31 de julio 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Historia del insulto: «Mis cojones 33»

31 de julio 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Hay insultos que se pierden en los laberintos del tiempo y de la desmemoria. Otros que pasan de moda y se olvidan rápidamente. Incluso hay exabruptos chinos que la gente se tatúa en el culo porque piensan que significan otra cosa. Pero hay una categoría de ellos que, una vez expresados, dejan en el receptor una sensación de desasosiego y de incomprensión difícil de superar.
Mis cojones 33, leído «mis cojones treintaytres», pertenece a esta cuarta tercera (4ª) categoría. Para poder explicarlo hay tres teorías diferentes que enunciaremos a continuación, sin contar que 33 es la edad de aquel tipo al que crucificaron hace más de 2000 años y que luego robaron su cadáver (inventando la cantinela de la resurrección) los inventores de la pizza, la Vespa Primavera, el Mascarpone y la escudería Ferrari.
1) La primera de las teorías tiene que ver con el carácter masónico del improperio, ya que es mundialmente conocida la pasión por la numerología de los hermanos masones, dicen –aunque sea secreto, se dice que los secretos son para contarlos– que el gran maestro William Cooke, en una reunión masónicoclandestina realizada en Salamanca en el año 1933, ante la llegada tardía del aprendiz Hipólito Yrigoyen a su bautismo iniciático, arroja sobre el novato una puteada que resuena hasta hoy en los zaguanes masones. «Maestro, necesito ir al baño de inmediato, que me he zampado cocido y se me atraganta la butifarra por el recto». A lo que el maestro respondió «¿Butifarra? ¿Del Vallés? ¡Mis cojones 33!». Desde ese momento, masones de todo el mundo mundial acostumbran a comer cocido los jueves y cagarlo pacientemente en modo litúrgico antes de las ceremonias de iniciación, normalmente los sábados de 11 a 13, si el tiempo lo permite.
2) La segunda historia tiene que ver con una gesta memorable en la lucha por la independencia del Uruguay, año 1833. Atención: a bordo de una balsa se dirige con vocación revolucionaria un destacamento de cien personas por el Río de la Plata (sí, ese puto río color del león que es el más ancho y corto del mundo), mientras caen hombres y sacerdotes (que son frailes dados al quilombo) pegando bandazos a diestra y siniestra. Luego de horas en las que la embarcación se mueve como una coctelera y va despidiendo humanos como una túrmix enloquecida, el gran prócer Artigas (antepasado directo de Pepe Mujica), al ver su batallón diezmado a treinta y tres, brama al cielo el clásico e incontestable grito, «mis cojones, tenemos que hacer la Revolución y con este tiempo de mierda, ya solo somos treinta y tres». De este estertor se desprende la posterior versión reducida, sin la palabra solo y sin acentuar.
3) La tercera historia es menos épica, pero no por ello menos gráfica. Dicen los viejos re-viejos que una mañana, Nelson Almeida, originario de Sao Paulo, aburrido en el autobús que lo lleva de Avenida Paulista a su trabajo, dibuja en una libreta sus cojones como si fuesen un corazón invertido. Entusiasmado con su obra, duplica en su oficina la imagen en una fotocopiadora Xerox X-300BR, de alto contraste y grosor, y al guardar sus copias en un maletín de cuero marrón símil cuero, con el tóner aún fresco por un desperfecto en el fusor de la anteriormente citada fotocopiadora, la imagen se duplica mágicamente. Se muestran entonces dos números tres (33) semejantes a dos culos invertidos a noventa grados superpuestos y similares a la ilustración que domina esta página, que es un homenaje a mis dos cojones, ahora dos culos que son dos treinta y tres de tres pares de cojones.
Usos dialectales y emocionales:
a) Despectivo: transcribimos una conversación en la campiña de Surrey en el verano de 1867.
–Señor O’Brady, ¡qué bello día hoy en Surrey!
