30 de noviembre 2017    /   IDEAS
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Hombres con pendientes de mujer y personas que no se identifican con un género

30 de noviembre 2017    /   IDEAS     por        fotografia  Myfriendtyler.com
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Un hombre que un día lleva pendientes de mujer pero ropa de hombre. Un hombre con aspecto masculinizado salvo porque lleva falda. Este hombre puede, a la vez, tener relaciones sexuales con mujeres o con otros hombres. Y no se siente hombre, tampoco mujer.

«En el transcurso de mi vida he mudado innumerables iteraciones de género al tratar de descubrir cómo articular, expresar y habitar un género que gran parte de la sociedad no considera legítimo. Lo que más me preocupaba era mi deseo de ser todo y nada a la vez», dice Tyler Ford en un texto para Them.

Es lo que algunos llaman ser posgénero: la rotura de los moldes estéticos y de comportamiento tradicionales del género. No es solo rechazar que los genitales traigan un rol concreto ligado a ellos. Va más allá; se trata de asumir la masculinidad y la feminidad como constructos artificiales, y de cuestionar incluso que un individuo tenga que pertenecer a una de las dos partes.

El planteamiento no es nuevo, pero sigue siendo revolucionario hasta tal punto que cuesta encontrar la forma de hablar de él siguiendo su ley (o su no ley). Por ejemplo, hay un error al principio de este artículo: «pendientes de mujer pero ropa de hombre» (sería, no obstante, imposible comunicarlo de otra forma con el lenguaje disponible). Cada «de mujer» o «de hombre» sugiere unas obligaciones y una limitación. Esta es la idea que expresa Tyler Ford.

En 2014, Facebook anunció una ampliación en su versión anglosajona de las modalidades de identificación de género que ofrece a sus usuarios. En total, unas 50 opciones, entre las que están el género fluido, andrógino, agénero, no-binarios… Salta una duda. Estas iniciativas tratan de romper los condicionamientos que supone la asignación de un género, pero, a la vez, aunque sea de forma más diversa, parecería que vuelven a categorizar.

En el caso de la proliferación de términos en diversas redes sociales, el sociólogo experto en género y teoría feminista José Vela ve un rasgo de cultura posmoderna y explica: «Cuando en sociología hablamos de identidad no lo hacemos aleatoriamente, sino con un concepto muy fuerte detrás. La identidad se construye por una percepción subjetiva que tiene que tener un reflejo en la percepción del otro sobre mí mismo».

Vela encuentra algunos inconvenientes: «Que me invente una palabra que me venga muy bien y me sea interesante políticamente puede no ser interesante para el colectivo. Puede ser desarticulador». Es decir, que en vez de crear unión entre las personas que persiguen el reconocimiento de sus derechos, podría debilitar y relajar esta vocación reivindicadora.

Además, en el análisis sociológico, implican dificultades: «Son muchas veces tan volátiles que, cuando quieres analizarlas, ya han pasado de largo y se han esfumado».

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Tyler Ford. Photo by Miley Cyrus for #InstaPride, 2015

Quizás se trata de una búsqueda de vocabulario para reconocer algo que ha permanecido mucho tiempo reprimido. Y más allá: reprimir algo requiere, en primera instancia, reconocerlo como realidad y luego actuar en contra. En este caso, el nivel de arraigo en el imaginario colectivo que tienen los roles de género ni siquiera permitía admitir que existieran otras perspectivas.

El arte, como en tantos avances sociales, ha servido y sirve de vanguardia expedicionaria. En los años 80, el artista australiano Leigh Bowery, en su pretensión de cuestionar las convenciones estéticas, se maquillaba, se añadía apéndices o prótesis para distorsionar la forma del cuerpo: construía en sí mismo una imagen incatalogable, imposible de atribuir a ningún género.

El género fluido supone no identificarse plenamente y siempre con la idea de hombre o de mujer: es vivir en la continua variación. Sentirse mujer un tiempo y, de pronto, una mañana, sentirse hombre o ninguna de las dos cosas. En función de eso, uno calibra y construye la imagen con la que saldrá a la calle (o no).

