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30 de mayo 2018    /   IDEAS
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Nuevas revelaciones sobre Hitler: su dentadura daba grima y no se pegó un tiro en la boca

30 de mayo 2018    /   IDEAS     por          
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El suyo es uno de los cadáveres sobre los que más páginas se han escrito, tanto en libros de historia como en blogs de internet. También es uno de los más manoseados, si echamos un ojo a su trayectoria. En los últimos setenta y tres años, el cadáver de Hitler ha sido incendiado, enterrado en secreto, desenterrado por los soviéticos, escondido por el KGB y, finalmente, destruido por una orden. Y a esto hay que sumarle la infinidad de teorías de la conspiración sobre su verdadero paradero a lo largo de este tiempo.

Por todo ello, un equipo de investigadores franceses, liderados por el eminente científico Philippe Charlier, persuadió recientemente al gobierno ruso para que les permitiera inspeccionar las dos últimas partes del presunto cadáver de Hitler que se sabía que existían: un trozo de calavera y una dentadura que da bastante grima.

Y lo cierto es que, para su sorpresa, los servicios secretos rusos le dieron acceso total a esos restos, lo que permitió al equipo llevar a cabo un análisis científico independiente, realizado entre marzo y julio del año pasado.

Ni se evaporó ni huyó a Argentina en un submarino. Tampoco se escondió en la Luna ni en una base secreta nazi en la Antártida. El estudio biomédico, cuyas conclusiones han sido publicadas en el European Journal of Internal Medicine, parece poner fin a la ficción de supervivencia de Hitler.

Por ejemplo, muchos pensaron que este murió con las botas puestas. Sin ir más lejos, a las 10:20 p.m. del día posterior a su suicidio –fechado el 30 de abril de 1945–, un almirante alemán se dirigió al país a través de la radio para anunciar de forma pesimista que el militar había muerto unas horas antes, luchando a la cabeza de sus tropas.

Lo que sí parece cierto es que Hitler había exigido en su testamento que no se permitiera a las fuerzas soviéticas que estaban a punto de invadir Berlín profanar su cadáver. En consecuencia, sus obedientes lugartenientes empaparon su cuerpo en bencina, le prendieron fuego y lo enterraron en un cráter de proyectiles cercano.

Hitler y Eva Braun con sus perros en Berchtesgaden ca. 1937-1943
Hitler y Eva Braun con sus perros en Berchtesgaden ca. 1937-1943

Pero, unos días después de aquello, los soviéticos ocupantes encontraron el cadáver carbonizado, le hicieron una autopsia a Hitler y concluyeron que se había suicidado en su búnker. Luego, decidieron mantener oculto su cuerpo durante décadas, hasta que finalmente se ordenó al KGB que destruyera el cadáver en la década de los setenta, dejando solo el fragmento de cráneo –de 10,7 x 12 cm– y la mandíbula en poder del Kremlin.

Los nuevos hallazgos de Charlier son bastante reveladores. Por un lado, su análisis permite concluir que la versión oficial de la historia de la Segunda Guerra Mundial es correcta, y Hitler murió en Berlín en 1945 –cuando el Ejército Rojo avanzaba por la capital del Reich–.

Stalin ordenó que se trajeran los fragmentos a Moscú para confirmar la muerte del führer. El resto del cuerpo fue enterrado en Alemania del Este. Tres décadas más tarde, fue exhumado e incinerado una vez más –esta vez completamente, según los historiadores–. «Stalin quería el cuerpo como un trofeo de guerra. Para él, la persona que tuviera los restos era la ganadora de la guerra», señala Charlier en una entrevista digital.

El cráneo también muestra que el líder nazi no se pegó un tiro en la boca, como muchos creen. «La ausencia de antimonio, plomo y bario en la superficie de los depósitos de cálculos dentales podría entenderse como un argumento en contra de la hipótesis de una herida de arma de fuego intrabucal en el momento del suicidio de Adolf Hitler», añade el científico sobre el modo en que el militar se quitó la vida.

Lo que sí parece seguro es que se suicidó tomándose una pastilla de cianuro junto a su esposa Eva Braun, y disparándose en una parte indeterminada de la cabeza (distinta a la boca).

Asimismo, el médico forense ha comentado que el hombre que convirtió en ruinas Europa había tenido muy mala salud. Los fragmentos de mandíbula –cotejada por Charlier y su equipo con varias radiografías dentales del político de 1944–  muestran, por ejemplo, que la dentadura de Hitler daba asquito.

De hecho, solo le quedaban cuatro piezas dentales originales, y el resto habían sido cubiertas o reemplazadas, debido a su vegetarianismo (no revelaron restos de carne), su adicción a los medicamentos y las regurgitaciones ácidas que sufría. Es más, el patólogo forense Mark Benecke señaló en su día que la caries dental y la enfermedad de las encías eran probablemente las responsables del notorio mal aliento del canciller.

Aun así, todavía habrá quien se muestre escéptico ante estos nuevos hallazgos y siga creyendo en morbosas teorías conspirativas sin demasiado sentido. «Se han publicado identificaciones anteriores de líderes y parientes nazis en la literatura biomédica, pero debe decirse que todos los estudios publicados sobre la autenticidad de los restos de Adolf Hitler se llevaron a cabo sin cualquier acceso directo a los restos, es decir, a cráneo o mandíbulas», comenta Charlier en otra entrevista.

