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18 de diciembre 2017    /   CREATIVIDAD
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Humanos tísicos y calvos para mostrar lo peor del mundo actual

18 de diciembre 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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El ilustrador argentino Al Margen vive con el radar de la contradicción alerta; tanto que empieza reconociendo sus propias incongruencias. «¿No es contradictorio que yo publique en las redes dibujos que critican las redes sociales?», se pregunta. Cuando abrió su página de Facebook escribió una declaración de principios: estos dibujos nacían para no ser vistos, expresaba. «En principio era verdad, yo dibujaba sin esperar que nadie los viera», cuenta.

Buscaba una suerte de proceso de comunicación consigo mismo, pero para ello consideró oportuno abrir un canal de contacto con el exterior. Quizás sin percatarse, el dibujante esbozaba una de las ideas que desarrolla en sus dibujos: el ser humano ha llegado a ser incapaz de emprender actos puramente humanos; incluso para la comunicación introspectiva, necesita intermediarios tecnológicos. Uno no puede volver los ojos hacia sí sin cargar, al mismo tiempo, con la curiosidad de cientos de ojos conectados en red.

Al Margen

La contradicción del autor se contagió a la web. Los dibujos se viralizaron. Ha ocurrido antes con otras propuestas semejantes como las de Pawel Kuczynski: un autor impugna el cosmos virtual con dureza, quizás, incluso, cayendo en ciertos excesos, y los usuarios comparten los dibujos masivamente. Tal vez, la gente, al compartir, cree estar a salvo. Pero ninguna enfermedad se cura con el simple hecho de detectarla.

Al Margen no refleja conceptos nuevos. Sus cuestionamientos del mundo desarrollado y de la sociedad de consumo y de individualismo salvajes se encuentran en otros proyectos artísticos y literarios. Sin embargo, su trabajo se distingue por la capacidad expresiva, por la crudeza surrealista con que retuerce las fisonomías de los personajes, por las mutaciones e hibridaciones a las que los somete.

Al Margen

El argentino crea una carnalidad errática y corrompida. No recurre al tópico de la podredumbre, sino a la exageración de la fibra, el hueso y el músculo. Algunos de sus personajes parecen seres del revés. Recrea una agonía psicológica y emocional a partir de la simplificación de lo humano, de cuerpos que parecen estar sometidos a algún tipo de sistema de acoso y exterminio.

Criaturas histéricas e insalubres que sufren sin atinar a comprender quién les está infligiendo el daño, y más allá: se diría que se echan la culpa a sí mismas, que asumen que no pueden escapar de la esclavitud porque esa esclavitud se la imponen ellas mismas y no encuentran la forma de reorientar su voluntad.

Al Margen

Muchos de los conceptos y los argumentos gráficos de este ilustrador, según cuenta, no son intencionados: «Hago cosas inconscientemente. No me doy cuenta de que las hago hasta que alguien me lo comenta. Muchos de mis dibujos no tienen significado para mí», explica.

Y con esa propensión a la exploración aleatoria de formas y mensajes, Al Margen mezcla seres humanos con máquinas. En una de estas viñetas inventa una mujer que integra una cadena de montaje en la que va expulsando niños a los que un brazo robot les estampa un código de barras en la frente. El argentino no recurre al futurismo en este caso. Los apéndices tecnológicos, como la chimenea de vapor ubicada en el pecho, corresponden al imaginario de la industria del siglo XIX y principios del XX.

Remite a las peores situaciones de explotación para concienciar al espectador de que, pese a las sofisticaciones y almibaramientos tecnológicos, aquella forma de exprimir al individuo para nutrir al sistema sigue existiendo. La madre pare como una máquina hijos que son productos, instrumentos para consumir y para ser consumidos.

Al Margen

Algunos de sus personajes son calvos y están desnudos. «El cabello y la ropa pueden determinar la edad, la raza, la clase social, la cultura, la moda, la época… Por eso muchas veces dibujo a los personajes así, para representar a todos los seres humanos y no solo a una porción».

Otros tienen los sentidos desproporcionados. Dos padres que tienen bocas enormes en vez de cabeza se gritan mientras el hijo, sentado en la cama, es solo oreja.

Al Margen

Hay también cabezas con cáscara de hormigón. Conocerse es para Al Margen romper esa cáscara con la que cargas y que te impide ver el exterior y, a la vez, imposibilita a quienes miran percibir un ápice de ti. En una de sus ilustraciones, dos personas se arrancan a golpe de cincel y martillo esa envoltura y lo que sobresale es un rostro acosado por el pánico. En el mundo de la sobrexposición pública del rostro, en mitad de la fantasía selfie, el ilustrador ve las identidades bloqueadas.

«Somos muchos los que estamos confundidos con la tecnología. Supuestamente, está para facilitarnos las cosas, pero creo que poco a poco nos estamos volviendo esclavos. Hoy si salimos a la calle sin el teléfono móvil nos sentimos inseguros. Si no tenemos conexión a internet, nos sentimos más solos», reflexiona.

En este mundo de exhibicionismo, según sus dibujos, la solidaridad y las militancias son medallas para lucir. La condecoración, como en este selfi de una ecologista, se convierte en el mayor objetivo del acto solidario e, incluso, llega a sustituirlo.

 

Al Margen

Al Margen

Al Margen critica también el sistema educativo. Cree que no potencia las diversas inteligencias de los alumnos y que apaga la creatividad y la imaginación. De nuevo, puede extraerse una tesis de sus dibujos: pese a la modernización y al diseño que dulcifican las dinámicas de poder, en el fondo, la vida bajo el capitalismo sigue siendo cruelmente mecánica y monótona.

