14 de abril 2020    /   IDEAS
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¿Tienen ideología los diccionarios?

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Los diccionarios son aquellas obras que recogen las palabras de una lengua –o varias– y aportan definiciones, explicaciones o relaciones acerca de ellas. La elaboración de estas obras corre a cargo de expertos, entre los que se incluiría tanto a lexicógrafos como a aquellas personas doctas en la materia en que se enmarca una determinada palabra. Como señala el lingüista T. Van Dijk en su obra Discourse & Society, En la elaboración de cualquier diccionario no están exentas las ideologías, entendidas como aquellos marcos básicos de cognición social que son compartidas por miembros de grupos sociales y que se organizan mediante esquemas ideológicos que representan la autodefinición de un grupo.

Dicho esto, ¿se puede decir que los diccionarios tienen ideología? Cuando hablamos, cuando construimos discursos, seleccionamos unas palabras y descartamos otras. Esta es la razón por la que hay quienes prefieren hablar de violencia intrafamiliar en vez de utilizar la expresión violencia de género. O quienes hablan de desaceleración en vez de crisis. La elección de una voz nunca es arbitraria o azarosa y, aunque pensemos que pueden hacer referencia a algo similar, siempre hay que tener en cuenta la intención que motiva el uso de esa palabra.

Con los diccionarios se puede aplicar algo parecido: la ideología en los diccionarios no solo se puede observar a partir de las definiciones que contienen las palabras; también está presente en las palabras que están y, sobre todo, en las que no están. Hay distintos criterios para que una palabra aparezca en un diccionario; uno de los más frecuentes es el criterio de uso, es decir, que una palabra se utilice con cierta frecuencia y que lo haga un número amplio de hablantes.

Esto, a menudo, se documenta a partir de corpus o bancos de datos que recopilan una inmensa cantidad de testimonios, tanto orales como escritos. En esa selección de obras –esto es, qué obras entran y cuáles no en los corpus que sirven para confeccionar un diccionario– también hay una intervención ideológica: hay autores que entran sistemáticamente en estos bancos de datos y otros que no lo hacen. Y con ellos se omiten y silencian sus palabras (nuevas o no) y sus significados.

Si recuerdan, hace un tiempo surgió la polémica en torno a la expresión sexo débil, con la que se suele hacer referencia al conjunto de mujeres, en oposición al sexo fuerte, que sería el conjunto de varones. El problema que plantea esta expresión es el siguiente: ¿nos referimos al sexo débil de manera despectiva o de manera irónica? Lo primero que cabe precisar es que la incorporación de la expresión sexo débil en cualquier diccionario es consecuencia del pensamiento de los hablantes, en el que sí caben interpretaciones ideológicas. Una cuestión de interpretaciones como la que lleva al Diccionario Clave a considerar como eufemística dicha expresión, y como despectiva a otro (Diccionario de la lengua española).

Basta con acudir a ediciones publicadas en siglos anteriores para observar que en una definición puede haber más ideología de la que pensamos. Por ejemplo, en el diccionario académico de 1925, la palabra bisexual presentaba una única –y sorprendente– acepción: «Hermafrodita». En la edición de 1992 se añadió otra, no lejos de polémica: «Dicho de una persona: Que alterna las prácticas homosexuales con las heterosexuales». ¿Realmente es necesario que una persona «alterne» esas prácticas para ser considerada como tal?

Otro ejemplo similar lo encontramos en la definición del término matrimonio. En la 22.ª edición, la definición de matrimonio era esta: «Unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses». En la última edición, publicada en el año 2014, se incluyó como segunda acepción la siguiente: «En determinadas legislaciones, unión de dos personas del mismo sexo, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses».

No obstante, aún hoy el diccionario académico conserva, en su primera acepción, que el matrimonio es la «unión de hombre y mujer». Hay soluciones más fáciles, como la planteada en el Diccionario Clave: «Unión de dos personas mediante determinados ritos o formalidades legales por los cuales ambas se comprometen a llevar una vida en común».

