16 de enero 2018    /   IDEAS
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La historia del médico que obligó a sus colegas a desinfectarse las manos y acabó muriendo por ello

16 de enero 2018    /   IDEAS     por          
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Ignáz Semmelweis (1818-1865) estudiaba derecho cuando presenció una autopsia que provocó que cambiara el rumbo de su carrera y se dedicara a la medicina. Es tentador caer en la pregunta: ¿qué hubiera pasado si Semmelweis hubiera seguido con su idea primigenia de ejercer de letrado? Como lo es interrogarse qué hubiera ocurrido si a Adolf Hitler (1889-1945) hubiera entrado en la Academia de Pintura de Viena. Esas cuestiones acostumbran a no tener una respuesta constatable.

Sin embargo, el caso de Semmelweis es una excepción y se puede intuir la contestación: miles de mujeres hubieran muerto y, acaso, él habría tenido una existencia más longeva. No en vano ha pasado a la historia como «el salvador de mujeres».

Más allá de interrogaciones retóricas, lo único que tienen en común el galeno y el dictador es que el momento decisivo de la pregunta sin respuesta a tuvo lugar en Viena. Allá es donde al del bigotito, Hitler, le dijeron que era poco menos de un pintamonas y decidió dedicarse, por desgracia para la humanidad, a otros quehaceres menos artísticos. Y allí es donde en 1846 Semmelweis logró un contrato de dos años en la maternidad del Hospital General de Viena como médico asistente.

Ignaz Semmelweis by Jenő Doby. 1860
Ignaz Semmelweis by Jenő Doby. 1860

Era este un centro puntero, en la capital del poderoso Imperio austrohúngaro, por lo que un húngaro, venido de provincias, que hablaba un extraño dialecto alemán, podía darse con un canto en los dientes por haber conseguido la plaza. Los hospitales, durante estos años, se convirtieron en el motor que hizo avanzar la medicina. Brindaban asistencia gratuita a las clases más desfavorecidas y sus pacientes, a cambio, permitían que los examinaran médicos y estudiantes y así pudieran ratificar o descartar sus hipótesis científicas.

El joven Semmelweis se enfrentó en esos años a un misterio que nadie hasta entonces había podido desentrañar. En aquella maternidad existían dos unidades: la Primera, en la que las muertes por fiebre puerperal eran muy elevadas, y la Segunda, donde los niveles eran mucho más bajos. También se comprobó que las mujeres que alumbraban de camino al hospital o en sus hogares tenían una tasa más baja de mortalidad que las que pisaban la lóbrega Primera Unidad del Hospital.

Este hecho era tan conocido en la capital que algunas mujeres imploraban de rodillas que las llevaran a la Segunda Unidad para alumbrar a sus churrumbeles, conocedoras de los peligros que entrañaba hacer lo propio en la Primera Unidad.

Semmelweis se propuso descubrir cuál era la letal variante que marcaba la diferencia y para ello no escatimó ni en hipótesis ni en experimentos. Llegó a barruntar que tal vez el hecho de que se oyeran más claramente en la Primera Unidad las campanas que anunciaban la llegada del cura que debía administrar la extremaunción podía desencadenar un terror mortal entre las parturientas. Así que hizo un experimento en el que el tintineo cejó, pero las muertes no descendieron.

Probó a cambiar a las parturientas de lado (en una unidad se recostaban boca arriba y en la otra, de costado), recomendó descanso después del parto, cambió la forma de administrar los medicamentos, aireó el espacio, pero todo fue en vano. La estadística de muertes seguía ensañándose con la Primera Unidad.

El «eureka» le llegó a Semmelweis teñido de tragedia. En 1947 murió su colega y amigo Jakob Kolletschka y la razón fue la picadura anatómica. Eso es un corte accidental que un médico sufría en una autopsia y que se saldaba con su muerte. Al examinar el cuerpo de su amigo, descubrió que los síntomas eran muy similares a las afectadas de fiebre puerperal.