En realidad, toda persona gradúa y diseña su imagen cada mañana, solo que atendiendo a un molde aceptado como natural por el resto de la sociedad. El verse mal o verse bien, algo tan inexplicable, tiene que ver con la imagen de hombre y de mujer en la que nos educamos. Una imagen, que, además, varía con el tiempo.

La filósofa Judih Butler habla de la performatividad del género. Butler diferencia entre el sexo (la parte biológica) y el género (la representación cultural). Investiga cómo el sexo se convierte en género para llamar la atención sobre su artificialidad. Incluso asegura que esta construcción es innecesaria. Desde su punto de vista, el género es una representación teatral cotidiana que, a base de reiteración, se confunde con la naturaleza.

En República Dominicana ocurre un extraño fenómeno. Algunos niños nacen como niñas, pero a los 12 años desarrollan los genitales masculinos. El fenómeno es tan común en ese país que ha sido bautizado: los llaman güevedoces. La anomalía proviene de una deficiencia en la enzima que se encarga de desarrollar el pene. Los güevedoces viven como niñas hasta que alcanzan la pubertad.

Algunos ven aquí la confirmación de que el género es la ficción con que el individuo encaja en una sociedad muy estructurada. Otros, en cambio, argumentan lo contrario. Estudios elaborados sobre el terreno comprobaron que dos tercios de los güevedoces acababan cambiando fácilmente al rol masculino y que, incluso, en los años previos a desarrollar el pene, cuando vivían como mujeres, no se identificaban plenamente con lo femenino.

La cuestión de la importancia de la naturaleza al marcar la identidad de cada individuo parece, de momento, difícil de determinar. Si se percibe, en cambio, que la sociedad crea normas que acaban imponiéndose y cuyo principal ejecutor es uno mismo, que se mira al espejo y se mide y se compone. Estas leyes estéticas y de carácter ordenan el mundo, lo simplifican y lo controlan, y al mismo tiempo desubican y reprimen a muchos.

Un hombre que un día lleva pendientes de mujer pero ropa de hombre. Un hombre con aspecto masculinizado salvo porque lleva falda. Este hombre puede, a la vez, tener relaciones sexuales con mujeres o con otros hombres. Y no se siente hombre, tampoco mujer.

«En el transcurso de mi vida he mudado innumerables iteraciones de género al tratar de descubrir cómo articular, expresar y habitar un género que gran parte de la sociedad no considera legítimo. Lo que más me preocupaba era mi deseo de ser todo y nada a la vez», dice Tyler Ford en un texto para Them.

Es lo que algunos llaman ser posgénero: la rotura de los moldes estéticos y de comportamiento tradicionales del género. No es solo rechazar que los genitales traigan un rol concreto ligado a ellos. Va más allá; se trata de asumir la masculinidad y la feminidad como constructos artificiales, y de cuestionar incluso que un individuo tenga que pertenecer a una de las dos partes.

El planteamiento no es nuevo, pero sigue siendo revolucionario hasta tal punto que cuesta encontrar la forma de hablar de él siguiendo su ley (o su no ley). Por ejemplo, hay un error al principio de este artículo: «pendientes de mujer pero ropa de hombre» (sería, no obstante, imposible comunicarlo de otra forma con el lenguaje disponible). Cada «de mujer» o «de hombre» sugiere unas obligaciones y una limitación. Esta es la idea que expresa Tyler Ford.

En 2014, Facebook anunció una ampliación en su versión anglosajona de las modalidades de identificación de género que ofrece a sus usuarios. En total, unas 50 opciones, entre las que están el género fluido, andrógino, agénero, no-binarios… Salta una duda. Estas iniciativas tratan de romper los condicionamientos que supone la asignación de un género, pero, a la vez, aunque sea de forma más diversa, parecería que vuelven a categorizar.

