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11 de noviembre 2015    /   IDEAS
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El matrimonio que vive hoy en la época victoriana

11 de noviembre 2015    /   IDEAS     por          
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El día que Sarah cumplió 29 cumpleaños, su novio, Gabriel Chrisman, le regaló un corsé. Ella lo miró horrorizada. Amaba la época victoriana, pero detestaba esos corpiños porque había oído que eran incómodos, no dejaban respirar e incluso rompían costillas a las mujeres que los usaban. Gabriel insistió y Sarah acabó probándoselo. Unos días después, las costillas de la estadounidense permanecían intactas y los pulmones seguían funcionando con normalidad.
Eso ocurrió en 2009. En 2010, después de un año usando corsé, Sarah decidió hacerse vestidos, camisas y faldas como las que llevaban las mujeres en el Estados Unidos de 1880. «Siempre me había intrigado ese periodo y me encantaba su belleza, pero había escuchado muchos estereotipos negativos de esa época y nunca me planteé cuestionarlos», indica. «Al descubrir que, a diferencia de lo que decían, el corsé no era un objeto represor, sino una prenda que empodera, me pregunté qué más relatos de ese tiempo serían falsos».
Las migrañas se hicieron más leves desde que comenzó a llevar corsé. Su cintura se ha reducido de tamaño y su espalda está más erguida desde que lo usa a diario. «Me puso más en contacto con mi propio cuerpo y me hizo ver lo que necesitaba: cuánto debía comer, lo bien que sentaba a mi espalda permanecer en posición erguida», explica. «Lo primero que nos enseñó esta ropa fue la importancia de la postura. La psicología de las personas no ha cambiado en los últimos 130 años, pero hemos modificado la forma en la que usamos nuestro cuerpo y esto ha tenido un gran impacto en la postura. Actividades como conducir vehículos o ver televisión han provocado que los individuos se desplomen y echen sus hombros hacia delante. En el siglo XIX, les enseñaban a permanecer derechos y echar los hombros hacia atrás, desde que eran niños».
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Aquel descubrimiento avivó aún más su curiosidad por aquella época. Sarah y Gabriel eran historiadores. Hasta entonces habían leído todo lo que caía en sus manos sobre la era de la revolución industrial, pero a partir de ese momento decidieron que el mejor método para investigar ese periodo sería viviendo como lo hicieron los anglosajones de 1880 y 1890. «Antes de conocernos, Gabriel y yo apreciabamos el valor de mirar el mundo desde los ojos de otras eras. Por eso no ha sido difícil emprender este proyecto. De hecho, para mi marido, es algo habitual. De pequeño, no fue a un colegio convencional. Estudió mediante el método de escuela en casa y eso hizo que nunca viese la barrera que parece existir hoy entre la vida diaria y el sistema educativo».
El mundo victoriano fue surgiendo poco a poco alrededor de la pareja. «No es algo que ocurra de repente. Eso solo pasa en los cuentos de hadas y las películas de Hollywood. Nosotros tuvimos que esforzarnos mucho por alcanzar nuestro sueño», relata. Reconstruir el pasado implica muchos regalos de cumpleaños, muchas búsquedas en anticuarios y muchas indagaciones en archivos.
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[L]a pareja compró una casa en Port Townsend, una pequeña ciudad donde todavía quedan varios edificios de ese tiempo y que, desde 1976, forma parte del Registro nacional de lugares históricos de EEUU. En este puerto victoriano del estado de Washington encontraron una vivienda que seguía tal y como la edificó Henry Lake en 1888. Aquel tipo se dedicaba a construir casas. Las habitaba el tiempo justo para obtener la licencia de habitabilidad y así se libraba de los impuestos que debía pagar si hubiera declarado que estaban destinadas a la venta. Al poco, volvía a levantar una nueva vivienda y repetía el proceso. Era una década de esplendor económico y entonces, como siempre, muchos se dedicaban a especular.
