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9 de diciembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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¿Por qué el humor nos hace más inteligentes?

9 de diciembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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El sentido del humor carece de fronteras físicas, pero no en todo el mundo se cultiva del mismo modo, tal y como señaló el humorista canadiense Stephen Leacock el 26 de febrero de 1939 en el New York Times Magazine: «Permitidme oír los chistes de un país y os diré cómo es su gente, cómo les va y qué les ocurrirá».
Se dice que en el humor hay líneas rojas, fronteras geográficas y también emocionales que no podemos cruzar, cosas de las que no podemos hacer mofa por miedo a que nos consideren unos insensibles. Afirmar tal cosa viene a significar no afirmar nada: si no hay un consenso universal sobre dónde está esa frontera, entonces cualquiera puede sentirse ofendido frente a una broma arguyendo sencillamente que se ha cruzado dicha frontera.
Y entonces, amigos, estaríamos poniendo en peligro una de las armas más poderosas del ser humano: su sentido del humor. Censuraríamos la capacidad de reírnos de todo y hasta de nuestra propia sombra porque un grupo de personas dice que no le hace gracia o se siente ofendida. Un tributo excesivamente oneroso, como veréis a continuación.

Si eres tonto, mejor no te insulto
Pensaréis: de acuerdo, pero sí que existen insultos directos a personas o colectivos que podemos considerar universalmente ultrajantes. De hecho, la mera existencia de la risa pudiera ser una forma de demostrar nuestra superioridad frente al que se la dedicamos, como teorizaba Platón en el 400 a.C. en su célebre texto La República. Platón, por ese motivo, defenestraba la risa y desaconsejaba que la gente asistiera a comedias.
Las injurias y difamaciones ya entran en el proceloso ámbito de las regulaciones jurídicas. Pero incluso en un insulto directo la cosa no queda clara: es muy sencillo escamotear las consecuencias, por ejemplo empleando la ironía. Si tildamos de Einstein a un tipo cualquiera podemos estar alabándole o insultándole, dependiendo del contexto. Y las sutilezas de determinados insultos pueden alcanzar niveles en los que el insultado no puede responder para no quedar en evidencia.
Si la cuestión se reduce a prohibir palabrotas, por ejemplo, existen mil caminos para seguir insultando, porque el insulto depende únicamente de las intenciones, no de las palabras (¿quién no ha insultado amistosamente a un allegado?).
Por si fuera poco, que un chascarrillo resulte ofensivo para alguien no significa que sea ofensivo para todos, y mucho menos significa que no tenga gracia: lo único que pone de manifiesto es el termómetro moral o la finura de la piel del que protesta. Es decir, el humor es una estupenda herramienta bidireccional para conocer a los demás y también para mostrar cómo somos al resto del mundo. Casi una carta de presentación de nuestra forma de ver las cosas y de lo afilada que está nuestra inteligencia.
De hecho, el bufón de la corte no solo fue el encargado de ridiculizar lo intocable como forma de criticarlo: el humor ha permitido el avance social porque ha convertido lo inadmisible, lo inmoral o lo injusto no tanto en algo pecaminoso como en algo ridículo. Como los duelos o la guerra patriotera. Tal y como escribe Ken Goffman en su libro La contracultura a través de los tiempos:

Bromistas, bufones, cómicos, fabricantes de cuentos y acertijos, burlones que desafían todo lo pomposo pueblan muchas de nuestras historias. La capacidad de juego de las contraculturas representa el rechazo no autorizado a tomarse a uno mismo, a una ideología o a un código de pureza moral demasiado en serio.

