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21 de julio 2016    /   CIENCIA
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El humano es una de las especies más mojigatas del reino animal

21 de julio 2016    /   CIENCIA     por          
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En verano la gente se pone juguetona. Los expertos dicen que más que el calor es el relajo, el ambiente fiestero, las horas de luz y lo ligeritos de ropa que vamos. El caso es que la frecuencia de los encuentros sexuales, ya sean reproductivos o no, es mayor durante el verano. Y claro, seres inquietos como somos, la imaginación se dispara, la creatividad se excita y la variedad se multiplica. Uno no tiene más que acudir a las webs especializadas en porno y consultar la lista de categorías en las que se clasifican los vídeos que ofrecen para darse cuenta de la inventiva humana en cuanto a lo que al encuentro carnal se refiere.

Pero créanme si les digo que lo nuestro no es nada, ni de lejos, comparado con el resto del reino animal, el vegetal e incluso el de los hongos. Los mamíferos somos unos sosos, unos mojigatos. Y eso que contamos con maravillas como el pene prensil de los tapires (digno de una categoría propia en el pornomundo) o la pacífica orgía permanente de los bonobos. Aun así, en global, nuestra vida sexual es mucho más animada que la de algunas especies de lagartos y serpientes, que se reproducen mediante una especie de clonación sin intervención sexual.

Bajo el mar, la vida amatoria es mucho más espectacular. De lo más bestia es, seguramente, el pene de los percebes, ocho veces más largo que su cuerpo, o el que tienen ciertos gusanos de mar, afilado como un estilete, con los que estos animalitos luchan en auténticos duelos de fálicos espadachines subacuáticos.

La naturaleza ha inventado formas de reproducirse alucinantes, mortales y placenteras, multitudinarias y solitarias, silenciosas y estridentes, coloridas y amigas de la oscuridad. Pero de entre todas ellas, me tiene loco la forma de reproducirse de Ophiocordyceps unilateralis, un hongo insignificante que vive en algunas selvas tropicales. ¿Han jugado a The Last of Us en la PlayStation, ese juego de apocalipsis zombi tras una epidemia provocada por un hongo? ¿O han oído hablar de las hormigas zombis?

Atentos al asunto: Para reproducirse, Ophiocordyceps se introduce en una hormiga, penetra en su cuerpo y daña su sistema nervioso y su cerebro de forma que pasa a controlar su comportamiento. Una vez controlada, el hongo hace que la hormiga, convertida en su zombi, abandone la colonia, se desplace sin voluntad hasta alguna planta de la selva, suba a una hoja, la muerda con todas sus fuerzas y se quede allá, colgada de las mandíbulas, como esas antiguas artistas de circo que daban vueltas sujetas por los dientes a una argolla.

Al poco tiempo, la hormiga morirá, y desde el interior de su cabeza, atravesando el cráneo sin vida, Ophiocordyceps construye una especie de estaca estrecha y vertical, rellena de esporas, que al cabo se abre, diseminando la semilla del hongo desde lo alto, en una explosión de vida fúngica nacida del cuerpo inerte de la hormiga.

Todo esto ocurre en menos de cuatro o cinco centímetros. Esto le quita gran parte de la épica, pero de todas formas la idea es espectacular y el resultado magnífico, sobre todo teniendo en cuenta que las hormigas son una de las especies que dominan nuestro planeta.

Apenas cuatro o cinco centímetros, sí, precisamente la medida media del pene de un gorila. Uno de esos machos alfa de espalda plateada que se golpean el pecho intimidantes en medio de una selva que creen que dominan, pero que en realidad está dominada por los insectos… o por los hongos. No somos nada.

En verano la gente se pone juguetona. Los expertos dicen que más que el calor es el relajo, el ambiente fiestero, las horas de luz y lo ligeritos de ropa que vamos. El caso es que la frecuencia de los encuentros sexuales, ya sean reproductivos o no, es mayor durante el verano. Y claro, seres inquietos como somos, la imaginación se dispara, la creatividad se excita y la variedad se multiplica. Uno no tiene más que acudir a las webs especializadas en porno y consultar la lista de categorías en las que se clasifican los vídeos que ofrecen para darse cuenta de la inventiva humana en cuanto a lo que al encuentro carnal se refiere.

Pero créanme si les digo que lo nuestro no es nada, ni de lejos, comparado con el resto del reino animal, el vegetal e incluso el de los hongos. Los mamíferos somos unos sosos, unos mojigatos. Y eso que contamos con maravillas como el pene prensil de los tapires (digno de una categoría propia en el pornomundo) o la pacífica orgía permanente de los bonobos. Aun así, en global, nuestra vida sexual es mucho más animada que la de algunas especies de lagartos y serpientes, que se reproducen mediante una especie de clonación sin intervención sexual.

Bajo el mar, la vida amatoria es mucho más espectacular. De lo más bestia es, seguramente, el pene de los percebes, ocho veces más largo que su cuerpo, o el que tienen ciertos gusanos de mar, afilado como un estilete, con los que estos animalitos luchan en auténticos duelos de fálicos espadachines subacuáticos.

La naturaleza ha inventado formas de reproducirse alucinantes, mortales y placenteras, multitudinarias y solitarias, silenciosas y estridentes, coloridas y amigas de la oscuridad. Pero de entre todas ellas, me tiene loco la forma de reproducirse de Ophiocordyceps unilateralis, un hongo insignificante que vive en algunas selvas tropicales. ¿Han jugado a The Last of Us en la PlayStation, ese juego de apocalipsis zombi tras una epidemia provocada por un hongo? ¿O han oído hablar de las hormigas zombis?

Atentos al asunto: Para reproducirse, Ophiocordyceps se introduce en una hormiga, penetra en su cuerpo y daña su sistema nervioso y su cerebro de forma que pasa a controlar su comportamiento. Una vez controlada, el hongo hace que la hormiga, convertida en su zombi, abandone la colonia, se desplace sin voluntad hasta alguna planta de la selva, suba a una hoja, la muerda con todas sus fuerzas y se quede allá, colgada de las mandíbulas, como esas antiguas artistas de circo que daban vueltas sujetas por los dientes a una argolla.

Al poco tiempo, la hormiga morirá, y desde el interior de su cabeza, atravesando el cráneo sin vida, Ophiocordyceps construye una especie de estaca estrecha y vertical, rellena de esporas, que al cabo se abre, diseminando la semilla del hongo desde lo alto, en una explosión de vida fúngica nacida del cuerpo inerte de la hormiga.

Todo esto ocurre en menos de cuatro o cinco centímetros. Esto le quita gran parte de la épica, pero de todas formas la idea es espectacular y el resultado magnífico, sobre todo teniendo en cuenta que las hormigas son una de las especies que dominan nuestro planeta.

Apenas cuatro o cinco centímetros, sí, precisamente la medida media del pene de un gorila. Uno de esos machos alfa de espalda plateada que se golpean el pecho intimidantes en medio de una selva que creen que dominan, pero que en realidad está dominada por los insectos… o por los hongos. No somos nada.

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Opiniones 3
  • Los hongos tipo cordyceps son una pasada ya que cada especie «ataca» un tipo de insecto, de una manera distinta. En España tenemos cordyceps militaris que coloniza las larvas orugas de la procesionaria. Quien sabe si la cura a esta epidemia podrían ser estos hongos.
    Muy entretenido este artículo.
    Lo comparto en el face de LaCasadelasSetas.com

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