Entonces, el médico reparó en la diferencia que había entre la Primera y la Segunda Unidad. La más mortal era atendida por galenos y la preferida por las parturientas contaba con comadronas. Los doctores acostumbraban a practicar autopsias y después de ello, introducían sus manos en las nobles partes de las embarazadas o acabadas de parir. La causa de la mortalidad eran los propios médicos que intentaban salvar a las pacientes y, sin saberlo, las contagiaban de las llamadas partículas cadavéricas.

Aquel descubrimiento dejó en shock a Semmelweis, que acarreó toda su vida un gran sentimiento de culpa por haber acabado con la vida de las que debía salvar. Sin embargo, sus compañeros de profesión no padecieron los mismos remordimientos, más bien al revés: vieron como un ataque las teorías del médico y, en la mayoría de los casos, se dedicaron a ridiculizarlas.

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Durante siglos, se había culpado a las mujeres –sobre todo a las de clase baja– de todo lo que pudiera ocurrirle a sus criaturas. Ellas eran las necias que con sus sucios cuerpos, su falta de cuidados y conocimientos e, incluso, con sus pensamientos pecaminosos provocaban males irreparables a sus descendientes. Y cambiar esa idea tan enraizada no fue tarea fácil, como pronto descubrió Semmelweis.

De todos modos, inició su experimento: la desinfección de manos por parte de los médicos. Los profesionales sabían que el agua y jabón no eran suficientes, pues no servía para acabar con el putrefacto olor que desprendían sus extremidades tras aventurarse en un cuerpo inerte e infectado.

Una solución clorada era lo único que acababa con aquella fragancia tan desagradable. Pero una cosa era hacerlo porque el galeno tuviera que asistir a un evento y no quisiera heder y otra muy diferente es que les obligaran a desinfectarse para proceder al examen de una paciente.

Pese a lo mucho que refunfuñaron los médicos, la medida se mostró eficaz. En abril de 1847 las muertes se cifraban en 18,3% y tras la instauración de la desinfección, en agosto del mismo año habían descendido al 1,9%.

Cabe, pues, imaginar que Semmelweis se convirtiera en héroe nacional o, al menos fuera encumbrado por el estamento. Pues ocurrió justamente lo contrario. El director del hospital, Johann Klein, no veía con buenos ojos aquellas revolucionarias costumbres que suponían que los médicos se desinfectaban, y cuando acabó el contrato de Semmelweis no se lo renovó.

Tras varias tentativas de trabajar como profesor universitario, consiguió un puesto, pero de un día para otro se volvió a Hungría sin despedirse de nadie, lo que no sentó muy bien en la comunidad científica. En Pest trabajó en un hospital menor, intentando imponer sus técnicas, pero la resistencia seguía siendo grande.

Semmelweis inició una cruzada que le acabó de condenar al ostracismo. Envió beligerantes misivas a los jefes de ginecología más importantes de Europa, tildándoles de asesinos y otras lindezas. Sus trabajos científicos, muy densos y plagados de opiniones, solo sirvieron para que sus contemporáneos se mofaran aún más de él.

En 1865, el médico cayó en barrena. Empinaba el codo a todas horas, abandonaba a su familia para frecuentar la compañía de prostitutas y, básicamente, acababa liándola parda en cualquier situación social. Se ha especulado mucho sobre si su errático comportamiento se debía a su carácter agrio o tal vez a que padeciera alguna enfermedad mental o degenerativa.

Ese mismo año, cuando contaba con 47, su mujer y unos amigos le tendieron una trampa para internarlo en una institución psiquiátrica. La primera noche el médico se resistió y los enfermeros le propinaron una soberana paliza. Quince días después fallecía, probablemente a consecuencia de los golpes recibidos.

Hicieron falta 20 años para que sus teorías fueran rescatadas y Louis Pasteur y Joseph Lister impusieran la asepsia en la cirugía. Juan Arsuaga, paleontólogo y autor de El primer viaje de nuestra vida, explica en su libro que en una de sus primeras clases en la universidad su profesor dijo que las plazas de todo el mundo deberían contar con un monumento a este médico. Semmelweis es apodado ahora «el salvador de mujeres». Y en 2015 la UNESCO reivindicó su figura y su legado. El reconocimiento le llegó demasiado tarde.

