28 de abril 2020    /   CIENCIA
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¿El problema es la COVID-19 o somos nosotros?

28 de abril 2020    /   CIENCIA     por          
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La Hipótesis Gaia, desarrollada por el químico James Lovelock en 1969 y popularizada por la bióloga Lynn Margulis diez años más tarde, tuvo, desde el principio, más detractores que defensores.

Una de las razones pudo ser su propio nombre. En la mitología griega, Gaia era la diosa que representaba a la madre tierra (los romanos la llamaron Tellus Mater por el mismo motivo). Gracias a ella y a su capacidad para procrear sin conocer varón, surgieron los mares, las montañas, los árboles y todo cuanto le da soporte y vida a nuestro planeta.

Gaia es un nombre muy apropiado para hacer que la hipótesis de Lovelock fuera memorable. Pero quizás no tanto para sustentar su presumible rigor. La mitología y la ciencia siempre se han llevado mal (Freud no lo tuvo fácil con Edipo y Electra) y Gaia, además, arrastraba la mala imagen creada hace siglos por las nuevas religiones patriarcales, que decidieron quitársela de encima.

La hipótesis Gaia plantea que la Tierra es un todo que se autorregula. Podría decirse, fabulando un poco, que toda ella es un único ser vivo. Y como tal, toma decisiones para su supervivencia. Decisiones que tienen que ver con los mares, la vegetación y los seres vivos.

Los primeros que se le echaron encima a Lovelock fueron los darwinianos, pues su hipótesis, sin decirlo, ponía en cuestión la teoría de la adaptación al medio y la supremacía del más fuerte como motor de la evolución.

Porque, si la hipótesis Gaia fuera cierta, eso significaría que lo que importa para sobrevivir como especie no es ser el más fuerte, sino el más necesario.

La pregunta delicada entonces es la que nos atañe a nosotros: ¿somos necesarios para la supervivencia del planeta o, por el contrario, somos un problema?

Resulta obvio que en algunos aspectos resultamos muy dañinos. La contaminación, la presión sobre la biodiversidad, el consumo desmedido… En términos generales podemos asegurar que contribuimos poco y destrozamos mucho.

Eso nos convierte en una rémora para Gaia, pero también para nuestra propia supervivencia. Y eso sin contar con otro asunto que solemos relacionar menos con nuestras crecientes dificultades para salir adelante: la inmensa desigualdad social a nivel planetario.

Un ejemplo claro y, por desgracia muy actual, es el de las enfermedades infecciosas emergentes (EID, en sus siglas inglesas). En un artículo publicado en el 2008, Kate E. Jones y otros seis autores más, escribían lo siguiente:

«Nuestros resultados confirman que los orígenes de EID están significativamente correlacionados con los aspectos socioeconómicos, factores ambientales y ecológicos, y proporcionan una base para identificar regiones donde es más probable que se originen nuevos EID […]. Llegamos a la conclusión de que los recursos mundiales para contrarrestar la aparición de enfermedades están mal asignados, con la mayoría de los esfuerzos científicos y de vigilancia centrados en los países donde es menos probable que se produzca el próximo EID importante».

La otra cuestión a tener en cuenta es, seguramente, la más difícil de resolver y tiene que ver con la superpoblación de nuestra especie. Los científicos hablan de la «capacidad de carga» para definir el tamaño máximo de población que puede soportar un determinado medio ambiente.

En general, las especies tienden a autolimitarse de forma natural cuando alcanzan su nivel máximo de sustentación. Pero ese no es nuestro caso. Hemos alcanzado ya los 7.000 millones de habitantes y seguimos aumentando la población pese a ser la especie más abundante entre los grandes animales. Esa es la razón por la que David Quammen, el autor de Contagio, ha declaro recientemente de forma tajante: «En algún momento habrá una corrección».

¿Es la COVID-19 el comienzo de esa corrección? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que entre 1940 y 2004 han aparecido a nivel global 335 nuevas enfermedades infecciosas. Sin embargo, cuando surge una como la actual, nos sigue sorprendiendo. Sencillamente, porque, a diferencia de muchas de las anteriores, ahora nos ha llegado también a nosotros. A los países desarrollados que llevamos siglos viviendo en una inocencia interesada.

Hesiodo nos habló de Gaia, la madre tierra, hace 2.700 años. Pero sus sucesores, lejos de adorarla, crearon a Hércules, quien luchó con su hijo Anteo. Durante la contienda, Hércules descubre que Anteo es invencible, pues cada vez que cae a tierra contacta con Gaia y recupera sus fuerzas. Por eso Hércules lo lanza al aire para allí, desprovisto del apoyo de su madre, poder estrangularlo.

Se nos olvida de dónde venimos. Por eso, cada vez que nuestra arrogancia se ve golpeada por una nueva hecatombe, se nos olvida también quiénes somos y a dónde deberíamos ir.