El ilustrador argentino Al Margen vive con el radar de la contradicción alerta; tanto que empieza reconociendo sus propias incongruencias. «¿No es contradictorio que yo publique en las redes dibujos que critican las redes sociales?», se pregunta. Cuando abrió su página de Facebook escribió una declaración de principios: estos dibujos nacían para no ser vistos, expresaba. «En principio era verdad, yo dibujaba sin esperar que nadie los viera», cuenta.

Buscaba una suerte de proceso de comunicación consigo mismo, pero para ello consideró oportuno abrir un canal de contacto con el exterior. Quizás sin percatarse, el dibujante esbozaba una de las ideas que desarrolla en sus dibujos: el ser humano ha llegado a ser incapaz de emprender actos puramente humanos; incluso para la comunicación introspectiva, necesita intermediarios tecnológicos. Uno no puede volver los ojos hacia sí sin cargar, al mismo tiempo, con la curiosidad de cientos de ojos conectados en red.

Al Margen

La contradicción del autor se contagió a la web. Los dibujos se viralizaron. Ha ocurrido antes con otras propuestas semejantes como las de Pawel Kuczynski: un autor impugna el cosmos virtual con dureza, quizás, incluso, cayendo en ciertos excesos, y los usuarios comparten los dibujos masivamente. Tal vez, la gente, al compartir, cree estar a salvo. Pero ninguna enfermedad se cura con el simple hecho de detectarla.

Al Margen no refleja conceptos nuevos. Sus cuestionamientos del mundo desarrollado y de la sociedad de consumo y de individualismo salvajes se encuentran en otros proyectos artísticos y literarios. Sin embargo, su trabajo se distingue por la capacidad expresiva, por la crudeza surrealista con que retuerce las fisonomías de los personajes, por las mutaciones e hibridaciones a las que los somete.

Al Margen

El argentino crea una carnalidad errática y corrompida. No recurre al tópico de la podredumbre, sino a la exageración de la fibra, el hueso y el músculo. Algunos de sus personajes parecen seres del revés. Recrea una agonía psicológica y emocional a partir de la simplificación de lo humano, de cuerpos que parecen estar sometidos a algún tipo de sistema de acoso y exterminio.

Criaturas histéricas e insalubres que sufren sin atinar a comprender quién les está infligiendo el daño, y más allá: se diría que se echan la culpa a sí mismas, que asumen que no pueden escapar de la esclavitud porque esa esclavitud se la imponen ellas mismas y no encuentran la forma de reorientar su voluntad.

Al Margen

Muchos de los conceptos y los argumentos gráficos de este ilustrador, según cuenta, no son intencionados: «Hago cosas inconscientemente. No me doy cuenta de que las hago hasta que alguien me lo comenta. Muchos de mis dibujos no tienen significado para mí», explica.

Y con esa propensión a la exploración aleatoria de formas y mensajes, Al Margen mezcla seres humanos con máquinas. En una de estas viñetas inventa una mujer que integra una cadena de montaje en la que va expulsando niños a los que un brazo robot les estampa un código de barras en la frente. El argentino no recurre al futurismo en este caso. Los apéndices tecnológicos, como la chimenea de vapor ubicada en el pecho, corresponden al imaginario de la industria del siglo XIX y principios del XX.

Remite a las peores situaciones de explotación para concienciar al espectador de que, pese a las sofisticaciones y almibaramientos tecnológicos, aquella forma de exprimir al individuo para nutrir al sistema sigue existiendo. La madre pare como una máquina hijos que son productos, instrumentos para consumir y para ser consumidos.

Al Margen

Algunos de sus personajes son calvos y están desnudos. «El cabello y la ropa pueden determinar la edad, la raza, la clase social, la cultura, la moda, la época… Por eso muchas veces dibujo a los personajes así, para representar a todos los seres humanos y no solo a una porción».

Otros tienen los sentidos desproporcionados. Dos padres que tienen bocas enormes en vez de cabeza se gritan mientras el hijo, sentado en la cama, es solo oreja.

Al Margen

Hay también cabezas con cáscara de hormigón. Conocerse es para Al Margen romper esa cáscara con la que cargas y que te impide ver el exterior y, a la vez, imposibilita a quienes miran percibir un ápice de ti. En una de sus ilustraciones, dos personas se arrancan a golpe de cincel y martillo esa envoltura y lo que sobresale es un rostro acosado por el pánico. En el mundo de la sobrexposición pública del rostro, en mitad de la fantasía selfie, el ilustrador ve las identidades bloqueadas.

«Somos muchos los que estamos confundidos con la tecnología. Supuestamente, está para facilitarnos las cosas, pero creo que poco a poco nos estamos volviendo esclavos. Hoy si salimos a la calle sin el teléfono móvil nos sentimos inseguros. Si no tenemos conexión a internet, nos sentimos más solos», reflexiona.

En este mundo de exhibicionismo, según sus dibujos, la solidaridad y las militancias son medallas para lucir. La condecoración, como en este selfi de una ecologista, se convierte en el mayor objetivo del acto solidario e, incluso, llega a sustituirlo.

 

Al Margen

Al Margen

Al Margen critica también el sistema educativo. Cree que no potencia las diversas inteligencias de los alumnos y que apaga la creatividad y la imaginación. De nuevo, puede extraerse una tesis de sus dibujos: pese a la modernización y al diseño que dulcifican las dinámicas de poder, en el fondo, la vida bajo el capitalismo sigue siendo cruelmente mecánica y monótona.

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