En el caso de la proliferación de términos en diversas redes sociales, el sociólogo experto en género y teoría feminista José Vela ve un rasgo de cultura posmoderna y explica: «Cuando en sociología hablamos de identidad no lo hacemos aleatoriamente, sino con un concepto muy fuerte detrás. La identidad se construye por una percepción subjetiva que tiene que tener un reflejo en la percepción del otro sobre mí mismo».

Vela encuentra algunos inconvenientes: «Que me invente una palabra que me venga muy bien y me sea interesante políticamente puede no ser interesante para el colectivo. Puede ser desarticulador». Es decir, que en vez de crear unión entre las personas que persiguen el reconocimiento de sus derechos, podría debilitar y relajar esta vocación reivindicadora.

Además, en el análisis sociológico, implican dificultades: «Son muchas veces tan volátiles que, cuando quieres analizarlas, ya han pasado de largo y se han esfumado».

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Tyler Ford. Photo by Miley Cyrus for #InstaPride, 2015

Quizás se trata de una búsqueda de vocabulario para reconocer algo que ha permanecido mucho tiempo reprimido. Y más allá: reprimir algo requiere, en primera instancia, reconocerlo como realidad y luego actuar en contra. En este caso, el nivel de arraigo en el imaginario colectivo que tienen los roles de género ni siquiera permitía admitir que existieran otras perspectivas.

El arte, como en tantos avances sociales, ha servido y sirve de vanguardia expedicionaria. En los años 80, el artista australiano Leigh Bowery, en su pretensión de cuestionar las convenciones estéticas, se maquillaba, se añadía apéndices o prótesis para distorsionar la forma del cuerpo: construía en sí mismo una imagen incatalogable, imposible de atribuir a ningún género.

El género fluido supone no identificarse plenamente y siempre con la idea de hombre o de mujer: es vivir en la continua variación. Sentirse mujer un tiempo y, de pronto, una mañana, sentirse hombre o ninguna de las dos cosas. En función de eso, uno calibra y construye la imagen con la que saldrá a la calle (o no).

En realidad, toda persona gradúa y diseña su imagen cada mañana, solo que atendiendo a un molde aceptado como natural por el resto de la sociedad. El verse mal o verse bien, algo tan inexplicable, tiene que ver con la imagen de hombre y de mujer en la que nos educamos. Una imagen, que, además, varía con el tiempo.

La filósofa Judih Butler habla de la performatividad del género. Butler diferencia entre el sexo (la parte biológica) y el género (la representación cultural). Investiga cómo el sexo se convierte en género para llamar la atención sobre su artificialidad. Incluso asegura que esta construcción es innecesaria. Desde su punto de vista, el género es una representación teatral cotidiana que, a base de reiteración, se confunde con la naturaleza.

En República Dominicana ocurre un extraño fenómeno. Algunos niños nacen como niñas, pero a los 12 años desarrollan los genitales masculinos. El fenómeno es tan común en ese país que ha sido bautizado: los llaman güevedoces. La anomalía proviene de una deficiencia en la enzima que se encarga de desarrollar el pene. Los güevedoces viven como niñas hasta que alcanzan la pubertad.

Algunos ven aquí la confirmación de que el género es la ficción con que el individuo encaja en una sociedad muy estructurada. Otros, en cambio, argumentan lo contrario. Estudios elaborados sobre el terreno comprobaron que dos tercios de los güevedoces acababan cambiando fácilmente al rol masculino y que, incluso, en los años previos a desarrollar el pene, cuando vivían como mujeres, no se identificaban plenamente con lo femenino.

La cuestión de la importancia de la naturaleza al marcar la identidad de cada individuo parece, de momento, difícil de determinar. Si se percibe, en cambio, que la sociedad crea normas que acaban imponiéndose y cuyo principal ejecutor es uno mismo, que se mira al espejo y se mide y se compone. Estas leyes estéticas y de carácter ordenan el mundo, lo simplifican y lo controlan, y al mismo tiempo desubican y reprimen a muchos.

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