La ropa victoriana que ella misma se cosía a mano enseñó mucho a Sarah. La historiadora descubrió mediante el tacto y el roce de las telas cómo se sentían aquellas mujeres hace algo más de un siglo. «Me acostumbré tanto a la presencia y los movimientos de mi falda que empecé a sentir que me informaba de la proximidad de los objetos a mi alrededor y esas brisas de aire apenas perceptibles que se producen cuando una persona o un animal pasa a tu lado», detalla. «Nunca tuve que analizar estas señales y muy pronto dejé de pensar en ellas. En poco tiempo se habían convertido en un sentido periférico. Gabriel decía que yo, al vestir ropa victoriana, había hecho florecer mi verdadera identidad».
El historiador dejó sus gafas del siglo XXI y las cambió por unas lentes verdes fabricadas en 1850, unos anteojos de montura dorada y unas gafas de pinza para leer. «Cada vez que se nos rompía un objeto actual, lo reemplazábamos por el que se usaba en la época victoriana», comenta Sarah. «Después de ver todo lo que la vestimenta nos había enseñado, nos dimos cuenta de todo lo que podíamos aprender del resto de artículos de la vida cotidiana».
El estudio de la historia desde las sensaciones aportaba datos que la investigación académica no llega siquiera a insinuar. En su viaje al pasado tecnológico no había sitio para teléfonos móviles ni televisión. Tampoco para electrodomésticos de hoy. Al entrar en su casa nueva, en Port Townsend, encontraron un frigorífico eléctrico en la cocina. Lo vendieron y, en su lugar, desde entonces, utilizan una heladera con placas de hielo.
Todas las mañanas, cuando se levantan, dan cuerda a su reloj mecánico. Sarah hizo el colchón en el que duermen. Cosió la tela y la rellenó de plumas. En invierno, cuando hace frío, introducen bolsas de agua entre las sábanas para obtener calor. En las habitaciones usan estufas de gas y queroseno, como hacían los habitantes de esa casa cien años atrás.
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Tampoco usan bombillas eléctricas. Los inventos de Nikola Tesla que expandieron la electricidad por el mundo a principios del XX les parecen endriagos de un futuro distópico. Tan solo cuando hay visita en casa, y como rigurosa excepción, utilizan las primeras bombillas que patentaron Tesla y Edison. «Nos quedamos muy sorprendidos cuando vimos que las lámparas de gasolina antiguas daban mucha más luz que las reproducciones actuales», revela. «Estas tecnologías nos mantienen más en contacto con la naturaleza. Nos hacen ser más conscientes de las diferentes estaciones, de los días largos de verano y los cortos de invierno. También prestamos más atención a nuestros alimentos en función del momento del año. Nos encanta utilizar tecnologías que podemos entender y podemos reparar, como las lámparas de gasolina o las bicicletas. Esto nos produce la sensación de tener más control de nuestras vidas. En cambio, muchos aparatos modernos son cajas mágicas. Aprietas un botón y ocurre algo sin que tengas la más mínima idea de cómo funciona».
Hornean su pan. El cepillo del pelo tiene más de 130 años y el jabón del baño es de una compañía que nació en 1839. En la bañera, se echan agua caliente con una vasija. Sarah limpia la alfombra con una escoba mojada en agua y sal. Friega los cristales con vinagre y lava la ropa con Ivory Soap, un jabón que la compañía Procter and Gamble empezó a vender en 1879.
