15 de marzo 2013    /   CINE/TV
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'House of Cards' o amor al periodismo en un plano

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Zoey tranquila por el trabajo bien hecho
RECORDANDO EL EPISODIO PILOTO DE HOUSE OF CARDS
Kevin Spacey es el congresista Frank Underwood, el Sr. Lobo (Harvey Keitel, Pulp Fiction) de la Casa Blanca. El protagonista de House of Cards. Si eres del partido, y estás más o menos cerca del poder, es el tipo al que llamas cuando te metes en líos como ser pillado conduciendo bebido en compañía de una prostituta cocainómana.

No en vano, Underwood tiene un apellido como anillo al dedo: Underwood es Bajoelbosque, literalmente, perfecto para un hombre que actúa en la espesura.
El showrunner del espectáculo, a la sombra del director David Fincher, es Beau Willimon, que trabajó como voluntario en 1998 para la campaña al senado de Charles Schumer, cercano a Hillary Clinton.
Esto hace pensar que el material, aunque ficcional, huele a primera mano. (A esto se le llama hacer los deberes, y no escribir por escribir, de oídas o para rellenar 70 páginas). Y no nos olvidamos, amigo puntilloso, de que la House of Cards USA tiene una hermana mayor, una House of Cards UK. (Con faldas y a lo loco, Some Like It Hot, es una adaptación de Fanfaren der liebe, pero esto nunca me lo dices).
Así que creemos que Frank Undewood es un tipo que puede andar entre nosotros. Un tipo que sirve como un perro al partido, hasta que este le da una patada en la boca. Así se siente Underwood, que espera como premio la secretaría de Estado pero es obligado a mantener su puesto como «desatascador de mierda de cañerías». Es el comienzo de la venganza de Underwood. (Un planteamiento que ha llevado a algunos comentaristas de series a establecer un paralelismo entre Underwood y Bárcenas, el extesorero del PP).
Sin duda, habrá espectadores que también encuentren similitudes entre el presidente Garrett Walker y Mariano Rajoy: ambos incumplen sus promesas electorales de manera sorpresiva para los electores. Para los espectadores españoles, la sensación de estafa premeditada de Garret Walker (repito: Garret Walker), se ve remarcada por el doblaje de Salvador Aldeguer, que también pone voz a Nucky Thompson (Boardwalk Empire).
A pesar de que Frank Underwood es un canalla de la clase política, nos cae bien, sabe hacerse amigo del espectador. Rompe la cuarta pared, casi te coge del hombro y te dice: “Ven, voy a enseñarte los secretos de esta podrida ciudad”. ¿A quién no le gusta que le cuenten chismes?
Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención del piloto de House of Cards, mi plano favorito, es el de la periodista Zoey Barnes (Kate Mara), sentada en el water. No sabemos muy bien haciendo qué, porque esta niña tiene un rostro dulce, incluso cuando se enfada, acorde con su baja estatura y su cuerpo menudo. ¡Ya está, pervertido! No, no es eso. El voyeurismo escatológico no es uno de mis vicios.
Aclaremos, en plan tertulia de Qué grande es el cine (vuelve Garci a eso que tú haces muy bien: poner películas y comentarlas con los amigos). En el plano,  Zoey Barnes se mea (más bien) en los políticos. Sí, se mea en los políticos.
Un mal café para algunos
Mientras las altas esferas de Washington no pueden desayunar a gusto con la noticia publicada por Zoey Barnes, ella está tranquilamente sentada en el water, como si quisiera anunciarnos yogures o muesli. Nunca una metáfora fue tan evidente. Zoey hace lo que muchos ciudadanos que no son afines a medios concretos esperan: que los periodistas se meen en los políticos en lugar de ejercer como portavoces o bufones que intentan crear un trending topic.
Willimon, Fincher o Spacey (que es el productor ejecutivo) ha puesto a Zoey sentada allí por un motivo: ven a los periodistas como héroes, como personas normales, sí, pero como héroes.  Zoey Barnes es una periodista de raza: no desvela su fuente y no le tiembla el pulso a la hora de firmar un artículo que es un obús en plena flotación de la administración Garret.
Zoey Barnes no es la periodista que hace la ola al poder, en todo caso, lo utiliza. Ella no se asusta en el desayuno porque su nombre aparece mezclado entre los mentirosos y los corruptos, ella es la que firma en primera plana.
Frank Underwood es el único político que desayuna esa mañana como los campeones, como un hijo del Sur, un costillar con café ardiendo, disfrutando su venganza como Edmundo Dantes. Realmente, Underwood devora costillas igual que devora a compañeros de partido. Es el Garganta Profunda de Zoe Barnes.
Underwood devora costillas igual que a compañeros de partido
Zoey Barnes podría mantenerse cómoda escribiendo sobre las mejores calles para pasear por Washington o lugares para comer con encanto, sin embargo, decide sacar las uñas y los dientes. No se acerca micrófono en mano al Presidente Garret para hacerle una “pregunta mamporrea” (periodismo de cara a la galería, qué graciosos somos), si no que escribe para revolver el estómago del presidente de los Estados Unidos.
Lo que depare al futuro del personaje no importa ahora, si no la declaración de intenciones de Willimon, Fincher o Spacey: ellos sí creen en el cuarto poder, en unos momentos en los que la credibilidad de los medios está cuestionada en la aldea global.
House of Cards se coloca del lado de la denostada The Newsroom (“Me gusta escribir sobre héroes que no llevan capas ni disfraces”, Sorkin dixit).

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Zoey tranquila por el trabajo bien hecho
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Kevin Spacey es el congresista Frank Underwood, el Sr. Lobo (Harvey Keitel, Pulp Fiction) de la Casa Blanca. El protagonista de House of Cards. Si eres del partido, y estás más o menos cerca del poder, es el tipo al que llamas cuando te metes en líos como ser pillado conduciendo bebido en compañía de una prostituta cocainómana.

