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4 de diciembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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El escritor que cartografía ciudades imaginarias

4 de diciembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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«En todas las épocas hubo alguien que, mirando a Fedora tal como era, había imaginado el modo de convertirla en la ciudad ideal, pero mientras construía su modelo en miniatura, Fedora dejaba de ser la misma de antes» (Las ciudades invisibles, Italo Calvino)
Las pretéritas ciudades de la imaginación están presentes en las urbes del presente y del futuro. Esta hipótesis ha llevado al escritor irlandés Darran Anderson a buscar en libros, revistas pulp, folletos de arquitectura, cuadernos de dibujo, novelas de ciencia ficción o manuscritos medievales los lugares con los que los hombres han fantaseado a lo largo de su historia. Recopilará esas ensoñaciones en un libro, Imaginary cities.
«Olvidamos que el futuro es antiguo y el pasado es un gran vertedero. Deberíamos saquear el vertedero para ver lo que se puede salvar», explica a Yorokobu este escritor irlandés, que ya ha dejado retazos de su libro en su cuenta de Twitter, partiendo del jardín del Edén trazado en el mapamundi medieval de Fra Mauro, y del que, gracias a Dios, escapamos.
En su timeline podemos ver los gigantescos aviones que Norman Bel Geddes imaginó en los años 20 y que nunca se construyeron, las ciudades dibujadas por Arthur Radebaugh en los 50 presididas por altísimos edificios, trenes de alta velocidad y coches voladores, e ilustraciones de uno de los cómics favoritos de Anderson, Judge Dredd, que mostraban una Mega Ciudad tecnológica en la que reina el caos.

La mayor parte de las ilustraciones futuristas muestran un skyline plagado de narcisistas rascacielos que compiten por ser los más altos en ciudades tan frías que no parecen habitadas por el ser humano. La mayoría de predicciones se han hecho realidad, solo que en formas abrumadoramente decepcionantes, según este escritor.


La lúcida idea de escribir este libro apareció en el embriagado cerebro de Darran cuando charlaba con unos amigos en Phnom Penh. Pensó que la ficción palidecería si se encontrara de frente con una ciudad de utopías y distopías como la perla de Asia. Y rememoró su obsesión adolescente por Picasso, Luis Buñuel y Federico García Lorca.
Hace unos años, este irlandés viajó a España en busca de esos fantasmas. Y cuando llegó a Barcelona, se percató de que las ilustraciones fantásticas existen en la realidad. «Barcelona me parece una ciudad construida como un sueño y a la vez espectacularmente real», nos cuenta. Y comenzó a preguntarse qué hubiera sido de Barcelona si Gaudí no hubiera nacido. Aunque las ciudades tengan un nombre singular, siempre son plurales.

Este irlandés se define a sí mismo como un monomaníaco del diseño urbano. No ha contabilizado los libros que ha rastreado, pero dice que se podrían medir en kilómetros. «Mis referencias son infinitas, aunque las he encontrado en perjuicio de mi cordura», nos cuenta Darran. Además de escritor, es profesor visitante en la Biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges, con su infinito número de galerías hexagonales en las que el hombre es solo un imperfecto bibliotecario.


Darran Anderson no solo disecciona las ciudades terrestres. Muchas de las imágenes de su timeline muestran la obsesión del hombre por habitar otros planetas, que casi siempre imaginamos desérticos. «Me encanta la idea de que la gente haga el camino de vuelta a través de la historia mirando la luna y las estrellas y soñando». Al final, cualquier humano se pregunta de dónde viene y aunque vivamos en la era hipertecnológica, tampoco la misión Rosetta va a contestar a todas nuestras preguntas.

