28 de septiembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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Si no eres infiel, eres fea y otras ideas machistas de la Antigua Roma

28 de septiembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Fue la cuna del conocimiento, pero también destilaba un machismo recalcitrante (en general, toda la cultura grecorromana). Nos despachamos con algunas de las ideas misóginas más populares de la Antigua Roma, alguna de las cuales fueron vertidas por mentes presuntamente preclaras. Ideas que, aunque lo parezca, no fueron proferidas por algún parroquiano cañí y cuñao de un bar Manolo. Como que las mujeres que no eran infieles sencillamente no lo eran porque eran demasiado feas para poder serlo.

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No te fíes de las mujeres

Las ideas del filósofo Aristóteles han ejercido una enorme influencia sobre la historia intelectual de Occidente por más de 2.000 años. Sin embargo, sus conocimientos científicos distaban de ser correctos en muchas ocasiones. Por ejemplo, aseguraba que el cerebro no recibe sangre y es la parte más fría del cuerpo, destinada a refrigerar el resto.

Y en lo tocante al género femenino, sus ideas también resultaron harto estrambóticas. Por ejemplo, sostenía que la sangre de la mujer es más oscura y espesa que la del varón. Y lo peor: que la hembra es una especie de macho mutilado. Por esa razón, las mujeres no eran de fiar, y mucho menos intelectualmente, como señala Marco Tulio Cicerón en su obra En defensa de Murena:

Fue decisión de nuestros antepasados que todas las mujeres, por la inseguridad de sus decisiones, estuvieran bajo la potestad de unos tutores.

Quédate con tus cosas

Los textos jurídicos romanos están repletos de leyes que regulan el divorcio, pero los derechos de los hombres prevalecían sobre los de las mujeres si se decidía romper el vínculo matrimonial. Como explica el catedrático de Clásicas en la Universidad de Wisconsin, J.C. McKeown, en su libro Gabinete de curiosidades romanas:

El divorcio podía conseguirlo un hombre con toda facilidad, si estaba dispuesto a devolver la dote de su esposa. Sencillamente tenía que recitar la antigua fórmula: Tuas res tibi habeto («Quédate con tus cosas»).

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Sólo las feas no tenían amante

De los beneficios (59 d. C.), una serie de tratados sobre fenómenos naturales y de ensayos morales, fue una de las obras más importantes del filósofo, político, orador y escritor romano Séneca, conocido por sus obras de carácter moralista. Tal y como escribe en esta obra, si una mujer no era infiel, era por la sencilla razón de que su fealdad no se lo permitía:

¿Es que queda ya algún pudor ante el adulterio, cuando se ha llegado a tal extremo de que no hay mujer que se case si no es para excitar el interés de su amante? La castidad se considera prueba de fealdad. ¿Qué mujer encontrarás tan miserable y tan sórdida que se conforme con un par de amantes?

Eso no quitaba que, en caso de ser descubierta con un amante, la mujer podía ser asesinada por su padre, según la Ley Julia sobre el adulterio (Lex Iulia de Adulteris) de 18 a.C. Para que este acto no fuera considerado ilegal, el padre también debía acabar con la vida del amante.

Ni como esposas sirven

El mismo Séneca, en De la providencia, señalaba que las mujeres casadas ni siquiera servían para criar convenientemente a los hijos. Si bien los padres les exigían ser buenos estudiantes y trabajadores, «las madres, en cambio, quieren estrecharlos en su regazo, conservarlos a su sombra, que nunca se vean afligidos, nunca lloren, nunca trabajen».

Con todo, el matrimonio era necesario, aunque fuera para aumentar la tasa de natalidad, así que uno de los censores de la época, un tal Quinto Cecilio Metelo Numídico, pronunciaba estas palabras según Aulo Gelio en Noches áticas (Noctes Atticae), datada durante el mandato de Marco Aurelio (161-180):

¡Ciudadanos, si pudiéramos vivir sin mujeres, nos veríamos libres de una terrible carga! Pero como la naturaleza ha hecho que no podamos vivir cómodamente con ellas ni arreglárnosla tampoco sin ellas, debemos considerar las ventajas a largo plazo antes que la agradable conveniencia del momento.

