15 de noviembre 2017    /   IDEAS
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El humor como retrato social: todo lo que hacía gracia en la España de ayer

15 de noviembre 2017    /   IDEAS     por          
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Solo hay una cosa que sobrevive peor al paso del tiempo que tu hemeroteca en las redes sociales: el humor. Sea porque nos hemos vuelto más mojigatos, sea porque la tecnología actual nos pone más ante el espejo, revisar de qué nos reíamos hace tiempo puede causar extrañeza.

El humor, como algo subjetivo que es, sirve para hacer un retrato fiel de cómo somos: qué nos divierte, pero también qué tememos, qué nos es ajeno y qué nos parece tolerable. Así, el éxito o fracaso de determinados humoristas o géneros sirve también de retrato de social, en ocasiones hermoso, en ocasiones terrible.

Es cierto que hay humores y humores, y que según cómo sea tu personalidad te harán más gracia unas cosas que otras. Es cierto también que ahora es impopular reírse de ciertas cuestiones en público que luego muchos utilizan en privado. Pero la sociedad actual difícilmente vería tolerable bromear sobre minorías, discapacidades o problemas cuando antes era un recurso fácil y habitual.

Y esos cambios de humor llegan hasta producciones cuyo origen data de tiempos en que la forma de hacer bromas era muy distinta. Es el caso de Los Simpson, una de las series más longevas de la televisión, que ahora ha tenido que hacer frente a las protestas de la comunidad india en EEUU a cuenta del estereotipo que representa Apu, el regente del badulaque de Springfield.

¿Es racista el personaje de Apu por retratar a alguien vinculando su etnia con sus prácticas profesionales como un conjunto indisoluble? Como en el caso de los límites del humor, no es que haya cambiado la ley, sino que en algunas casos ha cambiado la forma en que vemos el mundo.

El reciente fallecimiento de Chiquito de la Calzada ha supuesto exponernos a una peculiar máquina del tiempo. El suyo era un humor de continente, no de contenido, porque él no hacía reír con lo que decía —los suyos eran chistes sin más—, sino con cómo lo decía. Esa suerte de movimientos compulsivos, esas palabras raras, ese hablar engolado y esa apariencia peculiar eran el producto. Como si al comprar algo te sedujera más la caja que lo que hay dentro.

Pero Gregorio Sánchez, que así se llamaba, tampoco se salva frente al espejo del tiempo en el que, en el caso de España, los chistes de moros, maricas y sordos plagan las videotecas. Su humor campechano, costumbrista y popular también tenía sus giros argumentales muy típicos en la España de hace dos décadas y media.

El ejemplo más llamativo y recordado es quizá el de Martes y 13, probablemente el dúo humorístico más exitoso de nuestro país. En su caso las bromas venían de una mezcla entre lo que hacían o decían y el cómo lo ponían en escena, disfraces incluidos. Hay gags memorables para los nostálgicos —Franco Napiatto es uno de los hitos de aquellos días—, pero otros que no sobreviven nada bien al paso del tiempo. Es el caso del célebre «mi marido me pega».

Por aquel entonces, allá por 1991, no existía la conciencia social de la violencia doméstica que hay hoy en día ni del rol de la mujer actual. Era la época del Ay, qué calor, de las Mamachicho o de las Monleonetes: espectáculos donde la mujer era el producto televisivo estrella en un país que se despertaba de décadas de bloqueo cultural a trompicones .

Parece evidente que no se puede juzgar algo del pasado con la conciencia del presente, porque el contexto es determinante. El propio Millán Salcedo, que no ha evolucionado demasiado en su registro humorístico en todo este tiempo —algo común en la mayoría de humoristas—, ha comentado en varias ocasiones el estupor y el rechazo que le genera volver a ver aquel gag por el que ha pedido disculpas y por el que se ha ofrecido a reparar, en la medida de sus posibilidades, el daño que aún hoy pueda causar.

Las mujeres no han sido ni mucho menos el único colectivo atacado por el humor tradicional. El colectivo homosexual, enmarcado bajo el paraguas del mariquita —o directamente el maricón— era un habitual de las chanzas de la época. Martes y 13 también cuentan con hitos al respecto, con su Maricón de España. Pero es cierto que no son, ni mucho menos, quienes más tiraron del recurso.