Sea como fuere, parece que el debate está servido.

El suyo es uno de los cadáveres sobre los que más páginas se han escrito, tanto en libros de historia como en blogs de internet. También es uno de los más manoseados, si echamos un ojo a su trayectoria. En los últimos setenta y tres años, el cadáver de Hitler ha sido incendiado, enterrado en secreto, desenterrado por los soviéticos, escondido por el KGB y, finalmente, destruido por una orden. Y a esto hay que sumarle la infinidad de teorías de la conspiración sobre su verdadero paradero a lo largo de este tiempo.

Por todo ello, un equipo de investigadores franceses, liderados por el eminente científico Philippe Charlier, persuadió recientemente al gobierno ruso para que les permitiera inspeccionar las dos últimas partes del presunto cadáver de Hitler que se sabía que existían: un trozo de calavera y una dentadura que da bastante grima.

Y lo cierto es que, para su sorpresa, los servicios secretos rusos le dieron acceso total a esos restos, lo que permitió al equipo llevar a cabo un análisis científico independiente, realizado entre marzo y julio del año pasado.

Ni se evaporó ni huyó a Argentina en un submarino. Tampoco se escondió en la Luna ni en una base secreta nazi en la Antártida. El estudio biomédico, cuyas conclusiones han sido publicadas en el European Journal of Internal Medicine, parece poner fin a la ficción de supervivencia de Hitler.

Por ejemplo, muchos pensaron que este murió con las botas puestas. Sin ir más lejos, a las 10:20 p.m. del día posterior a su suicidio –fechado el 30 de abril de 1945–, un almirante alemán se dirigió al país a través de la radio para anunciar de forma pesimista que el militar había muerto unas horas antes, luchando a la cabeza de sus tropas.

Lo que sí parece cierto es que Hitler había exigido en su testamento que no se permitiera a las fuerzas soviéticas que estaban a punto de invadir Berlín profanar su cadáver. En consecuencia, sus obedientes lugartenientes empaparon su cuerpo en bencina, le prendieron fuego y lo enterraron en un cráter de proyectiles cercano.

Hitler y Eva Braun con sus perros en Berchtesgaden ca. 1937-1943
Hitler y Eva Braun con sus perros en Berchtesgaden ca. 1937-1943

Pero, unos días después de aquello, los soviéticos ocupantes encontraron el cadáver carbonizado, le hicieron una autopsia a Hitler y concluyeron que se había suicidado en su búnker. Luego, decidieron mantener oculto su cuerpo durante décadas, hasta que finalmente se ordenó al KGB que destruyera el cadáver en la década de los setenta, dejando solo el fragmento de cráneo –de 10,7 x 12 cm– y la mandíbula en poder del Kremlin.

Los nuevos hallazgos de Charlier son bastante reveladores. Por un lado, su análisis permite concluir que la versión oficial de la historia de la Segunda Guerra Mundial es correcta, y Hitler murió en Berlín en 1945 –cuando el Ejército Rojo avanzaba por la capital del Reich–.

Stalin ordenó que se trajeran los fragmentos a Moscú para confirmar la muerte del führer. El resto del cuerpo fue enterrado en Alemania del Este. Tres décadas más tarde, fue exhumado e incinerado una vez más –esta vez completamente, según los historiadores–. «Stalin quería el cuerpo como un trofeo de guerra. Para él, la persona que tuviera los restos era la ganadora de la guerra», señala Charlier en una entrevista digital.

El cráneo también muestra que el líder nazi no se pegó un tiro en la boca, como muchos creen. «La ausencia de antimonio, plomo y bario en la superficie de los depósitos de cálculos dentales podría entenderse como un argumento en contra de la hipótesis de una herida de arma de fuego intrabucal en el momento del suicidio de Adolf Hitler», añade el científico sobre el modo en que el militar se quitó la vida.

Lo que sí parece seguro es que se suicidó tomándose una pastilla de cianuro junto a su esposa Eva Braun, y disparándose en una parte indeterminada de la cabeza (distinta a la boca).

Asimismo, el médico forense ha comentado que el hombre que convirtió en ruinas Europa había tenido muy mala salud. Los fragmentos de mandíbula –cotejada por Charlier y su equipo con varias radiografías dentales del político de 1944–  muestran, por ejemplo, que la dentadura de Hitler daba asquito.

De hecho, solo le quedaban cuatro piezas dentales originales, y el resto habían sido cubiertas o reemplazadas, debido a su vegetarianismo (no revelaron restos de carne), su adicción a los medicamentos y las regurgitaciones ácidas que sufría. Es más, el patólogo forense Mark Benecke señaló en su día que la caries dental y la enfermedad de las encías eran probablemente las responsables del notorio mal aliento del canciller.

Aun así, todavía habrá quien se muestre escéptico ante estos nuevos hallazgos y siga creyendo en morbosas teorías conspirativas sin demasiado sentido. «Se han publicado identificaciones anteriores de líderes y parientes nazis en la literatura biomédica, pero debe decirse que todos los estudios publicados sobre la autenticidad de los restos de Adolf Hitler se llevaron a cabo sin cualquier acceso directo a los restos, es decir, a cráneo o mandíbulas», comenta Charlier en otra entrevista.

Sea como fuere, parece que el debate está servido.

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