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29 de mayo 2019    /   CIENCIA
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Hipervigilancia: cuando nos ‘inventamos’ el dolor

Entrevista al psicólogo Antonio Cano Vindel sobre cómo el estrés y la ansiedad pueden llegar a construir síntomas de enfermedad que no tienen ninguna base orgánica

29 de mayo 2019    /   CIENCIA     por          
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El dolor, físico y psicológico, puede inventarse. Puedes percibir señales de lo que identificas como un cataclismo lento en tu organismo (punzadas, ardores, ruidos, fogueos mentales), y que la única razón por la que estos síntomas existen sea que los estás buscando.

«La hipervigilancia es una característica de la ansiedad que supone una reacción emocional que nos pone en alerta ante la posibilidad de que ocurra algo que no deseamos. La atención se centra en la amenaza y se da prioridad al estímulo o a la información que tememos por encima de cualquier otra», explica Antonio Cano, director del grupo de investigación Cognición, emoción y salud de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Mirarnos el ombligo con lupa nos prolonga sin fin. Ocurre como si después de conectar una cámara a la televisión para que reproduzca lo que se está grabando, dirigimos el visor al mismo monitor. Nos hundimos en un juego de réplicas infinito; se pierde toda noción de la realidad.

«Cuando ponemos atención en una amenaza, se produce ansiedad. Cuanto más tiempo la centremos en eso, se producirá más ansiedad. Y también: cuando más nerviosos estemos, será más probable que la atención se centre en amenazas», desarrolla Cano.

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Entre un 33% y un 49% de los pacientes que aguardan su turno en las salas de espera de atención primaria, aporta el experto, «sufren de ansiedad, o bien de somatizaciones o depresión». Padecen dolores sin base orgánica, producto de una mala interpretación de sí mismos.

El temor del hipocondriaco puede nacer de una mala lectura de sensaciones fisiológicamente normales que, de tanto observarlas, al final, se sobredimensionan y se edifican con una entidad y un significado propios.

Pueden ser gases (como casi cualquier problema de la vida), o puede ser fijarse, de pronto, en cómo se relacionan dos partes del esqueleto (las costillas flotantes y la cadera, por ejemplo, al sentarte) y percibir de pronto una rareza, y empezar a encogerse y a estirarse para comprobar qué pasa, y acabar sintiendo en la zona algo ajeno, nuevo, no identificable.

También se construye por la asociación de los síntomas de la ansiedad con el peligro de enfermedad o muerte, ya sea con caída inmediata del infarto o la eternizada del cáncer: «Pero, en realidad, las sensaciones de ansiedad no suponen alteraciones de la salud», avisa Cano.

Es un drama, porque ser un paranoico no significa que no te persigan, pero sí que dejas de ser creíble. Los pacientes tendentes a la hipervigilancia y con historial de ansiedad o hipocondria tienden a ser filtrados por ese antecedente en las consultas. Si por una vez el fantasma es real (si hay un tumor, un trombo, un problema cardíaco), es probable que no se le tome (tan) en serio.

La hipervigilancia puede aplicarse también a las relaciones personales. «Un paciente con fobia social presta toda su atención a pensar, por ejemplo, si lo van a sacar a hablar frente a un grupo de personas. Su amenaza es su propia conducta. Cree que es inapropiada y diferente a la de los demás, aunque los demás la ven como la de todo el mundo», perfila Cano.

Hay también un miedo al miedo que te hace hipervigilar cómo hipervigilas. «Estas personas temen sufrir un ataque de pánico. No saben que ellas mismas ayudan a que lleguen esos ataques de pánico y, sin querer, hacen todo lo posible por tenerlos».

EL DOLOR ‘INVENTADO’ PUEDE SER CASI INVENCIBLE

Que un dolor se invente no quiere decir que sea falso o voluntario. Las historias son muy poderosas, y un dolor de estas características es como un prejuicio grabado a fuego e instituido en verdad oficial. Cuando hay un prejuicio, no importan las pruebas a la contra, incluso pueden retorcerse y servir de alimento. Así son estos dolores, algo así como la posverdad del cuerpo.

Algunos tienen un origen físico. El doctor de la UCM pone el ejemplo de las posibles consecuencias de una larga temporada de estrés en el trabajo: «Imagina que tienes una característica individual tuya y que consiste en que tensas mucho los músculos frontales cuando estás preocupado, eso produce un dolor de cabeza que tiende a hacerse crónico en tu trabajo».

El sufridor puede asumir que el trabajo le da dolor de cabeza. Así, dispondrá de herramientas y razones para atajarlo; podrá, también, relajarse durante el fin de semana o en vacaciones y aliviar el padecimiento.

Si la molestia, en cambio, se independiza, si el currante empieza a preocuparse por que exista un origen neurológico, el estrés que le hace tensar los músculos aumentará. Lo hará incluso cuando la causa real (el estrés laboral) haya desaparecido.