Sin Voltaire, Swift, Twain, Wilde, Bertrand Russell o George Carlin, muchos no se habrían sentido ofendidos, pero muchos más no habrían logrado advertir lo ridículo de creencias e ideas, tanto propias como ajenas, facilitando el cambio de paradigma mental. Echemos un vistazo a Groucho Marx interpretando a Rufus T. Firefly en Sopa de ganso: la sátira consiguió que el público más avispado se diera cuenta, así, de repente, de que la guerra no era gloriosa y digna, sino estúpida y ridícula. Más tarde, legiones de humoristas lograron perfilar la idea de que el racismo o el sexismo era propio de gañanes.
Cuando el chascarrillo del humorista resulta excesivamente ofensivo (o bruto) quizá pierde su efecto constructivo (o destructivo, según el punto de vista), pero en tal caso se pone en evidencia la escasa habilidad del humorista, no una cualidad negativa intrínseca del humor, como bien describió Mary Wortley Montagu en el siglo XVIII: «La sátira debería, como una afilada y pulida cuchilla, herir con un toque que apenas se note o se vea».
Quizás también influya si el que profiere el la sátira es, a su vez, capaz de reírse de sí mismo. Por ejemplo, nos puede resultar abominable que en la era victoriana fuese habitual reírse de los enfermos mentales en las instituciones psiquiátricas. Pero Ricky Gervais también lo hace y muchos lloramos de la risa con él, porque también se ha mofado abiertamente de su exceso de peso, por ejemplo.
Y si finalmente el que escucha el chiste responde eso tan manido de «no me hace gracia» para denotar su rechazo emocional al chiste, entonces podéis recordarle el momento en el que un humorista trataba de explicarle el sentido del humor al androide Data en el episodio The Outrageous Okona de Star Trek: La nueva generación.
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Muerte y destrucción
No solo se han producido innumerables estudios que correlacionan el sentido del humor con la inteligencia, sino que reírse de la vida en general parece que reduce la ansiedad y fortalece el sistema inmunitario, como sugieren otros tantos estudios, como el realizado por Michael Miller y sus colegas de la Universidad de Maryland tras mostrar escenas de Salvar al Soldado Ryan y Cuando Harry encontró a Sally a un grupo de participantes.
James Rotton también demostró que los pacientes que se recuperaban de una cirugía ortopédica necesitaban de un 60 % menos de calmantes si veían películas como Los productores, Agárralo como puedas o Bananas.
Así pues, un cómico no es un nihilista, aunque lo parezca, sino alguien que no se preocupa en exceso por hacer el ridículo. Y eso te hace vivir una vida mejor.
El poder del humor es tan ácido, disuelve tan fácilmente todas las construcciones artificiales en una masa homogénea, que los dueños de tales construcciones pueden ponerse muy nerviosos.
El ejemplo paradigmático son los disturbios mortales originados por las tiras cómicas del periódico danés Jyllands-Posten a expensas de Mahoma. South Park, serie experta en pisar callos, no sabemos si por temor ante las amenazas de bomba o por emplear las mil caras de la sátira para presentar el respeto como una crítica aún más mordaz, empezó a disfrazar a Mahoma con un traje o sencillamente a pixelarlo para no contravenir la ley de dibujarlo.
4bdee6fc6c4f8_620_!
Pero, como bien sabían los monjes de la abadía de El nombre de la rosa, el humor tiene más poder en tanto en cuanto lo que se aspira proteger de la burla es más delicado y está sostenido en un castillo de naipes más alto e intocado. Uno de esos castillos que, tras el soplo de una carcajada, se vienen completamente abajo arrancando tras de sí profundas raíces milenarias.
Algo que ha podido comprobar experimentalmente el psicólogo Vassilis Saroglou, de la Université de Lovaina, en Bélgica, al estudiar la relación entre la risa y el fundamentalismo religioso. Tal y como desmenuza los resultados del estudio Richard Wiseman en su libro Rarología, los que practican el fundamentalismo no toleran con facilidad todas las expresiones del sentido del humor porque estas son las antítesis de los valores que ensalzan los fundamentalistas:

tienden a valorar las actividades serias por encima de la diversión, la certeza sobre la incertidumbre, el sentido sobre la sinrazón, el autodominio sobre los impulsos, la autoridad sobre el caos y la rigidez mental sobre la flexibilidad.

Como se ha dicho antes, mofarnos de un discapacitado que se cae por una escalera puede resultar más o menos abominable en función del tipo que lo hace. Pero lo que verdaderamente produce risa no es eso, sino ver en la misma tesitura a alguien intocable: un sacerdote, un dirigente político, un guardia de tráfico… es decir, cualquiera que detente mayor poder y respeto que nosotros. Porque es la forma de nivelar a la gente que parece superior a nosotros a nuestro mismo nivel, o sencillamente a ras de suelo, que es donde nos corresponder estar a todos.
Por eso son precisamente quienes detentan el poder quienes más rechazan el reírse de todo y de todos. El humor constituye una amenaza para su autoridad. Hasta el punto de que Adolf Hitler estableció el «Third Reich Joke Courts» que castigaba a quienes, por ejemplo, se les ocurriera llamar «Adolf» a su perro. ¡Ja-Ja-Ja!
——–
Imágenes | Pixabay