–Amigo Wilkinson, ¡son temperaturas que alegran el alma!
–He oído que este es buen momento para darse a la caza de oca.
–Pero ¡si en Surrey no hay ocas, ni las ocas se cazan a la manera de un zorro!
–¡Mis cojones treinta y tres, O’Brady! ¡Me vas a decir a mí si se puede cazar la oca en Surrey o montar a la casquivana de tu mujer en todos los montes del condado de Kent!
b) Amigable: transcribimos otra conversación en la campiña de Surrey en el verano de 1867.
–Señor O’Brady, ¡qué bello día hoy en Surrey!
–Amigo Wilkinson, ¡son temperaturas que alegran el alma!
–He oído que este es buen momento para darse a la caza de oca.
–Pero ¡si en Surrey no hay ocas, ni las ocas se cazan a la manera de un zorro!
–¡Mis cojones treinta y tres, O’Brady! ¡Casi te la cuelo! Por cierto, tu mujer y yo…
c) Sorpresivo: transcribimos una tercera conversación en la campiña de Surrey en el verano de 1867.
–Señor O’Brady, ¡qué bello día hoy en Surrey!
–Amigo Wilkinson, ¡son temperaturas que alegran el alma!
–He oído que este es buen momento para darse a la caza de oca.
–Pero ¡si en Surrey no hay ocas, ni las ocas se cazan a la manera de un zorro!
–¡Mis cojones treinta y tres, O’Brady! ¡Que me aspen! ¡Estaba convencido de que era así! Ah, siento, amigo O’Brady, decirte que me acabo de dar cuenta de que Mary Keefe es tu mujer y…
cojones
Artículo escrito a dos manos por Edu Galán y Fernando Rapa.

Hay insultos que se pierden en los laberintos del tiempo y de la desmemoria. Otros que pasan de moda y se olvidan rápidamente. Incluso hay exabruptos chinos que la gente se tatúa en el culo porque piensan que significan otra cosa. Pero hay una categoría de ellos que, una vez expresados, dejan en el receptor una sensación de desasosiego y de incomprensión difícil de superar.
Mis cojones 33, leído «mis cojones treintaytres», pertenece a esta cuarta tercera (4ª) categoría. Para poder explicarlo hay tres teorías diferentes que enunciaremos a continuación, sin contar que 33 es la edad de aquel tipo al que crucificaron hace más de 2000 años y que luego robaron su cadáver (inventando la cantinela de la resurrección) los inventores de la pizza, la Vespa Primavera, el Mascarpone y la escudería Ferrari.
1) La primera de las teorías tiene que ver con el carácter masónico del improperio, ya que es mundialmente conocida la pasión por la numerología de los hermanos masones, dicen –aunque sea secreto, se dice que los secretos son para contarlos– que el gran maestro William Cooke, en una reunión masónicoclandestina realizada en Salamanca en el año 1933, ante la llegada tardía del aprendiz Hipólito Yrigoyen a su bautismo iniciático, arroja sobre el novato una puteada que resuena hasta hoy en los zaguanes masones. «Maestro, necesito ir al baño de inmediato, que me he zampado cocido y se me atraganta la butifarra por el recto». A lo que el maestro respondió «¿Butifarra? ¿Del Vallés? ¡Mis cojones 33!». Desde ese momento, masones de todo el mundo mundial acostumbran a comer cocido los jueves y cagarlo pacientemente en modo litúrgico antes de las ceremonias de iniciación, normalmente los sábados de 11 a 13, si el tiempo lo permite.