Una vez casadas, sin embargo, la mujeres romanas raramente eran llamadas por su nombre. Las llamaban por la forma femenina del nombre de familia: Julia era la esposa, por ejemplo, de Gayo Julio César; Tulia era la esposa de Marco Tulio Cicerón.

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Malditas provocadoras

La versión contemporánea del poético canto de las sirenas, esto es, «es que van por ahí provocando», puede extrapolarse a muchos de los pensamientos que se recogen en obras como la influyente Historia natural, de Plinio:

Los perfumes son el lujo más inútil de todos. En efecto, las perlas y las piedras preciosas pueden pasar a los herederos, los tejidos persisten cierto tiempo, pero los perfumes exhalan inmediatamente su olor y se disipan al poco de ser aplicados. Lo más que puede decirse de ellos es que, cuando pasa una mujer, el olor que despide atrae incluso a los que están haciendo otra cosa.

No en vano, había 32.000 prostitutas registradas en la Roma de Augusto, y el doble de no registradas. Lo que equivale a decir aproximadamente que una de cada 10 habitantes era prostituta. En Pompeya, por ejemplo, había tantos lupanares como panaderías: 35.

A la última fila

Cuando una mujer acudía al circo no había ningún problema con que escogiera dónde sentarse. Sin embargo, si acudía al teatro, estaba obligada a ocupar siempre las últimas filas. Basta con leer la opinión que el comediógrafo Plauto tenía de las mujeres en su obra El gorgojo, que narra las aventuras de un pícaro que vive de su astucia e ingenio:

He oído decir que un poeta antiguo escribió en una tragedia que dos mujeres son peor que una: y así es.

Al menos, las mujeres que daban a luz en un barco no tenían que pagar el pasaje del recién nacido. Algo es algo. Como decía Justiniano en Digesto:

Si alguien lleva de pasajera en su barco a una mujer y luego esta da a luz a bordo, hay que considerar que no debe pagar nada por el niño, pues ni su pasaje supone gran cosa ni el pequeño hace uso de todos los servicios que se ofrecen a los pasajeros.

Imágenes | Pixabay

Fue la cuna del conocimiento, pero también destilaba un machismo recalcitrante (en general, toda la cultura grecorromana). Nos despachamos con algunas de las ideas misóginas más populares de la Antigua Roma, alguna de las cuales fueron vertidas por mentes presuntamente preclaras. Ideas que, aunque lo parezca, no fueron proferidas por algún parroquiano cañí y cuñao de un bar Manolo. Como que las mujeres que no eran infieles sencillamente no lo eran porque eran demasiado feas para poder serlo.

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No te fíes de las mujeres

Las ideas del filósofo Aristóteles han ejercido una enorme influencia sobre la historia intelectual de Occidente por más de 2.000 años. Sin embargo, sus conocimientos científicos distaban de ser correctos en muchas ocasiones. Por ejemplo, aseguraba que el cerebro no recibe sangre y es la parte más fría del cuerpo, destinada a refrigerar el resto.

Y en lo tocante al género femenino, sus ideas también resultaron harto estrambóticas. Por ejemplo, sostenía que la sangre de la mujer es más oscura y espesa que la del varón. Y lo peor: que la hembra es una especie de macho mutilado. Por esa razón, las mujeres no eran de fiar, y mucho menos intelectualmente, como señala Marco Tulio Cicerón en su obra En defensa de Murena:

Fue decisión de nuestros antepasados que todas las mujeres, por la inseguridad de sus decisiones, estuvieran bajo la potestad de unos tutores.

Quédate con tus cosas

Los textos jurídicos romanos están repletos de leyes que regulan el divorcio, pero los derechos de los hombres prevalecían sobre los de las mujeres si se decidía romper el vínculo matrimonial. Como explica el catedrático de Clásicas en la Universidad de Wisconsin, J.C. McKeown, en su libro Gabinete de curiosidades romanas:

El divorcio podía conseguirlo un hombre con toda facilidad, si estaba dispuesto a devolver la dote de su esposa. Sencillamente tenía que recitar la antigua fórmula: Tuas res tibi habeto («Quédate con tus cosas»).