No hay que viajar demasiado atrás en el tiempo para encontrar a Florentino Fernández, un humorista bastante actual, bromeando al respecto. Es cierto que en su caso no hay comentarios despectivos, pero sí la tendencia clásica de identificar gestos, maneras o actos tan naturales como llorar con la condición sexual de la persona. De nuevo, es injusto juzgar con la sensibilidad actual hechos pasados, pero gags como el de Michael Landon serían posiblemente impensables en la actualidad.

Más actual aún fue una broma de Bertín Osborne en un programa con niños, donde fue uno de ellos quien lanzó el dardo para que él lo rematara. De nuevo el tópico, en este caso con la pérdida de aceite, y ante el público quizá más permeable de todos.

Es difícil hablar de Bertín Osborne y no referirse también a quien fuera su pareja artística durante años. Arévalo, otro humorista cañí donde los haya, que hizo carrera haciendo humor a costa de mariquitas y discapacitados. En concreto, gangosos, tartamudos y gente con tics nerviosos llenaban un repertorio que aún sigue, con matices, recitando.

La España pacata en lo moral fue, con el tiempo, despertando. La homosexualidad se convirtió en algo normalizado y visible, se tomó conciencia de la violencia de género y se empezó a cuidar el tratamiento respecto a las enfermedades físicas y mentales de la mayoría de colectivos.

En realidad, hacer humor es una especie de ofensa controlada. Una suerte de campo neutral donde se permiten determinadas licencias por un bien mayor. Es tremendamente complicado, por tanto, hacer humor sin soliviantar a colectivo alguno, y quizá artistas como Faemino o Cansado eran de los pocos que lo lograron. Así, hasta maestros respetados del humor más blanco como Gila podrían enfrentarse hoy a la crítica de los colectivos rurales en caso de que se sintieran ofendidos por el argumento fácil del paleto de pueblo con boina enroscada y castellano churrigueresco.

Junto a él, humoristas ya más modernos como Cruz y Raya hicieron escuela con sus imitaciones de gitanos y magrebíes, con el Morito Juan como máximo exponente. Precisamente hace poco tiempo un colectivo gitano lanzaba una campaña en forma de medio de comunicación (Payo Today) que informaba usando la variable étnica como central, tal y como ellos suelen sufrir. Los estereotipos suelen verse como normales hasta que uno se ve categorizado en uno.

Otros humoristas, como Ángel Garó, también usaron los estereotipos como arma. En su caso no fue la homosexualidad, o la enfermedad, sino la forma en la que representaba a los asiáticos. Su alter ego Chikito Nakatone era la manifestación de lo que la incipiente comunidad oriental significaba para una España que aún hoy sigue retratando a la comunidad asiática como algo exótico y ajeno, a pesar de que es la más numerosa de las procedencias inmigrantes en el país.

¿Dónde, por tanto, termina la caricatura y empieza la ofensa? ¿Puede parecer exagerado el movimiento de protesta contra Los Simpson, pero no la crítica sobre el humor patrio respecto a gitanos, magrebíes u orientales?

Llevando al extremo la ofensa se llega a puntos como denunciar un cartel de Netflix, perseguir a unos titiriteros o encausar a un cantante. O por ejemplo, a ver con desagrado el tratamiento que grupos cómicos tan célebres y respetados como Les Luthiers, que conjugan la música con la ironía para intentar ofrecer humor inteligente, podrían hacer de un tema tan protegido y velado como el suicidio.

El humor es precisamente eso, humor. Y en ocasiones, además, una buena forma de reivindicar la diferencia. Pocas duplas humorísticas más castizas y cañís hay que Los Morancos, y suya fue la idea de participar de esa visión exagerada y tradicional de la homosexualidad para reivindicar su visibilización.

La pregunta quizá no es si hay humor adecuado o inadecuado, o humor lícito o ilicito, sino si hay humor constructivo o destructivo. O si es que el humor es humor y punto.

Solo hay una cosa que sobrevive peor al paso del tiempo que tu hemeroteca en las redes sociales: el humor. Sea porque nos hemos vuelto más mojigatos, sea porque la tecnología actual nos pone más ante el espejo, revisar de qué nos reíamos hace tiempo puede causar extrañeza.