La historiadora no tiene carné de conducir. Para desplazarse, usa una réplica de un triciclo de rueda alta construido en 1880. Gabriel fabrica, repara y vende bicicletas. Ese es su oficio, además de historiador. Ella, para ganarse la vida, escribe libros y juntos hacen presentaciones de la época en la que viven a pesar de que el resto de personas a su alrededor actúen como si fuese 2015. Hace dos años publicó Victorian Secrets: What a Corset Taught Me about the Past, the Present, and Myself (Secretos victorianos: Lo que el corsé me enseñó sobre el pasado, el presente y sobre mí) y este año ha presentado This Victorian Life: Modern Adventures in Nineteenth-Century Culture, Cooking, Fashion, and Technology (Esta vida victoriana: Aventuras modernas en la cultura del siglo XIX, cocina, moda y tecnología). «Ninguno de los dos ganamos mucho dinero. Tenemos que vigilar bien los gastos. Pero queremos mostrar que todas las personas podemos hacer realidad nuestros sueños si nos esforzamos por conseguirlos y tomamos las decisiones correctas».
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[E]ste viaje al pasado está lleno de libros de final del XIX. Los dos investigadores decidieron adentrarse en los tiempos victorianos desde las voces de su gente. Buscan libros, publicaciones y periódicos en anticuarios, bibliotecas, archivos universitarios y sociedades históricas. Desconfían de lo que cuentan los libros académicos y divulgativos de esa etapa. Dicen que ocurre lo mismo que en el juego del teléfono escacharrado. La realidad, al pasar por tantas bocas, acaba convertida en una caricatura despreciable. «Encontramos muchos libros y artículos digitalizados en AbeBooks.com y en la herramienta de búsqueda avanzada de Google Books».
–¿Internet? ¿Utilizáis internet? –pregunto en una entrevista por correo electrónico.
–Tenemos una web educativa para animar a otras personas a aprender más sobre la historia. Intenté dar folletos impresos porque es un método más victoriano, pero lo único que conseguí es que me gritaran. A la gente moderna no le gusta leer cuadernillos. Prefieren internet. Así que opté por utilizarlo para difundir nuestro proyecto de enseñanza. Además, ningún editor moderno aceptaría jamás un manuscrito. Aunque escribo mi diario en papel y con una pluma antigua, tengo que pasarlos a ordenador y enviarlos a mis editores a través de la Red. Es un diablo necesario.
Esa es la única sombra que pesa sobre la vida victoriana de esta pareja. «Lo más duro es soportar las reacciones de muchas personas. Vivimos en un mundo que no tolera lo distinto», constata. «Los únicos que te aceptan y tratan de entenderte son tus amigos de verdad. Los más receptivos suelen ser los familiares y los extranjeros».
Aunque podría ser que la diferencia entre un victoriano y un individuo de hoy tenga más que ver con las apariencias que con sus intereses e inquietudes. «Las décadas de 1880 y 1890 fueron de un dinamismo increíble y muchos de los asuntos que surgieron entonces siguen siendo estando en nuestro día a día. Por ejemplo, en esos años nació el teléfono. La preocupación de la población era cómo utilizarlo de un modo sensato y seguir manteniendo su privacidad. Los medios de transporte evolucionaron muy deprisa. La bicicleta se puso de moda a final de la década de los 70. En las revistas, publicaban extensos debates sobre cuáles eran los mejores métodos de iluminación y calefacción en las casas, en función de criterios económicos, sociales y medioambientales».
Lo que sí aleja una era de otra, según Sarah A. Chrisman, es «el tremendo optimismo de aquel tiempo frente al cinismo que impera en la actualidad». La mujer que cada día se pone un corsé que eleva su pecho y la sitúa en la postura de la valentía asegura: «Nos encantaría poder traer parte de esta ilusión y hacer ver a todo el mundo que cada persona tiene el control de sus decisiones y sus actitudes en la vida».
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historiadores victorianos
 

El día que Sarah cumplió 29 cumpleaños, su novio, Gabriel Chrisman, le regaló un corsé. Ella lo miró horrorizada. Amaba la época victoriana, pero detestaba esos corpiños porque había oído que eran incómodos, no dejaban respirar e incluso rompían costillas a las mujeres que los usaban. Gabriel insistió y Sarah acabó probándoselo. Unos días después, las costillas de la estadounidense permanecían intactas y los pulmones seguían funcionando con normalidad.