Cabe tener en cuenta que cualquier diccionario siempre va detrás de la sociedad; desde que se aprobó en España el matrimonio homosexual (en 2005) hasta que se publicó la siguiente edición del diccionario académico pasaron nueve años en los que el matrimonio, al menos para una institución como la RAE, no era lo que una gran parte de la población también entendía como tal.

Este hecho se extendió a otras acepciones, como ocurre con el término cónyuge. En la penúltima edición del diccionario académico (2001) la definición era «consorte (‖ marido y mujer respectivamente)». Con la enmienda de 2014, se cambió la definición por otra en la que no se especifica el sexo de las personas: «Persona unida a otra en matrimonio». Con la palabra amante podemos observar algo parecido; en la edición actual (actualizada en 2019) no encontramos referencias al sexo de los referentes en ninguna de las acepciones; sin embargo, en la penúltima edición (2001) sí se especificaba tal condición: «Hombre y mujer que se aman».

Cabe mencionar que la enmienda a esta entrada del DLE llegó en 2014; hasta entonces, términos como matrimonio, cónyuge o amante solo se aplicaban –según el diccionario– a las parejas heterosexuales. Es evidente que, antes de que estas definiciones se modificaran, existían amantes y cónyuges homosexuales. Por esta razón, en el préambulo del diccionario académico se expresa lo que hemos intentado decir: que la lengua –y, más aún, el uso que hacemos de ella– está cargada de ideología:

Del mismo modo que la lengua sirve a muchos propósitos, incluidos algunos encaminados a la descalificación del prójimo o de sus conductas, refleja creencias y percepciones que han estado y en alguna medida siguen estando presentes en la colectividad. Naturalmente, al plasmarlas en un diccionario el lexicógrafo está haciendo un ejercicio de veracidad, está reflejando usos lingüísticos efectivos, pero ni está incitando a nadie a ninguna descalificación ni presta su aquiescencia a las creencias o percepciones correspondientes.

Respecto a la pregunta que encabeza este artículo, debemos ser conscientes de que cualquier definición de las que aparecen en un diccionario responde a una determinada visión de la realidad. Esas definiciones pretenden captar de algún modo el significado, una noción etérea, variable y fluida que, sin darnos cuenta, modelamos cada vez que pronunciamos una palabra a continuación de otra.

Los diccionarios son aquellas obras que recogen las palabras de una lengua –o varias– y aportan definiciones, explicaciones o relaciones acerca de ellas. La elaboración de estas obras corre a cargo de expertos, entre los que se incluiría tanto a lexicógrafos como a aquellas personas doctas en la materia en que se enmarca una determinada palabra. Como señala el lingüista T. Van Dijk en su obra Discourse & Society, En la elaboración de cualquier diccionario no están exentas las ideologías, entendidas como aquellos marcos básicos de cognición social que son compartidas por miembros de grupos sociales y que se organizan mediante esquemas ideológicos que representan la autodefinición de un grupo.

Dicho esto, ¿se puede decir que los diccionarios tienen ideología? Cuando hablamos, cuando construimos discursos, seleccionamos unas palabras y descartamos otras. Esta es la razón por la que hay quienes prefieren hablar de violencia intrafamiliar en vez de utilizar la expresión violencia de género. O quienes hablan de desaceleración en vez de crisis. La elección de una voz nunca es arbitraria o azarosa y, aunque pensemos que pueden hacer referencia a algo similar, siempre hay que tener en cuenta la intención que motiva el uso de esa palabra.

Con los diccionarios se puede aplicar algo parecido: la ideología en los diccionarios no solo se puede observar a partir de las definiciones que contienen las palabras; también está presente en las palabras que están y, sobre todo, en las que no están. Hay distintos criterios para que una palabra aparezca en un diccionario; uno de los más frecuentes es el criterio de uso, es decir, que una palabra se utilice con cierta frecuencia y que lo haga un número amplio de hablantes.

Esto, a menudo, se documenta a partir de corpus o bancos de datos que recopilan una inmensa cantidad de testimonios, tanto orales como escritos. En esa selección de obras –esto es, qué obras entran y cuáles no en los corpus que sirven para confeccionar un diccionario– también hay una intervención ideológica: hay autores que entran sistemáticamente en estos bancos de datos y otros que no lo hacen. Y con ellos se omiten y silencian sus palabras (nuevas o no) y sus significados.

