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25 de junio 2015    /   CINE/TV
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El 'Like' de Facebook ya se inventó en los años 30

25 de junio 2015    /   CINE/TV     por          
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Y si alguien dijera que la idea de Facebook ya la tuvo alguien medio siglo a. Z. (antes de Zuckerberg)? ¿Cuánto crédito darías a la afirmación de que el teletexto no fue un invento noventero? ¿Podría ser que hace 80 años ya se estuviera hablando de comunicación móvil? ¿Qué día empezaron los pedidos por internet? Habría que dar un repaso a la inventiva de un editor de ciencia ficción estadounidense de origen luxemburgués llamado Hugo Gernsback (1884-1967) antes de responder a todo eso.
Sus contribuciones al género como editor fueron tan significativas que, junto con los novelistas H. G. Wells y Julio Verne, algunos le consideran «el padre de la ciencia ficción». Si el de las Cien mil leguas de viaje submarino intuyó cómo sería un aterrizaje en la Luna, no se quedó corto Gernsback cuando quiso imaginar «la tecnología del futuro».
Habla un artículo de Matt Novak en Paleofuture de la época en que, a diferencia de otros países, Estados Unidos adoptó un modelo de difusión de televisión comercial que se centraba en torno a la publicidad. Al luxemburgués aquello le parecía poco. Falto de reciprocidad, digamos. Por eso «en 1935 imaginó un sistema para la monetización de la televisión que no dependía únicamente de anuncios», cuenta Novak.
Gran parte de la humanidad aún no había visto un aparato de televisión por aquel entonces cuando este autor ya estaba pensando en algo mucho más allá de eso. La imaginó como «la radio del futuro» y la intuyó posible a 15 años vista. Esta radio, en sus esquemas, tenía incluida una televisión de cabezal giratorio, periódicos instantáneos impresos en casa e incluso un teléfono con alcance hasta el coche familiar. El receptor de aquellas ondas interactuando con ellas, imaginó. Hay quien diría que una premonición de la comunicación casi un siglo después.
En febrero de 1935 Gernsback explicó al incrédulo público lo siguiente en la revista Radio-Craft: «Al escuchar la radio, usted podrá estar viendo al artista en su pantalla de televisión. Al locutor se le entregará una fotografía que él hará autografiar ante sus ojos. Esta fotografía se lleva entonces a la sala de control adyacente, y desde ahí se transmite automáticamente en la misma longitud de onda que la utilizada por la estación de radiodifusión; en pocos minutos, aparecerá en frente de su equipo de radio en una diapositiva prevista para tal efecto. Las dificultades técnicas de hacer esto son más que leves», sembraba el escritor la mecha de la revolución tecnológica social.
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Él se basaba en los desarrollos de fax inalámbricos (a mediados de los años 1930) y tecnologías experimentales como la que usó RCA para entregar periódicos a través de ondas de radio directamente. Su propósito era llevar los avances a asuntos tan banales, y tan socialmente rompedores, como entregar autógrafos a distancia entre otras imágenes memorables de los programas de radio más populares.
Cuenta Novak que «algunos aparatos de radio del futuro que se imaginaba en los años 30 incluso tenían algo parecido a un botón de like», que permitían valorar los programas de algunas emisoras. A Gernsback se le ocurrió otro mecanismo de retroalimentación más rudimentario pero mucho más original: presupuso en su aparato la capacidad «de lanzar un aplauso gracias a un interruptor desde la comodidad de su propia casa». La cantidad de aplausos quedaría registrada por la estación de radio y «ayudaría a decidir qué emitir en adelante», sugería el autor.
Entre las bondades de la máquina que describió, estaba la de un intercomunicador integrado que pudiera comunicarse con otro aparato colocado en el coche, efectivo hasta las 20 millas de distancia. En su análisis –fechado en los años 30– lo veía útil para poder que el marido se comunicase con su esposa que, obviamente, sería la que estaría en casa. Salieron muchos detractores de la idea diciendo que eso sería imposible porque se cruzarían las comunicaciones, (imagínate el enredo si te comunican con la esposa que no es), pero Gernsback rechazó farios y aumentó la apuesta asegurando que serviría, además de para la comunicación conyugal pertinente, «para accidentes, conexiones con barrios periféricos, granjas, automóviles, barcos a motor, yates, y muchas otras aplicaciones, sin olvidar los aviones privados, de los cuales habrá muchos en el año 1950».
Hasta pensó en la movilidad de la pantalla de su aparato con la mente puesta en esos casos de ángulos incómodos de los salones unifamiliares. También, que cuando el aparato de radio no estuviera en uso, los medios pudieran «proporcionar a la pantalla del televisor una imagen decorativa para disfrazarla que armonizara con la decoración de la habitación», describía.
El final de la historia es algo triste para la humanidad, pero no para la reputación de Gernsback. Los desarrolladores siguen ideando tecnologías para poder hacer cosas como comprar las prendas que vemos puestas en los personajes televisivos sin un éxito definido. Hacia eso se sigue apuntando, pero ni siquiera existe una buena máquina capaz de entregarnos los autógrafos de nuestro artista favorito directamente en casa. Objetivos que un editor de ciencia ficción fechó para 1950.