Eso ocurrió en 2009. En 2010, después de un año usando corsé, Sarah decidió hacerse vestidos, camisas y faldas como las que llevaban las mujeres en el Estados Unidos de 1880. «Siempre me había intrigado ese periodo y me encantaba su belleza, pero había escuchado muchos estereotipos negativos de esa época y nunca me planteé cuestionarlos», indica. «Al descubrir que, a diferencia de lo que decían, el corsé no era un objeto represor, sino una prenda que empodera, me pregunté qué más relatos de ese tiempo serían falsos».
Las migrañas se hicieron más leves desde que comenzó a llevar corsé. Su cintura se ha reducido de tamaño y su espalda está más erguida desde que lo usa a diario. «Me puso más en contacto con mi propio cuerpo y me hizo ver lo que necesitaba: cuánto debía comer, lo bien que sentaba a mi espalda permanecer en posición erguida», explica. «Lo primero que nos enseñó esta ropa fue la importancia de la postura. La psicología de las personas no ha cambiado en los últimos 130 años, pero hemos modificado la forma en la que usamos nuestro cuerpo y esto ha tenido un gran impacto en la postura. Actividades como conducir vehículos o ver televisión han provocado que los individuos se desplomen y echen sus hombros hacia delante. En el siglo XIX, les enseñaban a permanecer derechos y echar los hombros hacia atrás, desde que eran niños».
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Aquel descubrimiento avivó aún más su curiosidad por aquella época. Sarah y Gabriel eran historiadores. Hasta entonces habían leído todo lo que caía en sus manos sobre la era de la revolución industrial, pero a partir de ese momento decidieron que el mejor método para investigar ese periodo sería viviendo como lo hicieron los anglosajones de 1880 y 1890. «Antes de conocernos, Gabriel y yo apreciabamos el valor de mirar el mundo desde los ojos de otras eras. Por eso no ha sido difícil emprender este proyecto. De hecho, para mi marido, es algo habitual. De pequeño, no fue a un colegio convencional. Estudió mediante el método de escuela en casa y eso hizo que nunca viese la barrera que parece existir hoy entre la vida diaria y el sistema educativo».
El mundo victoriano fue surgiendo poco a poco alrededor de la pareja. «No es algo que ocurra de repente. Eso solo pasa en los cuentos de hadas y las películas de Hollywood. Nosotros tuvimos que esforzarnos mucho por alcanzar nuestro sueño», relata. Reconstruir el pasado implica muchos regalos de cumpleaños, muchas búsquedas en anticuarios y muchas indagaciones en archivos.
victoriana
[L]a pareja compró una casa en Port Townsend, una pequeña ciudad donde todavía quedan varios edificios de ese tiempo y que, desde 1976, forma parte del Registro nacional de lugares históricos de EEUU. En este puerto victoriano del estado de Washington encontraron una vivienda que seguía tal y como la edificó Henry Lake en 1888. Aquel tipo se dedicaba a construir casas. Las habitaba el tiempo justo para obtener la licencia de habitabilidad y así se libraba de los impuestos que debía pagar si hubiera declarado que estaban destinadas a la venta. Al poco, volvía a levantar una nueva vivienda y repetía el proceso. Era una década de esplendor económico y entonces, como siempre, muchos se dedicaban a especular.
La ropa victoriana que ella misma se cosía a mano enseñó mucho a Sarah. La historiadora descubrió mediante el tacto y el roce de las telas cómo se sentían aquellas mujeres hace algo más de un siglo. «Me acostumbré tanto a la presencia y los movimientos de mi falda que empecé a sentir que me informaba de la proximidad de los objetos a mi alrededor y esas brisas de aire apenas perceptibles que se producen cuando una persona o un animal pasa a tu lado», detalla. «Nunca tuve que analizar estas señales y muy pronto dejé de pensar en ellas. En poco tiempo se habían convertido en un sentido periférico. Gabriel decía que yo, al vestir ropa victoriana, había hecho florecer mi verdadera identidad».
