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24 de octubre 2016    /   DIGITAL
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La Segunda Guerra Mundial fue la ruta del bakalao de Hitler

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Con la campaña de las Ardenas dio comienzo la guerra relámpago. El 16 de diciembre de 1944, ante la sorpresa de los aliados, el ejército de tierra alemán inició una ofensiva que se llevó por delante todo lo que encontraba a su paso.

El hecho era tan inusual que se pensó que la superioridad de la raza aria de la que hablaba la propaganda nazi era real. Sin embargo, no fue pundonor y entrega lo que permitió que los alemanes avanzasen durante más de una semana sin dormir. Fue la Pervitina, nombre comercial de la metanfetamina de la época.

Todo había comenzado unos años antes. Tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, el país sufría una gran carestía de materias primas por las limitaciones comerciales establecidos en los acuerdos de rendición. Mientras que Francia e Inglaterra comerciaban con materias primas procedentes de América y África para producir medicamentos, alimentos y otros productos de consumo, los alemanes tuvieron que recurrir a la química para esos mismos fines.

Durante los años 20 y 30, las universidades y la industria de la República de Weimar permitieron que la farmacología germana experimentase un gran auge. Además de medicamentos para paliar los traumas de los combatientes de la guerra, se produjeron diversas drogas que permitían a la sociedad sobrellevar el peso de la derrota y la gran crisis económica del país.

El opio, la cocaína, la morfina, el alcohol y el por entonces reciente descubrimiento de los laboratorios Bayer, la heroína, eran la gasolina de las noches berlinesas. En clubes y cabarés, la diversión y la promiscuidad se mecían al ritmo de canciones de swing y jazz, algunas de las cuales hablaban de lo divertido que era beber champán y fumar, chutarse o esnifar estupefacientes.

Una diversión como otra cualquiera que fue utilizada por el partido nazi para estigmatizar a sus oponentes. Según Hitler y sus muchachos, los que se drogaban eran homosexuales, depravados, comunistas, anarquistas y, cómo no, judíos.

Nada más lejos de la realidad. Para fraseando a Siniestro Total, en los años 30 Alemania se drogaba. Mucho, además. A pesar de las leyes restrictivas y la prohibición, que obligaba a médicos y ciudadanos a denunciar a sospechosos de consumir estupefacientes, era necesario mantener alto el ánimo de la población, para lo cual las autoridades de Reich permitieron la comercialización de un nuevo producto de los laboratorios Temmler: la Pervitina.

La Pervitina, nombre comercial de la metanfetamina, estaba indicada para, entre otras cosas, los estados depresivos, el cansancio, la somnolencia y las recuperaciones posoperatorias. Sus beneficios eran tantos que era consumida por obreros, oficinistas o amas de casa. Incluso se comercializaron bombones con Pervitina cuyo eslogan era «Los bombones Hildebrand alegran siempre». Y tanto.

No tardaron en aparecer algunas voces cualificadas que alertaban de los posibles efectos secundarios del consumo prolongado de la metanfetamina, pero el clima prebélico de la época hizo que Otto F. Ranke, responsable de Fisiología de la Defensa del III Reich, se decidiera a probar la droga entre sus soldados.

Ranke estaba convencido de que, en la batalla, aquellos soldados que pudieran resistir más y en mejores condiciones se alzarían con la victoria. Una diferencia que no se obtenía con buena alimentación o ardor guerrero, sino con alcaloides.

Por esa razón, aunque los experimentos con Pervitina demostraron que los que la tomaban no mejoraban su destreza o capacidad intelectual, el hecho de permitir que un soldado estuviera hasta diecisiete días combatiendo sin dormir fue clave para que finalmente se repartiera entre la tropa.

La única queja de Ranke sobre el uso de la Pervitina era que muchos de los soldados y oficiales la consumían con efectos profilácticos en lugar de hacerlo bajo prescripción médica, lo que daba lugar a ciertos abusos. No era imprescindible que hubiera una batalla inminente o un enfrentamiento. Si durante las tediosas jornadas sin actividad en el frente el ánimo decaía, la metanfetamina era una buena forma de pasar el rato. No es extraño, por tanto, que sólo para los primeros meses de la guerra, el ejército alemán encargase 35 millones de pastillas. En estas cosas, siempre es mejor que haya de más.

