20 de febrero 2018    /   CREATIVIDAD
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La historia de la silla en 121 diseños

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La historiadora del arte Anatxu Zabalbeascoa repasa en Chairs. Historia de la silla la evolución de este objeto cotidiano, desde un modelo egipcio de 2.300 años antes de Cristo hasta una pieza de Andreu World de 2016. Entremedias, un trono, butacas Ming, sillas Imperio, la mecedora Shaker, diseños del matrimonio Eames o la silla Hill House de Mackintosh.

En total, más de 100 ejemplos recopilados en un libro en el que esta periodista especializada en arquitectura aborda desde los aspectos estéticos de la silla hasta su significado simbólico o su contexto histórico. Un trabajo que deja claro que una silla es mucho más que cuatro patas y un respaldo.

La rueda es uno de los grandes logros de la humanidad. Nadie sabe el autor de semejante genialidad, pero lo más probable es que la inventase sentado.

Según explica Jorge Wagensberg en el prólogo de Chairs, «sentarse permite mantener la verticalidad en una posición física de descanso». Además, lo hace relajando «el máximo número de músculos compatible con una capacidad razonable para usar el cerebro y las manos a favor de una enorme diversidad de subvenciones útiles para vivir».

A continuación, el científico nombra muchas acciones distintas. Desde comer, beber y excretar, a conducir, montar en bicicleta, trabajar, jugar a las cartas, asistir al teatro e incluso ser atendido, por ejemplo, por un dentista.

Una vez que el ser humano descubrió que estar sentado resultaba tan saludable y versátil, era cuestión de tiempo que comenzase a aplicar su talento y habilidades para diseñar lugares en los que sentarse. Objetos algo más elaborados y ornamentados que la típica piedra, el tocón o el suelo y que pudieran ser incorporados facilmente al entorno doméstico.

En palabras de Anatxu Zabalbeascoa, «la silla es el objeto más diseñado de la era moderna. Y, sin embargo, es también el objeto que más se sigue diseñando». La evolución de la silla es, en cierta manera, la evolución de la humanidad. Además de recoger los gustos y el espíritu de la época en la que surgen, de la atenta observación de una silla es posible saber muchas cosas de la sociedad en la que se diseñó.

Un sillón Savonarola del siglo XV fabricado artesanalmente en, por ejemplo, Acapú, indica que Europa ya había establecido vías comerciales con América. La silla Calvet de Gaudí, tallada en roble, demuestra que la industrialización aún no estaba de todo desarrollada cuando trabajaba el arquitecto catalán. El Modelo 14 de Michel Thonet, sin embargo, es la primera silla fabricada en serie, una decisión que, en plena revolución industrial, provocó no pocas protestas de los trabajadores porque perdían el contacto con el producto final. Por último, si la silla es de plástico no será de los 70, década marcada por la crisis del petróleo, sino de los 60, una época en la que el plástico era tan ecológico como sano era fumar.

La evolución de la silla también está sujeta al zeitgeist de la época en la que surgen. En los años cuarenta del siglo XX, el diseño militar descubrió que hay una estrecha relación entre el cuerpo humano y la máquina. Esta conclusión permitió que se comenzaran a enunciar las teorías ergonómicas para que la adecuación entre una y otro fuera óptima. A partir de entonces, los diseñadores se esforzaron en crear la silla perfecta.

Poco después, muchas de esas sillas cayeron en el olvido por un sencillo razonamiento al que esos mismos diseñadores, de no haber estado tanto tiempo diseñando sillas perfectas, habrían llegado: si cada individuo es diferente en lo que se refiere a peso, altura y otros aspectos anatómicos, es imposible que una misma silla valga para todos ellos.

Tampoco corrieron mejor suerte aquellos que, a finales del siglo XX, se inspiraron por movimientos como el ecologismo. Sus diseños, con retales de tela o restos de maderas, no pasaron de ser experimentos bienintencionados difíciles de conciliar con los reducidos espacios de las casas de la época y con las necesidades o sueldos de sus moradores.


Definitivamente, cuando cambia la sociedad, cambian sus sillas. Los palacetes de la nobleza y la burguesía tenían múltiples estancias, cada una de las cuales necesitaba una silla diseñada expresamente para ese espacio. En la actualidad, las sillas domésticas son sencillamente sillas, sin apellidos como «de comedor», «de cocina», «de salón», «de despacho»… Como mucho, el consumidor medio distingue en su hogar entre «sillas» y «sillas de jardín». Cuando eso sucede, mejor que estas últimas sean ligeras, baratas y apilables porque, quien dice jardín, dice terraza.

Finalmente, y después de siglos diseñando y produciendo sillas, en la actualidad las compañías fabricantes han apostado por lo funcional y permanente. Piezas bien diseñadas, duraderas y asequibles. En definitiva, clásicos en el sentido que del término hace el diseñador Miguel Mía: «aquello que acompaña y no molesta».


De esta forma, sillas como la Ed Archer de Philip Stark, la Consumer’s Rest de Schreiner, la Rover de Ron Arad, la First de De Lucchi o el Banco Marshmallow de George Nelson quedan como ejemplos de grandes trabajos a los que, al igual que la silla egipcia, se les ha pasado el momento. Como explica Anatxu Zabalbeascoa, hoy en día solo «cuando de verdad dan con una innovación las compañías presentan novedades en las ferias internacionales».

Después de siglos construyendo sillas sin quedar del todo convencida, parece que la humanidad ha encontrado finalmente aquello que mejor satisface sus necesidades que, por cierto, son muchas y complejas, pues abarcan desde la estética, hasta los materiales, el precio, la disponibilidad de espacio o el peso. Igual que la silla no son cuatro patas y un respaldo, las necesidades humanas en lo que a ellas se refiere no se limitan únicamente a descansar las posaderas.