El sentido del humor carece de fronteras físicas, pero no en todo el mundo se cultiva del mismo modo, tal y como señaló el humorista canadiense Stephen Leacock el 26 de febrero de 1939 en el New York Times Magazine: «Permitidme oír los chistes de un país y os diré cómo es su gente, cómo les va y qué les ocurrirá».
Se dice que en el humor hay líneas rojas, fronteras geográficas y también emocionales que no podemos cruzar, cosas de las que no podemos hacer mofa por miedo a que nos consideren unos insensibles. Afirmar tal cosa viene a significar no afirmar nada: si no hay un consenso universal sobre dónde está esa frontera, entonces cualquiera puede sentirse ofendido frente a una broma arguyendo sencillamente que se ha cruzado dicha frontera.
Y entonces, amigos, estaríamos poniendo en peligro una de las armas más poderosas del ser humano: su sentido del humor. Censuraríamos la capacidad de reírnos de todo y hasta de nuestra propia sombra porque un grupo de personas dice que no le hace gracia o se siente ofendida. Un tributo excesivamente oneroso, como veréis a continuación.

Si eres tonto, mejor no te insulto
Pensaréis: de acuerdo, pero sí que existen insultos directos a personas o colectivos que podemos considerar universalmente ultrajantes. De hecho, la mera existencia de la risa pudiera ser una forma de demostrar nuestra superioridad frente al que se la dedicamos, como teorizaba Platón en el 400 a.C. en su célebre texto La República. Platón, por ese motivo, defenestraba la risa y desaconsejaba que la gente asistiera a comedias.
Las injurias y difamaciones ya entran en el proceloso ámbito de las regulaciones jurídicas. Pero incluso en un insulto directo la cosa no queda clara: es muy sencillo escamotear las consecuencias, por ejemplo empleando la ironía. Si tildamos de Einstein a un tipo cualquiera podemos estar alabándole o insultándole, dependiendo del contexto. Y las sutilezas de determinados insultos pueden alcanzar niveles en los que el insultado no puede responder para no quedar en evidencia.
Si la cuestión se reduce a prohibir palabrotas, por ejemplo, existen mil caminos para seguir insultando, porque el insulto depende únicamente de las intenciones, no de las palabras (¿quién no ha insultado amistosamente a un allegado?).
Por si fuera poco, que un chascarrillo resulte ofensivo para alguien no significa que sea ofensivo para todos, y mucho menos significa que no tenga gracia: lo único que pone de manifiesto es el termómetro moral o la finura de la piel del que protesta. Es decir, el humor es una estupenda herramienta bidireccional para conocer a los demás y también para mostrar cómo somos al resto del mundo. Casi una carta de presentación de nuestra forma de ver las cosas y de lo afilada que está nuestra inteligencia.
De hecho, el bufón de la corte no solo fue el encargado de ridiculizar lo intocable como forma de criticarlo: el humor ha permitido el avance social porque ha convertido lo inadmisible, lo inmoral o lo injusto no tanto en algo pecaminoso como en algo ridículo. Como los duelos o la guerra patriotera. Tal y como escribe Ken Goffman en su libro La contracultura a través de los tiempos:

Bromistas, bufones, cómicos, fabricantes de cuentos y acertijos, burlones que desafían todo lo pomposo pueblan muchas de nuestras historias. La capacidad de juego de las contraculturas representa el rechazo no autorizado a tomarse a uno mismo, a una ideología o a un código de pureza moral demasiado en serio.