El humor, como algo subjetivo que es, sirve para hacer un retrato fiel de cómo somos: qué nos divierte, pero también qué tememos, qué nos es ajeno y qué nos parece tolerable. Así, el éxito o fracaso de determinados humoristas o géneros sirve también de retrato de social, en ocasiones hermoso, en ocasiones terrible.

Es cierto que hay humores y humores, y que según cómo sea tu personalidad te harán más gracia unas cosas que otras. Es cierto también que ahora es impopular reírse de ciertas cuestiones en público que luego muchos utilizan en privado. Pero la sociedad actual difícilmente vería tolerable bromear sobre minorías, discapacidades o problemas cuando antes era un recurso fácil y habitual.

Y esos cambios de humor llegan hasta producciones cuyo origen data de tiempos en que la forma de hacer bromas era muy distinta. Es el caso de Los Simpson, una de las series más longevas de la televisión, que ahora ha tenido que hacer frente a las protestas de la comunidad india en EEUU a cuenta del estereotipo que representa Apu, el regente del badulaque de Springfield.

¿Es racista el personaje de Apu por retratar a alguien vinculando su etnia con sus prácticas profesionales como un conjunto indisoluble? Como en el caso de los límites del humor, no es que haya cambiado la ley, sino que en algunas casos ha cambiado la forma en que vemos el mundo.

El reciente fallecimiento de Chiquito de la Calzada ha supuesto exponernos a una peculiar máquina del tiempo. El suyo era un humor de continente, no de contenido, porque él no hacía reír con lo que decía —los suyos eran chistes sin más—, sino con cómo lo decía. Esa suerte de movimientos compulsivos, esas palabras raras, ese hablar engolado y esa apariencia peculiar eran el producto. Como si al comprar algo te sedujera más la caja que lo que hay dentro.

Pero Gregorio Sánchez, que así se llamaba, tampoco se salva frente al espejo del tiempo en el que, en el caso de España, los chistes de moros, maricas y sordos plagan las videotecas. Su humor campechano, costumbrista y popular también tenía sus giros argumentales muy típicos en la España de hace dos décadas y media.

El ejemplo más llamativo y recordado es quizá el de Martes y 13, probablemente el dúo humorístico más exitoso de nuestro país. En su caso las bromas venían de una mezcla entre lo que hacían o decían y el cómo lo ponían en escena, disfraces incluidos. Hay gags memorables para los nostálgicos —Franco Napiatto es uno de los hitos de aquellos días—, pero otros que no sobreviven nada bien al paso del tiempo. Es el caso del célebre «mi marido me pega».

Por aquel entonces, allá por 1991, no existía la conciencia social de la violencia doméstica que hay hoy en día ni del rol de la mujer actual. Era la época del Ay, qué calor, de las Mamachicho o de las Monleonetes: espectáculos donde la mujer era el producto televisivo estrella en un país que se despertaba de décadas de bloqueo cultural a trompicones .

Parece evidente que no se puede juzgar algo del pasado con la conciencia del presente, porque el contexto es determinante. El propio Millán Salcedo, que no ha evolucionado demasiado en su registro humorístico en todo este tiempo —algo común en la mayoría de humoristas—, ha comentado en varias ocasiones el estupor y el rechazo que le genera volver a ver aquel gag por el que ha pedido disculpas y por el que se ha ofrecido a reparar, en la medida de sus posibilidades, el daño que aún hoy pueda causar.

Las mujeres no han sido ni mucho menos el único colectivo atacado por el humor tradicional. El colectivo homosexual, enmarcado bajo el paraguas del mariquita —o directamente el maricón— era un habitual de las chanzas de la época. Martes y 13 también cuentan con hitos al respecto, con su Maricón de España. Pero es cierto que no son, ni mucho menos, quienes más tiraron del recurso.

No hay que viajar demasiado atrás en el tiempo para encontrar a Florentino Fernández, un humorista bastante actual, bromeando al respecto. Es cierto que en su caso no hay comentarios despectivos, pero sí la tendencia clásica de identificar gestos, maneras o actos tan naturales como llorar con la condición sexual de la persona. De nuevo, es injusto juzgar con la sensibilidad actual hechos pasados, pero gags como el de Michael Landon serían posiblemente impensables en la actualidad.

Más actual aún fue una broma de Bertín Osborne en un programa con niños, donde fue uno de ellos quien lanzó el dardo para que él lo rematara. De nuevo el tópico, en este caso con la pérdida de aceite, y ante el público quizá más permeable de todos.