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Ignáz Semmelweis (1818-1865) estudiaba derecho cuando presenció una autopsia que provocó que cambiara el rumbo de su carrera y se dedicara a la medicina. Es tentador caer en la pregunta: ¿qué hubiera pasado si Semmelweis hubiera seguido con su idea primigenia de ejercer de letrado? Como lo es interrogarse qué hubiera ocurrido si a Adolf Hitler (1889-1945) hubiera entrado en la Academia de Pintura de Viena. Esas cuestiones acostumbran a no tener una respuesta constatable.

Sin embargo, el caso de Semmelweis es una excepción y se puede intuir la contestación: miles de mujeres hubieran muerto y, acaso, él habría tenido una existencia más longeva. No en vano ha pasado a la historia como «el salvador de mujeres».

Más allá de interrogaciones retóricas, lo único que tienen en común el galeno y el dictador es que el momento decisivo de la pregunta sin respuesta a tuvo lugar en Viena. Allá es donde al del bigotito, Hitler, le dijeron que era poco menos de un pintamonas y decidió dedicarse, por desgracia para la humanidad, a otros quehaceres menos artísticos. Y allí es donde en 1846 Semmelweis logró un contrato de dos años en la maternidad del Hospital General de Viena como médico asistente.

Ignaz Semmelweis by Jenő Doby. 1860
Ignaz Semmelweis by Jenő Doby. 1860

Era este un centro puntero, en la capital del poderoso Imperio austrohúngaro, por lo que un húngaro, venido de provincias, que hablaba un extraño dialecto alemán, podía darse con un canto en los dientes por haber conseguido la plaza. Los hospitales, durante estos años, se convirtieron en el motor que hizo avanzar la medicina. Brindaban asistencia gratuita a las clases más desfavorecidas y sus pacientes, a cambio, permitían que los examinaran médicos y estudiantes y así pudieran ratificar o descartar sus hipótesis científicas.

El joven Semmelweis se enfrentó en esos años a un misterio que nadie hasta entonces había podido desentrañar. En aquella maternidad existían dos unidades: la Primera, en la que las muertes por fiebre puerperal eran muy elevadas, y la Segunda, donde los niveles eran mucho más bajos. También se comprobó que las mujeres que alumbraban de camino al hospital o en sus hogares tenían una tasa más baja de mortalidad que las que pisaban la lóbrega Primera Unidad del Hospital.

Este hecho era tan conocido en la capital que algunas mujeres imploraban de rodillas que las llevaran a la Segunda Unidad para alumbrar a sus churrumbeles, conocedoras de los peligros que entrañaba hacer lo propio en la Primera Unidad.

Semmelweis se propuso descubrir cuál era la letal variante que marcaba la diferencia y para ello no escatimó ni en hipótesis ni en experimentos. Llegó a barruntar que tal vez el hecho de que se oyeran más claramente en la Primera Unidad las campanas que anunciaban la llegada del cura que debía administrar la extremaunción podía desencadenar un terror mortal entre las parturientas. Así que hizo un experimento en el que el tintineo cejó, pero las muertes no descendieron.

Probó a cambiar a las parturientas de lado (en una unidad se recostaban boca arriba y en la otra, de costado), recomendó descanso después del parto, cambió la forma de administrar los medicamentos, aireó el espacio, pero todo fue en vano. La estadística de muertes seguía ensañándose con la Primera Unidad.

El «eureka» le llegó a Semmelweis teñido de tragedia. En 1947 murió su colega y amigo Jakob Kolletschka y la razón fue la picadura anatómica. Eso es un corte accidental que un médico sufría en una autopsia y que se saldaba con su muerte. Al examinar el cuerpo de su amigo, descubrió que los síntomas eran muy similares a las afectadas de fiebre puerperal.

Entonces, el médico reparó en la diferencia que había entre la Primera y la Segunda Unidad. La más mortal era atendida por galenos y la preferida por las parturientas contaba con comadronas. Los doctores acostumbraban a practicar autopsias y después de ello, introducían sus manos en las nobles partes de las embarazadas o acabadas de parir. La causa de la mortalidad eran los propios médicos que intentaban salvar a las pacientes y, sin saberlo, las contagiaban de las llamadas partículas cadavéricas.