El uso de drogas por parte de los alemanes no era únicamente un asunto de la tropa. Göring, héroe de la aviación alemana que había combatido durante la Primera Guerra Mundial, era un conocido morfinómano y, a pesar de que la propaganda del Reich afirmaba que el Führer era abstemio y vegetariano, Hitler «se ponía como Las Grecas» desde meses antes de estallar la guerra con ayuda de su médico de cabecera.

A mediados de los años 30, Theodor Morell era un prestigioso doctor berlinés entre cuyos pacientes se encontraba buena parte de los artistas y famosos de la capital alemana. El secreto de su éxito eran los tratamientos con vitaminas, un remedio poco conocido en la época, que el doctor inyectaba directamente en vena. Además, se alababa su gran destreza en el uso de la aguja, hecho que acababa con las reticencias de los clientes más miedosos.

La fama de Morell llegó a oídos de Hitler, quien demandó sus servicios a partir de 1936. Sin embargo, lo que comenzó siendo un tratamiento basado en la inyección de vitaminas o glucosa, se transformó poco a poco en un cóctel de drogas que incluía esteroides, cafeína, Pervitina, Eukodal –una variedad semejante a la morfina– y, en un momento dado, cocaína líquida de alta pureza dosificada con un pequeño pincel en el interior de las fosas nasales.

Durante varios años Hitler estuvo recluido en diferentes búnkeres, sin apenas ver la luz del sol, en un ambiente opresivo y sometido a las constantes inyecciones de Morell que, por razones obvias, no podía negarse a las peticiones de su jefe para que le diera su dosis. Primero era una batalla inminente, después una reunión importante, más tarde un viaje, un día malo, un dolor de vientre… Como sucedía con los soldados rasos, Hitler siempre encontraba una excusa para solicitar una de esas inyecciones que, con el tiempo, le pasaron factura.

Además de un estreñimiento crónico, Hitler podría haber sufrido una hepatitis con cuadros de ictericia a consecuencia de la poca higiene que Morell utilizaba a la hora de esterilizar el instrumental o limpiar la zona de venopunción. Todo ello sin hablar de los momentos de subidón y bajona que experimentaba a consecuencia de las diversas drogas.

Hace un par de semanas la editorial Crítica publicó en España El gran delirio. Hitler, drogas y el Tercer Reich, un libro del periodista Norman Olher fruto de cinco años de investigación en archivos de Estados Unidos, Alemania y de un análisis detallado de las notas personales del médico de cabecera de Hitler, Theo Morell.

En El gran delirio, Ohler analiza el desarrollo de la guerra y de algunas de las decisiones más trascendentales tomadas por Hitler bajo el prisma del consumo desaforado de drogas. Su conclusión es que, en contra de lo que sostienen algunos historiadores o biógrafos de Hitler, es imposible obviar esa realidad tóxica para un correcto análisis de la ascendencia del nazismo, de la caída del Reich y del conflicto mundial.

Si bien deja claro que las locuras del ideario nazi ya estaban allí antes de la politoxicomanía de sus responsables, Ohler afirma que decisiones como detener repentinamente la campaña de las Ardenas en Dunkerke, pensar que la campaña rusa se podía solucionar en menos de tres meses, la colaboración italo-germana en la guerra o iniciar una segunda incursión en las Ardenas en 1944 fueron sólo algunos de los hechos que estuvieron condicionados por los estupefacientes.

Sin embargo, lo más asombroso de esta escalada de drogas llegó casi al final de la guerra. Las armas V2, esos cohetes que podrían alcanzar el territorio enemigo en cuestión de minutos, no acababan de funcionar correctamente. Los responsables del régimen nazi decidieron poner en marcha unos inventos que provocarían importantes bajas a la armada aliada: las armas de bolsillo.

