30 de diciembre 2020    /   IDEAS
por
Ilustración  Juan Díaz-Faes

¿Imaginas cómo sería la Cruz Central de Madrid con parques y sin coches?

30 de diciembre 2020    /   IDEAS     por        Ilustración  Juan Díaz-Faes
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Soñar la Cruz Central de Madrid convertida en dos grandes paseos que se cruzan en Cibeles puede resultar una locura, pero vamos a ello. Es una cuestión de memoria histórica y justicia climática. Ejes de poco más de dos kilómetros cada uno. El primero entre la Puerta de Alcalá y la Plaza de España. El segundo entre Colón y Atocha. Un viaje peatonal increíble con el que Madrid recupera el gracejo de su mejor urbanismo y se reconforta con el planeta. 

La vieja canción de una musa de los años 80 del siglo XX, Ana Belén, llegó a ser casi un himno para un Madrid que se desperezaba de una larga dictadura: «Mírala, mírala, mírala, la Puerta de Alcalá». A eso podían aspirar los habitantes de entonces. Hoy podrían cantar «Tócala, tócala, tócala…». Los coches no se lo impedirían. 

Una pequeña parte de los madriles estuvo durante algún tiempo practicando los «paseos de Jane». La mujer era una activista neoyorquina ascendida a diosa de aquel tiempo por quienes confiaban en mejorar sus ciudades, liberándolas del exceso de automóviles.

Eran paseos de conciencia crítica sobre el espacio público, un tanto existenciales. Para qué sirve la ciudad o cómo montárnoslo para ser más felices se mezclaban con el ansia de caminar y llevar una vida más sana y apetecible. Jane Jacobs fue una bandera global que acabó triunfando. Eran, sobre todo, gente que pasaba del capitalismo, la especulación urbana y los lobbies que, para sacarse sus perrillas, trabajaban contra la vecindad. 

cruz central de madrid

En aquel tiempo se planteaban el dilema de sanear las ciudades o acabar con el planeta. Al final lograron domesticar los coches, que acabaron moviéndose pidiendo permiso, sin fanfarronear. Madrid se resistió bastante, pues había sufrido mucho durante la guerra y la dictadura. Pero, tras algunos años de zozobra, acabaría abandonando la melancolía de sus atascos y ruidos. Ya a finales del siglo XXI, trasladarse en coche propio era de loosers

Salir del Parque del Buen Retiro, un antiguo parque borbónico, es hoy una experiencia estupenda. Te encuentras directamente con la Puerta de Alcalá, que recuperó protagonismo tras liberarla del cinturón de humos y ruidos que la atascaban. La chavalada del vecindario juega en la enorme plaza circular mientras algunos ejecutivos almuerzan, charlan o beben su café entre jubilados que todavía utilizan tablets.

La gente se besa con cariño. Solo algún autobús circula lentamente por el espacio reservado a los motores, más o menos un 10% de toda la superficie. Hay zonas arboladas, terrazas y un ambiente bastante tranquilo para lo que fue esta ciudad. 

De allí arranca un enorme pulmón que conecta como una flecha verde el Retiro con el Parque del Oeste, Plaza de España y el Campo del Moro. Había sido un itinerario de entre 6 y 10 carriles para coches a través de la Gran Vía, un invento de principios del siglo XX. Un escaparate comercial y glamuroso que rompe el Madrid histórico como una grieta. 

El otro eje, entre Colón y Atocha, tiene orígenes agrarios. El Prado Viejo había sido huerta del convento de los Jerónimos, y el Prado Nuevo, de los Recoletos. Ambos regados por el arroyo de la Fuente Castellana, cuyo nombre también pervive. Ya era zona de recreo en el 1600, pero fue durante el siglo XVIII cuando, bajo el reinado de Carlos III, José de Hermosilla y Ventura Rodríguez lo convierten en un parque lleno de fuentes y esculturas mitológicas, sin duda la aportación más ilustrada y culta del urbanismo madrileño. Los Salones del Prado aspiraban a ser el gran teatro costumbrista de la ciudad. 

Hacia el norte, el Prado Nuevo o Recoletos es la prolongación del Paseo de la Castellana. Su espíritu nació también en tiempos de Carlos III, si bien no se fraguó hasta la siguiente centuria. Compartían idéntica función: paseo, solaz y esparcimiento para las personas que habitaban las angostas calles de los barrios de Atocha, Letras, Cortes, Chueca o Justicia. 