Buceando en el pasado, se ha dado cuenta de que el posmodernismo no es una invención moderna. «Creo que la originalidad es una idea escurridiza y muy sobrevalorada. No estoy seguro de que exista y no estoy seguro de que debamos desear que existiera». Anderson considera que la cultura es una caja de resonancia, y es mejor aceptarlo cuanto antes. No pensemos que por vivir en un planeta invadido por los microchips ya hemos evolucionado.
Nuestras mentes no tienen ideas demasiado novedosas, y Ovidio y Aristófanes ya predijeron casi todo. Los mitos se infiltran en todos los lugares en los que vivimos, sin importar que los espacios sean en apariencia modernos o racionalistas. No podemos disipar nuestras ficciones porque están encajadas en nuestro mundo, partiendo de nuestras cabezas, según nos explica Anderson.
Este escritor irlandés que afirma vivir en el exilio define su libro como no-ficción creativa. No quiere limitarse a la documentación que ha recabado: su propia imaginación también tiene que estar presente en el texto. Marco Polo, una de sus grandes referencias, también embellecía sus relatos sobre Asia en la cárcel genovesa en la que estuvo encerrado. Anderson lo admira, no solo como explorador y aventurero, sino también como un magnífico narrador. De esos que no dejan que la verdad se interponga en una buena historia.


El año que viene se publicará Imaginary cities. Su autor ya tiene planes de futuro. Quiere crear un Google Maps de creencias y mitos y otro que permita hacer zoom en la época medieval. Un repositorio global y local al mismo tiempo de todas las grandes historias que merecen ser rescatadas. Actualmente busca a personas con los conocimientos técnicos para ayudarle en la tarea. «Ahora tenemos la tecnología que Borges y Calvino hubieran deseado utilizar, y en nombre de todo lo sagrado y lo profano, debemos utilizarla».

Este autor también erige con sus neuronas las ciudades del futuro. Le encantaría ver construido el Hotel Attraction de Nueva York, un proyecto de Gaudí que nunca llegó a realizarse. Pero al margen de construcciones concretas, Darran cree que deberíamos estar agotados del futuro que generalmente se nos promete: una ciudad de rascacielos de cristal, una tiranía disfrazada de carriles bici. Si eso ocurre, nos cuenta que le encontraremos en el café del Nogal (aquel que describía George Orwell en 1984), mamando de un gin-tonic y esbozando todo lo que podría haber sido en la parte trasera de un posavasos.

«En todas las épocas hubo alguien que, mirando a Fedora tal como era, había imaginado el modo de convertirla en la ciudad ideal, pero mientras construía su modelo en miniatura, Fedora dejaba de ser la misma de antes» (Las ciudades invisibles, Italo Calvino)
Las pretéritas ciudades de la imaginación están presentes en las urbes del presente y del futuro. Esta hipótesis ha llevado al escritor irlandés Darran Anderson a buscar en libros, revistas pulp, folletos de arquitectura, cuadernos de dibujo, novelas de ciencia ficción o manuscritos medievales los lugares con los que los hombres han fantaseado a lo largo de su historia. Recopilará esas ensoñaciones en un libro, Imaginary cities.
«Olvidamos que el futuro es antiguo y el pasado es un gran vertedero. Deberíamos saquear el vertedero para ver lo que se puede salvar», explica a Yorokobu este escritor irlandés, que ya ha dejado retazos de su libro en su cuenta de Twitter, partiendo del jardín del Edén trazado en el mapamundi medieval de Fra Mauro, y del que, gracias a Dios, escapamos.
En su timeline podemos ver los gigantescos aviones que Norman Bel Geddes imaginó en los años 20 y que nunca se construyeron, las ciudades dibujadas por Arthur Radebaugh en los 50 presididas por altísimos edificios, trenes de alta velocidad y coches voladores, e ilustraciones de uno de los cómics favoritos de Anderson, Judge Dredd, que mostraban una Mega Ciudad tecnológica en la que reina el caos.

La mayor parte de las ilustraciones futuristas muestran un skyline plagado de narcisistas rascacielos que compiten por ser los más altos en ciudades tan frías que no parecen habitadas por el ser humano. La mayoría de predicciones se han hecho realidad, solo que en formas abrumadoramente decepcionantes, según este escritor.