Esos inventos no eran más que microsubmarinos tripulados por un solo hombre y dotados de uno o dos misiles. El piloto debía desplazarse en esa especie de ataúd durante días, hasta encontrar los barcos enemigos, a los que provocaría daños antes de reunirse de nuevo (o no) con la flota alemana.

La única forma de que un hombre pudiera permanecer en ese reducido habitáculo durante días era con drogas. Concretamente, con los chicles de cocaína y el D-IX, una serie de nueve pastillas confeccionadas con Eukodal, cocaína, pervitina y Dicodid, que debían ser ingeridas en diferentes días, lo que no impidió que muchos de los pilotos las ingirieran de una sola vez.

Las alucinaciones y la paranoia no se hicieron esperar, según el testimonio de aquellos que sobrevivieron, que no fueron muchos. Dos terceras partes de los enviados a esas misiones fallecieron o desaparecieron. Algunos de ellos continuaron, incluso, combatiendo días después de que la guerra hubiera concluido. Bien por el aislamiento en la cápsula submarina bien por el efecto de las drogas, permanecieron ajenos a la realidad durante varias jornadas poniendo en riesgo su vida sin ninguna utilidad.

El final de Hitler es de todos conocido. El de Morell, su médico personal, un poco menos. Después de ser despedido por el propio Führer, tuvo que abandonar el búnker de Berlín unos días antes de acabar el conflicto. Los americanos fueron a buscarlo a su casa de Baviera. En Berlín fue sometido a diferentes interrogatorios de los que las autoridades norteamericanas no pudieron sacar demasiada información.

A pesar de ello, tras confiscar sus archivos, los norteamericanos tuvieron acceso a una serie de datos que les serían muy útiles para sus futuros planes bélicos. Por ejemplo, el uso de la mescalina para doblegar la voluntad de los detenidos en los interrogatorios y, lo más importante, que las guerras del futuro se harían con drogas.

Con la campaña de las Ardenas dio comienzo la guerra relámpago. El 16 de diciembre de 1944, ante la sorpresa de los aliados, el ejército de tierra alemán inició una ofensiva que se llevó por delante todo lo que encontraba a su paso.

El hecho era tan inusual que se pensó que la superioridad de la raza aria de la que hablaba la propaganda nazi era real. Sin embargo, no fue pundonor y entrega lo que permitió que los alemanes avanzasen durante más de una semana sin dormir. Fue la Pervitina, nombre comercial de la metanfetamina de la época.

Todo había comenzado unos años antes. Tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, el país sufría una gran carestía de materias primas por las limitaciones comerciales establecidos en los acuerdos de rendición. Mientras que Francia e Inglaterra comerciaban con materias primas procedentes de América y África para producir medicamentos, alimentos y otros productos de consumo, los alemanes tuvieron que recurrir a la química para esos mismos fines.

Durante los años 20 y 30, las universidades y la industria de la República de Weimar permitieron que la farmacología germana experimentase un gran auge. Además de medicamentos para paliar los traumas de los combatientes de la guerra, se produjeron diversas drogas que permitían a la sociedad sobrellevar el peso de la derrota y la gran crisis económica del país.

El opio, la cocaína, la morfina, el alcohol y el por entonces reciente descubrimiento de los laboratorios Bayer, la heroína, eran la gasolina de las noches berlinesas. En clubes y cabarés, la diversión y la promiscuidad se mecían al ritmo de canciones de swing y jazz, algunas de las cuales hablaban de lo divertido que era beber champán y fumar, chutarse o esnifar estupefacientes.

Una diversión como otra cualquiera que fue utilizada por el partido nazi para estigmatizar a sus oponentes. Según Hitler y sus muchachos, los que se drogaban eran homosexuales, depravados, comunistas, anarquistas y, cómo no, judíos.

Nada más lejos de la realidad. Para fraseando a Siniestro Total, en los años 30 Alemania se drogaba. Mucho, además. A pesar de las leyes restrictivas y la prohibición, que obligaba a médicos y ciudadanos a denunciar a sospechosos de consumir estupefacientes, era necesario mantener alto el ánimo de la población, para lo cual las autoridades de Reich permitieron la comercialización de un nuevo producto de los laboratorios Temmler: la Pervitina.

