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28 de diciembre 2018    /   CINE/TV
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Ignacio Martínez de Pisón: «Hoy Justo Gil se convertiría en un banquero desalmado o en un político corrupto»

28 de diciembre 2018    /   CINE/TV     por          
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En los vertiginosos años que transcurrieron desde el deshielo de la dictadura hasta las primeras elecciones libres desde 1936, todo parecía ser posible. Fueron años de efervescencia ideológica, inestabilidad, violencia y represión.

La política monopolizó la vida, pero al mismo tiempo amplias capas de una generación de españoles habían decidido buscarse la vida en lugar de ganársela, como sus padres, para conseguir muy poco.

En ese contexto, Ignacio Martínez Pisón ideó a Justo Gil, un campesino aragonés que se muda a Barcelona, la gran ciudad, con su madre, literalmente, en brazos. No tardará en ser estafado y eso le llevará a intentar trepar a cualquier precio, fingiendo ser quien no es, hasta las últimas consecuencias.

La versión audiovisual de la novela El día de mañana se ha convertido en un clásico instantáneo. Hablamos con el autor para conocer los secretos de su enigmático pícaro moderno.

Parece que, paradójicamente, el impulso inicial que motiva a Justo Gil a actuar como lo hace es el de ser un hombre sano en una sociedad enferma.

Sería un hombre sano con los criterios clásicos del capitalismo: el self made man de las películas norteamericanas. Imaginemos que Justo Gil llega a Barcelona algunas décadas después, ya en los años 80 o 90.

No podría vender su información y sus contactos a ninguna policía política, pero seguramente traspasaría otros límites morales y se convertiría en un banquero desalmado o, ¿quién sabe?, un político corrupto.

Y parece que, también paradójicamente, lo que le motiva después a actuar como lo hace es un afán de redención.

La carga de la culpa es difícil de soportar y todo el mundo se las arregla para esquivarla, la mayoría de las veces mintiéndonos sobre nuestro pasado, pero algunas veces también mediante el sacrificio personal.

Justo Gil intenta sobrevivir cambiando de piel, logra ocultar su origen social entre la burguesía catalana. ¿Cree que eso era más posible antes que ahora?

La crisis reciente invirtió los términos de una tendencia que venía de muy lejos: la del ascenso pausado y natural de las clases más bajas en la jerarquía social, con el consiguiente debilitamiento de las castas. Pero el caso de Justo es diferente: él lo que quiere es que se mantenga el sistema, pero colándose él, dando el salto que le permita hacerse un hueco en esa casta de los poderosos.

Es un hombre que quiere dominar el sistema al que se enfrenta, pero al final fracasa, es el sistema el que le utiliza a él para sus fines abyectos.

Es un pícaro y, como tal, su historia no podía acabar bien. Lo que le distingue de Lázaro de Tormes es que este delinquía para sobrevivir, para huir del hambre, mientras Justo delinque por ambición, para enriquecerse. Por eso su caída es más dura que la de Lázaro.

Alguna vez ha dicho que le ha sorprendido que en la serie de televisión el personaje es más atractivo que como lo imaginó

Mi personaje vive una historia de amor que acaba convirtiéndose en una fijación enfermiza. A medida que va quedando acorralado, todo a su alrededor se va volviendo turbio y siniestro, y su antiguo amor por Carme es para él el último refugio de la inocencia. Mariano Barroso le concede más oportunidades al personaje, que consigue prolongar más esa historia de amor antes de que se tuerza del todo. Y es precisamente eso lo que lo vuelve más atractivo, más seductor.

En esa época es curioso que mientras Justo, con su estrategia camaleónica, se hunde, los bien situados en la sociedad, camaleónicamente, sobrevivieron o treparon. Me refiero a los que se volvieron «demócratas de toda la vida».

La Transición permitió a todo el mundo reinventarse como personas. De repente salían demócratas y antifranquistas de debajo de las piedras. Fue una mentira generalizada que en realidad favoreció la rápida democratización de la sociedad, así que fue mejor no desmentirla.

Al final de la novela se corona, sui generis, de forma patética, como «el rey de los traidores». ¿Qué quería que mostrase una escena así?