La Hipótesis Gaia, desarrollada por el químico James Lovelock en 1969 y popularizada por la bióloga Lynn Margulis diez años más tarde, tuvo, desde el principio, más detractores que defensores.

Una de las razones pudo ser su propio nombre. En la mitología griega, Gaia era la diosa que representaba a la madre tierra (los romanos la llamaron Tellus Mater por el mismo motivo). Gracias a ella y a su capacidad para procrear sin conocer varón, surgieron los mares, las montañas, los árboles y todo cuanto le da soporte y vida a nuestro planeta.

Gaia es un nombre muy apropiado para hacer que la hipótesis de Lovelock fuera memorable. Pero quizás no tanto para sustentar su presumible rigor. La mitología y la ciencia siempre se han llevado mal (Freud no lo tuvo fácil con Edipo y Electra) y Gaia, además, arrastraba la mala imagen creada hace siglos por las nuevas religiones patriarcales, que decidieron quitársela de encima.

La hipótesis Gaia plantea que la Tierra es un todo que se autorregula. Podría decirse, fabulando un poco, que toda ella es un único ser vivo. Y como tal, toma decisiones para su supervivencia. Decisiones que tienen que ver con los mares, la vegetación y los seres vivos.

Los primeros que se le echaron encima a Lovelock fueron los darwinianos, pues su hipótesis, sin decirlo, ponía en cuestión la teoría de la adaptación al medio y la supremacía del más fuerte como motor de la evolución.

Porque, si la hipótesis Gaia fuera cierta, eso significaría que lo que importa para sobrevivir como especie no es ser el más fuerte, sino el más necesario.

La pregunta delicada entonces es la que nos atañe a nosotros: ¿somos necesarios para la supervivencia del planeta o, por el contrario, somos un problema?

Resulta obvio que en algunos aspectos resultamos muy dañinos. La contaminación, la presión sobre la biodiversidad, el consumo desmedido… En términos generales podemos asegurar que contribuimos poco y destrozamos mucho.

Eso nos convierte en una rémora para Gaia, pero también para nuestra propia supervivencia. Y eso sin contar con otro asunto que solemos relacionar menos con nuestras crecientes dificultades para salir adelante: la inmensa desigualdad social a nivel planetario.

Un ejemplo claro y, por desgracia muy actual, es el de las enfermedades infecciosas emergentes (EID, en sus siglas inglesas). En un artículo publicado en el 2008, Kate E. Jones y otros seis autores más, escribían lo siguiente:

«Nuestros resultados confirman que los orígenes de EID están significativamente correlacionados con los aspectos socioeconómicos, factores ambientales y ecológicos, y proporcionan una base para identificar regiones donde es más probable que se originen nuevos EID […]. Llegamos a la conclusión de que los recursos mundiales para contrarrestar la aparición de enfermedades están mal asignados, con la mayoría de los esfuerzos científicos y de vigilancia centrados en los países donde es menos probable que se produzca el próximo EID importante».

La otra cuestión a tener en cuenta es, seguramente, la más difícil de resolver y tiene que ver con la superpoblación de nuestra especie. Los científicos hablan de la «capacidad de carga» para definir el tamaño máximo de población que puede soportar un determinado medio ambiente.

En general, las especies tienden a autolimitarse de forma natural cuando alcanzan su nivel máximo de sustentación. Pero ese no es nuestro caso. Hemos alcanzado ya los 7.000 millones de habitantes y seguimos aumentando la población pese a ser la especie más abundante entre los grandes animales. Esa es la razón por la que David Quammen, el autor de Contagio, ha declaro recientemente de forma tajante: «En algún momento habrá una corrección».

¿Es la COVID-19 el comienzo de esa corrección? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que entre 1940 y 2004 han aparecido a nivel global 335 nuevas enfermedades infecciosas. Sin embargo, cuando surge una como la actual, nos sigue sorprendiendo. Sencillamente, porque, a diferencia de muchas de las anteriores, ahora nos ha llegado también a nosotros. A los países desarrollados que llevamos siglos viviendo en una inocencia interesada.

Hesiodo nos habló de Gaia, la madre tierra, hace 2.700 años. Pero sus sucesores, lejos de adorarla, crearon a Hércules, quien luchó con su hijo Anteo. Durante la contienda, Hércules descubre que Anteo es invencible, pues cada vez que cae a tierra contacta con Gaia y recupera sus fuerzas. Por eso Hércules lo lanza al aire para allí, desprovisto del apoyo de su madre, poder estrangularlo.

Se nos olvida de dónde venimos. Por eso, cada vez que nuestra arrogancia se ve golpeada por una nueva hecatombe, se nos olvida también quiénes somos y a dónde deberíamos ir.

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