La Pervitina, nombre comercial de la metanfetamina, estaba indicada para, entre otras cosas, los estados depresivos, el cansancio, la somnolencia y las recuperaciones posoperatorias. Sus beneficios eran tantos que era consumida por obreros, oficinistas o amas de casa. Incluso se comercializaron bombones con Pervitina cuyo eslogan era «Los bombones Hildebrand alegran siempre». Y tanto.

No tardaron en aparecer algunas voces cualificadas que alertaban de los posibles efectos secundarios del consumo prolongado de la metanfetamina, pero el clima prebélico de la época hizo que Otto F. Ranke, responsable de Fisiología de la Defensa del III Reich, se decidiera a probar la droga entre sus soldados.

Ranke estaba convencido de que, en la batalla, aquellos soldados que pudieran resistir más y en mejores condiciones se alzarían con la victoria. Una diferencia que no se obtenía con buena alimentación o ardor guerrero, sino con alcaloides.

Por esa razón, aunque los experimentos con Pervitina demostraron que los que la tomaban no mejoraban su destreza o capacidad intelectual, el hecho de permitir que un soldado estuviera hasta diecisiete días combatiendo sin dormir fue clave para que finalmente se repartiera entre la tropa.

La única queja de Ranke sobre el uso de la Pervitina era que muchos de los soldados y oficiales la consumían con efectos profilácticos en lugar de hacerlo bajo prescripción médica, lo que daba lugar a ciertos abusos. No era imprescindible que hubiera una batalla inminente o un enfrentamiento. Si durante las tediosas jornadas sin actividad en el frente el ánimo decaía, la metanfetamina era una buena forma de pasar el rato. No es extraño, por tanto, que sólo para los primeros meses de la guerra, el ejército alemán encargase 35 millones de pastillas. En estas cosas, siempre es mejor que haya de más.

El uso de drogas por parte de los alemanes no era únicamente un asunto de la tropa. Göring, héroe de la aviación alemana que había combatido durante la Primera Guerra Mundial, era un conocido morfinómano y, a pesar de que la propaganda del Reich afirmaba que el Führer era abstemio y vegetariano, Hitler «se ponía como Las Grecas» desde meses antes de estallar la guerra con ayuda de su médico de cabecera.

A mediados de los años 30, Theodor Morell era un prestigioso doctor berlinés entre cuyos pacientes se encontraba buena parte de los artistas y famosos de la capital alemana. El secreto de su éxito eran los tratamientos con vitaminas, un remedio poco conocido en la época, que el doctor inyectaba directamente en vena. Además, se alababa su gran destreza en el uso de la aguja, hecho que acababa con las reticencias de los clientes más miedosos.

La fama de Morell llegó a oídos de Hitler, quien demandó sus servicios a partir de 1936. Sin embargo, lo que comenzó siendo un tratamiento basado en la inyección de vitaminas o glucosa, se transformó poco a poco en un cóctel de drogas que incluía esteroides, cafeína, Pervitina, Eukodal –una variedad semejante a la morfina– y, en un momento dado, cocaína líquida de alta pureza dosificada con un pequeño pincel en el interior de las fosas nasales.

Durante varios años Hitler estuvo recluido en diferentes búnkeres, sin apenas ver la luz del sol, en un ambiente opresivo y sometido a las constantes inyecciones de Morell que, por razones obvias, no podía negarse a las peticiones de su jefe para que le diera su dosis. Primero era una batalla inminente, después una reunión importante, más tarde un viaje, un día malo, un dolor de vientre… Como sucedía con los soldados rasos, Hitler siempre encontraba una excusa para solicitar una de esas inyecciones que, con el tiempo, le pasaron factura.

Además de un estreñimiento crónico, Hitler podría haber sufrido una hepatitis con cuadros de ictericia a consecuencia de la poca higiene que Morell utilizaba a la hora de esterilizar el instrumental o limpiar la zona de venopunción. Todo ello sin hablar de los momentos de subidón y bajona que experimentaba a consecuencia de las diversas drogas.

