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16 de octubre 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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¿Qué pueden hacer una hormiga y una cebolla para seducir a un violonchelo?

16 de octubre 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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La estación púrpura se ha instalado en mi corazón. Las hojas caen, melancólicas, sobre las aceras de los parques y sobre mi frágil estado de ánimo. Los árboles se desnudan sin pudor y nos muestran sus ramas como una vedette muestra sus procaces ligueros en el Moulin Rouge parisino.
Y en medio de esta orgía otoñal de colores dorados, la que fuera mi adorada pareja se burla de mí porque mi nombre en inglés es Hormiga Cebolla. Ant Onion. Pero no crean, que ella es de Vallecas.
Aun así me dice, y con razón:
Pero Antoñito, ¿quién te puede tomar en serio en el mundo anglosajón diciendo: «Hola, soy Hormiga Cebolla, y venía por el empleo…»? Y mientras, volteas entre tus manos la gorra, como en las películas.
Repitan conmigo: Antonio = Ant Onion = Hormiga Cebolla. Ya sé que sobra una letra ene, pero en la vida sobran muchas cosas (y algunas personas) y seguimos pegados a ellas.
Llamarse Hormiga Cebolla no es fácil en Nueva York ni en Londres ni en Sidney. Ni en Edimburgo, donde el rico bulbo autóctono forma parte de la dieta escocesa diaria.
Volviendo a mi chica o, mejor dicho, a la chica que me ha dejado por mi ridículo nombre. Ella se llama Chelo y, claro, juega con ventaja, porque en esas ciudades y en medio mundo es así como se denomina a uno de los más bellos y sinuosos instrumentos musicales que podemos encontrar en una orquesta: el violonchelo. Abreviado, chelo. Eso es un as en la manga.
¿Qué pueden hacer una hormiga y una cebolla para seducir a un violonchelo? Al menos para retenerlo a su lado. ¿Qué virtudes cabe esperar del diminuto insecto y una aromática y vulgar hortaliza? Yo solo soy una improbable asociación simbiótica entre un himenóptero y una planta amarilidácea. Pero Chelo es un Stradivarius. No hay color y ella lo sabe; por eso me ha abandonado.
Es como si intentamos establecer diferencias entre el otoño y ¡Oh, Toño! Viviré esta estación que tantas emociones entierra, tantas confunde y tantas tiñe de melancolía. Cuando los árboles se quedan sin hojas, yo suelo quedarme sin ideas, pero esta vez es diferente. Utilizaré este artículo para intentar recuperar esa Arcadia perdida, ese Edén del espíritu que para mí fue compartir la vida con un hermoso y curvilíneo instrumento de cuerda. Vamos allá, deséenme suerte, por favor.
Mi amor, te lo ruego, dame una segunda oportunidad. Te demostraré que un hexápodo y un bulbo juntos podemos hacerte feliz. Y las notas que escaparán de tu privilegiada anatomía de violonchelo sonarán más condimentadas. No necesitarás más el arco de crines de caballo, pues con mis seis patas frotaré tus cuatro cuerdas, y las notas de Bach, Vivaldi o Pergolesi brotarán de tu caja de resonancia y cautivarán los oídos del público más exquisito, y triunfarás en las mejores orquestas del mundo.
Siempre rendido a tus pies, te espero mientras me atuso las antenas. Déjame volver a ser tu bulbo favorito.
Hormiga Cebolla

La estación púrpura se ha instalado en mi corazón. Las hojas caen, melancólicas, sobre las aceras de los parques y sobre mi frágil estado de ánimo. Los árboles se desnudan sin pudor y nos muestran sus ramas como una vedette muestra sus procaces ligueros en el Moulin Rouge parisino.
Y en medio de esta orgía otoñal de colores dorados, la que fuera mi adorada pareja se burla de mí porque mi nombre en inglés es Hormiga Cebolla. Ant Onion. Pero no crean, que ella es de Vallecas.
Aun así me dice, y con razón:
Pero Antoñito, ¿quién te puede tomar en serio en el mundo anglosajón diciendo: «Hola, soy Hormiga Cebolla, y venía por el empleo…»? Y mientras, volteas entre tus manos la gorra, como en las películas.
Repitan conmigo: Antonio = Ant Onion = Hormiga Cebolla. Ya sé que sobra una letra ene, pero en la vida sobran muchas cosas (y algunas personas) y seguimos pegados a ellas.
Llamarse Hormiga Cebolla no es fácil en Nueva York ni en Londres ni en Sidney. Ni en Edimburgo, donde el rico bulbo autóctono forma parte de la dieta escocesa diaria.
Volviendo a mi chica o, mejor dicho, a la chica que me ha dejado por mi ridículo nombre. Ella se llama Chelo y, claro, juega con ventaja, porque en esas ciudades y en medio mundo es así como se denomina a uno de los más bellos y sinuosos instrumentos musicales que podemos encontrar en una orquesta: el violonchelo. Abreviado, chelo. Eso es un as en la manga.
¿Qué pueden hacer una hormiga y una cebolla para seducir a un violonchelo? Al menos para retenerlo a su lado. ¿Qué virtudes cabe esperar del diminuto insecto y una aromática y vulgar hortaliza? Yo solo soy una improbable asociación simbiótica entre un himenóptero y una planta amarilidácea. Pero Chelo es un Stradivarius. No hay color y ella lo sabe; por eso me ha abandonado.
Es como si intentamos establecer diferencias entre el otoño y ¡Oh, Toño! Viviré esta estación que tantas emociones entierra, tantas confunde y tantas tiñe de melancolía. Cuando los árboles se quedan sin hojas, yo suelo quedarme sin ideas, pero esta vez es diferente. Utilizaré este artículo para intentar recuperar esa Arcadia perdida, ese Edén del espíritu que para mí fue compartir la vida con un hermoso y curvilíneo instrumento de cuerda. Vamos allá, deséenme suerte, por favor.
Mi amor, te lo ruego, dame una segunda oportunidad. Te demostraré que un hexápodo y un bulbo juntos podemos hacerte feliz. Y las notas que escaparán de tu privilegiada anatomía de violonchelo sonarán más condimentadas. No necesitarás más el arco de crines de caballo, pues con mis seis patas frotaré tus cuatro cuerdas, y las notas de Bach, Vivaldi o Pergolesi brotarán de tu caja de resonancia y cautivarán los oídos del público más exquisito, y triunfarás en las mejores orquestas del mundo.
Siempre rendido a tus pies, te espero mientras me atuso las antenas. Déjame volver a ser tu bulbo favorito.
Hormiga Cebolla

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