacerse esa lectura y esa ambigüedad me interesa. También se trataba de ironizar sobre la costumbre de echar la culpa de nuestros problemas a los demás. Al jefe, al árbitro o al presidente. Como diría Sartre, «los hijos de puta son los demás». Él te diría que no hay suficientes bosques para producir la cantidad de papel necesaria para incluirlos a todos en un libro».

Las historias incluidas en Todos los hijos de puta del mundo abordan, entre otros temas, las facetas menos conocidas de los políticos españoles. La pasión necrófila de José María Aznar, las dificultades de Pablo Iglesias para conciliar transparencia y amor, los delirios megalómanos de Albert Rivera, la desidia de Rajoy, las chulerías fuera de tono de Pedro Sánchez… Unas actitudes que, si bien no están respaldadas con ningún dato fehaciente, resultan muy creíbles, lo que convierte al libro de González Vázquez en algo desternillante y desconcertante a la vez.

«Es pura especulación. Todos esos defectos están en cada uno de nosotros en mayor o menor medida aunque nos empeñemos en aparentar otra cosa, a veces incluso con éxito. Pero, a diferencia de los políticos, nosotros no disponemos de equipos al servicio de nuestra imagen ni de medios para amplificar esa exaltación. Por eso, en su caso el contraste resulta más chocante. Me hace gracia confrontar esa proyección glorificada y consensuada del líder político con la mediocridad cotidiana».


Uno de los muchos aciertos del libro de González es utilizar en las historias el mismo léxico y las mismas frases hechas que utilizan los políticos de forma reiterada. Un material que, descontextualizado, suena como un idioma extraño en el que abunda la perogrullada, el discurso hueco y las reflexiones banales.

«No creo que la descontextualización contribuya a exponer nada que no sea evidente. El espejismo ha caído por su propio peso. Mientras la sociedad ha ido madurando, el discurso político se ha estancado. Las consignas huecas y perezosas han quedado obsoletas. Ha habido una sacralización del sistema que establece una serie de dogmas: la Santísima Trinidad formada por la Constitución, la Unidad Territorial y la Monarquía y el Misterio de la Prima de Riesgo. No es posible cuestionar estas verdades sin caer en la herejía. Al hereje se le llama antidemócrata y al político, servidor público, como si se tratara de un sacerdocio. El lenguaje político se ha convertido en lenguaje religioso y, en consecuencia, infantil. Pero desde la madurez se percibe esta doctrina con estupor».

Salvando las distancias, la relación que Alberto González mantiene con los políticos es similar a la que tiene con otra de las figuras mediáticas españolas: Antonio Banderas. Un personaje que, en sus manos, despliega una inusual capacidad para enhebrar chorradas una tras otra y que, si se piensa bien, recuerda algo al original.

«Es verdad que lo he utilizado como personaje con cierta frecuencia. Y no sé por qué razón, porque me parece una persona encantadora. Creo que hay algo en él que me gusta y al mismo tiempo me aterra y es su entusiasmo. Puedo imaginar pocas situaciones más divertidas que un entusiasta en un entorno hostil. Me hace gracia someter a alguien que espera lo mejor a una avalancha de calamidades, maltratar al optimista que intenta sobrevivir al desastre y a la humillación con una sonrisa. No sé si hay cierto sadismo en esto, pero si lo hay es puramente teórico».

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