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12 de febrero 2019    /   DIGITAL
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Alberto Gayo tiene los huevos más bonitos de Instagram

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A Alberto Gayo le gustan los huevos con la yema babosa y los bordes crujientes, con puntillitas. Ese detalle, que sería irrelevante en cualquier otra persona, cobra interés cuando hablamos de un artesano del collage atípico, un hombre que combina los recortes más clásicos con huevos (estos sin puntillitas), creando unas imágenes tan hipnóticas como apetecibles. Poesías gelatinosas.

Recientemente la foto de un huevo ha destronado a la de Kylie Jenner con su hija como la imagen con más likes de Instagram. La primera amasa 51 millones de corazones mientras que la segunda ronda los 18, así que más que superarla la ha aplastado. «Realmente no entiendo lo que le gusta a la gente en este huevo», declaró el autor de la aclamada instantánea a Esquire.

Alberto Gayo se mueve en cifras más discretas, su cuenta en Instagram llega a un millar de personas, pero comparte diagnóstico ambiguo con el rey del huevo. «No tengo ni idea de por qué triunfa tanto», empieza diciendo para matizarse rápidamente: «Quizá sea porque nos gustan las cosas con sorpresa en su interior, como los Kinder de chocolate. Rompes el cascarón y aparece una sustancia entre amarilla y naranja, extraterrestre, cubierta por una finísima membrana y un líquido… que encima sobre una sartén o bajo el agua hervida se transforma en un manjar. Cómo no vamos a estar fascinados».

[URIS id=232181]

La fascinación de Gayo se remonta a abril de 2018, cuando utilizó por primera vez una yema en sus collages. Desde entonces lo ha hecho 120 veces. Sin embargo, su estilo ya venía definiéndose en publicaciones precedentes, eso de «emplatar los collages», como él mismo dice, le viene de antes.

«En febrero de 2017, mientras hacía el desayuno familiar, saqué la bolsita de té de la taza y la dejé sobre un plato blanco», recuerda el creativo. Esa fue su primera obra emplatada, titulada ‘Tengo que ir a donar sangre’. «En un principio me lo tomé como si fueran emoticonos que expresaban una emoción, un deseo, una cosa pendiente de hacer», explica. Después la cosa fue tomando forma.

Alberto Gayo es periodista en Prodigioso Volcán. A lo largo de los años ha paseado su pluma por las páginas de Diario 16, Interviú, El País Semanal, Tinta Libre o Man on the moon. Quizá por ello tiene una sensibilidad especial a la hora de titular sus obras, haciendo juegos de palabras que van más allá de los que a todos nos sugieren los huevos. Sus collages emplatados parecen, de alguna forma, completarse en significado con los breves textos que los acompañan.

El niño de los huevos
Sor-presa

Asegura Gayo que su afición por escribir nace del mismo lugar que la de recortar y juguetear con huevos crudos. «Tanto mi faceta periodística como la artística se han centrado en contar historias: reportajes cuando escribo y microrrelatos a través del collage».

Así ha pasado años siguiendo una rutina para que su profesión no le comiera espacio a su afición y ambas pudieran convivir. Hay quien madruga un poco más de lo que obliga el trabajo para pasear al perro, hay quien lo hace para acercarse al gimnasio. Gayo lleva años haciéndolo para componer collages.

«Cada noche ponía en orden mi agenda, pillaba cúter y tijeras y recortaba. Y por la mañana, tras el desayuno, hacía un collage en un plato, que subía Instagram y Twitter. La obra desaparecía al momento, el plato se lavaba y me iba a trabajar», resume.

Huevo estrellado
Joan Miró

Cuando hablamos de arte es muy mundano sacar a relucir vetustas normas de educación, pero, ¿a Gayo no le dijo su madre que con la comida no se juega? «Claro, a quién no se lo han dicho alguna vez», responde el artista con sorna, «pero si te fijas, jugamos con la comida desde que nacemos: mordisqueamos los huesos de pollo, hacemos malabares con las mandarinas o lanzamos tartas de nata. Recuerdo las guerras de castañas en el Retiro, aunque vale, eran pilongas y no se podían comer».

De todas formas, Gayo no juega con la comida; más bien la moldea como si fueran palabras, la manipula para construir historias, para crear cuentos efímeros. Y la aprovecha. «Menos algunas yemas que no he podido reutilizar, el resto han acabado en la olla o en la sartén». Pocos artistas pueden presumir de comerse su propia obra.

Yo decido cómo y cuándo muestro mi trabajo. Si cambié el lienzo por una pieza de loza y el estudio por una cocina, ¿por qué no cambiar la galería o el local de exposiciones por las redes sociales?

Puede que la fama aún esté por llegar, que sus piezas aún no tengan un valor de mercado, pero estas circunstancias, defiende Gayo, tienen un lado positivo: «Yo decido cómo y cuándo muestro mi trabajo», explica. Y ha decidido hacerlo online. «Si cambié el lienzo por una pieza de loza y el estudio por una cocina, ¿por qué no cambiar la galería o el local de exposiciones por las redes sociales?», inquiere.

Aún así, de vez en cuando, Gayo saca a pasear sus huevos por alguna exposición. Desde hace seis años es un invitado recurrente en festivales underground, y sus hashtags empiezan a hacer ruido en las redes sociales. Su sueño ahora, reconoce, es juntar todas sus fotos en un libro. Mientras tanto, se conforma con los likes y el cariño de sus fans. Y con seguir comiendo huevos con puntillitas.