Hace un par de semanas la editorial Crítica publicó en España El gran delirio. Hitler, drogas y el Tercer Reich, un libro del periodista Norman Olher fruto de cinco años de investigación en archivos de Estados Unidos, Alemania y de un análisis detallado de las notas personales del médico de cabecera de Hitler, Theo Morell.

En El gran delirio, Ohler analiza el desarrollo de la guerra y de algunas de las decisiones más trascendentales tomadas por Hitler bajo el prisma del consumo desaforado de drogas. Su conclusión es que, en contra de lo que sostienen algunos historiadores o biógrafos de Hitler, es imposible obviar esa realidad tóxica para un correcto análisis de la ascendencia del nazismo, de la caída del Reich y del conflicto mundial.

Si bien deja claro que las locuras del ideario nazi ya estaban allí antes de la politoxicomanía de sus responsables, Ohler afirma que decisiones como detener repentinamente la campaña de las Ardenas en Dunkerke, pensar que la campaña rusa se podía solucionar en menos de tres meses, la colaboración italo-germana en la guerra o iniciar una segunda incursión en las Ardenas en 1944 fueron sólo algunos de los hechos que estuvieron condicionados por los estupefacientes.

Sin embargo, lo más asombroso de esta escalada de drogas llegó casi al final de la guerra. Las armas V2, esos cohetes que podrían alcanzar el territorio enemigo en cuestión de minutos, no acababan de funcionar correctamente. Los responsables del régimen nazi decidieron poner en marcha unos inventos que provocarían importantes bajas a la armada aliada: las armas de bolsillo.

Esos inventos no eran más que microsubmarinos tripulados por un solo hombre y dotados de uno o dos misiles. El piloto debía desplazarse en esa especie de ataúd durante días, hasta encontrar los barcos enemigos, a los que provocaría daños antes de reunirse de nuevo (o no) con la flota alemana.

La única forma de que un hombre pudiera permanecer en ese reducido habitáculo durante días era con drogas. Concretamente, con los chicles de cocaína y el D-IX, una serie de nueve pastillas confeccionadas con Eukodal, cocaína, pervitina y Dicodid, que debían ser ingeridas en diferentes días, lo que no impidió que muchos de los pilotos las ingirieran de una sola vez.

Las alucinaciones y la paranoia no se hicieron esperar, según el testimonio de aquellos que sobrevivieron, que no fueron muchos. Dos terceras partes de los enviados a esas misiones fallecieron o desaparecieron. Algunos de ellos continuaron, incluso, combatiendo días después de que la guerra hubiera concluido. Bien por el aislamiento en la cápsula submarina bien por el efecto de las drogas, permanecieron ajenos a la realidad durante varias jornadas poniendo en riesgo su vida sin ninguna utilidad.

El final de Hitler es de todos conocido. El de Morell, su médico personal, un poco menos. Después de ser despedido por el propio Führer, tuvo que abandonar el búnker de Berlín unos días antes de acabar el conflicto. Los americanos fueron a buscarlo a su casa de Baviera. En Berlín fue sometido a diferentes interrogatorios de los que las autoridades norteamericanas no pudieron sacar demasiada información.

A pesar de ello, tras confiscar sus archivos, los norteamericanos tuvieron acceso a una serie de datos que les serían muy útiles para sus futuros planes bélicos. Por ejemplo, el uso de la mescalina para doblegar la voluntad de los detenidos en los interrogatorios y, lo más importante, que las guerras del futuro se harían con drogas.

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Opiniones 3
  • «Durante varios años Hitler estuvo recluido en diferentes búnkeres, sin apenas ver la luz del sol»

    Aunque Hitler se hizo construir muchos búnkeres, apenas los pisó. Tras la invasión de la URSS pasaba la mayor parte del tiempo en Berghof, su residencia alpina, y sólo en Enero de 1945 regresó a Berlín para quedarse allí hasta su muerte. Así pues, vivió en un bunker -bastante angosto, oscuro y húmedo- durante unos pocos meses, no «años».

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