Puede llegar un punto en que el dolor adquiera tal autonomía e identidad propia que la eliminación del detonante original (el trabajo) no suponga una liberación sino una condena. Como recoge la doctora en psicología Marta Redondo en un artículo en Rasgo latente, muchos autores argumentan que la evitación puede convertir un dolor inventado en crónico.

Expliquemos. Ese dolor de cabeza te coloniza la atención, te impide concentrarte, te consume; te inhabilita. Entonces dejas el trabajo, pero eso no te alivia porque el hecho de haberte apartado es una evidencia de lo preocupante del dolor. Despertarte en casa y no ir a currar te lo recuerda cada día. El estrés se eterniza, y tú eres una persona que crispa los músculos cuando se estresa. Resultado: te conviertes en un lacayo de tu dolor y le entregas todo tu tiempo.

«La hipervigilancia, la interpretación catastrofista de los síntomas detectados y la evitación de actividades», recoge Redondo, «a partir de la combinación de esas tres variables se explican tanto el mantenimiento y aumento del dolor como de la discapacidad».

Todo el cuerpo es susceptible de sentir este tipo de somatizaciones. No aparecen solo en formato de dolor, también trastocan las funciones fisiológicas: «¿Quién no ha tenido malestar intestinal o diarrea en exámenes o ante un evento inminente y amenazante? Pues hay personas que pueden hacer crónica esta reacción y empezar a tenerlas siempre, aunque nunca se encuentre una respuesta orgánica al problema», señala el experto de la UCM.

Sin embargo, la ansiedad y la hipervigilancia, al ser producto del enquistamiento de una creencia errada, pueden resolverse tratando de desanudar la venda del sesgo cognitivo de los ojos del paciente. La dificultad de la cura es variable. Pero Cano conoce casos extraordinarios.

Son los del miedo al miedo. Algunas de estas personas que sufrían ataques de pánico a diario, a veces, solo necesitan una sesión para dejar de padecerlos.

Son individuos que, sin embargo, sin un tratamiento, podrían acabar desarrollando agorafobia. Caen en la misma trampa que en el caso del dolor de cabeza: empiezan a rehuir situaciones en las que han sufrido ataques, como si el contexto fuera la causa. «Hay personas que acaban por no poder ir a trabajar si no las acompaña alguien, y eso, al final, es una discapacidad», lamenta Cano.

Ese extremo puede evitarse. En el fondo, y simplificando, la hipervigilancia empieza por un problema de conducción: «Es como si no te explican dónde está el freno y dónde el acelerador. Vas al revés y te comes el volante».

El dolor, físico y psicológico, puede inventarse. Puedes percibir señales de lo que identificas como un cataclismo lento en tu organismo (punzadas, ardores, ruidos, fogueos mentales), y que la única razón por la que estos síntomas existen sea que los estás buscando.

«La hipervigilancia es una característica de la ansiedad que supone una reacción emocional que nos pone en alerta ante la posibilidad de que ocurra algo que no deseamos. La atención se centra en la amenaza y se da prioridad al estímulo o a la información que tememos por encima de cualquier otra», explica Antonio Cano, director del grupo de investigación Cognición, emoción y salud de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Mirarnos el ombligo con lupa nos prolonga sin fin. Ocurre como si después de conectar una cámara a la televisión para que reproduzca lo que se está grabando, dirigimos el visor al mismo monitor. Nos hundimos en un juego de réplicas infinito; se pierde toda noción de la realidad.

«Cuando ponemos atención en una amenaza, se produce ansiedad. Cuanto más tiempo la centremos en eso, se producirá más ansiedad. Y también: cuando más nerviosos estemos, será más probable que la atención se centre en amenazas», desarrolla Cano.

Entre un 33% y un 49% de los pacientes que aguardan su turno en las salas de espera de atención primaria, aporta el experto, «sufren de ansiedad, o bien de somatizaciones o depresión». Padecen dolores sin base orgánica, producto de una mala interpretación de sí mismos.

El temor del hipocondriaco puede nacer de una mala lectura de sensaciones fisiológicamente normales que, de tanto observarlas, al final, se sobredimensionan y se edifican con una entidad y un significado propios.

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Pueden ser gases (como casi cualquier problema de la vida), o puede ser fijarse, de pronto, en cómo se relacionan dos partes del esqueleto (las costillas flotantes y la cadera, por ejemplo, al sentarte) y percibir de pronto una rareza, y empezar a encogerse y a estirarse para comprobar qué pasa, y acabar sintiendo en la zona algo ajeno, nuevo, no identificable.

También se construye por la asociación de los síntomas de la ansiedad con el peligro de enfermedad o muerte, ya sea con caída inmediata del infarto o la eternizada del cáncer: «Pero, en realidad, las sensaciones de ansiedad no suponen alteraciones de la salud», avisa Cano.