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Sólo las feas no tenían amante

De los beneficios (59 d. C.), una serie de tratados sobre fenómenos naturales y de ensayos morales, fue una de las obras más importantes del filósofo, político, orador y escritor romano Séneca, conocido por sus obras de carácter moralista. Tal y como escribe en esta obra, si una mujer no era infiel, era por la sencilla razón de que su fealdad no se lo permitía:

¿Es que queda ya algún pudor ante el adulterio, cuando se ha llegado a tal extremo de que no hay mujer que se case si no es para excitar el interés de su amante? La castidad se considera prueba de fealdad. ¿Qué mujer encontrarás tan miserable y tan sórdida que se conforme con un par de amantes?

Eso no quitaba que, en caso de ser descubierta con un amante, la mujer podía ser asesinada por su padre, según la Ley Julia sobre el adulterio (Lex Iulia de Adulteris) de 18 a.C. Para que este acto no fuera considerado ilegal, el padre también debía acabar con la vida del amante.

Ni como esposas sirven

El mismo Séneca, en De la providencia, señalaba que las mujeres casadas ni siquiera servían para criar convenientemente a los hijos. Si bien los padres les exigían ser buenos estudiantes y trabajadores, «las madres, en cambio, quieren estrecharlos en su regazo, conservarlos a su sombra, que nunca se vean afligidos, nunca lloren, nunca trabajen».

Con todo, el matrimonio era necesario, aunque fuera para aumentar la tasa de natalidad, así que uno de los censores de la época, un tal Quinto Cecilio Metelo Numídico, pronunciaba estas palabras según Aulo Gelio en Noches áticas (Noctes Atticae), datada durante el mandato de Marco Aurelio (161-180):

¡Ciudadanos, si pudiéramos vivir sin mujeres, nos veríamos libres de una terrible carga! Pero como la naturaleza ha hecho que no podamos vivir cómodamente con ellas ni arreglárnosla tampoco sin ellas, debemos considerar las ventajas a largo plazo antes que la agradable conveniencia del momento.

Una vez casadas, sin embargo, la mujeres romanas raramente eran llamadas por su nombre. Las llamaban por la forma femenina del nombre de familia: Julia era la esposa, por ejemplo, de Gayo Julio César; Tulia era la esposa de Marco Tulio Cicerón.

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Malditas provocadoras

La versión contemporánea del poético canto de las sirenas, esto es, «es que van por ahí provocando», puede extrapolarse a muchos de los pensamientos que se recogen en obras como la influyente Historia natural, de Plinio:

Los perfumes son el lujo más inútil de todos. En efecto, las perlas y las piedras preciosas pueden pasar a los herederos, los tejidos persisten cierto tiempo, pero los perfumes exhalan inmediatamente su olor y se disipan al poco de ser aplicados. Lo más que puede decirse de ellos es que, cuando pasa una mujer, el olor que despide atrae incluso a los que están haciendo otra cosa.

No en vano, había 32.000 prostitutas registradas en la Roma de Augusto, y el doble de no registradas. Lo que equivale a decir aproximadamente que una de cada 10 habitantes era prostituta. En Pompeya, por ejemplo, había tantos lupanares como panaderías: 35.

A la última fila

Cuando una mujer acudía al circo no había ningún problema con que escogiera dónde sentarse. Sin embargo, si acudía al teatro, estaba obligada a ocupar siempre las últimas filas. Basta con leer la opinión que el comediógrafo Plauto tenía de las mujeres en su obra El gorgojo, que narra las aventuras de un pícaro que vive de su astucia e ingenio:

He oído decir que un poeta antiguo escribió en una tragedia que dos mujeres son peor que una: y así es.

Al menos, las mujeres que daban a luz en un barco no tenían que pagar el pasaje del recién nacido. Algo es algo. Como decía Justiniano en Digesto:

Si alguien lleva de pasajera en su barco a una mujer y luego esta da a luz a bordo, hay que considerar que no debe pagar nada por el niño, pues ni su pasaje supone gran cosa ni el pequeño hace uso de todos los servicios que se ofrecen a los pasajeros.

Imágenes | Pixabay

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Opiniones 3
  • Las imposiciones sociales todavia nos atrapan… es innegable la influencia greco-romana en la relacion de genero… en muchos de los comportamientos que incluso nos imponen nuestras propias madres desde la cuna que reglamentan in-situ nuestra relacion con las mujeres…

  • Es de conocimiento general que los griegos veían a la mujer apenas como necesaria para la reproducción, sin embargo es interesante leer esto para comprender con exactitud su pensamiento.

  • Comentarios cerrados.

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