Aquel descubrimiento dejó en shock a Semmelweis, que acarreó toda su vida un gran sentimiento de culpa por haber acabado con la vida de las que debía salvar. Sin embargo, sus compañeros de profesión no padecieron los mismos remordimientos, más bien al revés: vieron como un ataque las teorías del médico y, en la mayoría de los casos, se dedicaron a ridiculizarlas.

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Durante siglos, se había culpado a las mujeres –sobre todo a las de clase baja– de todo lo que pudiera ocurrirle a sus criaturas. Ellas eran las necias que con sus sucios cuerpos, su falta de cuidados y conocimientos e, incluso, con sus pensamientos pecaminosos provocaban males irreparables a sus descendientes. Y cambiar esa idea tan enraizada no fue tarea fácil, como pronto descubrió Semmelweis.

De todos modos, inició su experimento: la desinfección de manos por parte de los médicos. Los profesionales sabían que el agua y jabón no eran suficientes, pues no servía para acabar con el putrefacto olor que desprendían sus extremidades tras aventurarse en un cuerpo inerte e infectado.

Una solución clorada era lo único que acababa con aquella fragancia tan desagradable. Pero una cosa era hacerlo porque el galeno tuviera que asistir a un evento y no quisiera heder y otra muy diferente es que les obligaran a desinfectarse para proceder al examen de una paciente.

Pese a lo mucho que refunfuñaron los médicos, la medida se mostró eficaz. En abril de 1847 las muertes se cifraban en 18,3% y tras la instauración de la desinfección, en agosto del mismo año habían descendido al 1,9%.

Cabe, pues, imaginar que Semmelweis se convirtiera en héroe nacional o, al menos fuera encumbrado por el estamento. Pues ocurrió justamente lo contrario. El director del hospital, Johann Klein, no veía con buenos ojos aquellas revolucionarias costumbres que suponían que los médicos se desinfectaban, y cuando acabó el contrato de Semmelweis no se lo renovó.

Tras varias tentativas de trabajar como profesor universitario, consiguió un puesto, pero de un día para otro se volvió a Hungría sin despedirse de nadie, lo que no sentó muy bien en la comunidad científica. En Pest trabajó en un hospital menor, intentando imponer sus técnicas, pero la resistencia seguía siendo grande.

Semmelweis inició una cruzada que le acabó de condenar al ostracismo. Envió beligerantes misivas a los jefes de ginecología más importantes de Europa, tildándoles de asesinos y otras lindezas. Sus trabajos científicos, muy densos y plagados de opiniones, solo sirvieron para que sus contemporáneos se mofaran aún más de él.

En 1865, el médico cayó en barrena. Empinaba el codo a todas horas, abandonaba a su familia para frecuentar la compañía de prostitutas y, básicamente, acababa liándola parda en cualquier situación social. Se ha especulado mucho sobre si su errático comportamiento se debía a su carácter agrio o tal vez a que padeciera alguna enfermedad mental o degenerativa.

Ese mismo año, cuando contaba con 47, su mujer y unos amigos le tendieron una trampa para internarlo en una institución psiquiátrica. La primera noche el médico se resistió y los enfermeros le propinaron una soberana paliza. Quince días después fallecía, probablemente a consecuencia de los golpes recibidos.

Hicieron falta 20 años para que sus teorías fueran rescatadas y Louis Pasteur y Joseph Lister impusieran la asepsia en la cirugía. Juan Arsuaga, paleontólogo y autor de El primer viaje de nuestra vida, explica en su libro que en una de sus primeras clases en la universidad su profesor dijo que las plazas de todo el mundo deberían contar con un monumento a este médico. Semmelweis es apodado ahora «el salvador de mujeres». Y en 2015 la UNESCO reivindicó su figura y su legado. El reconocimiento le llegó demasiado tarde.

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Opiniones 4
  • hitler era un grandísimo cabrón en todos los sentidos. pero no era un dictador, afortunadamente no le dió tiempo.

  • Es increible que se haya llegado tan lejos en avances con lo dificil que se lo han puesto siempre a los descubridores

  • Es increible que se haya llegado tan lejos en avances con lo dificil que se les ha puesto siempre a los descubridores

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