El historiador dejó sus gafas del siglo XXI y las cambió por unas lentes verdes fabricadas en 1850, unos anteojos de montura dorada y unas gafas de pinza para leer. «Cada vez que se nos rompía un objeto actual, lo reemplazábamos por el que se usaba en la época victoriana», comenta Sarah. «Después de ver todo lo que la vestimenta nos había enseñado, nos dimos cuenta de todo lo que podíamos aprender del resto de artículos de la vida cotidiana».
El estudio de la historia desde las sensaciones aportaba datos que la investigación académica no llega siquiera a insinuar. En su viaje al pasado tecnológico no había sitio para teléfonos móviles ni televisión. Tampoco para electrodomésticos de hoy. Al entrar en su casa nueva, en Port Townsend, encontraron un frigorífico eléctrico en la cocina. Lo vendieron y, en su lugar, desde entonces, utilizan una heladera con placas de hielo.
Todas las mañanas, cuando se levantan, dan cuerda a su reloj mecánico. Sarah hizo el colchón en el que duermen. Cosió la tela y la rellenó de plumas. En invierno, cuando hace frío, introducen bolsas de agua entre las sábanas para obtener calor. En las habitaciones usan estufas de gas y queroseno, como hacían los habitantes de esa casa cien años atrás.
v4
Tampoco usan bombillas eléctricas. Los inventos de Nikola Tesla que expandieron la electricidad por el mundo a principios del XX les parecen endriagos de un futuro distópico. Tan solo cuando hay visita en casa, y como rigurosa excepción, utilizan las primeras bombillas que patentaron Tesla y Edison. «Nos quedamos muy sorprendidos cuando vimos que las lámparas de gasolina antiguas daban mucha más luz que las reproducciones actuales», revela. «Estas tecnologías nos mantienen más en contacto con la naturaleza. Nos hacen ser más conscientes de las diferentes estaciones, de los días largos de verano y los cortos de invierno. También prestamos más atención a nuestros alimentos en función del momento del año. Nos encanta utilizar tecnologías que podemos entender y podemos reparar, como las lámparas de gasolina o las bicicletas. Esto nos produce la sensación de tener más control de nuestras vidas. En cambio, muchos aparatos modernos son cajas mágicas. Aprietas un botón y ocurre algo sin que tengas la más mínima idea de cómo funciona».
Hornean su pan. El cepillo del pelo tiene más de 130 años y el jabón del baño es de una compañía que nació en 1839. En la bañera, se echan agua caliente con una vasija. Sarah limpia la alfombra con una escoba mojada en agua y sal. Friega los cristales con vinagre y lava la ropa con Ivory Soap, un jabón que la compañía Procter and Gamble empezó a vender en 1879.
La historiadora no tiene carné de conducir. Para desplazarse, usa una réplica de un triciclo de rueda alta construido en 1880. Gabriel fabrica, repara y vende bicicletas. Ese es su oficio, además de historiador. Ella, para ganarse la vida, escribe libros y juntos hacen presentaciones de la época en la que viven a pesar de que el resto de personas a su alrededor actúen como si fuese 2015. Hace dos años publicó Victorian Secrets: What a Corset Taught Me about the Past, the Present, and Myself (Secretos victorianos: Lo que el corsé me enseñó sobre el pasado, el presente y sobre mí) y este año ha presentado This Victorian Life: Modern Adventures in Nineteenth-Century Culture, Cooking, Fashion, and Technology (Esta vida victoriana: Aventuras modernas en la cultura del siglo XIX, cocina, moda y tecnología). «Ninguno de los dos ganamos mucho dinero. Tenemos que vigilar bien los gastos. Pero queremos mostrar que todas las personas podemos hacer realidad nuestros sueños si nos esforzamos por conseguirlos y tomamos las decisiones correctas».