Recoletos y Prado estuvieron durante bastantes años de los siglos XX y XXI atravesados por una enorme autopista urbana de más de 10 carriles llena de automóviles. Un tormento para las personas de la época, que poco iban a pie por allí. En aquel entonces existía otra autopista, llamada M 30, que estaban empezando a imaginar como el gran parque que es hoy gracias al proyecto del geógrafo Antonio Giraldo, un precursor del Madrid actual. Nacía un nuevo modelo de movilidad derivado del Pacto del Clima de París. Las grandes urbes fueron tomando conciencia de la gigante boina de contaminación que las asfixiaba. 

La Cruz Central es ahora un parque lineal para el vecindario y el turisteo, que ya ni se plantea entrar al interior de las ciudades en coches particulares. Solo lo hacen los que van a casa y disponen de espacio para dejar sus vehículos. Con eso consiguieron también deslocalizar los hoteles, antes muy centralizados, dispersándolos por toda la ciudad.

Los repartos de mercancías solo se realizan de noche en esta zona, así como en numerosas calles de otros barrios que llegaron a nosotros como espacios amables. El metro se había reforzado muchísimo y algunos autobuses circulaban por el centro gracias a una red interior bastante eficaz, eso sí, a 20 km/h. A nadie se le ocurre hoy aparcar en la calle. Ocuparla con objetos privados no es posible. Nadie puede dejar a su perro atado a una farola y recogerlo al día siguiente. Lo mismo ocurre con los coches. Únicamente se puede aparcar media hora en algunos espacios concretos. Se circula más en bici y sus usuarios respetan a quienes caminan.

En este imaginario parque en forma de cruz del siglo que viene, los espectáculos de exterior, con grandes números de música, circo, mapping y teatro visual, se consolidaron como un atractivo más de Madrid. Y las calles, sin la presión de tantos coches, se han ido convirtiendo en espacios de divulgación cultural, complemento de los grandes museos de la ciudad.

La historia de los barrios, de las entidades culturales y deportivas, curiosidades, personajes, la cultura inmaterial, los idiomas, los trabajos antiguos, la ciencia, los porqués de las cosas, el universo, las distintas formas del arte… Todo eso que nos hace conocernos mejor, saber de dónde venimos, a qué estamos y a dónde vamos es susceptible de invadir al caminante a lo largo de unas calles que hablan, que interactúan, que se fueron convirtiendo en estancias sanas, descontaminadas, seguras; en espacios de sabiduría, de buen vivir y libertad. 

Soñar la Cruz Central de Madrid convertida en dos grandes paseos que se cruzan en Cibeles puede resultar una locura, pero vamos a ello. Es una cuestión de memoria histórica y justicia climática. Ejes de poco más de dos kilómetros cada uno. El primero entre la Puerta de Alcalá y la Plaza de España. El segundo entre Colón y Atocha. Un viaje peatonal increíble con el que Madrid recupera el gracejo de su mejor urbanismo y se reconforta con el planeta. 

La vieja canción de una musa de los años 80 del siglo XX, Ana Belén, llegó a ser casi un himno para un Madrid que se desperezaba de una larga dictadura: «Mírala, mírala, mírala, la Puerta de Alcalá». A eso podían aspirar los habitantes de entonces. Hoy podrían cantar «Tócala, tócala, tócala…». Los coches no se lo impedirían. 

Una pequeña parte de los madriles estuvo durante algún tiempo practicando los «paseos de Jane». La mujer era una activista neoyorquina ascendida a diosa de aquel tiempo por quienes confiaban en mejorar sus ciudades, liberándolas del exceso de automóviles.

Eran paseos de conciencia crítica sobre el espacio público, un tanto existenciales. Para qué sirve la ciudad o cómo montárnoslo para ser más felices se mezclaban con el ansia de caminar y llevar una vida más sana y apetecible. Jane Jacobs fue una bandera global que acabó triunfando. Eran, sobre todo, gente que pasaba del capitalismo, la especulación urbana y los lobbies que, para sacarse sus perrillas, trabajaban contra la vecindad. 

cruz central de madrid

En aquel tiempo se planteaban el dilema de sanear las ciudades o acabar con el planeta. Al final lograron domesticar los coches, que acabaron moviéndose pidiendo permiso, sin fanfarronear. Madrid se resistió bastante, pues había sufrido mucho durante la guerra y la dictadura. Pero, tras algunos años de zozobra, acabaría abandonando la melancolía de sus atascos y ruidos. Ya a finales del siglo XXI, trasladarse en coche propio era de loosers

Salir del Parque del Buen Retiro, un antiguo parque borbónico, es hoy una experiencia estupenda. Te encuentras directamente con la Puerta de Alcalá, que recuperó protagonismo tras liberarla del cinturón de humos y ruidos que la atascaban. La chavalada del vecindario juega en la enorme plaza circular mientras algunos ejecutivos almuerzan, charlan o beben su café entre jubilados que todavía utilizan tablets.