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En total, más de 100 ejemplos recopilados en un libro en el que esta periodista especializada en arquitectura aborda desde los aspectos estéticos de la silla hasta su significado simbólico o su contexto histórico. Un trabajo que deja claro que una silla es mucho más que cuatro patas y un respaldo.

La rueda es uno de los grandes logros de la humanidad. Nadie sabe el autor de semejante genialidad, pero lo más probable es que la inventase sentado.

Según explica Jorge Wagensberg en el prólogo de Chairs, «sentarse permite mantener la verticalidad en una posición física de descanso». Además, lo hace relajando «el máximo número de músculos compatible con una capacidad razonable para usar el cerebro y las manos a favor de una enorme diversidad de subvenciones útiles para vivir».

A continuación, el científico nombra muchas acciones distintas. Desde comer, beber y excretar, a conducir, montar en bicicleta, trabajar, jugar a las cartas, asistir al teatro e incluso ser atendido, por ejemplo, por un dentista.

Una vez que el ser humano descubrió que estar sentado resultaba tan saludable y versátil, era cuestión de tiempo que comenzase a aplicar su talento y habilidades para diseñar lugares en los que sentarse. Objetos algo más elaborados y ornamentados que la típica piedra, el tocón o el suelo y que pudieran ser incorporados facilmente al entorno doméstico.

En palabras de Anatxu Zabalbeascoa, «la silla es el objeto más diseñado de la era moderna. Y, sin embargo, es también el objeto que más se sigue diseñando». La evolución de la silla es, en cierta manera, la evolución de la humanidad. Además de recoger los gustos y el espíritu de la época en la que surgen, de la atenta observación de una silla es posible saber muchas cosas de la sociedad en la que se diseñó.

Un sillón Savonarola del siglo XV fabricado artesanalmente en, por ejemplo, Acapú, indica que Europa ya había establecido vías comerciales con América. La silla Calvet de Gaudí, tallada en roble, demuestra que la industrialización aún no estaba de todo desarrollada cuando trabajaba el arquitecto catalán. El Modelo 14 de Michel Thonet, sin embargo, es la primera silla fabricada en serie, una decisión que, en plena revolución industrial, provocó no pocas protestas de los trabajadores porque perdían el contacto con el producto final. Por último, si la silla es de plástico no será de los 70, década marcada por la crisis del petróleo, sino de los 60, una época en la que el plástico era tan ecológico como sano era fumar.

La evolución de la silla también está sujeta al zeitgeist de la época en la que surgen. En los años cuarenta del siglo XX, el diseño militar descubrió que hay una estrecha relación entre el cuerpo humano y la máquina. Esta conclusión permitió que se comenzaran a enunciar las teorías ergonómicas para que la adecuación entre una y otro fuera óptima. A partir de entonces, los diseñadores se esforzaron en crear la silla perfecta.

Poco después, muchas de esas sillas cayeron en el olvido por un sencillo razonamiento al que esos mismos diseñadores, de no haber estado tanto tiempo diseñando sillas perfectas, habrían llegado: si cada individuo es diferente en lo que se refiere a peso, altura y otros aspectos anatómicos, es imposible que una misma silla valga para todos ellos.

Tampoco corrieron mejor suerte aquellos que, a finales del siglo XX, se inspiraron por movimientos como el ecologismo. Sus diseños, con retales de tela o restos de maderas, no pasaron de ser experimentos bienintencionados difíciles de conciliar con los reducidos espacios de las casas de la época y con las necesidades o sueldos de sus moradores.


Definitivamente, cuando cambia la sociedad, cambian sus sillas. Los palacetes de la nobleza y la burguesía tenían múltiples estancias, cada una de las cuales necesitaba una silla diseñada expresamente para ese espacio. En la actualidad, las sillas domésticas son sencillamente sillas, sin apellidos como «de comedor», «de cocina», «de salón», «de despacho»… Como mucho, el consumidor medio distingue en su hogar entre «sillas» y «sillas de jardín». Cuando eso sucede, mejor que estas últimas sean ligeras, baratas y apilables porque, quien dice jardín, dice terraza.

Finalmente, y después de siglos diseñando y produciendo sillas, en la actualidad las compañías fabricantes han apostado por lo funcional y permanente. Piezas bien diseñadas, duraderas y asequibles. En definitiva, clásicos en el sentido que del término hace el diseñador Miguel Mía: «aquello que acompaña y no molesta».


De esta forma, sillas como la Ed Archer de Philip Stark, la Consumer’s Rest de Schreiner, la Rover de Ron Arad, la First de De Lucchi o el Banco Marshmallow de George Nelson quedan como ejemplos de grandes trabajos a los que, al igual que la silla egipcia, se les ha pasado el momento. Como explica Anatxu Zabalbeascoa, hoy en día solo «cuando de verdad dan con una innovación las compañías presentan novedades en las ferias internacionales».

Después de siglos construyendo sillas sin quedar del todo convencida, parece que la humanidad ha encontrado finalmente aquello que mejor satisface sus necesidades que, por cierto, son muchas y complejas, pues abarcan desde la estética, hasta los materiales, el precio, la disponibilidad de espacio o el peso. Igual que la silla no son cuatro patas y un respaldo, las necesidades humanas en lo que a ellas se refiere no se limitan únicamente a descansar las posaderas.




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Opiniones 1
  • Estudié diseño industrial en la Ibero a finales del los 70´s, y como muchos hemos diseñado una silla que efectivamente se adapta a la cultura y los materiales que teníamos a la mano. Gracias por hacer esta recopilación. Un saludo afectuoso.

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