Sin Voltaire, Swift, Twain, Wilde, Bertrand Russell o George Carlin, muchos no se habrían sentido ofendidos, pero muchos más no habrían logrado advertir lo ridículo de creencias e ideas, tanto propias como ajenas, facilitando el cambio de paradigma mental. Echemos un vistazo a Groucho Marx interpretando a Rufus T. Firefly en Sopa de ganso: la sátira consiguió que el público más avispado se diera cuenta, así, de repente, de que la guerra no era gloriosa y digna, sino estúpida y ridícula. Más tarde, legiones de humoristas lograron perfilar la idea de que el racismo o el sexismo era propio de gañanes.
Cuando el chascarrillo del humorista resulta excesivamente ofensivo (o bruto) quizá pierde su efecto constructivo (o destructivo, según el punto de vista), pero en tal caso se pone en evidencia la escasa habilidad del humorista, no una cualidad negativa intrínseca del humor, como bien describió Mary Wortley Montagu en el siglo XVIII: «La sátira debería, como una afilada y pulida cuchilla, herir con un toque que apenas se note o se vea».
Quizás también influya si el que profiere el la sátira es, a su vez, capaz de reírse de sí mismo. Por ejemplo, nos puede resultar abominable que en la era victoriana fuese habitual reírse de los enfermos mentales en las instituciones psiquiátricas. Pero Ricky Gervais también lo hace y muchos lloramos de la risa con él, porque también se ha mofado abiertamente de su exceso de peso, por ejemplo.
Y si finalmente el que escucha el chiste responde eso tan manido de «no me hace gracia» para denotar su rechazo emocional al chiste, entonces podéis recordarle el momento en el que un humorista trataba de explicarle el sentido del humor al androide Data en el episodio The Outrageous Okona de Star Trek: La nueva generación.
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Muerte y destrucción
No solo se han producido innumerables estudios que correlacionan el sentido del humor con la inteligencia, sino que reírse de la vida en general parece que reduce la ansiedad y fortalece el sistema inmunitario, como sugieren otros tantos estudios, como el realizado por Michael Miller y sus colegas de la Universidad de Maryland tras mostrar escenas de Salvar al Soldado Ryan y Cuando Harry encontró a Sally a un grupo de participantes.
James Rotton también demostró que los pacientes que se recuperaban de una cirugía ortopédica necesitaban de un 60 % menos de calmantes si veían películas como Los productores, Agárralo como puedas o Bananas.
Así pues, un cómico no es un nihilista, aunque lo parezca, sino alguien que no se preocupa en exceso por hacer el ridículo. Y eso te hace vivir una vida mejor.
El poder del humor es tan ácido, disuelve tan fácilmente todas las construcciones artificiales en una masa homogénea, que los dueños de tales construcciones pueden ponerse muy nerviosos.
El ejemplo paradigmático son los disturbios mortales originados por las tiras cómicas del periódico danés Jyllands-Posten a expensas de Mahoma. South Park, serie experta en pisar callos, no sabemos si por temor ante las amenazas de bomba o por emplear las mil caras de la sátira para presentar el respeto como una crítica aún más mordaz, empezó a disfrazar a Mahoma con un traje o sencillamente a pixelarlo para no contravenir la ley de dibujarlo.
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Pero, como bien sabían los monjes de la abadía de El nombre de la rosa, el humor tiene más poder en tanto en cuanto lo que se aspira proteger de la burla es más delicado y está sostenido en un castillo de naipes más alto e intocado. Uno de esos castillos que, tras el soplo de una carcajada, se vienen completamente abajo arrancando tras de sí profundas raíces milenarias.
Algo que ha podido comprobar experimentalmente el psicólogo Vassilis Saroglou, de la Université de Lovaina, en Bélgica, al estudiar la relación entre la risa y el fundamentalismo religioso. Tal y como desmenuza los resultados del estudio Richard Wiseman en su libro Rarología, los que practican el fundamentalismo no toleran con facilidad todas las expresiones del sentido del humor porque estas son las antítesis de los valores que ensalzan los fundamentalistas:

tienden a valorar las actividades serias por encima de la diversión, la certeza sobre la incertidumbre, el sentido sobre la sinrazón, el autodominio sobre los impulsos, la autoridad sobre el caos y la rigidez mental sobre la flexibilidad.

Como se ha dicho antes, mofarnos de un discapacitado que se cae por una escalera puede resultar más o menos abominable en función del tipo que lo hace. Pero lo que verdaderamente produce risa no es eso, sino ver en la misma tesitura a alguien intocable: un sacerdote, un dirigente político, un guardia de tráfico… es decir, cualquiera que detente mayor poder y respeto que nosotros. Porque es la forma de nivelar a la gente que parece superior a nosotros a nuestro mismo nivel, o sencillamente a ras de suelo, que es donde nos corresponder estar a todos.
Por eso son precisamente quienes detentan el poder quienes más rechazan el reírse de todo y de todos. El humor constituye una amenaza para su autoridad. Hasta el punto de que Adolf Hitler estableció el «Third Reich Joke Courts» que castigaba a quienes, por ejemplo, se les ocurriera llamar «Adolf» a su perro. ¡Ja-Ja-Ja!
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