La gente se besa con cariño. Solo algún autobús circula lentamente por el espacio reservado a los motores, más o menos un 10% de toda la superficie. Hay zonas arboladas, terrazas y un ambiente bastante tranquilo para lo que fue esta ciudad. 

De allí arranca un enorme pulmón que conecta como una flecha verde el Retiro con el Parque del Oeste, Plaza de España y el Campo del Moro. Había sido un itinerario de entre 6 y 10 carriles para coches a través de la Gran Vía, un invento de principios del siglo XX. Un escaparate comercial y glamuroso que rompe el Madrid histórico como una grieta. 

El otro eje, entre Colón y Atocha, tiene orígenes agrarios. El Prado Viejo había sido huerta del convento de los Jerónimos, y el Prado Nuevo, de los Recoletos. Ambos regados por el arroyo de la Fuente Castellana, cuyo nombre también pervive. Ya era zona de recreo en el 1600, pero fue durante el siglo XVIII cuando, bajo el reinado de Carlos III, José de Hermosilla y Ventura Rodríguez lo convierten en un parque lleno de fuentes y esculturas mitológicas, sin duda la aportación más ilustrada y culta del urbanismo madrileño. Los Salones del Prado aspiraban a ser el gran teatro costumbrista de la ciudad. 

Hacia el norte, el Prado Nuevo o Recoletos es la prolongación del Paseo de la Castellana. Su espíritu nació también en tiempos de Carlos III, si bien no se fraguó hasta la siguiente centuria. Compartían idéntica función: paseo, solaz y esparcimiento para las personas que habitaban las angostas calles de los barrios de Atocha, Letras, Cortes, Chueca o Justicia. 

Recoletos y Prado estuvieron durante bastantes años de los siglos XX y XXI atravesados por una enorme autopista urbana de más de 10 carriles llena de automóviles. Un tormento para las personas de la época, que poco iban a pie por allí. En aquel entonces existía otra autopista, llamada M 30, que estaban empezando a imaginar como el gran parque que es hoy gracias al proyecto del geógrafo Antonio Giraldo, un precursor del Madrid actual. Nacía un nuevo modelo de movilidad derivado del Pacto del Clima de París. Las grandes urbes fueron tomando conciencia de la gigante boina de contaminación que las asfixiaba. 

La Cruz Central es ahora un parque lineal para el vecindario y el turisteo, que ya ni se plantea entrar al interior de las ciudades en coches particulares. Solo lo hacen los que van a casa y disponen de espacio para dejar sus vehículos. Con eso consiguieron también deslocalizar los hoteles, antes muy centralizados, dispersándolos por toda la ciudad.

Los repartos de mercancías solo se realizan de noche en esta zona, así como en numerosas calles de otros barrios que llegaron a nosotros como espacios amables. El metro se había reforzado muchísimo y algunos autobuses circulaban por el centro gracias a una red interior bastante eficaz, eso sí, a 20 km/h. A nadie se le ocurre hoy aparcar en la calle. Ocuparla con objetos privados no es posible. Nadie puede dejar a su perro atado a una farola y recogerlo al día siguiente. Lo mismo ocurre con los coches. Únicamente se puede aparcar media hora en algunos espacios concretos. Se circula más en bici y sus usuarios respetan a quienes caminan.

En este imaginario parque en forma de cruz del siglo que viene, los espectáculos de exterior, con grandes números de música, circo, mapping y teatro visual, se consolidaron como un atractivo más de Madrid. Y las calles, sin la presión de tantos coches, se han ido convirtiendo en espacios de divulgación cultural, complemento de los grandes museos de la ciudad.

La historia de los barrios, de las entidades culturales y deportivas, curiosidades, personajes, la cultura inmaterial, los idiomas, los trabajos antiguos, la ciencia, los porqués de las cosas, el universo, las distintas formas del arte… Todo eso que nos hace conocernos mejor, saber de dónde venimos, a qué estamos y a dónde vamos es susceptible de invadir al caminante a lo largo de unas calles que hablan, que interactúan, que se fueron convirtiendo en estancias sanas, descontaminadas, seguras; en espacios de sabiduría, de buen vivir y libertad. 

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