Hay un fondo religioso en el Justo Gil de los últimos años, una necesidad compulsiva de pagar por sus pecados. Su final es paródico: si Cristo se inmoló para redimir a la humanidad, la inmolación de Justo no sirvió para nada.

En los vertiginosos años que transcurrieron desde el deshielo de la dictadura hasta las primeras elecciones libres desde 1936, todo parecía ser posible. Fueron años de efervescencia ideológica, inestabilidad, violencia y represión.

La política monopolizó la vida, pero al mismo tiempo amplias capas de una generación de españoles habían decidido buscarse la vida en lugar de ganársela, como sus padres, para conseguir muy poco.

En ese contexto, Ignacio Martínez Pisón ideó a Justo Gil, un campesino aragonés que se muda a Barcelona, la gran ciudad, con su madre, literalmente, en brazos. No tardará en ser estafado y eso le llevará a intentar trepar a cualquier precio, fingiendo ser quien no es, hasta las últimas consecuencias.

La versión audiovisual de la novela El día de mañana se ha convertido en un clásico instantáneo. Hablamos con el autor para conocer los secretos de su enigmático pícaro moderno.

Parece que, paradójicamente, el impulso inicial que motiva a Justo Gil a actuar como lo hace es el de ser un hombre sano en una sociedad enferma.

Sería un hombre sano con los criterios clásicos del capitalismo: el self made man de las películas norteamericanas. Imaginemos que Justo Gil llega a Barcelona algunas décadas después, ya en los años 80 o 90.

No podría vender su información y sus contactos a ninguna policía política, pero seguramente traspasaría otros límites morales y se convertiría en un banquero desalmado o, ¿quién sabe?, un político corrupto.

Y parece que, también paradójicamente, lo que le motiva después a actuar como lo hace es un afán de redención.

La carga de la culpa es difícil de soportar y todo el mundo se las arregla para esquivarla, la mayoría de las veces mintiéndonos sobre nuestro pasado, pero algunas veces también mediante el sacrificio personal.

Justo Gil intenta sobrevivir cambiando de piel, logra ocultar su origen social entre la burguesía catalana. ¿Cree que eso era más posible antes que ahora?

La crisis reciente invirtió los términos de una tendencia que venía de muy lejos: la del ascenso pausado y natural de las clases más bajas en la jerarquía social, con el consiguiente debilitamiento de las castas. Pero el caso de Justo es diferente: él lo que quiere es que se mantenga el sistema, pero colándose él, dando el salto que le permita hacerse un hueco en esa casta de los poderosos.

Es un hombre que quiere dominar el sistema al que se enfrenta, pero al final fracasa, es el sistema el que le utiliza a él para sus fines abyectos.

Es un pícaro y, como tal, su historia no podía acabar bien. Lo que le distingue de Lázaro de Tormes es que este delinquía para sobrevivir, para huir del hambre, mientras Justo delinque por ambición, para enriquecerse. Por eso su caída es más dura que la de Lázaro.

Alguna vez ha dicho que le ha sorprendido que en la serie de televisión el personaje es más atractivo que como lo imaginó

Mi personaje vive una historia de amor que acaba convirtiéndose en una fijación enfermiza. A medida que va quedando acorralado, todo a su alrededor se va volviendo turbio y siniestro, y su antiguo amor por Carme es para él el último refugio de la inocencia. Mariano Barroso le concede más oportunidades al personaje, que consigue prolongar más esa historia de amor antes de que se tuerza del todo. Y es precisamente eso lo que lo vuelve más atractivo, más seductor.

En esa época es curioso que mientras Justo, con su estrategia camaleónica, se hunde, los bien situados en la sociedad, camaleónicamente, sobrevivieron o treparon. Me refiero a los que se volvieron «demócratas de toda la vida».

La Transición permitió a todo el mundo reinventarse como personas. De repente salían demócratas y antifranquistas de debajo de las piedras. Fue una mentira generalizada que en realidad favoreció la rápida democratización de la sociedad, así que fue mejor no desmentirla.

Al final de la novela se corona, sui generis, de forma patética, como «el rey de los traidores». ¿Qué quería que mostrase una escena así?

Hay un fondo religioso en el Justo Gil de los últimos años, una necesidad compulsiva de pagar por sus pecados. Su final es paródico: si Cristo se inmoló para redimir a la humanidad, la inmolación de Justo no sirvió para nada.

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