No en vano, Underwood tiene un apellido como anillo al dedo: Underwood es Bajoelbosque, literalmente, perfecto para un hombre que actúa en la espesura.
El showrunner del espectáculo, a la sombra del director David Fincher, es Beau Willimon, que trabajó como voluntario en 1998 para la campaña al senado de Charles Schumer, cercano a Hillary Clinton.
Esto hace pensar que el material, aunque ficcional, huele a primera mano. (A esto se le llama hacer los deberes, y no escribir por escribir, de oídas o para rellenar 70 páginas). Y no nos olvidamos, amigo puntilloso, de que la House of Cards USA tiene una hermana mayor, una House of Cards UK. (Con faldas y a lo loco, Some Like It Hot, es una adaptación de Fanfaren der liebe, pero esto nunca me lo dices).
Así que creemos que Frank Undewood es un tipo que puede andar entre nosotros. Un tipo que sirve como un perro al partido, hasta que este le da una patada en la boca. Así se siente Underwood, que espera como premio la secretaría de Estado pero es obligado a mantener su puesto como «desatascador de mierda de cañerías». Es el comienzo de la venganza de Underwood. (Un planteamiento que ha llevado a algunos comentaristas de series a establecer un paralelismo entre Underwood y Bárcenas, el extesorero del PP).
Sin duda, habrá espectadores que también encuentren similitudes entre el presidente Garrett Walker y Mariano Rajoy: ambos incumplen sus promesas electorales de manera sorpresiva para los electores. Para los espectadores españoles, la sensación de estafa premeditada de Garret Walker (repito: Garret Walker), se ve remarcada por el doblaje de Salvador Aldeguer, que también pone voz a Nucky Thompson (Boardwalk Empire).
A pesar de que Frank Underwood es un canalla de la clase política, nos cae bien, sabe hacerse amigo del espectador. Rompe la cuarta pared, casi te coge del hombro y te dice: “Ven, voy a enseñarte los secretos de esta podrida ciudad”. ¿A quién no le gusta que le cuenten chismes?
Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención del piloto de House of Cards, mi plano favorito, es el de la periodista Zoey Barnes (Kate Mara), sentada en el water. No sabemos muy bien haciendo qué, porque esta niña tiene un rostro dulce, incluso cuando se enfada, acorde con su baja estatura y su cuerpo menudo. ¡Ya está, pervertido! No, no es eso. El voyeurismo escatológico no es uno de mis vicios.
Aclaremos, en plan tertulia de Qué grande es el cine (vuelve Garci a eso que tú haces muy bien: poner películas y comentarlas con los amigos). En el plano,  Zoey Barnes se mea (más bien) en los políticos. Sí, se mea en los políticos.
Un mal café para algunos
Mientras las altas esferas de Washington no pueden desayunar a gusto con la noticia publicada por Zoey Barnes, ella está tranquilamente sentada en el water, como si quisiera anunciarnos yogures o muesli. Nunca una metáfora fue tan evidente. Zoey hace lo que muchos ciudadanos que no son afines a medios concretos esperan: que los periodistas se meen en los políticos en lugar de ejercer como portavoces o bufones que intentan crear un trending topic.
Willimon, Fincher o Spacey (que es el productor ejecutivo) ha puesto a Zoey sentada allí por un motivo: ven a los periodistas como héroes, como personas normales, sí, pero como héroes.  Zoey Barnes es una periodista de raza: no desvela su fuente y no le tiembla el pulso a la hora de firmar un artículo que es un obús en plena flotación de la administración Garret.
Zoey Barnes no es la periodista que hace la ola al poder, en todo caso, lo utiliza. Ella no se asusta en el desayuno porque su nombre aparece mezclado entre los mentirosos y los corruptos, ella es la que firma en primera plana.
Frank Underwood es el único político que desayuna esa mañana como los campeones, como un hijo del Sur, un costillar con café ardiendo, disfrutando su venganza como Edmundo Dantes. Realmente, Underwood devora costillas igual que devora a compañeros de partido. Es el Garganta Profunda de Zoe Barnes.
Underwood devora costillas igual que a compañeros de partido
Zoey Barnes podría mantenerse cómoda escribiendo sobre las mejores calles para pasear por Washington o lugares para comer con encanto, sin embargo, decide sacar las uñas y los dientes. No se acerca micrófono en mano al Presidente Garret para hacerle una “pregunta mamporrea” (periodismo de cara a la galería, qué graciosos somos), si no que escribe para revolver el estómago del presidente de los Estados Unidos.
Lo que depare al futuro del personaje no importa ahora, si no la declaración de intenciones de Willimon, Fincher o Spacey: ellos sí creen en el cuarto poder, en unos momentos en los que la credibilidad de los medios está cuestionada en la aldea global.
House of Cards se coloca del lado de la denostada The Newsroom (“Me gusta escribir sobre héroes que no llevan capas ni disfraces”, Sorkin dixit).

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Opiniones 4
  • Esta serie le da 10 patadas a The Newsroom, pese a que ésta última está mucho más relacionada con el mundo del periodismo. La mayor «pega» que veo de la serie y la principal diferencia con respecto a la de Sorkin es que el tiburón de la política, es decir, el protagonista, cae bien, mientras que el prota de The Newsroom, es para matarlo.

  • Vi esta serie movida por el entusiasmo de mi pareja, de profesión politólogo y la verdad es que me enganchó de principio a fin, a la espera de la segunda temporada. Es increíble lo que el poder es capaz de hacer, de lo que es capaz de convertirnos… Ya la he recomendado a varios amigos, sencillamente brutal

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