Huevo terráqueo
En bandeja

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A Alberto Gayo le gustan los huevos con la yema babosa y los bordes crujientes, con puntillitas. Ese detalle, que sería irrelevante en cualquier otra persona, cobra interés cuando hablamos de un artesano del collage atípico, un hombre que combina los recortes más clásicos con huevos (estos sin puntillitas), creando unas imágenes tan hipnóticas como apetecibles. Poesías gelatinosas.

Recientemente la foto de un huevo ha destronado a la de Kylie Jenner con su hija como la imagen con más likes de Instagram. La primera amasa 51 millones de corazones mientras que la segunda ronda los 18, así que más que superarla la ha aplastado. «Realmente no entiendo lo que le gusta a la gente en este huevo», declaró el autor de la aclamada instantánea a Esquire.

Alberto Gayo se mueve en cifras más discretas, su cuenta en Instagram llega a un millar de personas, pero comparte diagnóstico ambiguo con el rey del huevo. «No tengo ni idea de por qué triunfa tanto», empieza diciendo para matizarse rápidamente: «Quizá sea porque nos gustan las cosas con sorpresa en su interior, como los Kinder de chocolate. Rompes el cascarón y aparece una sustancia entre amarilla y naranja, extraterrestre, cubierta por una finísima membrana y un líquido… que encima sobre una sartén o bajo el agua hervida se transforma en un manjar. Cómo no vamos a estar fascinados».

[URIS id=232181]

La fascinación de Gayo se remonta a abril de 2018, cuando utilizó por primera vez una yema en sus collages. Desde entonces lo ha hecho 120 veces. Sin embargo, su estilo ya venía definiéndose en publicaciones precedentes, eso de «emplatar los collages», como él mismo dice, le viene de antes.

«En febrero de 2017, mientras hacía el desayuno familiar, saqué la bolsita de té de la taza y la dejé sobre un plato blanco», recuerda el creativo. Esa fue su primera obra emplatada, titulada ‘Tengo que ir a donar sangre’. «En un principio me lo tomé como si fueran emoticonos que expresaban una emoción, un deseo, una cosa pendiente de hacer», explica. Después la cosa fue tomando forma.

Alberto Gayo es periodista en Prodigioso Volcán. A lo largo de los años ha paseado su pluma por las páginas de Diario 16, Interviú, El País Semanal, Tinta Libre o Man on the moon. Quizá por ello tiene una sensibilidad especial a la hora de titular sus obras, haciendo juegos de palabras que van más allá de los que a todos nos sugieren los huevos. Sus collages emplatados parecen, de alguna forma, completarse en significado con los breves textos que los acompañan.

El niño de los huevos
Sor-presa

Asegura Gayo que su afición por escribir nace del mismo lugar que la de recortar y juguetear con huevos crudos. «Tanto mi faceta periodística como la artística se han centrado en contar historias: reportajes cuando escribo y microrrelatos a través del collage».

Así ha pasado años siguiendo una rutina para que su profesión no le comiera espacio a su afición y ambas pudieran convivir. Hay quien madruga un poco más de lo que obliga el trabajo para pasear al perro, hay quien lo hace para acercarse al gimnasio. Gayo lleva años haciéndolo para componer collages.

«Cada noche ponía en orden mi agenda, pillaba cúter y tijeras y recortaba. Y por la mañana, tras el desayuno, hacía un collage en un plato, que subía Instagram y Twitter. La obra desaparecía al momento, el plato se lavaba y me iba a trabajar», resume.

Huevo estrellado
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Cuando hablamos de arte es muy mundano sacar a relucir vetustas normas de educación, pero, ¿a Gayo no le dijo su madre que con la comida no se juega? «Claro, a quién no se lo han dicho alguna vez», responde el artista con sorna, «pero si te fijas, jugamos con la comida desde que nacemos: mordisqueamos los huesos de pollo, hacemos malabares con las mandarinas o lanzamos tartas de nata. Recuerdo las guerras de castañas en el Retiro, aunque vale, eran pilongas y no se podían comer».

De todas formas, Gayo no juega con la comida; más bien la moldea como si fueran palabras, la manipula para construir historias, para crear cuentos efímeros. Y la aprovecha. «Menos algunas yemas que no he podido reutilizar, el resto han acabado en la olla o en la sartén». Pocos artistas pueden presumir de comerse su propia obra.

Yo decido cómo y cuándo muestro mi trabajo. Si cambié el lienzo por una pieza de loza y el estudio por una cocina, ¿por qué no cambiar la galería o el local de exposiciones por las redes sociales?

Puede que la fama aún esté por llegar, que sus piezas aún no tengan un valor de mercado, pero estas circunstancias, defiende Gayo, tienen un lado positivo: «Yo decido cómo y cuándo muestro mi trabajo», explica. Y ha decidido hacerlo online. «Si cambié el lienzo por una pieza de loza y el estudio por una cocina, ¿por qué no cambiar la galería o el local de exposiciones por las redes sociales?», inquiere.

Aún así, de vez en cuando, Gayo saca a pasear sus huevos por alguna exposición. Desde hace seis años es un invitado recurrente en festivales underground, y sus hashtags empiezan a hacer ruido en las redes sociales. Su sueño ahora, reconoce, es juntar todas sus fotos en un libro. Mientras tanto, se conforma con los likes y el cariño de sus fans. Y con seguir comiendo huevos con puntillitas.

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