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Y si alguien dijera que la idea de Facebook ya la tuvo alguien medio siglo a. Z. (antes de Zuckerberg)? ¿Cuánto crédito darías a la afirmación de que el teletexto no fue un invento noventero? ¿Podría ser que hace 80 años ya se estuviera hablando de comunicación móvil? ¿Qué día empezaron los pedidos por internet? Habría que dar un repaso a la inventiva de un editor de ciencia ficción estadounidense de origen luxemburgués llamado Hugo Gernsback (1884-1967) antes de responder a todo eso.
Sus contribuciones al género como editor fueron tan significativas que, junto con los novelistas H. G. Wells y Julio Verne, algunos le consideran «el padre de la ciencia ficción». Si el de las Cien mil leguas de viaje submarino intuyó cómo sería un aterrizaje en la Luna, no se quedó corto Gernsback cuando quiso imaginar «la tecnología del futuro».
Habla un artículo de Matt Novak en Paleofuture de la época en que, a diferencia de otros países, Estados Unidos adoptó un modelo de difusión de televisión comercial que se centraba en torno a la publicidad. Al luxemburgués aquello le parecía poco. Falto de reciprocidad, digamos. Por eso «en 1935 imaginó un sistema para la monetización de la televisión que no dependía únicamente de anuncios», cuenta Novak.
Gran parte de la humanidad aún no había visto un aparato de televisión por aquel entonces cuando este autor ya estaba pensando en algo mucho más allá de eso. La imaginó como «la radio del futuro» y la intuyó posible a 15 años vista. Esta radio, en sus esquemas, tenía incluida una televisión de cabezal giratorio, periódicos instantáneos impresos en casa e incluso un teléfono con alcance hasta el coche familiar. El receptor de aquellas ondas interactuando con ellas, imaginó. Hay quien diría que una premonición de la comunicación casi un siglo después.
En febrero de 1935 Gernsback explicó al incrédulo público lo siguiente en la revista Radio-Craft: «Al escuchar la radio, usted podrá estar viendo al artista en su pantalla de televisión. Al locutor se le entregará una fotografía que él hará autografiar ante sus ojos. Esta fotografía se lleva entonces a la sala de control adyacente, y desde ahí se transmite automáticamente en la misma longitud de onda que la utilizada por la estación de radiodifusión; en pocos minutos, aparecerá en frente de su equipo de radio en una diapositiva prevista para tal efecto. Las dificultades técnicas de hacer esto son más que leves», sembraba el escritor la mecha de la revolución tecnológica social.
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Él se basaba en los desarrollos de fax inalámbricos (a mediados de los años 1930) y tecnologías experimentales como la que usó RCA para entregar periódicos a través de ondas de radio directamente. Su propósito era llevar los avances a asuntos tan banales, y tan socialmente rompedores, como entregar autógrafos a distancia entre otras imágenes memorables de los programas de radio más populares.
Cuenta Novak que «algunos aparatos de radio del futuro que se imaginaba en los años 30 incluso tenían algo parecido a un botón de like», que permitían valorar los programas de algunas emisoras. A Gernsback se le ocurrió otro mecanismo de retroalimentación más rudimentario pero mucho más original: presupuso en su aparato la capacidad «de lanzar un aplauso gracias a un interruptor desde la comodidad de su propia casa». La cantidad de aplausos quedaría registrada por la estación de radio y «ayudaría a decidir qué emitir en adelante», sugería el autor.
Entre las bondades de la máquina que describió, estaba la de un intercomunicador integrado que pudiera comunicarse con otro aparato colocado en el coche, efectivo hasta las 20 millas de distancia. En su análisis –fechado en los años 30– lo veía útil para poder que el marido se comunicase con su esposa que, obviamente, sería la que estaría en casa. Salieron muchos detractores de la idea diciendo que eso sería imposible porque se cruzarían las comunicaciones, (imagínate el enredo si te comunican con la esposa que no es), pero Gernsback rechazó farios y aumentó la apuesta asegurando que serviría, además de para la comunicación conyugal pertinente, «para accidentes, conexiones con barrios periféricos, granjas, automóviles, barcos a motor, yates, y muchas otras aplicaciones, sin olvidar los aviones privados, de los cuales habrá muchos en el año 1950».
Hasta pensó en la movilidad de la pantalla de su aparato con la mente puesta en esos casos de ángulos incómodos de los salones unifamiliares. También, que cuando el aparato de radio no estuviera en uso, los medios pudieran «proporcionar a la pantalla del televisor una imagen decorativa para disfrazarla que armonizara con la decoración de la habitación», describía.
El final de la historia es algo triste para la humanidad, pero no para la reputación de Gernsback. Los desarrolladores siguen ideando tecnologías para poder hacer cosas como comprar las prendas que vemos puestas en los personajes televisivos sin un éxito definido. Hacia eso se sigue apuntando, pero ni siquiera existe una buena máquina capaz de entregarnos los autógrafos de nuestro artista favorito directamente en casa. Objetivos que un editor de ciencia ficción fechó para 1950.
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