Es difícil hablar de Bertín Osborne y no referirse también a quien fuera su pareja artística durante años. Arévalo, otro humorista cañí donde los haya, que hizo carrera haciendo humor a costa de mariquitas y discapacitados. En concreto, gangosos, tartamudos y gente con tics nerviosos llenaban un repertorio que aún sigue, con matices, recitando.

La España pacata en lo moral fue, con el tiempo, despertando. La homosexualidad se convirtió en algo normalizado y visible, se tomó conciencia de la violencia de género y se empezó a cuidar el tratamiento respecto a las enfermedades físicas y mentales de la mayoría de colectivos.

En realidad, hacer humor es una especie de ofensa controlada. Una suerte de campo neutral donde se permiten determinadas licencias por un bien mayor. Es tremendamente complicado, por tanto, hacer humor sin soliviantar a colectivo alguno, y quizá artistas como Faemino o Cansado eran de los pocos que lo lograron. Así, hasta maestros respetados del humor más blanco como Gila podrían enfrentarse hoy a la crítica de los colectivos rurales en caso de que se sintieran ofendidos por el argumento fácil del paleto de pueblo con boina enroscada y castellano churrigueresco.

Junto a él, humoristas ya más modernos como Cruz y Raya hicieron escuela con sus imitaciones de gitanos y magrebíes, con el Morito Juan como máximo exponente. Precisamente hace poco tiempo un colectivo gitano lanzaba una campaña en forma de medio de comunicación (Payo Today) que informaba usando la variable étnica como central, tal y como ellos suelen sufrir. Los estereotipos suelen verse como normales hasta que uno se ve categorizado en uno.

Otros humoristas, como Ángel Garó, también usaron los estereotipos como arma. En su caso no fue la homosexualidad, o la enfermedad, sino la forma en la que representaba a los asiáticos. Su alter ego Chikito Nakatone era la manifestación de lo que la incipiente comunidad oriental significaba para una España que aún hoy sigue retratando a la comunidad asiática como algo exótico y ajeno, a pesar de que es la más numerosa de las procedencias inmigrantes en el país.

¿Dónde, por tanto, termina la caricatura y empieza la ofensa? ¿Puede parecer exagerado el movimiento de protesta contra Los Simpson, pero no la crítica sobre el humor patrio respecto a gitanos, magrebíes u orientales?

Llevando al extremo la ofensa se llega a puntos como denunciar un cartel de Netflix, perseguir a unos titiriteros o encausar a un cantante. O por ejemplo, a ver con desagrado el tratamiento que grupos cómicos tan célebres y respetados como Les Luthiers, que conjugan la música con la ironía para intentar ofrecer humor inteligente, podrían hacer de un tema tan protegido y velado como el suicidio.

El humor es precisamente eso, humor. Y en ocasiones, además, una buena forma de reivindicar la diferencia. Pocas duplas humorísticas más castizas y cañís hay que Los Morancos, y suya fue la idea de participar de esa visión exagerada y tradicional de la homosexualidad para reivindicar su visibilización.

La pregunta quizá no es si hay humor adecuado o inadecuado, o humor lícito o ilicito, sino si hay humor constructivo o destructivo. O si es que el humor es humor y punto.

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Opiniones 4
  • Hola,

    Un pequeño inciso, el problema no es lo que es socialmente aceptable o no según los tiempos que corren, el problema es la manía persecutoría que nos ha entrado con que todo es ofensivo y todo es peligroso, varios de los humoristas aqui mencionados para mi no tienen gracia, pero no la tienen ahora y no la tenian hace 25 años, pero hace 25 años simplemente no los veias, cambiabas de canal y punto.

    En mi opinion estamos retrocediendo en muchos sentidos

  • Por supuesto que la corrección política, las convenciones sociales y, en general, la evolución socio-cultural, imponen ciertos límites a la manifestación de nuestro humor, pero , creo que, además, ha habido un cambio en nuestra sensibilidad respecto al tema humor. Por ejemplo, en otras épocas podía divertirme a lo grande viendo películas de Charlie chaplin, del “Gordo y el Flaco” y de otros cómicos de entonces, que difícilmente pueden ser acusdos de incorreccón política. Hoy en día dichas películas me dejan indiferente. Algo ha cambiado.

  • Comentarios cerrados.

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