Es un drama, porque ser un paranoico no significa que no te persigan, pero sí que dejas de ser creíble. Los pacientes tendentes a la hipervigilancia y con historial de ansiedad o hipocondria tienden a ser filtrados por ese antecedente en las consultas. Si por una vez el fantasma es real (si hay un tumor, un trombo, un problema cardíaco), es probable que no se le tome (tan) en serio.

La hipervigilancia puede aplicarse también a las relaciones personales. «Un paciente con fobia social presta toda su atención a pensar, por ejemplo, si lo van a sacar a hablar frente a un grupo de personas. Su amenaza es su propia conducta. Cree que es inapropiada y diferente a la de los demás, aunque los demás la ven como la de todo el mundo», perfila Cano.

Hay también un miedo al miedo que te hace hipervigilar cómo hipervigilas. «Estas personas temen sufrir un ataque de pánico. No saben que ellas mismas ayudan a que lleguen esos ataques de pánico y, sin querer, hacen todo lo posible por tenerlos».

EL DOLOR ‘INVENTADO’ PUEDE SER CASI INVENCIBLE

Que un dolor se invente no quiere decir que sea falso o voluntario. Las historias son muy poderosas, y un dolor de estas características es como un prejuicio grabado a fuego e instituido en verdad oficial. Cuando hay un prejuicio, no importan las pruebas a la contra, incluso pueden retorcerse y servir de alimento. Así son estos dolores, algo así como la posverdad del cuerpo.

Algunos tienen un origen físico. El doctor de la UCM pone el ejemplo de las posibles consecuencias de una larga temporada de estrés en el trabajo: «Imagina que tienes una característica individual tuya y que consiste en que tensas mucho los músculos frontales cuando estás preocupado, eso produce un dolor de cabeza que tiende a hacerse crónico en tu trabajo».

El sufridor puede asumir que el trabajo le da dolor de cabeza. Así, dispondrá de herramientas y razones para atajarlo; podrá, también, relajarse durante el fin de semana o en vacaciones y aliviar el padecimiento.

Si la molestia, en cambio, se independiza, si el currante empieza a preocuparse por que exista un origen neurológico, el estrés que le hace tensar los músculos aumentará. Lo hará incluso cuando la causa real (el estrés laboral) haya desaparecido.

Puede llegar un punto en que el dolor adquiera tal autonomía e identidad propia que la eliminación del detonante original (el trabajo) no suponga una liberación sino una condena. Como recoge la doctora en psicología Marta Redondo en un artículo en Rasgo latente, muchos autores argumentan que la evitación puede convertir un dolor inventado en crónico.

Expliquemos. Ese dolor de cabeza te coloniza la atención, te impide concentrarte, te consume; te inhabilita. Entonces dejas el trabajo, pero eso no te alivia porque el hecho de haberte apartado es una evidencia de lo preocupante del dolor. Despertarte en casa y no ir a currar te lo recuerda cada día. El estrés se eterniza, y tú eres una persona que crispa los músculos cuando se estresa. Resultado: te conviertes en un lacayo de tu dolor y le entregas todo tu tiempo.

«La hipervigilancia, la interpretación catastrofista de los síntomas detectados y la evitación de actividades», recoge Redondo, «a partir de la combinación de esas tres variables se explican tanto el mantenimiento y aumento del dolor como de la discapacidad».

Todo el cuerpo es susceptible de sentir este tipo de somatizaciones. No aparecen solo en formato de dolor, también trastocan las funciones fisiológicas: «¿Quién no ha tenido malestar intestinal o diarrea en exámenes o ante un evento inminente y amenazante? Pues hay personas que pueden hacer crónica esta reacción y empezar a tenerlas siempre, aunque nunca se encuentre una respuesta orgánica al problema», señala el experto de la UCM.

Sin embargo, la ansiedad y la hipervigilancia, al ser producto del enquistamiento de una creencia errada, pueden resolverse tratando de desanudar la venda del sesgo cognitivo de los ojos del paciente. La dificultad de la cura es variable. Pero Cano conoce casos extraordinarios.

Son los del miedo al miedo. Algunas de estas personas que sufrían ataques de pánico a diario, a veces, solo necesitan una sesión para dejar de padecerlos.

Son individuos que, sin embargo, sin un tratamiento, podrían acabar desarrollando agorafobia. Caen en la misma trampa que en el caso del dolor de cabeza: empiezan a rehuir situaciones en las que han sufrido ataques, como si el contexto fuera la causa. «Hay personas que acaban por no poder ir a trabajar si no las acompaña alguien, y eso, al final, es una discapacidad», lamenta Cano.

Ese extremo puede evitarse. En el fondo, y simplificando, la hipervigilancia empieza por un problema de conducción: «Es como si no te explican dónde está el freno y dónde el acelerador. Vas al revés y te comes el volante».

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