La lúcida idea de escribir este libro apareció en el embriagado cerebro de Darran cuando charlaba con unos amigos en Phnom Penh. Pensó que la ficción palidecería si se encontrara de frente con una ciudad de utopías y distopías como la perla de Asia. Y rememoró su obsesión adolescente por Picasso, Luis Buñuel y Federico García Lorca.
Hace unos años, este irlandés viajó a España en busca de esos fantasmas. Y cuando llegó a Barcelona, se percató de que las ilustraciones fantásticas existen en la realidad. «Barcelona me parece una ciudad construida como un sueño y a la vez espectacularmente real», nos cuenta. Y comenzó a preguntarse qué hubiera sido de Barcelona si Gaudí no hubiera nacido. Aunque las ciudades tengan un nombre singular, siempre son plurales.

Este irlandés se define a sí mismo como un monomaníaco del diseño urbano. No ha contabilizado los libros que ha rastreado, pero dice que se podrían medir en kilómetros. «Mis referencias son infinitas, aunque las he encontrado en perjuicio de mi cordura», nos cuenta Darran. Además de escritor, es profesor visitante en la Biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges, con su infinito número de galerías hexagonales en las que el hombre es solo un imperfecto bibliotecario.


Darran Anderson no solo disecciona las ciudades terrestres. Muchas de las imágenes de su timeline muestran la obsesión del hombre por habitar otros planetas, que casi siempre imaginamos desérticos. «Me encanta la idea de que la gente haga el camino de vuelta a través de la historia mirando la luna y las estrellas y soñando». Al final, cualquier humano se pregunta de dónde viene y aunque vivamos en la era hipertecnológica, tampoco la misión Rosetta va a contestar a todas nuestras preguntas.

Buceando en el pasado, se ha dado cuenta de que el posmodernismo no es una invención moderna. «Creo que la originalidad es una idea escurridiza y muy sobrevalorada. No estoy seguro de que exista y no estoy seguro de que debamos desear que existiera». Anderson considera que la cultura es una caja de resonancia, y es mejor aceptarlo cuanto antes. No pensemos que por vivir en un planeta invadido por los microchips ya hemos evolucionado.
Nuestras mentes no tienen ideas demasiado novedosas, y Ovidio y Aristófanes ya predijeron casi todo. Los mitos se infiltran en todos los lugares en los que vivimos, sin importar que los espacios sean en apariencia modernos o racionalistas. No podemos disipar nuestras ficciones porque están encajadas en nuestro mundo, partiendo de nuestras cabezas, según nos explica Anderson.
Este escritor irlandés que afirma vivir en el exilio define su libro como no-ficción creativa. No quiere limitarse a la documentación que ha recabado: su propia imaginación también tiene que estar presente en el texto. Marco Polo, una de sus grandes referencias, también embellecía sus relatos sobre Asia en la cárcel genovesa en la que estuvo encerrado. Anderson lo admira, no solo como explorador y aventurero, sino también como un magnífico narrador. De esos que no dejan que la verdad se interponga en una buena historia.


El año que viene se publicará Imaginary cities. Su autor ya tiene planes de futuro. Quiere crear un Google Maps de creencias y mitos y otro que permita hacer zoom en la época medieval. Un repositorio global y local al mismo tiempo de todas las grandes historias que merecen ser rescatadas. Actualmente busca a personas con los conocimientos técnicos para ayudarle en la tarea. «Ahora tenemos la tecnología que Borges y Calvino hubieran deseado utilizar, y en nombre de todo lo sagrado y lo profano, debemos utilizarla».

Este autor también erige con sus neuronas las ciudades del futuro. Le encantaría ver construido el Hotel Attraction de Nueva York, un proyecto de Gaudí que nunca llegó a realizarse. Pero al margen de construcciones concretas, Darran cree que deberíamos estar agotados del futuro que generalmente se nos promete: una ciudad de rascacielos de cristal, una tiranía disfrazada de carriles bici. Si eso ocurre, nos cuenta que le encontraremos en el café del Nogal (aquel que describía George Orwell en 1984), mamando de un gin-tonic y esbozando todo lo que podría haber sido en la parte trasera de un posavasos.

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