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[E]ste viaje al pasado está lleno de libros de final del XIX. Los dos investigadores decidieron adentrarse en los tiempos victorianos desde las voces de su gente. Buscan libros, publicaciones y periódicos en anticuarios, bibliotecas, archivos universitarios y sociedades históricas. Desconfían de lo que cuentan los libros académicos y divulgativos de esa etapa. Dicen que ocurre lo mismo que en el juego del teléfono escacharrado. La realidad, al pasar por tantas bocas, acaba convertida en una caricatura despreciable. «Encontramos muchos libros y artículos digitalizados en AbeBooks.com y en la herramienta de búsqueda avanzada de Google Books».
–¿Internet? ¿Utilizáis internet? –pregunto en una entrevista por correo electrónico.
–Tenemos una web educativa para animar a otras personas a aprender más sobre la historia. Intenté dar folletos impresos porque es un método más victoriano, pero lo único que conseguí es que me gritaran. A la gente moderna no le gusta leer cuadernillos. Prefieren internet. Así que opté por utilizarlo para difundir nuestro proyecto de enseñanza. Además, ningún editor moderno aceptaría jamás un manuscrito. Aunque escribo mi diario en papel y con una pluma antigua, tengo que pasarlos a ordenador y enviarlos a mis editores a través de la Red. Es un diablo necesario.
Esa es la única sombra que pesa sobre la vida victoriana de esta pareja. «Lo más duro es soportar las reacciones de muchas personas. Vivimos en un mundo que no tolera lo distinto», constata. «Los únicos que te aceptan y tratan de entenderte son tus amigos de verdad. Los más receptivos suelen ser los familiares y los extranjeros».
Aunque podría ser que la diferencia entre un victoriano y un individuo de hoy tenga más que ver con las apariencias que con sus intereses e inquietudes. «Las décadas de 1880 y 1890 fueron de un dinamismo increíble y muchos de los asuntos que surgieron entonces siguen siendo estando en nuestro día a día. Por ejemplo, en esos años nació el teléfono. La preocupación de la población era cómo utilizarlo de un modo sensato y seguir manteniendo su privacidad. Los medios de transporte evolucionaron muy deprisa. La bicicleta se puso de moda a final de la década de los 70. En las revistas, publicaban extensos debates sobre cuáles eran los mejores métodos de iluminación y calefacción en las casas, en función de criterios económicos, sociales y medioambientales».
Lo que sí aleja una era de otra, según Sarah A. Chrisman, es «el tremendo optimismo de aquel tiempo frente al cinismo que impera en la actualidad». La mujer que cada día se pone un corsé que eleva su pecho y la sitúa en la postura de la valentía asegura: «Nos encantaría poder traer parte de esta ilusión y hacer ver a todo el mundo que cada persona tiene el control de sus decisiones y sus actitudes en la vida».
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Opiniones 3
  • «Así pues, practiquen la filosofía tanto el joven como el viejo; uno, para que aún envejeciendo, pueda mantenerse joven en su felicidad gracias a los recuerdos del pasado; el otro, para que pueda ser joven y viejo a la vez mostrando su serenidad frente al porvenir.»
    Carta a Meneceo, 123

  • «Así pues, practiquen la filosofía tanto el joven como el viejo; uno, para que aún envejeciendo, pueda mantenerse joven en su felicidad gracias a los recuerdos del pasado; el otro, para que pueda ser joven y viejo a la vez mostrando su serenidad frente al porvenir.»
    Carta a Meneceo, 123

  • Hola! Soy de Saltillo, Coahuila, México, una ciudad colonial del siglo XVI; aunque ya de esa época no queda gran cosa, si hay construcciones de finales del siglo XIX. Estas casas están desapareciendo ya que no hay interés de sus propietarios como del propio municipio por conservarlas. Es una verdaera lástima para quienes sabemos algo de historia a través de la arquitectura.

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