Si recuerdan, hace un tiempo surgió la polémica en torno a la expresión sexo débil, con la que se suele hacer referencia al conjunto de mujeres, en oposición al sexo fuerte, que sería el conjunto de varones. El problema que plantea esta expresión es el siguiente: ¿nos referimos al sexo débil de manera despectiva o de manera irónica? Lo primero que cabe precisar es que la incorporación de la expresión sexo débil en cualquier diccionario es consecuencia del pensamiento de los hablantes, en el que sí caben interpretaciones ideológicas. Una cuestión de interpretaciones como la que lleva al Diccionario Clave a considerar como eufemística dicha expresión, y como despectiva a otro (Diccionario de la lengua española).

Basta con acudir a ediciones publicadas en siglos anteriores para observar que en una definición puede haber más ideología de la que pensamos. Por ejemplo, en el diccionario académico de 1925, la palabra bisexual presentaba una única –y sorprendente– acepción: «Hermafrodita». En la edición de 1992 se añadió otra, no lejos de polémica: «Dicho de una persona: Que alterna las prácticas homosexuales con las heterosexuales». ¿Realmente es necesario que una persona «alterne» esas prácticas para ser considerada como tal?

Otro ejemplo similar lo encontramos en la definición del término matrimonio. En la 22.ª edición, la definición de matrimonio era esta: «Unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses». En la última edición, publicada en el año 2014, se incluyó como segunda acepción la siguiente: «En determinadas legislaciones, unión de dos personas del mismo sexo, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses».

No obstante, aún hoy el diccionario académico conserva, en su primera acepción, que el matrimonio es la «unión de hombre y mujer». Hay soluciones más fáciles, como la planteada en el Diccionario Clave: «Unión de dos personas mediante determinados ritos o formalidades legales por los cuales ambas se comprometen a llevar una vida en común».

Cabe tener en cuenta que cualquier diccionario siempre va detrás de la sociedad; desde que se aprobó en España el matrimonio homosexual (en 2005) hasta que se publicó la siguiente edición del diccionario académico pasaron nueve años en los que el matrimonio, al menos para una institución como la RAE, no era lo que una gran parte de la población también entendía como tal.

Este hecho se extendió a otras acepciones, como ocurre con el término cónyuge. En la penúltima edición del diccionario académico (2001) la definición era «consorte (‖ marido y mujer respectivamente)». Con la enmienda de 2014, se cambió la definición por otra en la que no se especifica el sexo de las personas: «Persona unida a otra en matrimonio». Con la palabra amante podemos observar algo parecido; en la edición actual (actualizada en 2019) no encontramos referencias al sexo de los referentes en ninguna de las acepciones; sin embargo, en la penúltima edición (2001) sí se especificaba tal condición: «Hombre y mujer que se aman».

Cabe mencionar que la enmienda a esta entrada del DLE llegó en 2014; hasta entonces, términos como matrimonio, cónyuge o amante solo se aplicaban –según el diccionario– a las parejas heterosexuales. Es evidente que, antes de que estas definiciones se modificaran, existían amantes y cónyuges homosexuales. Por esta razón, en el préambulo del diccionario académico se expresa lo que hemos intentado decir: que la lengua –y, más aún, el uso que hacemos de ella– está cargada de ideología:

Del mismo modo que la lengua sirve a muchos propósitos, incluidos algunos encaminados a la descalificación del prójimo o de sus conductas, refleja creencias y percepciones que han estado y en alguna medida siguen estando presentes en la colectividad. Naturalmente, al plasmarlas en un diccionario el lexicógrafo está haciendo un ejercicio de veracidad, está reflejando usos lingüísticos efectivos, pero ni está incitando a nadie a ninguna descalificación ni presta su aquiescencia a las creencias o percepciones correspondientes.

Respecto a la pregunta que encabeza este artículo, debemos ser conscientes de que cualquier definición de las que aparecen en un diccionario responde a una determinada visión de la realidad. Esas definiciones pretenden captar de algún modo el significado, una noción etérea, variable y fluida que, sin darnos cuenta, modelamos cada vez que pronunciamos una palabra a continuación de otra.

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