2) La segunda historia tiene que ver con una gesta memorable en la lucha por la independencia del Uruguay, año 1833. Atención: a bordo de una balsa se dirige con vocación revolucionaria un destacamento de cien personas por el Río de la Plata (sí, ese puto río color del león que es el más ancho y corto del mundo), mientras caen hombres y sacerdotes (que son frailes dados al quilombo) pegando bandazos a diestra y siniestra. Luego de horas en las que la embarcación se mueve como una coctelera y va despidiendo humanos como una túrmix enloquecida, el gran prócer Artigas (antepasado directo de Pepe Mujica), al ver su batallón diezmado a treinta y tres, brama al cielo el clásico e incontestable grito, «mis cojones, tenemos que hacer la Revolución y con este tiempo de mierda, ya solo somos treinta y tres». De este estertor se desprende la posterior versión reducida, sin la palabra solo y sin acentuar.
3) La tercera historia es menos épica, pero no por ello menos gráfica. Dicen los viejos re-viejos que una mañana, Nelson Almeida, originario de Sao Paulo, aburrido en el autobús que lo lleva de Avenida Paulista a su trabajo, dibuja en una libreta sus cojones como si fuesen un corazón invertido. Entusiasmado con su obra, duplica en su oficina la imagen en una fotocopiadora Xerox X-300BR, de alto contraste y grosor, y al guardar sus copias en un maletín de cuero marrón símil cuero, con el tóner aún fresco por un desperfecto en el fusor de la anteriormente citada fotocopiadora, la imagen se duplica mágicamente. Se muestran entonces dos números tres (33) semejantes a dos culos invertidos a noventa grados superpuestos y similares a la ilustración que domina esta página, que es un homenaje a mis dos cojones, ahora dos culos que son dos treinta y tres de tres pares de cojones.
Usos dialectales y emocionales:
a) Despectivo: transcribimos una conversación en la campiña de Surrey en el verano de 1867.
–Señor O’Brady, ¡qué bello día hoy en Surrey!
–Amigo Wilkinson, ¡son temperaturas que alegran el alma!
–He oído que este es buen momento para darse a la caza de oca.
–Pero ¡si en Surrey no hay ocas, ni las ocas se cazan a la manera de un zorro!
–¡Mis cojones treinta y tres, O’Brady! ¡Me vas a decir a mí si se puede cazar la oca en Surrey o montar a la casquivana de tu mujer en todos los montes del condado de Kent!
b) Amigable: transcribimos otra conversación en la campiña de Surrey en el verano de 1867.
–Señor O’Brady, ¡qué bello día hoy en Surrey!
–Amigo Wilkinson, ¡son temperaturas que alegran el alma!
–He oído que este es buen momento para darse a la caza de oca.
–Pero ¡si en Surrey no hay ocas, ni las ocas se cazan a la manera de un zorro!
–¡Mis cojones treinta y tres, O’Brady! ¡Casi te la cuelo! Por cierto, tu mujer y yo…
c) Sorpresivo: transcribimos una tercera conversación en la campiña de Surrey en el verano de 1867.
–Señor O’Brady, ¡qué bello día hoy en Surrey!
–Amigo Wilkinson, ¡son temperaturas que alegran el alma!
–He oído que este es buen momento para darse a la caza de oca.
–Pero ¡si en Surrey no hay ocas, ni las ocas se cazan a la manera de un zorro!
–¡Mis cojones treinta y tres, O’Brady! ¡Que me aspen! ¡Estaba convencido de que era así! Ah, siento, amigo O’Brady, decirte que me acabo de dar cuenta de que Mary Keefe es tu mujer y…
cojones
Artículo escrito a dos manos por Edu Galán y Fernando Rapa.

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Opiniones 2
  • Yo había oído otra cosa …
    Cuando Hitler se presentaba como candidato en las elecciones de 1933, le dijo a su lugarteniente que iba a ganar gracias al voto judío, ya que en el programa llevaba la solución a su problema
    Entonces este le dijo que eso no podía ser, porque no había suficientes judíos en alemania para obtener la mayoria, pero que no había prisa, que si no era en el 33, sería en el 37.
    A lo que Hitler respondió enfadado:
    «Mis cojones!, 33, o incendio el Reichstag»
    (finalmente hizo ambas cosas, ganó e incendió el Reichtag)

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